El subastero que susurraba a las secretarias judiciales

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Ignoro si mis lectores habrán intentado últimamente hablar con algún secretario judicial, pero lo cierto es que desde que dejaron de llamarse secretarios y se les empezó a denominar L.A.J. (Letrado para la Administración de Justicia) se les ha subido a la cabeza y se han vuelto realmente inaccesibles. Hace diez años era sencillísimo pedirle al funcionario que tramitaba el expediente que le preguntase al secretario si te podía recibir para tratar sobre el procedimiento judicial. Y lo normal es que te pasaran a su despacho de inmediato. O incluso que saliera el secretario a hablar contigo. Y esto tanto si eras el adjudicatario como si la subasta aún no se había celebrado y no fueras, por lo tanto, nadie de interés. 

Esto ha cambiado y ahora se ha vuelto realmente difícil hablar con ellos. Y no digamos en el maldito juzgado número 31 de Madrid, donde la respuesta es invariablemente que lo pidas por escrito. Lo cual, por cierto, es una vacilada muy grande, pues todos sabemos que en ese juzgado tardan entre seis y ocho meses en proveer los escritos. Es decir, que podrías pedir una cita por escrito el 2 de enero y que el secretario no leyese tu petición hasta julio o septiembre, y que te cite para el mes de enero del año siguiente. Así está la cosa en los juzgados del Lado Oscuro.

Pero yo estaba obligado a hablar con la secretaria porque estaba entre la espada y la pared. 

Hace casi seis meses había firmado el contrato de arras de un piso vacío subastado la pasada primavera y si no estaba inscrito antes de febrero iba a perder una buena venta y me iba a ver obligado a devolverle la fianza al comprador. Y las cosas no están como hace un año. Ahora me iba a costar un poco más vender ese piso y quizás incluso iba a tener que venderlo un poco más barato.

Pero, Tristán, si no lo tenías inscrito, ¿cómo es que ya lo habías vendido?

Pues muy sencillo, porque una vez adjudicado y pagado el precio del remate, cuando fui a visitar el piso, me encontré con la puerta abierta de par en par y escuché una voz que me llamaba desde dentro del piso y que decía:  "Tristán, soy el alma del anterior propietario y es mi deseo que poseas este piso. Entra, no tengas miedo, límpialo y píntalo y el piso te dará muchas alegrías".

Mi religión me prohíbe ignorar las voces del más allá, así que hice lo que me decían. Y luego lo puse a la venta y lo vendí fácilmente, lo cual fue una grandísima alegría, como me había prometido la voz. 

Pero el contrato de arras tenía una deadline: mi título debería estar inscrito y listo para firmar la escritura de compraventa en seis meses. 

¿Y cuál era el problema? Pues que el juzgado había tardado un poco más de lo usual en entregarme el decreto de adjudicación (título de propiedad) y que, una vez entregado y pasado por Hacienda, el registrador lo había calificado negativamente y rechazado por un quítame allá esas pajas, una auténtica chorrada. Pero una de esas chorradas a las que los registradores les dan una importancia capital: la secretaria judicial había olvidado mencionar que en el procedimiento judicial seguido contra los demandados se había dado cumplimiento a lo dispuesto en el artículo 144 del Reglamento Hipotecario.

¡Maldita sea!, una cosa más en la que fijarme a partir de ahora.

El 95 por ciento de los motivos por lo que los registradores rechazan inscribir un decreto de adjudicación suelen ser por no mencionarse si ha habido sobrante y dónde se ha ingresado éste o por ordenar que se cancelen las cargas posteriores sin especificar, una a una, qué cargas hay que cancelar.

Y naturalmente, cuando me entregan un decreto de adjudicación (o me envían por correo el decreto cuando aún no es firme), lo primero que hago es comprobar si se ha cometido uno de esos dos errores. Ahora tendré que ver también si se hace mención del dichoso artículo 144.

En fin, que mi LAJ no lo había hecho bien y por este motivo el registrador me había enviado a pastar. 

De todo esto me enteré estando esquiando en Canadá, de forma que lo primero que tuve que hacer al aterrizar fue ir al juzgado a intentar que la secretaria se saltara el protocolo y pedirle a ella directamente que me hicieran a toda leche una adición que corrigiera el documento.

En fin, que tenía que hacer tres cosas que ahora son tabú en los juzgados:

1) Hablar directamente con la secretaria.

2) Pedirle a viva voz que me hicieran la adición sin que hiciera falta pedirlo por escrito

y 3) Pedirle que la hicieran a toda leche.

Así que ese día no me llegaba la camisa al cuello.

 

 

Y el comienzo no pudo ser peor. El tramitador del expediente era uno de esos típicos funcionarios perdonavidas que actúan siempre como hacen todos esos seres marginales y amargados que contemplan su vida adulta como la oportunidad de desquitarse de su adolescencia a base de tratar a patadas a cualquiera susceptible de haberla tomado con ellos en el patio de la escuela.

Así que su respuesta fue rotunda: No puedes ver a la secretaria, todo lo que quieras tienes que pedirlo por escrito.

Y me lo dijo con tan malos modos que ya estaba a punto de montarse una pajarraca de las buenas cuando, en ese mismo momento, escuchamos una voz de miel a nuestras espaldas.

Cuando volví la mirada me encontré con una señora de rompe y rasga, de esas en cuyas caderas jamás se pone el sol. Y con una mirada iluminada por una luz que había venido al mundo mucho antes de que empezara la civilización.

Y me dije, mucho ojo, Tristán, cuidado con esta gatita, que si te la llevas al asiento trasero del coche te dejará el techo lleno de zarpazos.

Y a ella le dije...

Tú, yo, nata líquida, ¿alguna pregunta?

jejeje, noooo, es mentira, no le dije eso. Soy un hombre de más de cincuenta que me muevo como uno de treinta y que abordo a las mujeres como uno de veinte, pero cuando me encontré ante aquella belleza fui muy consciente de mis limitaciones y me acordé de aquel sabio consejo que una vez leí: 

Si la tienes pequeña no te pavonees, porque mucho peor que tenerla discreta es ser un fantasma y que tus palabras o acciones emitan cheques que luego tu tamaño no pueda pagar.

Ahí había demasiado barco para tan poco pirata.

Así que recordé dónde estaba y cuál era mi objetivo. Y como mi punto fuerte es mi mirada azul, la clavé en ella y le expliqué lo que había pasado, que el tramitador se había equivocado con el copia pega y había olvidado mencionar el dichoso artículo 144. Y que para mi era de vida o muerte que me hicieran la adición de inmediato, a poder ser, sobre la marcha.

Fue increíble. Por su forma de mirarme noté que a ella también le gustaba lo que veía, me escuchó de un tirón, sin interrumpirme y asintiendo todo el tiempo. Hay mujeres que tienen la capacidad de hacerte sentir joven y guapo. En mi próxima vida tengo que recordar casarme con una de estas.

Y cuando terminé de explicarle me dijo: "No te preocupes, como Juanito está desbordado y al borde de un ataque de nervios, te lo voy a hacer yo misma. Vete a tomar un café y vuelve en media hora".

¡Y lo hizo! Al rato salía del juzgado con la adición cosilla del decreto de adjudicación y más contento que unas castañuelas.

Ahora mismo estoy esquiando a la sombra de la montaña más bella de Europa y el retén que he dejado en Madrid me acaba de comunicar que el título está inscrito y que el 3 de marzo firmamos la compraventa.

Gracias a ser subastero he podido evitar durante los últimos treinta años tener que conseguir un empleo como es debido, que es lo que le hubiera gustado a mi madre, pero desde que salí de ese juzgado no hago otra cosa que preguntarme si no debería haberme hecho susurrador de ricas herederas. Creo que se me hubiera dado bien.

Y vosotros, ¿qué tal vuestro poder de convicción?

 

  1. #41
    Solrac
    O sea, que no te la follas te.

    Pfffff
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