La mayoría de las veces, estos artículos tienen un propósito muy sencillo: compartir con ustedes algunos de los errores que he cometido en mi camino.
En un mundo donde constantemente vemos personas hablando de sus éxitos, de sus resultados y de sus aparentes realidades, siento que a veces hace falta algo que parece estar cada vez más escaso: sinceridad.
Vivimos rodeados de imágenes cuidadosamente seleccionadas, fragmentos de vídeos editados y contenidos preparados para mostrarnos únicamente aquello que alguien quiere que veamos.
Quizás estamos viviendo una especie de versión avanzada de aquellos programas de televisión donde todo estaba cuidadosamente producido.
Y en medio de tanta apariencia, el valor de una persona auténtica parece ser cada vez mayor.
No porque tenga todas las respuestas.
Sino porque también está dispuesta a hablar de sus errores.
Mirar hacia dentro
Hay algo que considero una bendición —aunque no siempre sé si llamarlo así— y es mi capacidad de sentarme a revisar mi propia realidad.
Especialmente después de los momentos difíciles y de los fracasos.
Una de las preguntas que intento hacerme es:
¿Qué puedo aprender de esto?
¿Qué hice mal?
¿Qué podría haber hecho diferente?
¿Qué necesito cambiar?
No siempre lo hago.
No siempre tengo la claridad necesaria.
Y algunas veces necesitamos tiempo para poder entender lo que realmente ocurrió.
Pero he aprendido que la introspección puede convertirse en una herramienta poderosa de crecimiento.
Sin embargo, también he descubierto algo importante:
No podemos ver todos nuestros propios puntos ciegos.
Por definición, un punto ciego es aquello que no somos capaces de observar desde nuestra propia posición.
Por eso necesitamos la perspectiva de otras personas.
Un mentor.
Un amigo.
Un familiar.
Alguien que tenga la confianza suficiente para decirnos algo que quizá no queremos escuchar.
El crecimiento personal no consiste únicamente en mirar hacia dentro.
También requiere, algunas veces, permitir que alguien desde fuera nos ayude a ver lo que nosotros no estamos viendo.
Años después de haber cerrado la empresa que creé alrededor de 2010 y que finalmente cerré en 2021, puedo identificar algunas de las lecciones que me dejaron aquellos años.
Algunas llegaron a través de golpes bastante duros.
Otras mediante mentorías.
Y otras, simplemente, después de mucho tiempo de introspección.
Entre ellas hay cuatro que considero especialmente importantes.
1. La inflexibilidad: cuando el plan deja de servir, pero seguimos insistiendo
Una de las cosas que más me ha costado aprender es que ser perseverante no significa ser inflexible.
Durante mucho tiempo pensé que cambiar de dirección podía significar que estaba abandonando mis objetivos.
Hoy lo veo de otra manera.
Si los hechos cambian, el entorno cambia y la información que tenemos también cambia, es perfectamente válido ajustar nuestro camino.
Imagina que estás navegando en el mar.
Tienes un destino.
Sabes hacia dónde quieres llegar.
Pero cambia el viento.
¿Qué harías?
¿Mantendrías las velas exactamente en la misma posición porque ese era el plan original?
Probablemente no.
Cambiarías las velas.
No porque hayas cambiado de destino, sino porque has entendido que las condiciones para llegar hasta allí han cambiado.
Creo que muchas veces hacemos lo contrario con nuestra vida.
Nos aferramos a una decisión que tomamos hace años simplemente porque fuimos nosotros quienes la tomamos.
Y terminamos defendiendo una estrategia que quizá funcionaba en otro momento, pero que ya no funciona en las circunstancias actuales.
Ser flexible no significa renunciar.
Significa tener la capacidad de decir:
"Con la información que tengo hoy, quizá necesito hacerlo de otra manera."
Y eso también es madurez.
2. El legalismo: cuando seguir literalmente una regla nos hace perder el principio
Esta lección tiene para mí una dimensión especialmente personal.
Fui formado desde los nueve años dentro del cristianismo y durante muchos años aprendí a acercarme a la Biblia buscando respuestas.
Con el tiempo también descubrí algo que considero importante:
leer literalmente un texto no siempre significa haber entendido correctamente su mensaje.
Un pasaje puede sacarse de contexto.
Una frase puede interpretarse de una manera que contradiga el sentido de otros pasajes.
Y una regla puede terminar convirtiéndose en algo completamente diferente del principio que originalmente pretendía transmitir.
Por eso, una de las cosas que he aprendido es la importancia de:
conocer el contexto;
comparar diferentes pasajes;
entender qué principio se está comunicando;
consultar diferentes interpretaciones;
y, finalmente, discernir cómo ese principio puede aplicarse a nuestra realidad.
Esto no significa que todo sea relativo.
Significa que la interpretación requiere contexto.
Y creo que este principio también puede aplicarse fuera de la espiritualidad.
En nuestras finanzas, nuestro trabajo, nuestras relaciones e incluso nuestros propios objetivos podemos caer en una especie de legalismo.
"Esto siempre se hace así."
"Esto nunca funciona."
"Si quiero alcanzar determinado resultado, necesariamente tengo que seguir este camino."
Pero quizá el problema no esté en el principio.
Quizá esté en nuestra interpretación rígida del mismo.
3. El entorno: podemos estar haciendo las cosas bien en el lugar equivocado
Probablemente esta es una de las lecciones que más me ha costado reconocer.
El entorno importa. Y mucho.
Durante años viví en Venezuela con un fuerte deseo de contribuir, de cambiar las cosas y de construir.
Ese deseo hizo que permaneciera más tiempo del que probablemente debería haber permanecido.
No porque no viera lo que estaba ocurriendo.
Sino porque quería creer que podía hacer suficiente para cambiar mi realidad dentro de aquel entorno.
Cuando finalmente salí del país y llegué a España, pude observar algo con mucha más claridad:
cuánto me había afectado el entorno en el que estaba viviendo.
No se trata de decir que un país determina completamente tu futuro.
No es así.
Las personas consiguen resultados extraordinarios en circunstancias muy difíciles.
Pero tampoco podemos ignorar que el país donde vivimos, las normas, la cultura, las oportunidades, la estabilidad económica y las condiciones sociales influyen en nuestras decisiones y en nuestros resultados.
Hay una frase que escuché de Jemal King que me ayudó a entenderlo.
El fumador pasivo es una realidad.
Puedes no haber fumado un solo cigarrillo en tu vida y, sin embargo, sufrir consecuencias simplemente por estar expuesto de manera constante al humo de otras personas.
Creo que algo parecido ocurre con nuestro entorno.
No necesitamos participar activamente de determinadas conductas para terminar siendo influenciados por ellas.
Nuestro entorno también puede convertirse en un "fumador pasivo" de nuestra mentalidad.
Las personas con las que convivimos.
La cultura.
Las conversaciones.
Las normas.
Las oportunidades disponibles.
La manera en que una sociedad entiende el trabajo, el dinero, el éxito o el riesgo.
Todo eso nos influye.
Por eso una pregunta importante no es solamente:
"¿Qué estoy haciendo?"
También deberíamos preguntarnos:
"¿En qué entorno estoy intentando hacerlo?"
4. La soberbia: creer que tenemos la solución para todo
Esta es probablemente una de las lecciones que más recientemente he logrado identificar en mí.
El orgullo y la soberbia.
Y reconocerlo no significa que ya lo haya solucionado.
De hecho, es precisamente porque sigo trabajando en ello que puedo escribirlo.
Una de las cosas que estoy intentando practicar conscientemente es algo que parece muy sencillo:
Dejar que las personas terminen de hablar.
Escuchar para entender.
No escuchar simplemente para encontrar el momento de responder.
Porque tengo una tendencia que he tenido que reconocer:
creer que tengo la solución para los problemas de los demás.
Y eso me lleva fácilmente a dar consejos que nadie me ha pedido.
Lo hago con buena intención.
Muchas veces realmente quiero ayudar.
Pero he aprendido que tener una buena intención no significa que nuestra intervención sea útil.
Si nadie te pidió consejo, es bastante probable que tampoco esté preparado para recibirlo.
Y aunque la información que compartas sea correcta, puede no ser lo que esa persona necesita en ese momento.
Por eso uno de mis desafíos actuales es aprender a mantener mi lengua en su lugar.
No porque no tenga nada que decir.
Sino porque estoy aprendiendo que escuchar puede ser una forma mucho más profunda de ayudar que hablar.
Mis cuatro grandes puntos ciegos
Cuando miro hacia atrás, veo una relación entre estas cuatro lecciones.
La inflexibilidad me hacía aferrarme a una manera determinada de hacer las cosas.
El legalismo podía hacerme confundir una regla con el principio que había detrás.
El entorno me hacía subestimar cuánto estaban afectando las circunstancias a mis resultados.
Y la soberbia me hacía pensar que yo tenía respuestas que quizá nadie me había pedido.
Todas tienen algo en común:
la dificultad para reconocer que nuestra propia perspectiva es limitada.
Y quizá esta sea una de las lecciones más importantes que he aprendido durante estos años.
No importa cuánto hayas estudiado.
No importa cuánta experiencia tengas.
No importa cuántos libros hayas leído.
Siempre habrá cosas que no estás viendo.
Por eso necesitamos aprender a mirar nuestra vida desde diferentes ángulos.
A veces desde dentro.
A veces desde fuera.
A veces desde nuestra propia experiencia.
Y otras veces desde la perspectiva de alguien que puede ver lo que nosotros no vemos.
No quiero dejar de equivocarme; quiero aprender más rápido de mis errores
Después de tantos años intentando construir una mejor vida financiera, profesional y personal, cada vez me interesa menos aparentar que tengo todas las respuestas.
Prefiero compartir las preguntas.
Los errores.
Los cambios de opinión.
Las decisiones que no funcionaron.
Y también las pequeñas cosas que voy aprendiendo por el camino.
Porque quizás esa sea una de las mayores diferencias entre tener una imagen de éxito y estar realmente creciendo.
No necesitamos ser perfectos.
Necesitamos estar dispuestos a revisarnos.
A reconocer cuando nos equivocamos.
A cambiar cuando los hechos cambian.
A escuchar cuando alguien nos muestra un punto ciego.
Y a tener la humildad suficiente para decir:
"Quizá no lo estoy viendo correctamente."
Y aquí te dejo una pregunta:
¿Cuál es hoy tu principal punto ciego?
Quizá no sea algo que puedas identificar tú solo.
Tal vez necesites preguntarle a alguien que te conozca bien:
"¿Qué ves en mí que crees que yo no estoy viendo?"
La respuesta puede incomodarte.
Pero también puede convertirse en una de las conversaciones que más contribuya a tu crecimiento.