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"En el pasado estábamos faltos de calorías y ahora el problema es la obesidad. Antes había escasez de datos y ahora el problema es el exceso de datos". Hal Varian, economista jefe de Google
Vivimos en una "era de la información" como nunca antes se ha visto. Internet ha generalizado el acceso a un sinfín de tipos de información que hace años habría sido laborioso, caro o imposible conseguir. 
 
Los avances tecnológicos han provocado que la información tenga una presencia ubicua en nuestra vida diaria, ya sea en casa, en la oficina o durante nuestros desplazamientos. Las noticias y las cifras nos hacen señales para que las atendamos desde una creciente gama de dispositivos que reciben y transmiten "en tiempo real". La "autopista de la información" está siempre a un clic de distancia. Sin embargo, la cantidad de información a nuestra disposición es difícil de comprender. Cada día se genera la increíble cantidad de 2,5 trillones de bytes de datos. De hecho, ahora creamos tantos datos que se calcula que alrededor del 90% de los datos totales del mundo se crearon sólo en los últimos dos años. 
 

El idioma de la explosión de los datos

Para los inversores en particular, el mayor acceso a información económica y empresarial se ha considerado como un gran avance. Hace 20 años, si querías saber más sobre una empresa, comprabas el Financial Times para saber el precio de cierre de la cotización del día anterior y después mandabas una carta a la sede central para pedir la memoria anual. Actualmente, con apenas unos clics, puedes ver cotizaciones en tiempo real, consultar un archivo de memorias anuales, leer la entrada de la Wikipedia, echar una ojeada a la página web de la empresa y ver las páginas web de sus competidores. Y todo eso, en el tiempo que habría llevado echar esa carta al correo. 
 
Para los inversores eso es algo bueno pero también malo. Tradicionalmente, se ha pensado que tener más información es preferible a tener menos. El problema es que la información no siempre es algo bueno. La información no es conocimiento, ni tampoco perspectivas de inversión. Mientras que el desarrollo del conocimiento o las perspectivas pueden mejorar la toma de decisiones, las pruebas sugieren que un simple incremento de la información no lo consigue. 
 
Más bien al contrario: ahora existe un acceso instantáneo a tanta información que la "sobrecarga de información" se ha convertido en un problema más importante que a menudo nos deja indecisos y sumidos en un mar de datos. El problema se ve agravado por la proliferación de dispositivos y nuevas formas de comunicación. Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google, reconoció que los "dispositivos instantáneos" podrían obstruir el pensamiento y la comprensión profundos. Los psicólogos han observado que el volumen de información disponible en el mundo moderno está afectando negativamente la productividad y la toma de decisiones.
 
El término "sobrecarga de información" es, de hecho, anterior a Internet, aunque parece inventado para ella. Fue popularizado por el futurista estadounidense Alvin Toffler en su libro Future Shock, en el que argumentaba que el rápido ritmo de cambios tecnológicos y sociales terminaría dejando a las personas desorientadas e inhibidas en su toma de decisiones, ya que sentirían cómo su capacidad para predecir iba desapareciendo. 
 
Cuando se trata de fundamentar nuestras decisiones, la información puede ser relevante o irrelevante, muy útil o inútil. El problema de las personas que se dejan seducir por la información en Internet sin verificar su validez está ampliamente contrastado. También ha surgido un fenómeno inquietante relacionado con lo anterior y que está desarrollándose con fuerza: la contaminación de la información, que es la contaminación del flujo de información con datos irrelevantes, redundantes, indeseados o de escaso valor. 
 
La única forma que tenemos de deshacernos de la información inútil y quedarnos con lo bueno es procesarla. Esto significa introducirla en nuestra memoria de trabajo, asimilar los mejores datos y ponerlos en relación con tendencias a largo plazo y principios de inversión para enriquecer nuestros conocimientos y nuestra comprensión. El problema es que nuestro cerebro no es un superordenador. Nuestra memoria de trabajo a corto plazo —el centro crítico de procesamiento inmediato del cerebro— tiene límites de capacidad. 
 
Este punto (a saber, que tenemos una capacidad cognitiva limitada) enlaza con la idea general de que no siempre nos comportamos racionalmente, propugnada por los padres de la economía conductual Daniel Kahneman y Amos Tversky. Sin embargo, a pesar de las limitaciones de nuestra capacidad de procesamiento, muchos inversores persisten en la creencia de que la información es poder. Resulta interesante que algunos estudios psicológicos han demostrado que la información adicional aumenta los niveles de confianza, pero no la precisión, mientras que otros estudios han demostrado que más información puede, de hecho, traducirse en peores previsiones. Así pues, la respuesta no es necesariamente más información; lo que realmente importa es qué hacemos con ella. 
 
La sobrecarga de información puede llevarnos a otros sesgos conductuales, empujándonos a preferir la información reciente o más fresca (actualidad y notoriedad) antes que otros tipos de datos que tal vez son aburridos, pero valiosos. Clay Johnson habla sobre esto en su libro The Information Diet, donde caracteriza nuestra tendencia a consumir la información que encontramos más interesante como "comerse primero el postre". La sobrecarga de información proporciona una rica fuente de sustento a un amplio sesgo psicológico denominado "disonancia cognitiva", que es esa sensación de incomodidad que tenemos cuando nos encontramos con dos o más noticias contradictorias. Para evitar esa sensación de conflicto, muchos de nosotros caemos en la trampa del "sesgo de confirmación", por el que desechamos con el raciocinio la información que contradice nuestras ideas establecidas. 
 
Así pues, ¿qué podemos hacer como inversores para abordar el problema de la sobrecarga de información? En primer lugar, debemos tener claro qué estamos buscando; eso significa tener una filosofía y un proceso de inversión claros. Después, tenemos que desarrollar un marco sólido para gestionar la información y separar la paja informativa del grano. Desde la perspectiva que nos dan nuestros principios de inversión, podemos elaborar una lista con los tipos de información que consideramos más útiles. La salvedad que tenemos que hacer en este punto es que siempre debemos estar alerta ante el hecho de que las señales informativas de las economías y los mercados de inversión pueden calentarse o enfriarse. Algunas fuentes de información y datos pueden ser útiles en algunos puntos del ciclo, pero no tanto en otros. 
 
En Fidelity, se anima con determinación a los gestores de carteras a que adopten una perspectiva a largo plazo y sean conscientes de los impulsos ocasionalmente fuertes de operar basándose en información a corto plazo. Con el tiempo, operar impulsivamente u operar demasiado tiene muchas papeletas para terminar generando una rentabilidad inferior a la del mercado. Es mucho mejor tomar distancia frente a los movimientos diarios de la Bolsa, filtrar las noticias a corto plazo y repasar los acontecimientos a la luz de un proceso de inversión consolidado. De hecho, algunos gestores —a menudo, los que se centran mucho en las valoraciones— llevan esto un paso más allá 
y limitan su exposición a los intermediarios, que pueden tender a adoptar una visión sesgada y excesivamente alcista de los valores que cubren, sin atender a consideraciones de valor absoluto. 
 
Por lo tanto, la creencia simplista de que más información es mejor en lo que respecta al análisis bursátil es errónea. La clave reside en tener una filosofía de inversión bien articulada y la capacidad de filtrar la información, escoger lo valioso, corroborar ideas y formarse juicios informados que sean diferentes de los del rebaño. 
 
"Hay gran cantidad de datos disponibles. Lo que escasea es la capacidad de extraer conocimiento de ellos". 
Hal Varian, economista jefe de Google
 
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