Si pensabas que Indra en este abril de 2026 era una simple empresa de informática que te arregla el ordenador de la oficina, es que no te has enterado de que se ha convertido en el portaaviones político y militar del Gobierno. Lo que estamos viendo es la culminación de un plan maestro para convertir a Indra en el "campeón nacional" de la defensa, pero a un coste que el accionista minoritario debería mirar con lupa: han transformado una tecnológica en un arsenal blindado por el Estado donde las decisiones se toman más en los despachos de Defensa que en la planta de ingeniería.
Para ser críticos de verdad, hay que hablar de los resultados de 2025 que acaban de presentar. Sí, han ganado 436 millones de euros, un 57% más, y se han venido tan arriba que han pulverizado sus propios objetivos estratégicos para 2026 con un año de antelación. Pero cuidado, porque este crecimiento no es fruto de una eficiencia mágica, sino de un contexto de guerra en Europa y Oriente Medio que les ha llovido del cielo. Han engordado la cartera de pedidos hasta los 16.000 millones de euros, pero gran parte de ese éxito depende de que sigamos viviendo en un mundo que prefiere gastar en misiles y sistemas antidrón CROW que en cualquier otra cosa. Es una empresa que ahora mismo "vive de la sangre", y en cuanto el ciclo del gasto militar se normalice o cambie el color político en Bruselas, ese Ebitda que tanto celebran se va a desinflar como un suflé.
Y qué decir del culebrón que tienen montado en el consejo de administración en este marzo y abril de 2026. Es de vergüenza ajena ver la guerra abierta entre el presidente Marc Murtra y los representantes de la SEPI contra el bloque de Escribano y Amber Capital. Tienen a la compañía sumida en una lucha de egos y poder por el control estratégico, mientras el CEO, José Vicente de los Mozos, intenta que la maquinaria siga funcionando. El inversor que entra aquí hoy no está comprando gestión, está comprando un asiento en una partida de póker entre el Gobierno y los grandes industriales de la defensa. Ver a la SEPI maniobrando para controlar el 28% y a los Escribano aumentando su peso demuestra que Indra es hoy un "juguete del Estado" donde el beneficio del accionista de a pie es la última prioridad de la lista.
Técnicamente la acción ha volado hasta los 47-48 euros, pero es una subida dopada por la euforia bélica y por el anuncio de la creación de la filial "Indra Espacio". Nos venden que la división espacial va a ser la próxima gallina de los huevos de oro, pero la realidad es que están segregando activos para ver si pueden colocarle el papel a algún incauto en una futura salida a bolsa o integración. Es la típica maniobra de ingeniería corporativa para inflar la valoración total sumando las partes, pero el riesgo de ejecución es altísimo. Indra ya no es una empresa ágil de software (Minsait, que por cierto, siguen queriendo vender por piezas para hacer caja), es un conglomerado pesado que depende totalmente del BOE y de los presupuestos de la OTAN.
En definitiva, Indra en 2026 es el valor perfecto para el que quiera apostar por el complejo militar-industrial español, pero es un territorio peligroso para quien busque transparencia y buen gobierno corporativo. Es una empresa estratégica, sí, pero tan intervenida que su cotización no responde a la lógica del mercado, sino a los caprichos del regulador y a las necesidades de defensa del país. Si el mundo se vuelve un poco más pacífico mañana, Indra se queda sin su principal motor de crecimiento y nos daremos cuenta de que el emperador estaba muy bien armado, pero tenía los pies de barro tecnológico.