Parte 2: Cuando conseguir la libertad se convirtió en mi única prioridad
En la primera parte de esta historia te conté cómo, siendo apenas un muchacho de 18 años, descubrí Padre Rico, Padre Pobre y cómo aquel libro cambió completamente mi manera de entender el dinero.
Hasta ese momento pensaba que mi camino estaba bastante claro.
Quería estudiar, convertirme en un excelente profesional, algún día ser profesor universitario y tener una vida tranquila.
Pero aquel libro aterrizó mi sueño.
Me hizo preguntarme:
¿Y si existe otra manera de vivir?
Y entonces apareció una nueva idea:
Tengo que convertirme en dueño de negocios.
"Tengo que aprender a vender"
Una de las ideas que más se quedó conmigo fue que ser un excelente profesional no necesariamente te convierte en una persona financieramente libre.
Puedes ser muy bueno en tu profesión, trabajar muchísimo y aun así depender completamente de tu salario.
Empecé a entender que, además de los conocimientos técnicos de mi profesión, necesitaba desarrollar otras habilidades.
Y una de ellas, según lo que estaba aprendiendo, era fundamental:
saber vender.
Yo quería ser dueño de negocios.
Así que tenía que empezar a comportarme como alguien que quería construir negocios.
La pregunta era:
¿Por dónde empiezo?
Mi primer negocio: los CD
En aquella época, en Venezuela, los CD de música tenían una enorme demanda.
Internet todavía no había transformado la manera en que consumíamos música y los CD ofrecían una calidad de sonido superior a los antiguos casetes.
Yo vi una oportunidad.
Empecé a comprar y vender CD de manera informal.
Era un negocio que no estaba dentro de la legalidad, algo que hoy veo con mucha más perspectiva y que no recomendaría hacer.
Pero en aquel momento lo hice.
Y me fue bien.
No estaba ganando una fortuna, pero había descubierto algo que me encantaba:
comprar algo, venderlo por más y hacer crecer mi capital.
Aquella experiencia despertó todavía más mi interés por los negocios.
Después llegaron los préstamos
Mi jefe de aquella época, Pedro Corrales, era una persona a la que le gustaba mucho multiplicar su dinero.
Era de esas personas que siempre estaban buscando una oportunidad para vender algo, generar ingresos o hacer algún negocio.
También recuerdo que solía tener dinero disponible y prestaba dinero a otras personas.
Yo lo observaba y pensaba:
"Yo también quiero aprender a hacer esto."
Así que un compañero de trabajo y yo decidimos comenzar a prestar pequeñas cantidades de dinero.
Durante aproximadamente un año llegamos a cobrar un 10 % semanal.
Hoy, cuando miro aquello con distancia, puedo ver claramente el nivel de riesgo que estábamos asumiendo.
No había garantías.
La operación estaba basada prácticamente en la confianza.
Y las tasas eran altísimas.
Era un negocio de micropréstamos en el que el riesgo de impago era elevado.
Pero funcionó durante un tiempo.
Al terminar aquel año, habíamos multiplicado aproximadamente por cinco el capital inicial.
Para mí aquello fue una bomba.
Había descubierto que el dinero podía producir dinero.
No necesitaba únicamente trabajar más horas.
Podía utilizar mi capital para generar más capital.
Por alguna razón, el negocio no continuó.
Nos repartimos las ganancias y aquella etapa terminó.
Pero la semilla ya estaba plantada.
Mi primer intento con un activo que trabajara por mí
Tiempo después dejé Consorcio Licorero Nacional.
En Venezuela, incluso cuando renunciabas, recibías una indemnización o liquidación, aunque era menor que en caso de despido.
Yo había ahorrado durante todo el tiempo que trabajé allí, junto con las ganancias de mis pequeños emprendimientos.
Y llegó el momento de utilizar ese dinero.
Me compré un coche.
Junto con un vecino, Antonio Gómez, decidimos ponerlo a trabajar como taxi.
Mi primera experiencia con un activo que debía generar ingresos para mí.
Pero los números no tardaron en demostrarme algo.
Entre reparaciones, mantenimiento y otros gastos, lo que ingresaba no compensaba lo suficiente.
Al principio intenté hacerlo funcionar.
Pero llegó un momento en el que simplemente dejé de ver sentido económico en continuar.
Paré el negocio.
Otra lección aprendida.
No todo lo que parece una buena idea sobre el papel funciona en la realidad.
Yo me sentía un "Dios" como profesional
Mientras todo esto ocurría, yo trabajaba en una firma de auditoría.
Profesionalmente me sentía muy bien.
Había estudiado.
Tenía conocimientos.
Estaba construyendo una carrera.
Pero mi cabeza seguía en otro lugar.
Yo quería ser dueño.
No quería pasar toda mi vida intercambiando tiempo por dinero.
Y entonces apareció una persona que tendría una enorme influencia en mi siguiente etapa.
Un amigo llamado Ricardo Fernández.
Ricardo me habló de su empresa de helados, Helados Rizo.
Y ahí vi mi siguiente oportunidad.
Dejé la auditoría para vender helados
Tenía aproximadamente tres meses de dinero reservado para cubrir mis gastos.
Y tomé una decisión que, vista desde hoy, parece bastante arriesgada.
Compré dos congeladores.
Y renuncié a la firma de auditoría.
Me quedé como profesor contratado en la Universidad de Carabobo, en la cátedra de Auditoría, pero mi gran apuesta estaba en el negocio de los helados.
Y entonces llegó la realidad.
No vendía ni un solo helado en el desierto.
Bueno… quizá alguno.
Pero prácticamente ninguno.
Yo había leído libros sobre negocios.
Tenía toda la motivación del mundo.
Quería ser empresario.
Pero me faltaba algo fundamental:
no sabía vender.
Ricardo, que además compartía conmigo aquella pasión por los libros de Kiyosaki, me dijo algo que necesitaba escuchar:
"Necesitas aprender a vender."
Y entonces apareció Amway en mi vida.
Seis años persiguiendo un sueño
Con Amway entré en el mundo del network marketing.
Durante seis años trabajé con una enorme consistencia y entusiasmo.
Una de las cosas que más recuerdo de las reuniones, seminarios y convenciones era que constantemente hablábamos de un concepto:
el sueño de la libertad financiera.
Yo había encontrado un lenguaje para explicar aquella visión que llevaba años persiguiendo.
Aprendí a hablar con personas.
Aprendí a presentar una idea.
Aprendí a vender.
Aprendí a trabajar en equipo.
Aprendí a mantener una visión incluso cuando los resultados todavía no aparecían.
Y aunque aquella experiencia no me llevó a conseguir la libertad financiera que estaba buscando, sí me dejó algo que considero muchísimo más valioso:
me dio habilidades, visión, creencias y asociaciones que necesitaba para continuar persiguiendo mi sueño.
Y entonces ocurrió algo increíble con los helados
Mientras trabajábamos en Amway, también continuamos desarrollando el negocio tradicional de helados.
Y allí sí comenzaron a aparecer resultados extraordinarios.
Lo que comenzó vendiendo aproximadamente 200 unidades a la semana llegó a superar las 2.000 unidades semanales.
Un crecimiento enorme.
Amway y el negocio de los helados se convirtieron en dos de las experiencias empresariales más importantes de nuestra vida.
Mi esposa y yo trabajábamos muchísimo.
Realmente muchísimo.
Estábamos construyendo.
Los números crecían.
Las ventas aumentaban.
El negocio avanzaba.
Desde fuera, probablemente alguien podía pensar:
"Este hombre finalmente está consiguiendo lo que quería."
Pero había un problema.
Yo seguía sin ser financieramente libre.
Y lo peor estaba por venir.
Confundí libertad financiera con libertad
Mi obsesión era tan grande que cometí uno de los errores más importantes de mi vida.
Reinvertíamos prácticamente todas las ganancias.
Todo tenía que volver al negocio.
Más inventario.
Más crecimiento.
Más ventas.
Más expansión.
Más dinero.
Yo pensaba:
"Cuando seamos financieramente libres, entonces disfrutaremos."
El problema era que ese "entonces" nunca llegaba.
No invertía en mí.
No invertía en nuestra relación.
No invertía en recreación.
No me permitía parar.
No dedicaba tiempo suficiente a mi espiritualidad.
No entendía que también había que cuidar otras áreas de la vida.
Mi único objetivo era conseguir la libertad financiera.
"Y en esa búsqueda terminé convirtiendo la libertad financiera en otra forma de esclavitud"
El precio de perseguir un solo objetivo
Con el paso del tiempo, ese desequilibrio empezó a pasar factura.
Mi orgullo.
Mi rigidez.
Mi obsesión.
Mi falta de experiencia.
Mi incapacidad para detenerme.
Todo terminó afectando profundamente mi relación de pareja.
Y esa es probablemente una de las lecciones más dolorosas que me ha tocado aprender.
Puedes conseguir objetivos financieros y, al mismo tiempo, estar perdiendo cosas que el dinero jamás podrá comprar.
Puedes hacer crecer un negocio mientras tu vida personal se deteriora.
Puedes aumentar tus ingresos mientras disminuye tu bienestar.
Puedes construir patrimonio mientras destruyes relaciones.
Y entonces comprendí algo que los libros de finanzas nunca me habían enseñado:
La libertad también necesita equilibrio.
¿De qué sirve ser libre financieramente si no eres libre para vivir?
Quizá mientras lees esto estés pensando:
"Alexis, vaya motivación me estás dando para conseguir mi libertad financiera."
Y entiendo perfectamente que pueda parecerlo.
Pero precisamente por eso quiero contarte esta parte de mi historia.
No quiero contarte únicamente los momentos en los que las cosas funcionaron.
Quiero contarte también dónde me equivoqué.
Porque quizá tú estés recorriendo ahora mismo un camino parecido.
Quizá estés trabajando muchísimo.
Quizá estés ahorrando todo lo que puedes.
Quizá estés construyendo un negocio.
Quizá estés invirtiendo cada euro disponible.
Y quizá, sin darte cuenta, estés sacrificando cosas que también forman parte de una vida verdaderamente libre.
La libertad no es solamente financiera
Hoy pienso que la libertad financiera es una herramienta.
No debería convertirse en el propósito absoluto de nuestra existencia.
El dinero puede comprar comodidad.
Puede comprar tiempo.
Puede abrir oportunidades.
Puede reducir preocupaciones.
Pero hay cosas que el dinero no puede comprar.
El tiempo que no pasaste con tus hijos.
Una relación que descuidaste.
Una amistad que cultivaste.
La verdadera libertad no consiste solamente en conseguir que tus ingresos superen tus gastos.
Consiste también en no estar atado a un único objetivo hasta el punto de perder todo lo demás.
Continuará...
Esta historia todavía tiene por contar.
Y si hay algo que he aprendido después de 25 años persiguiendo la libertad financiera es que el camino puede enseñarte tanto como el destino.
Mi objetivo al compartir esta historia contigo es precisamente ese: contarte mi proceso, mis experiencias y mis aprendizajes para que, si tú también estás recorriendo este camino, puedas encontrar alguna idea que te aporte valor.
Quizá no tenga todas las respuestas.
Pero después de 25 años, tengo experiencias para saber algunas cosas que hoy haría de manera diferente.
Y una de ellas es esta:
“las cosas más valiosas de tu vida jamás la podrás pagar con dinero”
Muy bonito todo. Se habla de "espiritualidad", de "cuidar las relaciones", pero entre medias de todo eso va que "prestaba dinero a un 10% semanal" y no se hace una sola mención a la "ética" ni a la "moral"...
Cito a la RAE: "USURERO: Del lat. usurarius. 1- adj. desus. usurario (‖ perteneciente a la usura). 2- m. y f. Persona que presta con usura o interés excesivo.
Sin.: prestamista, avaro, tacaño, mezquino, miserable. 3- m. y f. Persona que en algunos contratos o negocios obtiene lucro desmedido."
Significados principales:
- Prestamista abusivo: Alguien que entrega dinero y exige intereses muy altos, aprovechándose de la necesidad de otro.
- Lucro desmedido: Persona que busca una ganancia exagerada en negocios o tratos fuera de los préstamos puros.