Quiero que, si estás pensando en hacerlo o acabas de comenzar, seas consciente de algo que a mí me habría gustado entender mucho antes:
crear y hacer crecer una empresa es mucho más difícil de lo que parece.
Y si no vienes de una familia de emprendedores, si durante tu infancia y juventud no tuviste la oportunidad de vivir de cerca el funcionamiento de una empresa, probablemente tendrás que aprender muchas cosas sobre la marcha.
Yo lo he aprendido a base de golpes.
Y después de varios intentos y algunos fracasos, hoy veo el emprendimiento de una manera muy diferente.
Tener una buena idea no es suficiente
Cuando comenzamos un negocio solemos concentrarnos en lo que sabemos hacer.
Si eres diseñador, quieres diseñar.
Si eres abogado, quieres ejercer.
Si sabes cocinar, quieres vender comida.
Si eres contador, quieres llevar las cuentas.
Si eres bueno haciendo marketing, quieres conseguir clientes.
Pero una empresa es mucho más que aquello que sabemos hacer bien.
Hay que vender, administrar, controlar los costes, gestionar el dinero, cumplir obligaciones fiscales, atender clientes, pagar proveedores, controlar inventarios, tomar decisiones y, en muchos casos, gestionar personas.
Y aquí aparece uno de los primeros problemas.
Muchas veces queremos emprender porque somos buenos en una actividad, pero no estamos preparados para administrar una empresa.
Son cosas diferentes.
El error de culpar a Hacienda, a la Seguridad Social o al entorno
Vivo actualmente en España y he visto algo que también puede ocurrir en otros países.
Cuando a un nuevo emprendedor las cosas empiezan a salir mal, es relativamente fácil escuchar explicaciones como:
“Hacienda me está matando.”
“La Seguridad Social es demasiado cara.”
“Los impuestos no dejan trabajar.”
No pretendo decir que los impuestos, las cotizaciones o las obligaciones administrativas no tengan impacto económico. Por supuesto que lo tienen y deben formar parte de cualquier análisis serio antes de emprender.
Pero hay una diferencia entre reconocer un coste y convertirlo en el responsable de nuestro fracaso.
Y esa diferencia me parece importante.
Porque si yo comienzo un negocio sin conocer sus obligaciones fiscales, sin controlar mis números y sin entender cuánto necesito vender para cubrir mis costes, ¿realmente el problema es solamente Hacienda?
Probablemente no.
Parte del problema también puede estar en mi falta de preparación.
Y reconocerlo puede ser incómodo, pero también es el primer paso para mejorar.
Hay cosas básicas que un emprendedor debe conocer
No necesitas convertirte en contador, fiscalista, abogado, especialista en recursos humanos y experto financiero.
Pero sí necesitas tener un conocimiento suficiente para saber qué está ocurriendo en tu propio negocio.
Por ejemplo:
¿Cuánto dinero entra realmente?
¿Cuánto sale?
¿Cuál es tu margen?
¿Cuánto tienes pendiente de cobrar?
¿Cuánto debes a tus proveedores?
¿Cuánto tienes invertido en inventario?
¿Cuánto dinero necesitas reservar para impuestos?
¿Cuánto cuesta realmente contratar a una persona?
¿Cuál es tu punto de equilibrio?
¿Cuánto necesitas vender para que el negocio sea rentable?
¿Cuánto dinero puedes retirar sin poner en riesgo la operación?
No necesitas hacer tú todas estas tareas.
Pero sí deberías entenderlas.
Delegar no significa desentenderse
Aquí cometí otro error.
Cuando comenzamos, normalmente tenemos recursos limitados.
No somos una gran empresa con un departamento financiero, un asesor fiscal, un abogado y un director de operaciones.
Muchas veces somos nosotros mismos.
Hemos ahorrado durante años, reunimos nuestro capital, tenemos una idea que creemos que puede solucionar una necesidad del mercado y queremos utilizar cada euro de la mejor manera posible.
Entonces intentamos ahorrar en todo.
Y ahí puede aparecer otro problema:
contratar al profesional más barato no siempre significa ahorrar dinero.
A veces ocurre exactamente lo contrario.
Puedes contratar a un asesor que cobre menos, pero que no te explique nada, que no conozca bien tu situación o que simplemente presente información sin ayudarte a comprenderla.
Y cuando llega una sanción, un error o una obligación que no conocías, el ahorro inicial puede convertirse en un coste mucho mayor.
Por eso, si vas a delegar una función crítica, busca a alguien competente y confiable.
Y, si tienes la posibilidad, busca además a alguien que tenga vocación de enseñarte.
Un buen asesor no debería hacerte dependiente de él; debería ayudarte a entender mejor tu negocio.
Si volviera a empezar, lo haría más despacio
Después de varios fracasos como emprendedor, hoy tengo una visión mucho más prudente.
Una enseñanza de Jemal King, quien desarrolla su actividad en el sector inmobiliario, se me quedó grabada:
tu primera propiedad no tiene que hacerte rico; tiene que enseñarte a manejar una propiedad.
Creo que ese concepto puede aplicarse perfectamente al emprendimiento.
Cuando creamos nuestro primer negocio podemos tener la fantasía de:
“Monto esto y en unos años me retiro.”
Pero la realidad suele ser muy diferente.
Tu primer negocio también es una escuela.
Estás aprendiendo a vender.
A contratar.
A negociar.
A administrar.
A tratar con clientes.
A gestionar proveedores.
A entender impuestos.
A controlar el flujo de caja.
A tomar decisiones cuando tienes información incompleta.
Y también estás aprendiendo a conocerte a ti mismo.
Por eso hoy intentaría no correr.
Tu primer negocio es como un bebé
Cuando nace un bebé, nadie espera que el primer día coma una barbacoa.
Primero toma leche.
Después comienza a probar alimentos.
Poco a poco aprende.
Crece.
Se cae.
Se levanta.
Y desarrolla nuevas capacidades.
Con un negocio debería ocurrir algo parecido.
No necesitas demostrarle al mundo que eres un gran empresario durante tus primeros meses.
Necesitas aprender.
Explorar.
Escuchar.
Corregir.
Sobrevivir.
Y crecer.
El problema es que muchas veces queremos comernos la barbacoa cuando todavía estamos tomando biberón.
Queremos abrir un local enorme, contratar empleados, invertir grandes cantidades en marketing y tener una estructura que todavía no podemos sostener.
Quizás necesitamos primero aprender a vender nuestro primer producto.
Después conseguir nuestros primeros diez clientes.
Luego aprender a controlar el flujo de caja.
Y posteriormente construir una estructura que pueda crecer.
No hay nada malo en crecer despacio si estás construyendo algo que puede sostenerse.
En España hay dos áreas a las que prestaría especial atención
Esto dependerá del país donde vivas, porque cada sistema fiscal y administrativo es diferente.
Pero si hoy comenzara un negocio en España, prestaría especial atención a dos áreas:
1. Fiscalidad
Tendría un asesor fiscal que pudiera pagar y que, además de presentar mis obligaciones, estuviera dispuesto a explicarme las cosas.
No quiero solamente saber:
“Esto se presenta el día X.”
Quiero entender:
qué impuestos afectan a mi actividad;
qué obligaciones tengo;
qué gastos son relevantes;
qué debo reservar;
qué errores pueden generar problemas;
qué planificación debo considerar;
y qué información debo entregar a tiempo.
No quiero que mi asesor sea solamente quien presenta mis impuestos. Quiero que también me ayude a entenderlos.
2. Administración y contabilidad
Aquí tampoco pretendo convertirme en contable.
Pero sí quiero conocer los indicadores básicos que me permitan saber si mi empresa está sana.
Me preocuparía especialmente por entender:
flujo de caja;
ingresos y gastos;
cuentas por cobrar;
cuentas por pagar;
inventario;
conciliaciones bancarias;
costes;
márgenes;
rentabilidad;
provisiones;
obligaciones fiscales;
coste real de los empleados;
y cualquier otro indicador que sea relevante para mi actividad.
Incluso consideraría hacer un curso básico de finanzas para emprendedores o contabilidad para emprendedores.
No porque quiera convertirme en especialista.
Sino porque quiero poder mirar mis números y entender qué me están diciendo.
Tus números son los signos vitales de tu negocio
Cuando vas al médico, no necesitas ser médico para entender que algo no está bien si tienes fiebre, presión arterial muy alta o determinados síntomas.
Con una empresa ocurre algo parecido.
Tus números son sus signos vitales.
Puedes tener muchos clientes y estar perdiendo dinero.
Puedes facturar mucho y tener problemas de liquidez.
Puedes tener beneficios sobre el papel y no tener efectivo en el banco.
Puedes vender muchísimo y tener un margen insuficiente.
Puedes crecer rápidamente y, paradójicamente, acercarte a una situación financiera peligrosa.
Por eso no basta con preguntar:
“¿Cuánto estoy vendiendo?”
También necesitas preguntarte:
“¿Qué está pasando realmente con el dinero?”
Y aquí aparece algo que aprendí después de equivocarme
Al principio, cuando pasamos de ser empleados a emprendedores, podemos sentir que todo nos supera.
Antes alguien nos decía cuándo trabajar, cuánto cobraríamos y, en buena medida, cuáles eran nuestras responsabilidades.
Ahora somos nosotros quienes tenemos que tomar muchas de esas decisiones.
Es normal sentirnos abrumados.
Pero también debemos aceptar que esa responsabilidad forma parte del precio de emprender.
No significa que tengas que hacerlo todo.
Significa que tienes que aprender lo suficiente para saber qué debes hacer tú, qué puedes aprender y qué debes delegar.
Y, sobre todo, cuándo necesitas ayuda.
No necesitas saberlo todo, pero sí necesitas querer aprender
Después de varios intentos, esta es probablemente una de las ideas que más me habría gustado escuchar cuando comencé.
No necesitas saberlo todo para emprender.
Pero necesitas tener la humildad suficiente para reconocer lo que no sabes.
Lee.
Pregunta.
Contrasta.
Habla con tu gestor.
Busca un mentor.
Haz cursos.
Pregunta a otros empresarios.
Y verifica la información.
No te sobreconfíes.
Porque también existe otro peligro: encontrar a alguien que habla con mucha seguridad y asumir que, porque parece saber mucho, necesariamente tiene razón.
Aprender a contrastar también forma parte de ser emprendedor.
Emprender no es solamente tener una idea
Después de varios fracasos, hoy no veo el emprendimiento como:
“Tengo una buena idea y voy a ejecutarla.”
Lo veo más como:
“Tengo una idea y estoy dispuesto a convertirme en la persona capaz de hacerla funcionar.”
Y eso implica desarrollar habilidades.
Algunas estarán relacionadas directamente con tu profesión.
Otras no tendrán absolutamente nada que ver con ella.
Pero serán necesarias.
Quizás esa sea una de las razones por las que tantos emprendedores novatos tenemos dificultades.
No porque seamos incapaces.
Sino porque no sabemos todo lo que todavía necesitamos aprender.
Si pudiera hablar con el Alexis que comenzaba
Le diría:
Ve más despacio.
No confundas entusiasmo con preparación.
No confundas facturación con rentabilidad.
No confundas beneficios con liquidez.
No delegues a ciegas.
No contrates solamente por precio.
Aprende tus números.
Aprende tus obligaciones.
Busca personas que sepan más que tú.
Y acepta que durante los primeros años probablemente estarás aprendiendo mucho más de lo que estarás ganando.
Eso no significa que estés fracasando.
Significa que estás construyendo tu escuela.
Y quizás la pregunta más importante antes de emprender no sea:
“¿Tengo una buena idea?”
Sino:
“¿Estoy dispuesto a convertirme en la persona que esa idea necesita para sobrevivir y crecer?”
Porque una buena idea puede abrirte la puerta.
Pero son tus conocimientos, tus hábitos, tu capacidad de aprender, tu disciplina y las personas que te acompañen las que determinarán qué ocurre después.
Emprender no es para quien sabe hacerlo todo.
Pero sí puede ser para quien está dispuesto a aprender lo que todavía no sabe.
Lecturas relacionadas
|
7 min lectura
Disney demuestra por qué vender más no siempre significa ganar más
Blog Sergio Valverde
|
8 min lectura
Delivery Hero, Just Eat y Deliveroo: lo que una pyme debería calcular antes de crecer