¿ Burbuja en la tecnología-semiconductores ? (II parte).
Los pesimistas y los seguidores de las noticias catastrofistas de los medios de comunicación no deberían invertir en bolsa ,ya que siempre encuentran un motivo para vender, lo ejecutan y después al no venir el fin del mundo compran más caro y vuelta a empezar.
Antes de decidir si hay una burbuja en los mercados, hay que poner en contexto lo que significa la inteligencia artificial, cuya importancia asimilo a la revolución industrial y a la de los ferrocarriles.
Para ilustrar mi tesis sobre la importancia de la tecnología y los nuevos descubrimientos en las economía y los mercados financieros , actualizando las tesis de Schumpeter he descubierto a Carlota Pérez, economista venezolana con un amplio recorrido y bagaje por materias conexas con los mercados que nos hace un repaso por las revoluciones tecnológicas, su incidencia en la economía y en los mercados financieros.
Los pesimistas y los seguidores de las noticias catastrofistas de los medios de comunicación no deberían invertir en bolsa ,ya que siempre encuentran un motivo para vender, lo ejecutan y después al no venir el fin del mundo compran más caro y vuelta a empezar.
Antes de decidir si hay una burbuja en los mercados, hay que poner en contexto lo que significa la inteligencia artificial, cuya importancia asimilo a la revolución industrial y a la de los ferrocarriles.
Para ilustrar mi tesis sobre la importancia de la tecnología y los nuevos descubrimientos en las economía y los mercados financieros , actualizando las tesis de Schumpeter he descubierto a Carlota Pérez, economista venezolana con un amplio recorrido y bagaje por materias conexas con los mercados que nos hace un repaso por las revoluciones tecnológicas, su incidencia en la economía y en los mercados financieros.
Carlota Perez propone un marco histórico para entender cómo las grandes oleadas de cambio tecnológico transforman la economía y la sociedad, y por qué casi siempre vienen acompañadas de burbujas financieras seguidas de crisis. Su tesis central, desarrollada en Technological Revolutions and Financial Capital (2002) y en artículos posteriores, sostiene que el progreso tecnológico no es lineal ni continuo, sino que ocurre en revoluciones tecnológicas periódicas. Cada revolución combina un conjunto de tecnologías, infraestructuras y prácticas organizativas que, en conjunto, forman un nuevo “paradigma tecno-económico”. Este paradigma reconfigura qué es eficiente, qué es rentable, y cómo se crean y distribuyen la riqueza.
Perez identifica cinco grandes revoluciones desde finales del siglo XVIII: 1) la de la maquinaria textil y la primera revolución industrial; 2) el ferrocarril y el acero; 3) la era del acero, la electricidad y la ingeniería pesada; 4) la del automóvil, el petróleo y la producción en masa; y 5) la de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), con la digitalización y la microelectrónica. Cada una sigue un patrón recurrente en cuatro grandes fases, con una inflexión en medio que llama “gran separación” entre la lógica del capital financiero y la lógica del capital productivo.
Primero, surge la “irrupción” (irruption): una oleada de innovaciones claves irrumpe y abre un abanico de posibilidades. En esta fase, aparecen los emprendedores pioneros, los experimentos tecnológicos, y los nuevos sectores. Es un periodo de entusiasmo creativo, pero la infraestructura y las instituciones todavía no se adaptan del todo; la nueva tecnología convive con lo viejo.
Segundo, el “frenesí” (frenzy): el capital financiero se vuelca al nuevo paradigma, buscando rendimientos extraordinarios. Se construyen infraestructuras a gran escala —canales y ferrocarriles en el siglo XIX; electrificación y carreteras en el XX; internet y data centers en el XXI— con financiación abundante y a menudo especulativa. La certeza de una “nueva era” impulsa valoraciones desmedidas y proyectos redundantes. En términos de Perez, el capital financiero lidera y sobredimensiona la instalación del nuevo paradigma. Esta fase típicamente forma una burbuja: los precios se separan de los fundamentales y la exuberancia oculta los excesos.
Tercero, ocurre el “colapso” o “crash”: la burbuja estalla, exponiendo sobreinversiones, fraudes y debilidades institucionales. Históricamente, esto incluye la crisis ferroviaria de 1847, el crack de 1929 o el estallido de las puntocom en 2000-2001, y la crisis financiera global de 2008 como un episodio vinculado a la maduración del paradigma TIC y la financiarización. El crash marca el final de la fase especulativa descontrolada y abre la posibilidad de reorganizar el sistema para aprovechar productivamente la base instalada.
Cuarto, la “sinergia” (synergy): tras reformas regulatorias, aprendizaje social e institucional, y una nueva relación entre finanzas y producción, el paradigma se despliega plenamente en la economía real. Es la “edad de oro” asociada a cada revolución —por ejemplo, los “treinta gloriosos” tras la Segunda Guerra Mundial en el paradigma del petróleo y la producción en masa. En esta fase, las tecnologías ya maduras se difunden a todos los sectores, se estabilizan estándares y buenas prácticas, y los beneficios se distribuyen más ampliamente vía empleo, salarios y expansión del Estado de bienestar o políticas equivalentes. Finalmente, llega la “madurez” (maturity): se agotan las oportunidades de alto crecimiento, las ganancias marginales decrecen y se preparan las condiciones para la siguiente revolución.
Un elemento clave del marco de Perez es la distinción entre capital financiero y capital productivo, junto con su desalineación temporal. En la instalación (irrupción + frenesí), las finanzas toman la delantera, asumiendo riesgos y, a menudo, sobrecalentando la economía. Esto no es solo un vicio: cumple una función histórica, porque adelanta recursos para construir la infraestructura sistémica necesaria que de otro modo sería demasiado costosa o incierta. Sin embargo, el mismo mecanismo que acelera la instalación también crea burbujas. El crash, aunque doloroso, actúa como mecanismo de corrección: disciplina a los actores, depura excesos y allana el camino para la sinergia, cuando la producción —la economía real— lidera y las finanzas se subordinan a objetivos de crecimiento sostenido y difusión social de beneficios.
Perez subraya que esta transición del frenesí a la sinergia no es automática: requiere un “arreglo institucional” (institutional recomposition). Tras cada crash, la sociedad redefine reglas, regulaciones, políticas industriales, instrumentos financieros y marcos laborales para alinear incentivos. Históricamente, esto implicó, por ejemplo, leyes antimonopolio, regulación bancaria, inversión pública masiva y pactos sociales. En su lectura, el New Deal y la regulación del sistema financiero estadounidense, sumados al esfuerzo de guerra y la posterior reconstrucción, fueron decisivos para convertir el potencial de la producción en masa en crecimiento ampliamente compartido. Sin ese reequilibrio institucional, el sistema puede quedar atrapado en estancamiento, desigualdad y volatilidad.
Otra aportación crucial es la noción de “paradigma tecno-económico”, que no es solo una tecnología, sino una lógica integral de eficiencia. En cada revolución, emergen principios comunes: por ejemplo, la producción en masa estandarizada, las cadenas de montaje, la gestión científica, el consumo de masas y la red de carreteras en el paradigma del automóvil; o la modularidad, la desintegración vertical, la subcontratación global, el just-in-time y la digitalización en el paradigma TIC. Estos principios se convierten en “mejores prácticas” que revalorizan habilidades, reorganizan industrias y reescriben la geografía productiva. La difusión del paradigma requiere también “infraestructuras blandas”: estándares, patentes, formación, contabilidad adaptada, métricas y normas de competencia.
En cuanto a las burbujas financieras, Perez insiste en tratarlas no solo como fallos, sino como fenómenos sistémicos endógenos a la transición tecnológica. La expectativa de altos rendimientos en torno a una “nueva frontera” incentiva a los inversores a financiar proyectos que no tendrían sentido bajo la lógica anterior. Un número significativo de esos proyectos fracasa, pero una parte construye la base común que luego todos aprovechan: vías ferroviarias en exceso que abaratan el transporte; cables de fibra y centros de datos infrautilizados en 2001 que, años después, sostienen el crecimiento de internet; viviendas suburbanas y autopistas que habilitan la logística y el consumo de masas. La función social de la burbuja es, paradójicamente, socializar parte de los costes de instalación vía capital privado dispuesto a asumir pérdidas por expectativa de ganancias extraordinarias.
Ahora bien, la burbuja también incrementa desigualdad y puede degradar la confianza pública si los costes del ajuste recaen sobre los más vulnerables. Por eso, Perez enfatiza el papel de políticas que canalicen el dinamismo financiero hacia fines productivos y socialmente útiles tras el crash: inversión pública contracíclica, banca de desarrollo, regulación prudencial, impuestos progresivos, competencia efectiva, apoyo a la difusión de capacidades (educación técnica, reconversión laboral), y, en la fase de sinergia, políticas de demanda que expandan el mercado interno para absorber la nueva capacidad productiva.
Perez también propone que cada revolución abre una nueva “oportunidad de inclusión” y un nuevo “estilo de vida” que legitima el auge. En la era del automóvil, fue el sueño suburbano, los electrodomésticos, el ocio de masas. En la era digital, las promesas giran en torno a la conectividad ubicua, la economía del conocimiento, la personalización y la desmaterialización parcial del crecimiento. Sin embargo, advierte sobre el riesgo de que el paradigma digital, si se deja librado solo al capital financiero, culmine en “plataformización” concentrada, precarización laboral, evasión fiscal y extractivismo de datos, en lugar de una sinergia inclusiva. La pregunta normativa es cómo orientar este paradigma hacia una “edad de oro verde y equitativa”, aprovechando su versatilidad para la transición energética, la eficiencia de recursos y nuevos bienes públicos digitales.
En sus trabajos más recientes, Perez liga el paradigma TIC con la posibilidad de una “revolución verde” como próxima oleada, o al menos como una orientación para la plena maduración del paradigma actual. Sugiere que la convergencia entre digitalización, energías renovables, almacenamiento, movilidad eléctrica y redes inteligentes puede constituir el núcleo de un nuevo conjunto de “aplicaciones impulso” (carrier branches) capaz de arrastrar la inversión, generar empleo de calidad y reducir emisiones. Para que esto ocurra, es necesario un marco de políticas industriales coordinadas —estándares, compras públicas, infraestructura de red, precios al carbono, financiamiento paciente— que catalicen la reasignación desde actividades especulativas de bajo valor social hacia proyectos con externalidades positivas.
Un rasgo metodológico de su enfoque es el énfasis en secuencias temporales largas y en coevolución tecnología–finanzas–instituciones. Esto le permite integrar elementos que a menudo se estudian por separado: la psicología de los mercados, las trayectorias de aprendizaje tecnológico, la economía política de la regulación y el papel de la demanda social. También relativiza la visión de “progreso inevitable”: sin alineación institucional, el potencial tecnológico puede desperdiciarse o volverse regresivo. Así, su teoría es a la vez descriptiva y prescriptiva: describe patrones históricos repetidos y sugiere intervenciones para maximizar beneficios y minimizar daños.
La estructura cíclica que propone se puede condensar en la idea de “instalación” y “despliegue”. La fase de instalación construye la infraestructura, estándares y expectativas; la financiación es abundante y volátil; reina la experimentación y el caos creativo. El crash divide el ciclo y obliga a redefinir reglas. La fase de despliegue transforma esa base instalada en productividad generalizada: difunde las mejores prácticas, moderniza sectores rezagados, y estabiliza precios y salarios dentro de un marco institucional renovado. Hacia el final del despliegue, la innovación se vuelve incremental; aparecen rigideces; el capital busca nuevos horizontes y se gesta la siguiente revolución.
Un aporte práctico de las ideas de Perez es ayudar a formuladores de políticas y empresas a reconocer en qué etapa del ciclo se encuentran y actuar en consecuencia. Durante la instalación, tiene sentido permitir mayor tolerancia al fracaso, fomentar competencia y variedad, y no intentar “elegir ganadores” demasiado pronto, pero sí invertir en infraestructura y estándares abiertos. Después del crash, es crucial pasar del laissez-faire financiero a una disciplina orientada a la producción y al bienestar: cerrar arbitrajes regulatorios, premiar inversiones a largo plazo, y ampliar la demanda efectiva. Para empresas, la recomendación implícita es identificar las “mejores prácticas” del paradigma emergente, desarrollar capacidades organizativas coherentes con ellas y evitar quedar atrapadas en modelos de negocio anclados al paradigma anterior.
Respecto al debate sobre burbujas, Perez aporta una visión que reconcilia dos intuiciones opuestas: que las burbujas son peligrosas y derrochadoras, y que sin ellas no tendríamos la infraestructura necesaria a tiempo. Su respuesta es que no se trata de aceptar o rechazar las burbujas, sino de diseñar instituciones que minimicen el daño y maximicen el legado útil: transparencia, límites al apalancamiento, resolución ordenada de quiebras, y mecanismos para que los activos construidos —bandas de espectro, cables, capacidades de manufactura limpia— queden disponibles para el uso productivo posterior a precios que permitan su difusión.
Finalmente, la obra de Perez sugiere una lectura optimista y a la vez cauta del presente. El estallido de las puntocom y la crisis de 2008 pueden verse como parte del tránsito desde la instalación digital hacia su despliegue pleno. La aparición de la computación en la nube, el smartphone, la inteligencia artificial aplicada, y la digitalización transversal de industrias son rasgos de una maduración del paradigma. Pero la desigualdad, la concentración de poder de plataformas y la urgencia climática indican que el reequilibrio institucional aún es incompleto. En su marco, una “edad de oro” digital y verde es posible si la sociedad decide orientar el capital hacia misiones públicas —descarbonización, salud, educación, ciudades habitables— y reconfigura reglas para que la innovación rinda frutos amplios y sostenibles.
En síntesis, las ideas de Carlota Perez articulan: 1) que las revoluciones tecnológicas llegan en oleadas con lógicas propias que reordenan la economía; 2) que las finanzas, impulsando la instalación del nuevo paradigma, tienden a crear burbujas que luego corrigen con un crash; 3) que el paso a una fase de sinergia requiere rediseño institucional para alinear capital financiero y productivo; y 4) que el resultado social —edad de oro inclusiva o estancamiento desigual— depende de decisiones políticas conscientes. Este marco no solo ilumina el pasado, sino que ofrece una brújula para navegar el presente y orientar la próxima transformación hacia objetivos económicos, sociales y ambientales compartidos.