Hay historias que comienzan con una gran decisión.
La mía comenzó con un libro.
Pero para entender por qué aquel libro tuvo tanta influencia en mi vida, tengo que llevarte muchos años atrás, a Venezuela, cuando apenas tenía 18 años y acababa de conseguir uno de mis primeros empleos.
Tenía 18 años y quería crecer
Trabajaba en una empresa que todavía existe en Venezuela: Consorcio Licorero Nacional.
Yo era muy joven y tenía un deseo enorme de crecer, de aprender y de convertirme en alguien diferente.
Cuando miro hacia atrás, hay algo que siempre atribuyo a mi madre.
Ella trabajaba como personal doméstico y no sé exactamente de dónde lo sacó, pero consiguió transmitirme algo que ha estado presente durante toda mi vida:
La creencia de que yo podía llegar más lejos.
Siempre me vio —y todavía me ve— como una persona capaz, inteligente y con talento para conseguir mucho más de lo que había conseguido hasta ese momento.
Esa confianza que depositó en mí probablemente ha sido uno de los mayores regalos que he recibido.
El libro que cambió mi manera de pensar
No recuerdo exactamente si fue mi jefa de aquella época, Zurich Matute, quien tenía el libro o si fui yo quien le preguntó por él.
Pero recuerdo perfectamente el libro:
Padre Rico, Padre Pobre.
El título ya me llamó la atención.
Y cuando comencé a leerlo tuve una sensación que pocas veces he experimentado con un libro:
"Este libro me está hablando a mí."
Algunas de sus ideas se quedaron grabadas en mi cabeza y terminaron influyendo en muchas de las decisiones que tomaría durante los siguientes años.
Una de las primeras frases que me impactó fue:
"Los ricos no trabajan por dinero."
Yo pensaba:
"¿Cómo que no trabajan por dinero? ¿Entonces para qué trabajan?"
Pero hubo otra idea que me produjo todavía más impacto:
"Tu casa no es un activo, es un pasivo."
Yo estaba comenzando mis primeros semestres de Contaduría Pública y mi reacción inicial fue prácticamente:
"¿Pero este hombre se volvió loco?"
Desde lo que yo estaba aprendiendo en la universidad, aquella afirmación parecía contradecir muchas de las cosas que entendía sobre contabilidad.
Pero Kiyosaki desarrollaba su argumento y explicaba por qué, desde su perspectiva, una vivienda que genera gastos constantes puede comportarse como un pasivo desde el punto de vista del flujo de dinero.
Más allá de estar de acuerdo o no con todas sus ideas, aquel libro consiguió algo mucho más importante:
me hizo cuestionarme lo que creía saber.
Descubrí el concepto de libertad financiera
Otro concepto terminó de atraparme:
la libertad financiera.
La definición que Kiyosaki planteaba era sencilla: llegar al punto en el que tus ingresos pasivos superan tus gastos.
Cuando eso ocurre, eres financieramente libre.
Y entonces aparece otro concepto que también me impactó:
la carrera de ratas.
La imagen era muy sencilla.
Un hámster corre dentro de una rueda utilizando todas sus fuerzas.
Corre.
Corre.
Corre.
Pero cuando se detiene, descubre que sigue exactamente en el mismo lugar.
Y yo pensé:
"Dios mío… ¡estoy en la carrera de ratas!"
Estudiaba una carrera, tendría que conseguir un empleo, trabajar durante años, recibir un salario, pagar mis gastos y repetir el proceso.
¿Y después qué?
Aquello me produjo una enorme inquietud.
mi conclusión a los 18…
Mi conclusión de aquel momento fue:
"Lo que estoy estudiando no me va a servir para conseguir lo que quiero en la vida."
Con los años he entendido que la universidad sí tiene un propósito claro y que puede ser una herramienta extraordinaria si sabes combinarla con otros factores.
Para mí, uno de ellos fue precisamente la posibilidad de establecer relaciones con personas que estaban fuera de mi círculo habitual y que, de otra manera, probablemente nunca habría conocido.
También aprendí que no existe una única respuesta.
Para algunas personas, una carrera universitaria puede ser un puente extraordinario hacia una vida diferente.
Para otras, quizá no sea el camino adecuado.
Depende de las circunstancias, de la profesión, del momento de la vida y, sobre todo, de lo que cada persona quiera construir.
A los 18 años yo solo tenía una cosa clara:
quería encontrar otra forma de construir mi futuro.
Quería saber cómo se hacía dinero
Hay que entender también el contexto.
Estamos hablando de Venezuela a comienzos de los años 2000.
Internet todavía estaba en una etapa muy diferente a la actual.
Yo no tenía ordenador.
No tenía acceso a cursos online.
No tenía YouTube.
No existían las redes sociales como las conocemos hoy.
La información financiera que podía conseguir era muy limitada.
Uno de los hermanos de la empresa, Héctor Izaguirre, me hacía llegar periódicos como El Nacional.
Y yo hacía algo que hoy puede parecer extraño.
Buscaba la sección de economía y me ponía a leer.
No entendía gran parte de lo que decía.
Pero quería descubrir cómo funcionaba el dinero.
Quería entender por qué unas empresas crecían y otras desaparecían.
Quería saber cómo se hacía rico alguien.
Y, sobre todo, quería descubrir cómo podía hacerlo yo.
El dueño de la empresa
Un día tuve una idea:
"Voy a hablar con el dueño de la empresa."
El señor Izaguirre.
La verdad es que tuve muy pocas oportunidades de verlo.
Y cuando finalmente tuve una de ellas, me dio miedo acercarme.
No lo hice.
Y aquella oportunidad nunca volvió a presentarse.
Pero mi curiosidad seguía intacta.
Así que pensé:
"Bueno, si no puedo preguntarle al dueño, voy a preguntarle al administrador."
Y ahí apareció el señor Ascanio.
La oficina que parecía contener todas las respuestas
Yo trabajaba en el almacén de productos terminados.
Mucho calor.
Cajas.
Palés.
Trabajo físico.
Y desde allí veía las oficinas administrativas como un lugar completamente diferente.
En mi cabeza funcionaba algo así:
"Aquí están los que saben de dinero."
Veía a las personas entrar y salir con coches que para mí representaban un nivel de vida al que todavía no tenía acceso.
Uno de esos coches que recuerdo especialmente era un Toyota Corolla verde, propiedad del propio Ascanio, el administrador, que a mí me parecía espectacular.
Y pensé:
"Este hombre tiene que saber cómo funciona esto."
Así que un día reuní el valor que no había tenido para hablar con el dueño y entré en la oficina del administrador.
Imagínate la escena.
Un muchacho de unos 19 o 20 años, después de una jornada moviendo cajas manualmente, probablemente sudado y no precisamente oliendo a perfume, entrando en una oficina para preguntarle al administrador cómo podía hacerse rico.
Si yo hubiera estado en el lugar de aquel hombre, probablemente habría soltado una carcajada.
Pero él no lo hizo.
La pregunta que cambió mi vida
Me senté frente a él y le pregunté algo parecido a esto:
"¿Cómo puede una persona hacerse rica? ¿Cómo puede llegar a tener una empresa y vivir como usted?"
Yo realmente pensaba que él sabía la respuesta.
Después de todo, era el administrador.
Tenía una buena oficina.
Tenía un buen coche.
Parecía que le iba bien.
Así que tenía que saber cómo funcionaba el juego.
Pero su respuesta me dejó completamente sorprendido.
Me dijo:
"El dueño de la empresa no soy yo. Es Izaguirre."
Recuerdo perfectamente que le respondí:
"Pero usted es el administrador. Usted debe saber."
Y entonces me dijo algo que nunca olvidé:
"Son dos cosas diferentes. Si quieres hacer eso, tienes que preguntárselo a él."
Me quedé completamente pasmado.
No esperaba esa respuesta.
Pero de aquella conversación saqué una conclusión que marcaría los siguientes 25 años de mi vida:
"Si quieres ser rico, tienes que ser el dueño."
Y adivina qué hice después.
Exactamente.
Intenté convertirme en dueño de un negocio.
Y esa decisión fue solo el comienzo de una historia que duraría décadas.
Continuará...
Esta es apenas la primera parte de una historia que comenzó hace más de 25 años.
Mi objetivo al compartirla contigo no es decirte que tengo todas las respuestas ni presentarme como alguien que ya consiguió llegar al lugar que buscaba.
Todo lo contrario.
Quiero contarte mi proceso, mis decisiones, mis aciertos, mis errores y, sobre todo, las cosas que he aprendido durante estos años persiguiendo la libertad financiera.
Si tú también estás recorriendo ese camino, espero que mi experiencia pueda ahorrarte algunos errores, darte alguna idea o simplemente hacerte compañía durante el recorrido.
Porque 25 años después sigo aprendiendo.
Y quizá lo más interesante de esta historia no sea solamente descubrir si algún día conseguí la libertad financiera.
Quizá sea descubrir qué entendía yo por libertad cuando tenía 18 años… y qué entiendo hoy después de haber recorrido todo este camino.