Andaba un día Don Ramón por la calle cuando pasó por delante del escaparate de un banco. Le llamó la atención un letrero que indicaba que tenían tantos y tantas casas, pisos, locales, naves, solares y fincas en venta. Con descuento y financiación del préstamo.

Don Ramón, que no tenía ni un pelo de idiota, por ser calvo de antiguo, vino a comprender que lo que estaba viendo era el resultado de una enorme tragedia para un montón de gente.

Don Ramón pensó en toda la gente que había perdido sus propiedades porque sino "¿de dónde lo sacan estos?" cabía preguntar. Y entonces imaginó el dolor que se escondía tras cada anotación de esa lista interminable. Imaginó las lágrimas, el momento terrible en que se firma la pérdida irreversible de algo que es much más que un conjunto de ladrillos en un cierto orden.

Don Ramón imaginó al director del banco, antaño un señor, hoy persiguiendo sombras para recuperar liquidez para su entidad. A cambio de nada, que mucho es no perder la silla.

Don Ramón tuvo también un momento para acordarse de quienes habían dedicado su vida, vocacionalmente al negocio inmobiliario. Cuantas horas de trabajo, de espera, de perder el tiempo en esta y aquella visita. Cuantas horas de estudio para tener un conocimiento que les permitiera operar con respeto a la Ley. Ahora no solo estaban avergonzados de sus voraces atracones a costa de curritos sino también de haber alimentado con su codicia monstruos bancarios. Ahora no solo no hay trabajo sino que quien lo hace, es el banco. ¿Competencia desleal o simplemente agarrarse a todo lo que flota tras el naufragio? Ni se sabe.

Don Ramón asió fuertemente su bastón, empujándolo con fuerza hacia delante. No era un estoque lo que se dibujó en el aire, sino el anuncio de algo que habían experimentado las carnes de sus nalgas cuando chico, en forma de azote. "Ese para todos vosotros", dijo, apretando los dientes que aún quedaban en su desierta boca. Ese mensaje era para los Consejeros Delegados, para los responsables de los Consejos de Administración, para esos que nunca dimiten, para quienes diseñan la estrategia y también la táctica que ha permitido que todo se vaya a la mierda.

Don Ramón siguió su devenir, cabizbajo y pensativo. Sus rodillas acusaban el paso de los años. Su pelo había caído cuando joven dejando una cabeza monda, de las que no oculta nada. Había visto muchas cosas y demasiadas de ellas terribles. Pero le entristeció encontrarse en sus últimos días con algo que daba a entender que pronto abandonaría un mundo lleno de buena gente amargada por una pandilla de idiotas sin remedio.

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