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                                                 Fernando Esteve Mora
 
Las noticias que llegan del frente no son nada buenas. Los "expertos" ya anticipan un futuro económico nada brillante, negruzco: la subida en los precios del petróleo, los fertilizantes y los plásticos asociados al bloqueo del estrecho de Ormuz más los efectos negativos de un "El Niño",  más fuerte del que se tenga noticia, en las cosechas a nivel global, anticipan que la subida de precios de la energía, materias primas y alimentos no va a ser un fenómeno pasajero sino que preludia el comienzo de un nuevo periodo inflacionista y con él vendrán  las consabidas  medidas antiinflacionistas de las autoridades monetarias nacionales e internacionales con sus negativos efectos sobre los niveles de actividad y empleo. ¿Otra vez, entonces, una estanflación?  Pero...¿por qué?, ¿por qué esa seguridad de que la inflación a escala mundial va a ser el resultado los seguros ascensos en los precios que resultarán del bloqueo  de Ormuz y de un brutal  El Niño?

Y es que la cosa, en principio no debería estár tan clara ya que inflación no es meramente un ascenso en los precios, sea cual sea su causa. Es el ascenso generalizado y sostenido  en los precios de los bienes y servicios producidos expresados en una unidad monetaria y medido a través de la evolución en el tiempo de un índice general de precios como el IPC o el deflactor del PIB. Para que se pueda hablar de inflación, el ascenso ha de ser generalizado, o sea, que no basta con que suban los precios de algunos o muchos bienes y servicios, y además el ascenso ha de ser sostenidocontinuo, es decir, que el ascenso en los precios en un periodo que se modera y desaparece en períodos siguientes no es una inflación (en este caso, el ascenso en los precios inicial se habría convertido en una desinflación). O sea, que para que se anticipe un nuevo periodo inflacionario ha de justificarse de alguna manera que la subida en los precios ya prevista a consecuencia de esos fenómenos geopolíticos y ecológicos ya (casi) seguros no va a ser algo puntual sino que se va a extender en el tiempo.

La inflación  se ha convertido en un fenómeno económico normal en el último siglo. Muchos países han experimentado procesos inflacionistas e incluso cabe hablar de inflación a nivel mundial. Pero, a pesar de ser un fenómeno habitual, una enfermedad  que afecta al cuerpo económico de las sociedades de modo frecuente, su etiología no está muy clara . Puestos a enfrentarse a ella, lo primero que han hecho los economistas ha sido distinguir  entre varios subtipos puesto que aunque su sintomatología sea la misma: el ascenso sostenido en los precios, sus causas no.

Así, y aunque ya no sea la variedad hoy normal, se habla de inflación monetaria cuando a lo que se asiste es a un ascenso generalizado en los precios provocado por la caída en el valor de la unidad monetaria usada como unidad de cuenta, devaluación de la moneda asociada a un incremento continuado en su oferta. En los tiempos en que el dinero tenía una base metálica (el oro y la plata) por lo que en sí era una mercancía más producida como otra cualquiera, un proceso inflacionista podía ser la consecuencia del descubrimiento continuado de nuevos yacimientos de estos minerales preciosos, como sucedió por ejemplo en el siglo XVI con la plata del Nuevo Mundo. Hoy, pasados los tiempos del dinero mercancía (dejando de lado el bitcoin y otras criptomonedas), y ya en la era del dinero fiduciario casi o enteramente desmaterializado, se puede asistir a una inflación monetaria si aumenta la oferta de dinero legal emitido por la autoridad monetaria y/o la oferta de dinero bancario de modo desproporcionado y continuado respecto a  la demanda de dinero que se necesita para las transacciones en los mercados de bienes y servicios y de activos. Pero ello obligaría a tener que dar cuenta del porqué esos actores "productores" de dinero quisiesen así hacerlo, quisiesen así comportarse. Alguna razón deberá estar por debajo de las decisiones de crear y crear dinero y más dinero, ¿no?. Lo que vendría a decir que en la actualidad, una inflación meramente monetaria autónoma o primaria no sería nada normal, sino que, caso de observarse, sería como consecuencia secundaria de un proceso inflacionista que se produciría en la parte real de la economía, o sea, en los factores que afectan a los precios de los bienes y servicios que conforman la economía real.

Pues bien, y dado que los precios de cualquier bien resultan de la interacción de la oferta y la demanda, los economistas han  distinguido entre dos grandes tipos de inflación atendiendo a  su primum mobile, es decir según el origen que puso en marcha el motor del proceso de aumento en los precios. Han hablado así de inflación de demanda, (demand-pull inflation) si la causa eficiente (el porqué) de una inflación se encuentra  en el hecho de que la demanda de bienes y servicios de una economía es superior a su oferta. Como agentes causantes de este tipo de inflación ha sido frecuente "echar la culpa"  al sector público, o mejor dicho a la laxitud de las autoridades fiscales cuando de modo continuado permiten gastar al sector público  "por encima de sus posibilidades", es decir, cuando incurre en déficits públicos sostenidos, y también al sector exterior cuando el exceso de demanda tiene su origen en el crecimiento sostenido de la demanda externa (por ejemplo, la demanda de los turistas).

Hay que tener en cuenta, una vez más, que para que se produzca una inflación de demanda de este tipo es necesario que el exceso de demanda se mantenga, o sea, que la oferta de bienes y servicios no crezca de modo paralelo. Es decir, que  es necesario que la economía esté en una situación cercana al pleno empleo. Obsérvese también que, aunque no sea estrictamente necesario, pues la inflación de demanda se puede "financiar" mediante un crecimiento en la velocidad de circulación del dinero, es frecuente sin embargo que la inflación de demanda requiera de una actitud laxa por parte de las autoridades monetarias que estén dispuestas a, por ejemplo, financiar con nuevas emisiones de dinero los déficits públicos o a no esterilizar las entradas de divisas.

Obviamente, las políticas antiinflacionistas caso de enfrentarse a una inflación de demanda requerían "enfriar" la economía. Austeridad fiscal y subidas de interés han sido los tratamientos que los economistas-médicos han prescrito  a las economías aquejadas por este tipo de enfermedad económica.

Como es de esperar, junto con la inflación de demanda, los economistas han identificado otro tipo: la inflación de costes, (cost-push inflation) cuando el origen del problema se encuentra  en el lado de la oferta, en el ascenso en los precios de algunos factores de producción, por ejemplo los salarios o los precios de las materias primas de uso general (la energía, por ejemplo), que se traducen en ascensos generalizados  en los precios. El problema de estas explicaciones del lado de los costes es, una vez más,  que por sí solas no explican la continuidad del ascenso en los precios, o sea, el porqué los precios tras un ascenso provocado por una subida en los costes del tipo que sea  se perpetúan en el tiempo

Para tratar de dar cuenta de esta insuficiencia, los economistas se vieron obligados a introducir explicaciones complementarias extraeconómicas. Una de ellas procedente de la psicología social  se refiere a la forma en que los agentes formaban sus expectativas a la hora de comportarse en los mercados de factores de producción. La lógica era simple: si los agentes esperan que los precios mañana, o sea, en el futuro van a subir, introducirán  esta expectativa en sus decisiones presentes a la hora de establecer los precios hoy, lo que llevaba a  que esa expectativa se autocumpliese, ya que los precios empezarían a subir realmente ya  desde hoy. Ese mecanismo es lo que estaría debajo de la conocida "espiral precios-salarios" que se pensaba actuaba debajo de muchos  procesos de inflación de costes: si los trabajadores estiman  que los precios van a  subir mañana, pactarían hoy ascensos en los salarios monetarios de mañana  para defenderse de la pérdida esperada en sus salarios reales, lo que llevaba que las empresas "se viesen obligadas" a subir sus precios   en la misma magnitud, lo que llevaba a los trabajadores ajustar al alza sus expectativas de subidas de precios, y con ellas, sus peticiones de salarios más elevados...y de ahí esas espiral de salarios-precios-salarios-precios-...

Pero el problema de esta explicación está en "explicar" no el proceso inflacionista en sí resultado de la formación de expectativas inflacionistas  sino el desencadenante y la perpetuación del proceso, es decir por qué los trabajadores estiman que en el futuro los precios van a seguir subiendo una y otra vez, un periodo y el siguiente, lo que les obliga a anticiparse y actualizar sus expectativas al alza, a lo que se ha vendido a llamar inflación de expectativas.
Y, reconocidamente, y como se verá más adelante, los economistas "ortodoxos" no han dado una respuesta clara y satisfactoria a la pregunta de que porqué puede darse una inflación de expectativas.

En cuanto al tratamiento de una inflación de costes en poco o en nada se diferencia del tratamiento de una inflación de demanda. Ahora de lo que se trata es de "romper" el proceso de formación de expectativas inflacionistas señalizando que no se van a tolerar ascensos de los precios que se desvíen del objetivo de inflación "cueste lo que cueste" , o sea, generando desempleo para que los trabajadores se lo piensen antes de pedir ascensos salariales que reflejen sus expectativas de subidas de precios

Paralelamente a este tipo de explicaciones, y recogiendo lo que desde un punto de vista empírico era sabido por los bancos centrales y los ministerios de economía, apareció ya en los años 80 del siglo pasado un nuevo tipo de explicación causal para la que la inflación era resultado de los conflictos distributivos acerca del reparto de la renta. Era una explicación normal y esperable para los economistas heterodoxos (keynesianos, neoricardianos  y marxistas) pero no fácilmente asumible para los economistas ortodoxos (neoclásicos y austriacos) para quienes la distribución de la renta no es un asunto político-social, resultado de enfrentamientos entre grupos sociales incluida la vieja lucha de clases,  sino un asunto meramente técnico,  consecuencia lógica o natural de la tecnología que se usa en el aparato productivo y de la capacitación. Y es que  para los economistas ortodoxos la remuneración de un factor de producción es el valor de su productividad marginal, o sea, el valor del producto adicional que aporta a un proceso de producción. Como no hay para los economistas ortodoxos conflictividad en torno a la lógica de la distribución de la renta, la inflación sólo podría ser consecuencia en último término, y como ya se ha mostrado,  de la continuada e incorrecta formación de expectativas o de la continuada mala gestión fiscal, explicaciones poco o nada convincentes, como se ha señalado..

Existe una gran variedad de modelos que explican la inflación como resultado de un conflicto distributivo. Aquí utilizaremos el más básico, el elaborado por Robert Rowthorn en 1977, que pese a sus años sigue siendo muy útil.

Lo primero es darse cuenta de que a la hora de quedarse con una parte del PIB, o sea, de distribuir lo que se produce en una economía,  hay distintos tipos de agentes económicos. Desde un punto de vista macroeconómico, los podemos distinguir o agrupar en diferentes "clases".  Están los trabajadores,  cuya parte del PIB de la que se apropian  la llamamos masa salarial neta tras el pago de impuestos y cotizaciones sociales (W), están  los capitalistas- empresarios cuya parte del pastel del PIB lo llamamos beneficios tras el pago de impuestos y cotizaciones sociales (B). Pero de la "tarta" del PIB también quieren una parte otros agentes. Está el estado que se queda una parte como impuestos directos e indirectos (T) , están obviamente los extranjeros cuya parte del PIB es el coste neto de las importaciones, o sea,  el défict /superavit de la balanza comercial de bienes y servicios   (M - X) . Aunque no se suele hacer, a nadie se le escapará que existe otro grupo de agentes, jubilados, desempleados, que también se quedan con una parte del pastel del PIB gracias a las transferencias (TR) que reciben directa o indirectamente de los activos. En suma, la siguiente ecuación refleja formalmente cómo se distribuye el PIB entre las distintas "clases" de agentes:

                       PIB = W + B + T + (M - X) + TR

si ahora se divide todo por el PIB:

                             1 = w + b + t + (m-x) + tr

donde w es la participación de los salarios en el PIB, b es la participación de los beneficios, t el peso de los impuestos en el PIB, (m-x) es el peso del saldo de la balanza comercial en el PIB y tr el porcentaje del PIB que va a parados y jubilados y otros "ayudados" . La suma de las partes o porcentajes que se lleva cada uno de los grupos o clases es la unidad. Y esto más que una igualdad es una identidad. O sea, que siempre se ha de cumplir.

Y la implicación de esto es obvia. Si uno de esas clases o grupos logra aumentar su parte, ineludiblemente, otro u otros grupos o "clases"  verán como su parte del PIB  tendrá obligadamente que decrecer: la suma es  y ha de ser siempre 1.  Si ahora introducimos el supuesto o hipótesis de que ningún grupo de entre los "perdedores" está dispuesto a aceptar esa pérdida sin "luchar", si un grupo logra que su parte crezca ello desatará un conflicto distributivo pues ninguno quiere perder "su" porcentaje, aunque  inevitablemente alguno o algunos o todos los demás habrá de perder cuota del PIB . La distribución del PIB es entonces un juego de suma cero en que si alguna clase gana otra u otras tienen que perder. Cada grupo usa de diferentes armas en ese conflicto y la inflación es el resultado de esa lucha distributiva.

Así, los "extranjeros" usan de la subida de los precios de los productos que les importamos (por ejemplo, energía o materias primas) para aumentar la parte de "nuestro" PIB que se llevan,  el Estado usa de su poder coercitivo para establecer un sistema fiscal con impuestos directos progresivos e impuestos indirectos ad valorem para no perder cuota de PIB sino aumentarla aun si hay inflación, los jubilados y parados  usan indirectamente de su poder político para que los gobiernos aumenten las transferencias que reciben, los trabajadores acuden a su poder de negociación en los mercados de trabajo y, finalmente,  los capitalistas-empresarios usan de su poder de fijación de precios vía su mayor o menor capacidad para fijar  márgenes sobre los costes para defender o incrementar la parte (b) del PIB de la que se apropian.

Veamos cómo funciona el mecanismo de este conflicto en un caso concreto. Supongamos una economía enérgeticamente dependiente pero en la que, o bien no hay inflación, o bien no hay inflación no anticipada, es decir, que la tasa de inflación es cero o toda inflación ha sido anticipada o prevista por todos los agentes, o sea que  todos actúan sabiendo la tasa de inflación prevista de modo que las participaciones en el PIB de cada grupo o "clase" se mantienen estables. Esta economía estaría, pues, en un equilibrio con cero inflación o con una tasa de inflación constante.

Pero ahora supongamos, lo que no es tan difícil de imaginar, que debido a una guerra como la de Irán, los mercados internacionales de la energía sufren un shock de oferta negativo. Ello se traduce, casi instantáneamente en que el componente (m - x) de la anterior ecuación/identidad crece pues la factura petrolífera para un país importador de petróleo crece. La subida de precios de la energía afecta a todas las empresas de la economía que, fijando sus precios mediante la fijación un margen sobre los costes unitarios , los elevan según les permitan las circunstancias de sus mercados particulares. Los precios suben así de salida. Con ello, lo que las empresas tratan de hacer es mantener invariable su parte b del PIB. Supongamos también que t,  la parte del PIB que se queda el Estado, se mantiene constante aunque incluso podría crecer en la medida que el volumen de los impuestos indirectos (como el IVA) puede crecer. Así mismo podemos suponer que tr tampoco  disminuye  en la medida que las pensiones y otras transferencias estén indexadas contra la subida de precios. Todo lo anterior vendría a decir que sería w, es decir la "clase" trabajadora quien vería cómo es sobre ella sobre quien recae el coste del ajuste generado por el shock negativo procedente del sector exterior. Se habría producido un gap entre el porcentaje del pastel del PIB que los trabajadores tenían previsto alcanzar  (w)  y el porcentaje que realmente obtienen (w*):
                             1 = w* + b + t + tr + (m - x) '
                                  gap = w - w* > 0
Un gap que sería consecuencia de que los precios habrían crecido a una tasa mayor que la que los trabajadores habían previsto ayer, en el pasado, cuando negociaron sus salarios para hoy. Estaríamos, pues,  en presencia de una inflación no anticipada.

Ahora bien, los trabajadores no tienen porqué aceptar esa situación de pérdida de poder adquisitivo en términos de cuota o participación de los salarios en el PIB al que tienen acceso. Ello dependería de su fuerza o capacidad negociadora. Dependiendo de su poder económico, (que a su vez depende de variables como l grado o nivel de sindicalización,  la extensión de la negociación colectiva, y el nivel de desempleo) los trabajadores incluirán esa inflación no anticipada en sus reivindicaciones salariales, lo que dado el hecho de la formación secuencial de los precios llevaría a subidas posteriores en los precios una vez las empresas vuelvan a fijar  precios aplicando el margen sobre los nuevos y más elevados costes. Se desencadenaría así, dependiendo del poder económico relativo de trabajadores y empresarios, una espiral precios-salarios.

¿Qué se puede hacer para controlar este tipo de inflación cuyo origen está en las consecuencias del conflicto resultante de  que  la suma de las partes como se distribuye el PIB ha de ser la unidad? Pues dado que, en el corto y medio plazo, la dependencia energética es un hecho, un dato exógeno, para compensar una subida en (m - x)  sin que se desencadene una inflación las posibilidades son las siguientes: (1) que el estado acepte una reducción en t, o sea, una rebaja en los impuestos, (2) que el estado imponga una reducción en tr, las transferencias sociales,  si las urnas se lo permiten.

Si con esas medidas  no bastara, sólo le cabe al Estado  actuar sobre el poder de los otros dos grupos, trabajadores y empresas. Al margen de rediseñar las instituciones del mercado de trabajo de modo que los sindicatos tengan menos fuerza negociadora, el poder  de los trabajadores depende negativamente del nivel de desempleo, luego una política antiinflacionista obvia consiste en  generar desempleo usando políticas de austeridad y de restricción monetaria . A este comportamiento Thomas Balough, un economista de Oxford, lo denominó muy acertadamente "política de rentas de Karl Marx" pues Marx ya había establecido hace siglo y medio que era absurdo pensar que una economía capitalista tuviera como objetivo alcanzar el pleno empleo pues, caso de llegar a  esa situación, ello se traduciría en un poder de negociación  desproporcionado a favor de los trabajadores. Para que una economía capitalista funcionase era necesario para Marx que siempre existiese lo que él denominaba un "ejército industrial de reserva", un nivel de desempleo que impusiese la adecuada -desde el punto de vista de las empresas- disciplina  a  los trabajadores.

La otra política posible es que el Estado le cortase las alas a las empresas a la hora de fijar precios de modo que estas se viesen forzadas a aceptar una reducción en b  mediante medidas como  la imposición de controles de precios. Que eso puede hacerse se ha demostrado repetidamente en casos de guerra, que los gobiernos lo quieran hacer es otra cuestión muy diferente. Y, sin embargo, en la actualidad se ha convertido en un tema relativamente candente a tenor del comportamiento empresarial posterior a la COVID y al desencadenamiento de la Guerra de Ucrania en 2022, en que se demostró que las empresas bien posicionadas ( empresas upstream) (por ejemplo, las empresas energéticas) y con poder de mercado aprovechaban las dificultades económicas en situaciones de emergencia para subir sus márgenes de beneficios dando origen a procesos inflacionistas cuando las demás empresas (las downstream) mantenían los suyos subiendo sus precios.  Esto es lo que Isabella Weber y Evan Wasner, a partir de  Abba Lerner, han descrito como  inflación de vendedores ("sellers' inflation").

Y, para acabar, un toque de realidad. Poca duda puede haber que tras las décadas de dominio neoliberal y de cambios estructurales en las economías occidentales,  el poder económico de las clases trabajadoras se encuentra históricamente bajo mínimos como lo demuestra la paulatina disminución en la participación de los salarios en el PIB así como el incremento generalizado en la desigualdad en la distribución de la renta. En consecuencia, ni en España ni en los demás países occidentales cabe esperar que como resultado del negruzco futuro que se avecina se asista ni mucho menos a una reedición de lo que sucedió en la década de los 70 del siglo pasado donde las subidas de los precios del petróleo generados por las guerras en Oriente Medio dieron lugar en muchos países a un conflicto distributivo entre empresas y trabajadores de tan amplia magnitud que se tradujo en una  inflación elevada que se mantuvo incluso cuando se generó, para contenerla, una recesión con elevados niveles de empelo (la estanflación). Hoy la debilidad y fragmentación de los trabajadores es tan patente que es muy improbable que su comportamiento afecte lo más mínimo a los procesos inflacionistas por lo que acudir desde los gobiernos a la receta de subidas de tipos de interés y austeridad fiscal con el consiguiente desempleo sería usar un doloroso tratamiento incorrecto para el tipo de inflación que es predecible que sobrevenga: una inflación de vendedores generada por los deseos de las empresas mejor posicionadas y con poder de mercado para aumentar aún más sus beneficios.



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