25 años persiguiendo la libertad financiera sin éxito Parte 3: Cuando la realidad me obligó a aterrizar
Pensé que llegar a España sería el comienzo de mi libertad financiera. Llegué con poco dinero, grandes expectativas y la idea de conquistar los mercados financieros. La realidad me obligó a empezar de nuevo y a replantearme muchas de mis creencias.
En las dos primeras partes de esta historia te he contado cómo nació mi deseo por la libertad financiera y cómo pasé de ser un joven que soñaba con ser dueño de negocios a construir diferentes emprendimientos.
También te conté algo que durante mucho tiempo me costó reconocer:
había convertido la libertad financiera en mi única prioridad.
Y en ese proceso terminé descuidando otras áreas de mi vida.
Pero todavía me faltaban muchas lecciones por aprender.
El final de Amway
Lo primero que dejé fue Amway.
No recuerdo exactamente cuándo ni cómo ocurrió.
Simplemente llegó un momento en el que sentía que, por más que estudiaba, asistía a seminarios, participaba en eventos y trabajaba con entusiasmo, no estaba avanzando como esperaba.
Además, Venezuela estaba deteriorándose rápidamente.
La situación económica hacía cada vez más difícil gestionar los inventarios.
El poder adquisitivo de las personas disminuía.
Y vender productos en un entorno donde cada vez había menos capacidad de compra se hacía mucho más complicado.
Pero hubo algo que tardé mucho más tiempo en entender.
El entorno importa
Yo amaba Venezuela.
Tenía un enorme sentido de pertenencia y de patriotismo.
Y quizá eso hizo que durante mucho tiempo perdiera de perspectiva algo fundamental:
el entorno en el que estás también importa.
Me recuerda nuevamente a la historia de la rana en el agua caliente.
Si aumentas gradualmente la temperatura, la rana puede no percibir que está frente a una amenaza hasta que ya es demasiado tarde.
Algo parecido me ocurrió.
Los cambios en Venezuela fueron progresivos.
Cada vez era más difícil.
Pero uno se acostumbra.
"Ya esto pasará."
"Las cosas van a mejorar."
"Tenemos que aguantar."
Hasta que llega un momento en el que tienes que tomar una decisión.
Y finalmente llegó para mí.
Diez años después tuve que cerrar la empresa
Cuando decidí cerrar la empresa que había fundado, también tuve que enfrentar una de las mayores frustraciones de mi vida.
Habían pasado aproximadamente diez años desde que había comenzado aquella aventura empresarial.
Diez años persiguiendo el sueño de emprender.
Diez años imaginándome construyendo algo grande.
Diez años creyendo que algún día conseguiría la libertad financiera.
Y al final tuve que cerrar.
Prácticamente salí break even.
No gané dinero.
Tampoco perdí dinero.
Con descubrí que había perdido algo que no podía recuperar:
tiempo.
Y el tiempo es el único recurso que todos tenemos y que jamás podemos comprar de vuelta.
Aquello me golpeó.
Porque yo había invertido una parte enorme de mi vida persiguiendo un objetivo que no había conseguido.
Y además tenía que enfrentar algo todavía más incómodo:
mi propio ego.
Pensaba que estaba conquistando el mundo
Durante mis años más intensos como networker y emprendedor llegué a desarrollar una visión bastante distorsionada de las cosas.
Creía que estaba destinado a conquistar el mundo.
Llegué incluso a mirar con cierto desprecio a quienes trabajaban como empleados.
En mi cabeza, ellos eran personas que simplemente no habían entendido cómo funcionaba la vida.
Yo, en cambio, estaba construyendo mi libertad.
Hoy me da un poco de vergüenza reconocerlo.
Pero precisamente por eso quiero contarlo.
Porque el ego también puede convertirse en una forma de esclavitud.
Y llegó el momento de aterrizar.
Tuve que cerrar la empresa.
Aceptar que aquel camino no había funcionado como esperaba.
Y comenzar de nuevo.
La segunda migración de mi vida
Poco después apareció la posibilidad de emigrar nuevamente.
La primera vez había sido a Trinidad y Tobago, país de origen de mi madre.
Allí también intenté emprender.
Monté un pequeño servicio de lavado de coches a domicilio.
Pero aquella experiencia terminó abruptamente porque tuve que regresar de urgencia a Venezuela.
Recibí una llamada que nunca olvidaré.
La que entonces era mi esposa me dijo:
"Quiero el divorcio."
Me quedé en shock.
Y esa situación abrió un período de aproximadamente dos años en el que tuve que aprender, de una manera muy dolorosa, algunas de las lecciones que te conté en la segunda parte.
Las cosas más importantes de nuestra vida no siempre se pueden comprar con dinero.
España parecía la tierra prometida
Después apareció España.
Y debo confesarte algo.
Mi primer pensamiento fue bastante ingenuo:
"Si hemos sido capaces de hacer negocios en Venezuela con semejante crisis, imagínate lo que voy a poder hacer en España."
Pensaba:
Sin hiperinflación.
Sin el caos económico que había vivido.
Con mayor estabilidad.
Con mejores oportunidades.
En mi cabeza, España era prácticamente una fuente inagotable de posibilidades para alcanzar mis objetivos.
Pero si alguna vez has emigrado, sabes que existe una diferencia enorme entre imaginar un país y vivir en él.
Como decía el humorista venezolano Emilio Lovera:
"Una cosa es turismo y otra cosa es migración."
Y vaya si lo aprendí.
Llegué con 1.100 dólares
Después de los gastos del viaje y de todo el proceso de separación, llegué a España con aproximadamente 1.100 dólares.
En Venezuela, en 2020, aquello todavía podía parecer "algo".
En España, para comenzar una nueva vida prácticamente desde cero, era muy poco.
Y entonces apareció otra de mis grandes ideas.
Si no podía construir mi libertad financiera a través de los negocios...
la construiría a través de los mercados financieros.
Mi gran plan para conquistar Wall Street
Parte del dinero que había recibido de la separación de bienes —aproximadamente 1.500 dólares— lo invertí en un programa de formación y trading de corto plazo relacionado con el mercado estadounidense.
Era una formación de iFundTrades, vinculada a Oliver Velez.
Y aquí viene la parte que más vergüenza me da contar.
Yo pensaba que en tres meses iba a dominar los mercados financieros.
No solamente eso.
Pensaba que podría generar ingresos con el trading y que, con el tiempo, terminaría gestionando un portafolio de un millón de dólares.
¿Fácil, verdad?
Había un pequeño problema.
No sabía absolutamente nada.
No sabía distinguir correctamente entre long y short.
No sabía interpretar una vela japonesa.
No entendía realmente cómo funcionaban los mercados.
Pero tenía algo que me sobraba:
confianza.
Y quizá ese fue precisamente mi problema.
Seis años después...
Han pasado aproximadamente seis años desde aquella decisión.
¿Y sabes dónde estoy?
Todavía estoy en una cuenta de simulación.
No he pasado a una cuenta real.
Y hoy lo digo con mucha más tranquilidad que antes.
Porque ahora entiendo que eso no significa necesariamente que haya fracasado.
Significa que todavía tengo mucho que aprender.
El hombre que hace seis años pensaba que dominaría los mercados en tres meses hoy entiende que los mercados merecen respeto.
Y esa es una diferencia enorme.
España me obligó a volver a empezar
España también me enseñó otra cosa.
La realidad empresarial que encontré aquí no era la que había imaginado desde Venezuela.
La velocidad a la que se mueve el dinero, la forma de emprender, el acceso a determinadas oportunidades y la estructura del mercado son diferentes.
Yo había llegado con esa imagen casi romántica del emprendedor que comienza con una mano delante y otra detrás y termina construyendo un imperio.
Pero la realidad que encontré fue mucho más compleja.
Y otra vez tuve que aterrizar.
Y entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Tuve que agradecer aquello que durante años había despreciado.
Volví a valorar ser empleado
Durante mis años de networker desenfrenado había llegado a pensar que ser empleado era prácticamente sinónimo de fracaso.
Ahora lo veía de otra manera.
Una persona que trabaja honestamente para una empresa no es menos libre, menos inteligente ni menos valiosa.
Hay personas que trabajan por pasión.
Otras trabajan por necesidad.
Otras combinan un empleo con un proyecto personal.
Y otras simplemente disfrutan de la estabilidad que un trabajo puede ofrecer.
Ninguna de esas opciones te hace inferior.
Y en mi caso, volver a trabajar también se convirtió en una herramienta para reconstruir mi vida.
Tuve que reconciliarme con una idea que durante mucho tiempo había rechazado:
ser empleado también podía formar parte de mi camino hacia la libertad.
Y entonces apareció Dave Ramsey
Fue en esa etapa cuando Dave Ramsey comenzó a tener una influencia importante en nuestra vida familiar.
Descubrí Financial Peace University, The Ramsey Show y una filosofía mucho más enfocada en algo que yo había ignorado durante años:
la paz financiera.
Hasta ese momento mi obsesión había sido crecer.
Más ingresos.
Más negocios.
Más inversiones.
Más patrimonio.
Pero ahora comenzaba a entender que las finanzas también tienen otra dimensión:
la tranquilidad.
No se trata solamente de cuánto dinero puedes generar.
También importa cuánto control tienes sobre él.
Cuánto necesitas para vivir.
Cuánto ahorras.
Cuánto debes.
Qué riesgos estás dispuesto a asumir.
Y qué tipo de vida quieres construir mientras recorres el camino.
Pero hubo un concepto que apareció en esta etapa y que transformaría todavía más mi manera de pensar:
el valor de dar.
Descubrí que quizá el dinero no solamente debía servir para acumular.
También podía servir para ayudar.
Para compartir.
Para generar bienestar en otras personas.
Y esa idea comenzó a cambiar mi relación con el dinero de una manera que jamás había imaginado.
Pero esa historia merece su propio capítulo.
Continuará...
Durante 25 años pensé que mi objetivo era conseguir libertad financiera.
Hoy empiezo a entender que quizá la pregunta correcta nunca fue solamente:
"¿Cómo puedo conseguir más dinero?"
Sino:
"¿Para qué quiero ser libre?"
Porque puedes tener dinero y no tener paz.
Puedes tener un negocio y no tener tiempo.
Puedes tener inversiones y no tener relaciones.
Puedes perseguir la libertad y terminar convirtiéndote en esclavo de tu propio objetivo.
Y después de todo este camino, sigo aprendiendo que quizá la libertad financiera no consiste únicamente en llegar a un número.
Consiste en construir una vida en la que el dinero esté al servicio de tus valores y no tus valores al servicio del dinero.