Fernando Esteve Mora
No sabía cómo titular este post. El "cuerpo" me pedía escribir algo así como "winter is coming a los grandes almacenes", pero al final me he decantado por el que aparece ahí en el Título aún a sabiendas de que sólo los más viejos lo "entenderán". El caso es que el otro día tuve que ir al Corte Inglés, y un año más me pasó lo de todos los años: salí aterido de frío. Era unos de los días de esa ya "continua" ola de calor (por cierto, llamar así a lo que nos acontece en los veranos creo que lamentablemente ya es una equivocación. La repetición inmisericorde de esas olas de calor que nos agobian creo que se describen mejor hablando de mareas de calor y no de olas pues usar del término olas sugiere la existencia de descansos o discontinuidades entre una y otra, cosa que ya no ocurre), el caso es que, nada más entrar, noté la increíble gelidez del ambiente. Ya sabía de otros años que esa sensación no se debía sólo al natural choque térmico que suponía pasar de los 40 o más grados centígrados de la calle al entorno refrigerado del edificio, pues seguí experimentando la misma sensación de frío brutal cuando ya llevaba diez minutos en el edificio y mi cuerpo ya se había olvidado del calor brutal de la calle. Le pregunté a una dependienta de mediana edad que iba enfundada en una chaqueta de lana que cómo lo llevaban y que porqué no bajaban el aire acondicionado un poco, pues ya la temperatura no era nada agradable para estar por allí. Me contestó que lo llevaba mal, que los trabajadores se habían quejado repetidas veces pero como si nada, así que en verano iban de manga larga arrastrando constipados y faringitis, pero que en invierno pasaba justo lo contrario: la calefacción estaba a tope y tenían que ir de manga corta, arrastrando catarros y faringitis por la discrepancia al salir a la calle.
Y lo mismo que en El Corte Inglés sucede también en la mayoría de centros comerciales y otros locales públicos (cines y teatros, por ejemplo: recuerdo una vez hace años que me tuve que salir a mitad de la película en el cine Bellas Artes de Madrid por el frío espantoso que tenía) , de modo que ya no es anormal que las mujeres, siempre más previsoras, incluyan en sus bolsos la tradicional "rebequita" para tratar de hacer frente a esas torturas que los gestores de esos lugares someten a quienes entran o trabajan en ellos.
Puestos a buscar una explicación desde la Economía una primera se ofrece a su consideración. Tiene su pedigrí pues su origen se encuentra en el mismísimo Adam Smith. Éste, en su Riqueza de las Naciones, y a la hora de dar cuenta de un fenómeno como el de la pervivencia de la esclavitud y la defensa de la misma por parte de los empresarios aun cuando incluso para ellos estaba más que claro que los trabajadores esclavos eran mucho menos productivos que los trabajadores libres (o sea, los que trabajaban voluntariamente a cambio de un salario) acudía a la existencia en las mentes o en las almas de los empresarios de un motivo adicional al de la búsqueda de beneficios, cual era el ejercicio del poder , del dominio sobre las vidas de otros seres humanos. La satisfacción de esa libido dominandi, como yo la he denominado en otro lugar (1), de esa compulsión a ejercer del poder sobre otros que les llevaba a comportamientos que se traducían, no en más, sino en menos beneficios, precio o coste que pagaban con ganas a cambio de experimentar esa sensación satisfacción de mandar sobre otros.
Con arreglo a esta explicación smithiana, los empresarios estarían dispuestos a perder algo de dinero, a dejar de ganar algunos beneficios, poniendo el aire acondicionado a una temperatura gélida (lo que desincentivaba la permanencia de los clientes en los establecimientos y perjudicaba la salud de los trabajadores) a cambio del bienestar que les reportaría el que quedara claro que quien mandaba en sus establecimientos eran ellos y que hacían lo que les venía en gana pese a las protestas y/o padecimientos de clientes y trabajadores.
Pues bien, a pesar del respeto que siempre siento por las ideas de Adam Smith, y a pesar del favor que de salida suelo dar a cualquier "teoría" que les de algo de caña a los poderosos, creo que aquí no "vale" esta "teoría".
He consultado una IA y, como es habitual, me ha suministrado una serie de explicaciones de tipo técnico aparentemente convincentes, pero poco creíbles en el fondo. Desde que ese fenómeno de una climatización excesiva por su incomodidad no es tal, que es una mera sensación subjetiva fruto del contraste entre el calor externo y el ambiente climatizado interior hasta "explicaciones" inconsistentes como la de que la temperatura se programa para una situación en que el local esté a rebosar y así contrarrestar el calor que desprendería tal masa de clientes/visitantes cuando llegue (¿por qué los gestores de estos locales harían eso cuando disponen de sobrada información estadística acerca del patrón que sigue el número de sus clientes por día de la semana y por hora?) pasando por la necesidad de refrigerar más de lo necesario para crear un ambiente confortable para desecar el ambiente y evitar el bochorno (si se acepta esto como explicación, creo que podría evitarse la humedad con una menor refrigeración pues salvo casos patológicos me da la impresión que la mayoría de los seres humanos dejamos de sudar a temperaturas bastante más elevadas que las gélidas de los centros comerciales).
Y si no valen ni la tesis smithiana ni estas variopintas hipótesis, ¿es entonces este comportamiento de los gestores de estos locales un ejemplo más de irracionalidad económica igual por tanto a otros, como el delirante libro de etiquetas inútiles que cualquier prenda lleva y que hemos de cortar los compradores a riesgo de hacerles un agujero?
Pues bien, para un economista neoliberal radical como David Friedman la respuesta es un rotundo no. ¿Cómo cabe siquiera imaginar que los empresarios y gestores de las empresas, paradigmas andantres de la racionalidad instrumental, van a hacer algo, o sea, tomar una decisión respecto a la temperatura ambiente de sus locales irracional? Eso sería una herejía que rápidamente sería corregida por el mercado que castigaría y expulsaría a quienquiera se atreviese a hacer algo "irracional".
La "lógica" o el "argumento" de David Friedman es de los que encantan a los profesores de Economia (2), los que la conocen la suelen incluir en sus clases pues es un ejemplo perfecto de cómo debería razonar un economista. Lo primero, señala Friedman, es que hay que distinguir entre el coste medio y el coste marginal de la refrigeración. Este último es el coste asociado a rebajar la temperatura ambiente algo más, por ejemplo, refrigerar el local un grado más. El coste marginal es básicamente, pues, sólo el coste de la energía adicional necesaria para rebajar un grado la temperatura. Por contra, el coste medio es el coste total de alacnzar una detrminada temperatura dividido por esa temperatura. En el coste total de alcanzar una determinada temperatura se incluye el coste fijo del sistema de climatización más el coste variable (el coste de la energía necesaria para llegar a esa temperatura). Dado que en el coste marginal no aparecen los costes fijos, resulta clari que el coste medio de alcanzar una dterminada temperatura será mayor que el coste marginal del rebajar la temperatura, o sea, el coste asociado a conseguir el último grado de rebaja.
Lo segundo consiste en darse cuenta de que una decisión eficiente siempre ha de usar como criterio el coste marginal, no el coste medio. Es decir, que en nuestro caso, la temperatura óptima en un locales aquella para la que se cumple la igualdad entre el valor que le damos a la rebaja adicional de la temperatura (su valor o utilidad marginal) y su coste marginal. Esa es la forma racional de comportarse económicamente.
Pero vayamos por partes. La utilidad marginal de la refrigeración es el valor económico que subjetivamente le vamos dando a cada rebaja de un grado adicional de la temperatura. Parece claro que la utilidad marginal de la refrigeración es descendente, o sea, que "lógicamente" le damos un elevado valor a la rebaja de un grado en la temperatura si esta pasa, por ejemplo, de los 40ºC a 39ºC, un valor un poco mayor al valor que le daríamos a pasar de los 39ºC a 38ºC, y así sucesivamente, de modo que la utilidad marginal o valor que le damos a una rebaja de la temperatura de los 20ºC a los 19ºC será con seguridad menor que la utilidad marginal de reducir la temperatura de 40ºC a 39ºC.
Entendido esto, la lógica económica está clara: si a rebajar un grado más la temperatura le damos un valor subjetivo mayor que el coste de conseguirlo (el coste marginal de hacerlo) lo sensato, lo eficiente, lo óptimo, es hacerlo. Por contra, si el valor o utilidad marginal que le damos al último grado de temperatura que hemos alcanzado es inferior al coste de conseguirlo, a su coste marginal, la temperatura alcanzada no sería la óptima. Ese ultimo grado de refrigeración no merecería la pena haberlo logrado. Por lo tanto, la temperatura óptima de un local se encuentra cuando el valor o utilidad del último grado de refrigeración conseguido iguala al coste de alcanzarlo.
Y ahora, la coda final. Friedman argumenta que cómo los locales comerciales (grandes almacenes, cines, etc,) modernos está muy bien aislados térmicamente (para evitar pérdidas de calor en invierno y pérdidas de frío en verano), el coste marginal de la refrigeración en esos locales es muy bajo. En consecuencia, la temperatura óptima en esos locales es muy baja. O sea que, a mejor aislamiento térmico mayor refrigeración (y, por cierto, lo mismo pasaría con el nivel de la calefacción en los locales mejor aislados). En suma, que es enteramente lógico que la temperatura en esos locales sea alta en invierno y baja en verano. Y no nos debiera sorprender nada ese hecho: pura lógica económica.
And yet, and yet...Hay algo que siembra una no sé si ligera o si pesada duda en esa argunentación. Y es la de por qué la temperatura es tan increíblemente baja en esos locales en verano. O sea, ¿por qué entrar o permanecer en ellos se convierte en una tortura tal que,cuando salímos de ellos, la primera sensación que tenemos es la de bienestar? ¿Por qué pasamos frío en esos locales?
Dicho en términos más formales, la utilidad marginal de la refrigeración en esos locales, a tenor de mi experiencia y la de toda la gente a la que le he preguntado (incluidos los que no les queda otra que aguantarla ya que "curran" en ellos) es negativa. Sencillamente, preferiríamos que el aire acondicionado no estuviese tan fuerte y la temperatura del local fuese un par de grados más alta: que hiciese un agradable fresquito y no un frío polar. Y si la utilidad marginal de la refrigeración de los que usan esos locales es por tanto negativa , y dado que el coste marginal asociado a conseguir esa gélidas temperaturas es, aunque sea bajo, positivo, la conclusión obvia es que los empresarios y gestores de esas empresas actúan irracionalmente.
Es decir, que el argumento de Friedman es convincente como explicación de la existencia de más refrigeración en los grandes almacenes como El Corte Inglés que en los locales pequeños, pero lo que no explica es porqué la refrigeración en esos centros comerciales está tan fuerte, rayando la congelación. A menos, claro está, que supongamos adicionalmente que esos gestores establecen esas gélidas temperaturas para que quede claro que pueden hacerlo, que se lo pueden permitir, o también, para "molestar" a sus trabajadores, de modo que estos tengan claro quién manda allí; con lo que volveríamos a la explicación smithiana de la que partíamos.
Una última explicación puedo aquí aportar a la hora de dar cuenta de la cuestión de que porqué la refrigeración no es más baja sino de porqué es tan baja en los centros comerciales. Proviene de uno de mis economistas favoritos, Thomas C.Schelling, Premio Nobel de Economía en 2005. A la hora de explicar los fenómenos cíclicos, frecuentes en la realidad social y económica, Schelling explicaba que muchos de ellos se deben a que en ellos operan mecanismos de retroalimentación que actuan con retardos (lags) . Para dar una explicación intuitiva de esos ciclos, Schelling acudía al ejemplo del funcionamiento de un sistema automático de calefacción central en una vivienda. Uno muy simple se compondría de la caldera y el circuito con los radiadores, por un lado, y de un termostato, por otro, que recibe la información de la temperatura ambiente, la compara con la que tiene fijada exógenamente , y si la primera es inferior a la segunda, "ordena" que la caldera se ponga en marcha, y si es superior, "ordena" por el contrario que la caldera se apague.
Ahora bien, el sistema del termostato es tan sencillo que podemos observar porqué la temperatura se comporta cíclicamente quedando o bien por encima de la establecida como objetivo o bien por debajo. La caldera tiene sólo dos estados: encendido y apagado. Cuando la caldera se encuentra encendida, funciona a toda su capacidad y permanece así hasta que la temperatura ambiente alcanza la temperatura establecida en el termostato". Ahora bien, mientras la caldera está encendida, el agua de los radiadores se calienta cada vez más, llegando a superar a la temperatura ambiente objetivo pues parte de ese calor se pierde en el circuito; de modo que cuando la caldera se apaga, los radiadores se hallan entonces a una temperatura más alta que la ambiental establecida como objetivo. De modo que, aunque ya la caldera este apagada, la casa se sigue calentando todavá más pues los radiadores mantienen durante un tiempo su temperatura extra. Sin embargo, poco a poco, los radiadores se van lentamente enfriando, y, poco a poco la temperatura ambiente de la casa empieza a caer, hasta que lo hace por debajo de la temperatura fijada en el termostato, ello hace saltar la caldera. pero, mientras se empieza a recalentar el agua y esta llega a los radiadores , la temperatura ambiente sigue cayendo, por debajo de la establecida como objetivo. Se tiene entonces que la temperatura sigue un ciclo: hay periodos de tiempo en que la temperatura está por encima de la establecida como objetivo y periodos de tiempo que está por debajo.
En un caso así, es decir, en presencia de un comportamiento cíclico asociado a los retardos con que actúan las variables de control, y para asegurarse que la temperatura no cayese demasiado en la "fase contractiva" o de disminución de la temperatura, una solución sería fijar una temperatura objetivo superior a la óptima. Ello se traduciría en que, de media, la temperatura sería a lo largo del ciclo más alta que la deseable.
Pues bien, si en los párrafos precedentes cambiamos calor por frío y refrigeración por calefacción, tendríamos una posible "explicación" del porqué de que en los grandes almacenes la temperatura climatizada sea tan baja en verano. Por un lado, tendríamos que habría un ciclo de temperaturas marcado por los retardos asociados a Sería para evitar que la temperatura mínima en el curso del ciclo fuese demasiado calurosa. Para evitar eso, y de modo opuesto al caso de un termostato para calefacción, la temperatura ambiental objetivo, es decir aquella a partir de la cual el sistema de refrigeración se "parase", se fijaría a un nivel demasiado bajo, menor que el óptimo.
Por supuesto del "modelo" de ciclo de temperaturas aquí someramente expuesto es el más simple de todos, y con seguridad los sistemas de refrigeración usados son muchísimo más complicados y atenúan o corrigen y los ciclos de temperaturas, pero si no lo hacen sino parcialmente, el fijar una temperatura objetivo menor que la óptima quizás sea una explicación adicional del frío que nos hacen pasar en las mareas de calor que estamos sufriendo.
NOTAS
(1) Me he ocupado de este asunto aquí:
- Fernando Esteve Mora, "Libido Dominandi" y mercado de trabajo. Notas a partir de un tema de Adam Smith" (https://www.academia.edu/31858894/_LIBIDO_DOMINANDI_Y_MERCADO_DE_TRABAJO_Notas_a_partir_de_un_tema_de_Adam Smith)
(2) David Friedman, "Cold Houses in Warm Climates and Vice Versa: A Paradox of Rational Heating," Journal of Political Economy, 1987
(3) Thomas C.Schelling, Micromotivos y Macroconducta, México: Fondo de Cultura Económica.
No sabía cómo titular este post. El "cuerpo" me pedía escribir algo así como "winter is coming a los grandes almacenes", pero al final me he decantado por el que aparece ahí en el Título aún a sabiendas de que sólo los más viejos lo "entenderán". El caso es que el otro día tuve que ir al Corte Inglés, y un año más me pasó lo de todos los años: salí aterido de frío. Era unos de los días de esa ya "continua" ola de calor (por cierto, llamar así a lo que nos acontece en los veranos creo que lamentablemente ya es una equivocación. La repetición inmisericorde de esas olas de calor que nos agobian creo que se describen mejor hablando de mareas de calor y no de olas pues usar del término olas sugiere la existencia de descansos o discontinuidades entre una y otra, cosa que ya no ocurre), el caso es que, nada más entrar, noté la increíble gelidez del ambiente. Ya sabía de otros años que esa sensación no se debía sólo al natural choque térmico que suponía pasar de los 40 o más grados centígrados de la calle al entorno refrigerado del edificio, pues seguí experimentando la misma sensación de frío brutal cuando ya llevaba diez minutos en el edificio y mi cuerpo ya se había olvidado del calor brutal de la calle. Le pregunté a una dependienta de mediana edad que iba enfundada en una chaqueta de lana que cómo lo llevaban y que porqué no bajaban el aire acondicionado un poco, pues ya la temperatura no era nada agradable para estar por allí. Me contestó que lo llevaba mal, que los trabajadores se habían quejado repetidas veces pero como si nada, así que en verano iban de manga larga arrastrando constipados y faringitis, pero que en invierno pasaba justo lo contrario: la calefacción estaba a tope y tenían que ir de manga corta, arrastrando catarros y faringitis por la discrepancia al salir a la calle.
Y lo mismo que en El Corte Inglés sucede también en la mayoría de centros comerciales y otros locales públicos (cines y teatros, por ejemplo: recuerdo una vez hace años que me tuve que salir a mitad de la película en el cine Bellas Artes de Madrid por el frío espantoso que tenía) , de modo que ya no es anormal que las mujeres, siempre más previsoras, incluyan en sus bolsos la tradicional "rebequita" para tratar de hacer frente a esas torturas que los gestores de esos lugares someten a quienes entran o trabajan en ellos.
Puestos a buscar una explicación desde la Economía una primera se ofrece a su consideración. Tiene su pedigrí pues su origen se encuentra en el mismísimo Adam Smith. Éste, en su Riqueza de las Naciones, y a la hora de dar cuenta de un fenómeno como el de la pervivencia de la esclavitud y la defensa de la misma por parte de los empresarios aun cuando incluso para ellos estaba más que claro que los trabajadores esclavos eran mucho menos productivos que los trabajadores libres (o sea, los que trabajaban voluntariamente a cambio de un salario) acudía a la existencia en las mentes o en las almas de los empresarios de un motivo adicional al de la búsqueda de beneficios, cual era el ejercicio del poder , del dominio sobre las vidas de otros seres humanos. La satisfacción de esa libido dominandi, como yo la he denominado en otro lugar (1), de esa compulsión a ejercer del poder sobre otros que les llevaba a comportamientos que se traducían, no en más, sino en menos beneficios, precio o coste que pagaban con ganas a cambio de experimentar esa sensación satisfacción de mandar sobre otros.
Con arreglo a esta explicación smithiana, los empresarios estarían dispuestos a perder algo de dinero, a dejar de ganar algunos beneficios, poniendo el aire acondicionado a una temperatura gélida (lo que desincentivaba la permanencia de los clientes en los establecimientos y perjudicaba la salud de los trabajadores) a cambio del bienestar que les reportaría el que quedara claro que quien mandaba en sus establecimientos eran ellos y que hacían lo que les venía en gana pese a las protestas y/o padecimientos de clientes y trabajadores.
Pues bien, a pesar del respeto que siempre siento por las ideas de Adam Smith, y a pesar del favor que de salida suelo dar a cualquier "teoría" que les de algo de caña a los poderosos, creo que aquí no "vale" esta "teoría".
He consultado una IA y, como es habitual, me ha suministrado una serie de explicaciones de tipo técnico aparentemente convincentes, pero poco creíbles en el fondo. Desde que ese fenómeno de una climatización excesiva por su incomodidad no es tal, que es una mera sensación subjetiva fruto del contraste entre el calor externo y el ambiente climatizado interior hasta "explicaciones" inconsistentes como la de que la temperatura se programa para una situación en que el local esté a rebosar y así contrarrestar el calor que desprendería tal masa de clientes/visitantes cuando llegue (¿por qué los gestores de estos locales harían eso cuando disponen de sobrada información estadística acerca del patrón que sigue el número de sus clientes por día de la semana y por hora?) pasando por la necesidad de refrigerar más de lo necesario para crear un ambiente confortable para desecar el ambiente y evitar el bochorno (si se acepta esto como explicación, creo que podría evitarse la humedad con una menor refrigeración pues salvo casos patológicos me da la impresión que la mayoría de los seres humanos dejamos de sudar a temperaturas bastante más elevadas que las gélidas de los centros comerciales).
Y si no valen ni la tesis smithiana ni estas variopintas hipótesis, ¿es entonces este comportamiento de los gestores de estos locales un ejemplo más de irracionalidad económica igual por tanto a otros, como el delirante libro de etiquetas inútiles que cualquier prenda lleva y que hemos de cortar los compradores a riesgo de hacerles un agujero?
Pues bien, para un economista neoliberal radical como David Friedman la respuesta es un rotundo no. ¿Cómo cabe siquiera imaginar que los empresarios y gestores de las empresas, paradigmas andantres de la racionalidad instrumental, van a hacer algo, o sea, tomar una decisión respecto a la temperatura ambiente de sus locales irracional? Eso sería una herejía que rápidamente sería corregida por el mercado que castigaría y expulsaría a quienquiera se atreviese a hacer algo "irracional".
La "lógica" o el "argumento" de David Friedman es de los que encantan a los profesores de Economia (2), los que la conocen la suelen incluir en sus clases pues es un ejemplo perfecto de cómo debería razonar un economista. Lo primero, señala Friedman, es que hay que distinguir entre el coste medio y el coste marginal de la refrigeración. Este último es el coste asociado a rebajar la temperatura ambiente algo más, por ejemplo, refrigerar el local un grado más. El coste marginal es básicamente, pues, sólo el coste de la energía adicional necesaria para rebajar un grado la temperatura. Por contra, el coste medio es el coste total de alacnzar una detrminada temperatura dividido por esa temperatura. En el coste total de alcanzar una determinada temperatura se incluye el coste fijo del sistema de climatización más el coste variable (el coste de la energía necesaria para llegar a esa temperatura). Dado que en el coste marginal no aparecen los costes fijos, resulta clari que el coste medio de alcanzar una dterminada temperatura será mayor que el coste marginal del rebajar la temperatura, o sea, el coste asociado a conseguir el último grado de rebaja.
Lo segundo consiste en darse cuenta de que una decisión eficiente siempre ha de usar como criterio el coste marginal, no el coste medio. Es decir, que en nuestro caso, la temperatura óptima en un locales aquella para la que se cumple la igualdad entre el valor que le damos a la rebaja adicional de la temperatura (su valor o utilidad marginal) y su coste marginal. Esa es la forma racional de comportarse económicamente.
Pero vayamos por partes. La utilidad marginal de la refrigeración es el valor económico que subjetivamente le vamos dando a cada rebaja de un grado adicional de la temperatura. Parece claro que la utilidad marginal de la refrigeración es descendente, o sea, que "lógicamente" le damos un elevado valor a la rebaja de un grado en la temperatura si esta pasa, por ejemplo, de los 40ºC a 39ºC, un valor un poco mayor al valor que le daríamos a pasar de los 39ºC a 38ºC, y así sucesivamente, de modo que la utilidad marginal o valor que le damos a una rebaja de la temperatura de los 20ºC a los 19ºC será con seguridad menor que la utilidad marginal de reducir la temperatura de 40ºC a 39ºC.
Entendido esto, la lógica económica está clara: si a rebajar un grado más la temperatura le damos un valor subjetivo mayor que el coste de conseguirlo (el coste marginal de hacerlo) lo sensato, lo eficiente, lo óptimo, es hacerlo. Por contra, si el valor o utilidad marginal que le damos al último grado de temperatura que hemos alcanzado es inferior al coste de conseguirlo, a su coste marginal, la temperatura alcanzada no sería la óptima. Ese ultimo grado de refrigeración no merecería la pena haberlo logrado. Por lo tanto, la temperatura óptima de un local se encuentra cuando el valor o utilidad del último grado de refrigeración conseguido iguala al coste de alcanzarlo.
Y ahora, la coda final. Friedman argumenta que cómo los locales comerciales (grandes almacenes, cines, etc,) modernos está muy bien aislados térmicamente (para evitar pérdidas de calor en invierno y pérdidas de frío en verano), el coste marginal de la refrigeración en esos locales es muy bajo. En consecuencia, la temperatura óptima en esos locales es muy baja. O sea que, a mejor aislamiento térmico mayor refrigeración (y, por cierto, lo mismo pasaría con el nivel de la calefacción en los locales mejor aislados). En suma, que es enteramente lógico que la temperatura en esos locales sea alta en invierno y baja en verano. Y no nos debiera sorprender nada ese hecho: pura lógica económica.
And yet, and yet...Hay algo que siembra una no sé si ligera o si pesada duda en esa argunentación. Y es la de por qué la temperatura es tan increíblemente baja en esos locales en verano. O sea, ¿por qué entrar o permanecer en ellos se convierte en una tortura tal que,cuando salímos de ellos, la primera sensación que tenemos es la de bienestar? ¿Por qué pasamos frío en esos locales?
Dicho en términos más formales, la utilidad marginal de la refrigeración en esos locales, a tenor de mi experiencia y la de toda la gente a la que le he preguntado (incluidos los que no les queda otra que aguantarla ya que "curran" en ellos) es negativa. Sencillamente, preferiríamos que el aire acondicionado no estuviese tan fuerte y la temperatura del local fuese un par de grados más alta: que hiciese un agradable fresquito y no un frío polar. Y si la utilidad marginal de la refrigeración de los que usan esos locales es por tanto negativa , y dado que el coste marginal asociado a conseguir esa gélidas temperaturas es, aunque sea bajo, positivo, la conclusión obvia es que los empresarios y gestores de esas empresas actúan irracionalmente.
Es decir, que el argumento de Friedman es convincente como explicación de la existencia de más refrigeración en los grandes almacenes como El Corte Inglés que en los locales pequeños, pero lo que no explica es porqué la refrigeración en esos centros comerciales está tan fuerte, rayando la congelación. A menos, claro está, que supongamos adicionalmente que esos gestores establecen esas gélidas temperaturas para que quede claro que pueden hacerlo, que se lo pueden permitir, o también, para "molestar" a sus trabajadores, de modo que estos tengan claro quién manda allí; con lo que volveríamos a la explicación smithiana de la que partíamos.
Una última explicación puedo aquí aportar a la hora de dar cuenta de la cuestión de que porqué la refrigeración no es más baja sino de porqué es tan baja en los centros comerciales. Proviene de uno de mis economistas favoritos, Thomas C.Schelling, Premio Nobel de Economía en 2005. A la hora de explicar los fenómenos cíclicos, frecuentes en la realidad social y económica, Schelling explicaba que muchos de ellos se deben a que en ellos operan mecanismos de retroalimentación que actuan con retardos (lags) . Para dar una explicación intuitiva de esos ciclos, Schelling acudía al ejemplo del funcionamiento de un sistema automático de calefacción central en una vivienda. Uno muy simple se compondría de la caldera y el circuito con los radiadores, por un lado, y de un termostato, por otro, que recibe la información de la temperatura ambiente, la compara con la que tiene fijada exógenamente , y si la primera es inferior a la segunda, "ordena" que la caldera se ponga en marcha, y si es superior, "ordena" por el contrario que la caldera se apague.
Ahora bien, el sistema del termostato es tan sencillo que podemos observar porqué la temperatura se comporta cíclicamente quedando o bien por encima de la establecida como objetivo o bien por debajo. La caldera tiene sólo dos estados: encendido y apagado. Cuando la caldera se encuentra encendida, funciona a toda su capacidad y permanece así hasta que la temperatura ambiente alcanza la temperatura establecida en el termostato". Ahora bien, mientras la caldera está encendida, el agua de los radiadores se calienta cada vez más, llegando a superar a la temperatura ambiente objetivo pues parte de ese calor se pierde en el circuito; de modo que cuando la caldera se apaga, los radiadores se hallan entonces a una temperatura más alta que la ambiental establecida como objetivo. De modo que, aunque ya la caldera este apagada, la casa se sigue calentando todavá más pues los radiadores mantienen durante un tiempo su temperatura extra. Sin embargo, poco a poco, los radiadores se van lentamente enfriando, y, poco a poco la temperatura ambiente de la casa empieza a caer, hasta que lo hace por debajo de la temperatura fijada en el termostato, ello hace saltar la caldera. pero, mientras se empieza a recalentar el agua y esta llega a los radiadores , la temperatura ambiente sigue cayendo, por debajo de la establecida como objetivo. Se tiene entonces que la temperatura sigue un ciclo: hay periodos de tiempo en que la temperatura está por encima de la establecida como objetivo y periodos de tiempo que está por debajo.
En un caso así, es decir, en presencia de un comportamiento cíclico asociado a los retardos con que actúan las variables de control, y para asegurarse que la temperatura no cayese demasiado en la "fase contractiva" o de disminución de la temperatura, una solución sería fijar una temperatura objetivo superior a la óptima. Ello se traduciría en que, de media, la temperatura sería a lo largo del ciclo más alta que la deseable.
Pues bien, si en los párrafos precedentes cambiamos calor por frío y refrigeración por calefacción, tendríamos una posible "explicación" del porqué de que en los grandes almacenes la temperatura climatizada sea tan baja en verano. Por un lado, tendríamos que habría un ciclo de temperaturas marcado por los retardos asociados a Sería para evitar que la temperatura mínima en el curso del ciclo fuese demasiado calurosa. Para evitar eso, y de modo opuesto al caso de un termostato para calefacción, la temperatura ambiental objetivo, es decir aquella a partir de la cual el sistema de refrigeración se "parase", se fijaría a un nivel demasiado bajo, menor que el óptimo.
Por supuesto del "modelo" de ciclo de temperaturas aquí someramente expuesto es el más simple de todos, y con seguridad los sistemas de refrigeración usados son muchísimo más complicados y atenúan o corrigen y los ciclos de temperaturas, pero si no lo hacen sino parcialmente, el fijar una temperatura objetivo menor que la óptima quizás sea una explicación adicional del frío que nos hacen pasar en las mareas de calor que estamos sufriendo.
NOTAS
(1) Me he ocupado de este asunto aquí:
- Fernando Esteve Mora, "Libido Dominandi" y mercado de trabajo. Notas a partir de un tema de Adam Smith" (https://www.academia.edu/31858894/_LIBIDO_DOMINANDI_Y_MERCADO_DE_TRABAJO_Notas_a_partir_de_un_tema_de_Adam Smith)
(2) David Friedman, "Cold Houses in Warm Climates and Vice Versa: A Paradox of Rational Heating," Journal of Political Economy, 1987
(3) Thomas C.Schelling, Micromotivos y Macroconducta, México: Fondo de Cultura Económica.