Los síntomas de Wall Street que empiezan a recordar a las grandes burbujas de la historia
La historia financiera cambia de protagonistas, pero rara vez cambia de guion. Antes fueron los tulipanes holandeses, los ferrocarriles, la bolsa japonesa, internet o el ladrillo. Ahora, el epicentro vuelve a estar en la tecnología, la inteligencia artificial y los gigantes del Nasdaq. La gran pregunta es si el mercado vive ya una nueva burbuja o si todavía se encuentra en una fase previa más peligrosa: la de la euforia silenciosa.
Hay que distinguir tres tipos de burbujas: las de valoración, las de precio y las de estructura de mercado. Y aunque no parece que Wall Street haya alcanzado el punto de explosión, sí se puede considerar que los ingredientes clásicos empiezan a alinearse.
Toda burbuja comparte una narrativa poderosa. En esta ocasión, la inteligencia artificial ocupa el papel que internet desempeñó a finales de los noventa. La combinación vuelve a ser conocida: abundancia de liquidez, expectativas de crecimiento infinito y la sensación colectiva de que esta vez es diferente.
Los inversores suelen medir el precio de una compañía frente a sus beneficios mediante ratios como el PER. ¿Pero qué pasa cuando el mercado deja de valorar los beneficios reales y empieza a descontar escenarios imposibles? Es lo que ocurrió con la burbuja puntocom o con la gran burbuja japonesa de finales de los 80. En aquellos momentos, los inversores proyectaban crecimientos perpetuos que jamás llegaron a materializarse.
El problema es que esta métrica ya no resulta tan precisa como hace décadas.
Las grandes tecnológicas estadounidenses, como Apple, Microsoft, Google o Meta, generan buena parte de sus ingresos fuera de Estados Unidos, lo que distorsiona el PIB nacional. Aún así, la advertencia está ahí, pues el mercado bursátil crece mucho más rápido que la economía real.
Los síntomas de Wall Street que empiezan a recordar a las grandes burbujas de la historia