En España vivimos en un bucle de prosperidad tan intenso que ya da hasta vértigo. La luz baja cada semana como si compitiera en una liga de descenso permanente. La comida, igual: precios cayendo a tal velocidad que cualquier día el supermercado te paga por llevarte las bolsas.
Los impuestos, por supuesto, en caída libre. El esfuerzo fiscal, un susurro. La presión fiscal, una leyenda urbana.
Con semejante festival de abundancia, normal que cualquier cita con las urnas sea un desfile triunfal para quien gobierna la nación en este momento. Y las encuestas, claro, reflejan lo mismo: entusiasmo, unanimidad, arcoíris y unicornios.