Ayer escuchaba a alguien hablar sobre la importancia del “nosotros” frente al “yo”.
La idea era sencilla: cuando cada persona pone sus fortalezas al servicio de los demás, el resultado puede ser mucho mayor que lo que conseguiríamos individualmente.
Y mientras lo escuchaba, pensaba en algo que durante mucho tiempo me ha costado reconocer:
nos necesitamos unos a otros.
Quizá tienes más que aportar de lo que crees
Cada uno de nosotros lleva dentro alguna fortaleza, algún talento, alguna experiencia o algún don que puede ser útil para otras personas.
Sin embargo, muchas veces nos resulta más fácil identificar nuestras carencias que nuestras capacidades.
A mí me ocurre.
Puedo pasar mucho tiempo pensando en aquello que todavía no sé, en lo que necesito mejorar o en las áreas donde considero que tengo deficiencias.
Y mientras estoy concentrado en todo lo que me falta, puedo estar dejando de reconocer aquello que sí tengo y que puede aportar valor a alguien más.
Creo que estamos profundamente interrelacionados.
No somos islas.
Y uno de los mejores ejemplos de esto puede ser una pareja.
Las personas que tenemos cerca pueden convertirse en un espejo
En una relación de pareja, muchas veces una persona termina siendo complemento de la otra.
Pero también puede convertirse en un espejo.
Alguien con quien convives puede ayudarte a ver aspectos de ti mismo que desde tu propia perspectiva no eras capaz de percibir.
Puede mostrarte una fortaleza que desconocías.
Pero también puede señalarte una debilidad que preferirías no reconocer.
Y eso puede ser incómodo.
Pero también puede ser tremendamente valioso.
Durante mi propio proceso de intentar mejorar mi vida —financiera, personal y profesionalmente— he leído libros, asistido a seminarios y realizado cursos.
Todo eso me ha aportado muchísimo.
Pero hay algo que, en mi experiencia, resulta muy difícil de sustituir:
tener a una persona que te acompañe de manera personal.
La diferencia entre información y acompañamiento
Un libro puede enseñarte una idea.
Un curso puede mostrarte un método.
Un seminario puede inspirarte.
Pero un mentor puede observarte.
Puede llegar a conocerte.
Puede entender cómo estás interpretando las cosas.
Y, desde ese conocimiento, puede hacerte una observación que quizá nadie más podría hacerte.
Puede decirte:
“Creo que estás cometiendo este error.”
O:
“No creo que el problema sea el que tú estás pensando.”
O incluso:
“Estás haciendo lo mismo que te ha llevado hasta donde estás, pero esperas obtener un resultado diferente.”
Ese tipo de conversación es difícil de obtener de un libro.
Porque el libro no te está observando.
El mentor sí.
Un mentor no está para decirte lo que quieres escuchar
Y aquí aparece una segunda parte que considero fundamental.
No basta con tener un mentor.
También necesitamos ser “coachables”.
Es decir, estar dispuestos a recibir orientación, aceptar correcciones y actuar sobre aquello que se nos señala.
Porque muchas veces buscamos un mentor esperando que nos confirme que vamos por el camino correcto.
Pero quizá esa no sea su función.
Un verdadero mentor puede llevarte precisamente hacia el lugar que menos cómodo resulta.
Y eso puede generar resistencia.
Yo también he puesto resistencia
Lo digo porque lo he vivido personalmente.
He pagado por mentoría.
He buscado personas que considero capaces de ayudarme.
He pedido orientación.
Y, aun así, en determinados momentos he puesto resistencia a los cambios que sabía que necesitaba hacer.
¿Por qué?
Porque muchas veces lo conocido resulta más cómodo que lo correcto.
Podemos saber que algo necesita cambiar y, sin embargo, seguir haciéndolo exactamente igual.
Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:
¿Cómo esperamos llegar a un lugar diferente si seguimos haciendo las mismas cosas?
Quizá necesitamos hacer algo diferente precisamente porque queremos obtener un resultado diferente.
La incomodidad también forma parte del crecimiento
He hablado con personas que han ejercido como mentores y me han contado algo que se repite con frecuencia:
Algunas personas abandonan el proceso porque el mentor comienza a pedirles cosas que les resultan incómodas.
Cambiar una rutina.
Modificar una conducta.
Tomar una decisión.
Dejar de hacer algo.
Empezar a hacer algo que llevaban meses evitando.
Y entonces aparece la resistencia:
“No entiendo por qué tengo que hacer esto.”
Pero quizá precisamente ahí está el valor de la mentoría.
Si alguien puede observar desde fuera aquello que nosotros no somos capaces de ver desde dentro, es posible que también pueda identificar acciones que nosotros todavía no entendemos.
Eso no significa obedecer ciegamente.
Un mentor también puede equivocarse.
Pero sí significa estar dispuesto a escuchar, preguntar, analizar y considerar seriamente aquello que nos está señalando.
A veces somos demasiado ciegos para ver nuestro propio juego
Hay una imagen que me ayuda mucho a entenderlo.
Imagina un entrenador de fútbol.
Está fuera del campo.
Ve la jugada desde otra perspectiva.
Puede gritarle a un jugador:
“¡Muévete!”
“¡Pasa el balón!”
“¡No vayas por ahí!”
Mientras el jugador está dentro del campo, está concentrado en la jugada, en el rival, en el balón y en todo lo que ocurre a su alrededor.
El entrenador tiene una perspectiva diferente.
Eso no significa que siempre tenga razón.
Pero sí significa que puede estar viendo algo que el jugador no está viendo.
Creo que algo parecido ocurre en nuestra vida.
Estamos demasiado involucrados en nuestros problemas.
En nuestras finanzas.
En nuestro negocio.
En nuestras relaciones.
En nuestras decisiones.
Y precisamente por estar tan dentro de la situación, algunas veces somos incapaces de verla con claridad.
En las finanzas esto puede ser todavía más importante
Cuando hablamos de dinero, esta perspectiva puede tener un valor enorme.
Porque las decisiones financieras no ocurren en un vacío.
Están relacionadas con nuestras emociones, nuestros hábitos, nuestras creencias, nuestra historia y nuestra manera de interpretar el riesgo.
Podemos estudiar durante años.
Leer libros.
Analizar mercados.
Hacer cursos.
Pero quizá necesitemos también a alguien que nos haga preguntas que nosotros nunca nos habíamos planteado.
¿Por qué estás tomando esta decisión?
¿Qué estás intentando conseguir realmente?
¿Qué estás sacrificando para conseguirlo?
¿Qué información estás ignorando?
¿Qué patrón estás repitiendo?
¿Qué no estás viendo?
A veces la pregunta correcta puede ser más valiosa que otra respuesta.
No se trata de depender de alguien
Ahora bien, tener un mentor no significa renunciar a nuestro propio criterio.
Al contrario.
Creo que una buena mentoría debería ayudarte a desarrollar precisamente eso:
tu capacidad para pensar, decidir y actuar por ti mismo.
El objetivo no debería ser crear dependencia.
Debería ser ayudarte a crecer hasta que puedas caminar con mayor autonomía.
Un buen mentor no debería construir seguidores incapaces de tomar decisiones sin consultarle.
Debería ayudar a formar personas capaces de pensar mejor.
Entonces, ¿es mejor ir solo?
Después de todo lo que he vivido, mi respuesta sería:
no creo que tengamos que hacerlo todo solos.
Podemos avanzar solos.
Podemos aprender solos.
Podemos equivocarnos solos.
Pero también podemos aprender de quienes ya recorrieron parte del camino.
Y, cuando existe la posibilidad de contar con personas que complementan nuestras fortalezas, nos ayudan a ver nuestros puntos ciegos y nos desafían a crecer, creo que sería un desperdicio no aprovecharlo.
La vida ya tiene suficientes incertidumbres.
Las finanzas también.
No necesitamos añadirle a ese camino el aislamiento como si fuera una virtud.
El verdadero desafío: encontrar al mentor adecuado y estar dispuesto a escucharlo
Tener un mentor no garantiza el éxito.
Y pagar por una mentoría tampoco.
La relación funciona cuando existen dos partes dispuestas a hacer su trabajo.
El mentor debe aportar experiencia, honestidad, criterio e interés genuino.
Y el alumno debe aportar algo igualmente importante:
humildad, disciplina y disposición para actuar.
Porque de poco sirve encontrar a la persona adecuada si, cuando nos señala algo incómodo, decidimos ignorarlo.
Quizá una de las preguntas más importantes no sea:
“¿Necesito un mentor?”
Sino:
“¿Estoy preparado para escuchar a alguien que puede mostrarme cosas de mí que no quiero ver?”
No estamos hechos para recorrerlo todo solos
Cuando miro hacia atrás, puedo identificar muchas personas, libros, profesores, mentores y experiencias que han influido en mi camino.
Algunas me dieron conocimiento.
Otras me dieron perspectiva.
Otras me hicieron preguntas.
Y algunas simplemente estuvieron ahí en el momento correcto.
Hoy creo que el crecimiento tiene algo de individual y algo de colectivo.
Tenemos que hacer nuestra parte.
Tenemos que estudiar.
Trabajar.
Pensar.
Tomar decisiones.
Pero también debemos aprender a recibir.
Y, con el tiempo, a dar.
Porque quizá el propósito no sea solamente encontrar buenos mentores.
Quizá también sea convertirnos algún día en uno.
Alguien que pueda utilizar lo que aprendió, incluso de sus propios errores, para ayudar a otra persona a avanzar.
No tenemos que recorrer solos el camino.
Y quizá una de las mayores muestras de madurez no sea demostrar que podemos hacerlo todo por nuestra cuenta.
Quizá sea tener la humildad suficiente para reconocer:
“Hay cosas que no puedo ver. Necesito que alguien me ayude a verlas.”