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blog Oikonomía: Economía de "andar por casa"
Blog de Fernando Esteve y José Manuel Rodríguez, profesores de Teoría Económica de la UAM.

Los bienes simbólicos (I)

Los economistas presumen de saber explicar el precio de las cosas. Éste, como es de sobra conocido, depende de la confluencia de las fuerzas que andan detrás de la oferta con las que hay detrás de la demanda, fuerzas que -a su vez- son un indicador del (o se explican por el) valor de las cosas para demandantes y oferentes.

Pero hay aquí, en este asunto del precio y del valor de las cosas, que andarse con el mayor de los cuidados, y no dejar de recordar nunca la conocida advertencia que hiciera Don Antonio Machado, aquello de que "todo necio confunde el valor con el precio". Pues bien puede ocurrir que el precio de una cosa sea una muy mala medida de su valor. Y eso no es nada nuevo pues los economistas afirman ser enteramente conscientes de este peligro y creen estar bien precavidos contra él.

Señalan así cómo para los bienes públicos o colectivos es habitual que su uso sea totalmente gratuito, o sea que no tengan por lo tanto precio, pero que sin embargo sean extremadamente valiosos para sus usuarios. Ahora bien, aún siendo enteramente cierta esta apreciación, no lo es menos que los economistas olvidan usualmente de que no sólo se da esa incongruencia entre precio y valor para los bienes públicos (y también en presencia de externalidades en las actividades de consumo y producción) por la imposibilidad de que el mercado cobre a cada individuo un precio que refleje el auténtico coste social o el valor del uso del bien, sino que hay una entera clase de bienes cuyo valor no puede ser medido por su precio, caso de que lo tengan, puesto que a veces no lo llegan a tener pues no hay mercado para ellos. Se trata de los que aquí llamaremos bienes simbólicos, una categoría que analizaremos en esta entrada y la siguiente.

Y, para empezar, empecemos el asunto de nuevo, desde el principio aunque esta vez desde otro punto de vista. Sí,es cierto, la Economía presume de explicar los precios o, como decían los economistas clásicos del siglo XIX, el valor de cambio de los bienes, que era el precio a largo plazo en el sentido de precio-centro de gravedad o de equilibrio en torno al que fluctuaban por miliuna razones los movimientos de los precios en el día a día. La fuente u origen de ese valor de cambio habitual o normal de los bienes, de su capacidad para cambiarse los unos por los otros en proporciones determinadas, que es como se define el valor de cambio, esos economistas llamados clásicos la buscaron (y para algunos, incluso tuvieron éxito pues la hallaron) en su valor intrínseco o esencial entendido como su coste de producción, o sea, como en el gasto en recursos humanos que era necesario incurrir para obtener los bienes. Esa es, dicho en forma muy reduccionista, la llamada teoría del valor-trabajo, según la cual el valor de cambio de un objeto depende en último término de su valor-coste de producción medido en términos de la cantidad de trabajo humano que requiere la producción de ese objeto, directa (el trabajo inmediato de su producción) o indirectamente (el trabajo incorporado en los medios de producción). Más tarde, los economistas utilitaristas, y los llamados neoclásicos, explicaron el valor de cambio de un bien no por su valor-coste de trabajo sino por su valor de uso, por su capacidad para satisfacer alguna necesidad sentida por algún o algunos individuos. Para ellos, el valor de cambio de una unidad adicional de un bien dependía de la relación entre la medida en términos de dinero de la utilidad que le suponía a algún agente su uso (que señalaba lo que estaba dispuesto a pagar por esa unidad adicional) y la medida monetaria de la desutilidad que le suponía a otro su producción (que indicaba la cantidad de dinero que exigía para producirla).

Pero, si nos damos cuenta, al pretender ambos enfoques explicar el precio de algún bien como reflejo monetario de un valor intrínseco sólo tuvieron en cuenta ese valor intrínseco como fuente o justificación de su valor de cambio, es decir, de su valor entendido como capacidad o poder para intercambiarse por otras cosas en un mercado. Dicho de otra manera, si el precio de un bien es de 10€ y el de otro bien Y es de 5€, el coste en términos de trabajo o la utilidad marginal relativa pueden explicarnos el que una unidad cualquiera de X se intercambie por dos unidades cualquiera de Y. Es decir, que el valor de cambio de una unidad cualquiera de X sea de dos unidades cualquiera de Y.

Pero ¿quiere esto decir que una unidad de X concreta o particular tenga siempre dos veces el valor que una unidad de Y? Sí, sin duda, pero sólo si la unidad del bien X (o del bien Y ) que se está considerando no tenga otro valor adicional a su valor-trabajo o a su valor-utilidad, lo que pasará con una unidad cualquiera de X (o de Y). Pero sucede que, a veces, algunas unidades de un bien dejan de ser unidades cualquiera pues adoptan, cogen o incorporan un valor adicional a su valor-trabajo o a su valor de uso, un valor distinto o especial que puede, sin embargo, tener gran importancia económica: un valor como símbolo o valor simbólico.

Ciertamente se trata éste de un valor que no se encuentra como tal en los libros de texto de Economía. Y la razón es muy simple, y es que para los economistas el valor de un bien es siempre valor de cambio y por ende, un valor relativo. El valor de cambio es, como acaba de decirse, el valor asociado a la capacidad de una unidad cualquiera de un bien para ser intercambiado por una unidad cualquiera de otro, y esa capacidad de intercambio o de ser intercambiado es relativa pues depende, en cada momento, del número de unidades de ese bien que existan, es decir de su escasez relativa y de lo costoso relativamente que sea la producción de más unidades cualquiera de ese bien. Consecuentemente, el valor de cambio de una unidad cualquiera de un bien será más bajo cuanto más abundante sea ese bien en el mercado, cuantas más unidades "cualquiera" haya de ese bien. Es esta una aproximación al asunto del valor que, obviamente, es suficiente y verdadera para la mayor parte de artículos que tenemos o compramos habitualmente. Por ejemplo, el valor que para cualquiera tiene una lata de cerveza cualquiera depende así de cuántas uno se haya tomado previamente o de cuántas se tengan en el frigorífico. Y lo mismo pasa para la inmensa mayoría de los bienes.

Pero está claro que esta no es toda la historia del valor. Pues todo el mundo tiene objetos que son extremadamente valiosos para ellos aunque su precio o valor de cambio en el mercado sea muy bajo, o sea, aunque no sean nada escasos en términos relativos ya que sucede que, por las razones que sea, no son unos objetos cualquiera. Se trata de todos aquellos objetos a los que dotamos de un valor simbólico (que suele ser para los casos de bienes privados o personales un valor sentimental) que los singularizan o separan del resto de los de su clase. Y al hacerlo, al impregnarse de ese valor simbólico, ya no importa cuán abundantes sean en la realidad los objetos de su "misma" clase, pues al hacer a alguno de ellos símbolo de algo se lo convierte en un objeto único, es decir, que al serle asignado ese valor simbólico se le hace escaso en términos absolutos, de modo que su valor de símbolo puede ser realmente inconmensurable en términos de valor de cambio.

Dicho de otra manera, cuando a una unidad de un bien se la hace símbolo, es decir, cuando se la dota de un valor simbólico deja de tener precio o, mejor dicho, ya no hay precio que mida su valor por lo que queda fuera de la esfera de los intercambios mercantiles o comerciales. Puede suceder así, por seguir con el ejemplo de las latas de cerveza, que una de ellas en particular sea para un individuo tan "especial" por las razones sentimentales que sean, tan particular, que incluso ya nunca sea bebida, o sea que sea una "cerveza" que ya no es una cerveza, que es un símbolo de "algo" bajo la apariencia de una cerveza.

Como ya he señalado, la Economía no trata de este tipo de bienes, pues los considera un asunto privado, aunque está claro que todo el mundo posee bienes simbólicos pues sin duda simbolizar es uno de esos muchos rasgos que definen excluyentemente a los seres humanos del resto de los seres, y es además económico el uso de recursos que se hace en las tareas de simbolizar (simbolizar no es gratis, es una tarea costosa o sea que consume recursos) o el uso económico que se hace de los símbolos. Por ello, por un lado, no es nada extraño que sólo antropólogos o literatos o ensayistas aficionados los hayan sometido a escrutinio, y, por otro, por ello también sería necesario que la Economía se pusiese manos a la obra y tratase de eliminar ese "punto ciego" en su visión de las cosas del mundo que supone el olvido de los bienes simbólicos.

Pero, para empezar, veamos algunos ejemplos de no economistas que se han acercado a este terreno de la (inexistente) Economía de los Bienes Simbólicos. Mi siempre admirado Rafael Sánchez Ferlosio tiene en su mágico relato Industrias y andanzas de Alfanhuí una perfecta descripción de por qué un bien simbólico (un "tesoro" como se dice en su cuento) no puede guardar relación con un precio o un valor de cambio, pues en la medida que fuese conmensurable con él, en la medida que se vendiese y se midiese su valor, ello depreciaría su valor simbólico, desapareciendo así como tesoro, pasando a ser unos kilos de marfil o de oro o de plata o de lo que sea ...como otros kilos cde marfil, oro o plata cualesquiera. Cuenta Ferlosio:

"Heraclio tenía un tesoro que le habían dejado sus padres; eran dos grandes colmillos de marfil y dos bolas de marfil del tamaño de sandías: 'Nadie sabía lo que aquello significaba. Pero era un verdadero tesoro, porque no se podía vender. La gente cree que es tesoro todo lo que vale mucho, pero el verdadero tesoro es lo que no se puede vender. Tesoro es lo que vale tanto que no vale nada. Sí, él podía vender su tesoro a precio de marfil, pero el tesoro se perdería, vendería tan sólo marfil. El verdadero tesoro vale más que la vida, porque se muere sin venderlo. No sirve para salvar la vida. El tesoro vale mucho y no vale nada. En eso está el tesoro; en que no se puede vender'".

El semiólogo Gillo Dorfles, en su obra Imágenes interpuestas. De las costumbres al arte, también reflexionaba también sobre los bienes simbólicos y los definía como los

"...objetos que se han transformado en depositarios de recuerdos y de memorias perdidas, que rememoran atmósferas pasadas, que representan antiguos amores, fragmentos de tiempos irrecuperables, contra la obsolescencia de nuestro pensamiento, de nuestro gusto, de nuestros deseos. Estos objetos simbólicos (porque sólo así pueden definirse: frecuentemente su entidad real trasciende toda posible valoración comercial o estética) no se pueden "llevar al banco", enterrar u ocultar. Valen sólo porque -y mientras- nos acompañan, son los testigos de nuestra lenta maduración -puede que de nuestro inevitable marchitamiento-, son los depositarios de valores afectivos que, a menudo, son también estéticos"

Y, refiriéndose a la propiedad que cada uno tiene de sus particulares e intransferibles (en el sentido de no sujetos a transacción comercial) "bienes simbólicos", continuaba Dorfles:

 

"Creo que este género de "derecho a la propiedad", ajeno a todo sórdido afán de lucro, a toda voluntad de apropiación de los bienes de los demás, es realmente sacrosanto…Me gustaría por ello que se tomasen las disposiciones necesarias para que estas "posesiones simbólicas", estas propiedades personalísimas , una vez ordenadas y enumeradas, sean consideradas sagradas e inviolables ante la ley : no confiscables, no utilizables como garantía o fianza, no tasables o mutables. Deberían conservarse en una determinada zona de cada vivienda con carteles especiales que las señalen como intocables para todo el mundo. Al ladrón que se atreviese a transgredir la sagrada prohibición, a pisotear tan amenazador tabú, debería cortársele la mano según la mejor tradición islámica, aunque ese mismo ladrón podrá arramblar impunemente con las más ricas pieles y los más valiosos objetos de plata, por lo que será castigado con las sanciones normales previstas por la ley (y por ello casi nunca aplicadas). Creo que una ley semejante, que sanciona la inviolabilidad de los recuerdos y que deja "libres" las restantes propiedades, sería acogida con júbilo por todo el mundo, ladrones y sociólogos incluidos."

 

Y, me parece, que no andaba desacertado Gillo Dorfles en sus comentarios. Incluso cuando reclama la aplicación de la "ley islámica" contra los que no respetan ese sagrado derecho a la propiedad que debe proteger los bienes simbólicos. ¿Quién no ha sufrido el irreparable daño asociado a algún desmán que se ha traducido en la pérdida de alguno de sus objetos simbólicos? Por ejemplo, es frecuente escuchar que los que sufren robos en su vivienda señalan como un daño o coste difícil o imposible de valorar o apreciar por ningún seguro o compensación monetaria, el destrozo o pérdida de algunas "cosas de valor personal" o, incluso, la "sensación" de violación de la intimidad o privacidad, la rotura de la casa simbólica que habita nuestras casas reales de ladrillos y hormigón.

Ahora bien, es obvio que en todos los ejemplos mencionados hasta el momento, los bienes simbólicos son bienes privados con valor simbólico privado, particular o personal, a los que podemos denominar como bienes sentimentales, por lo que el interés de su análisis es muy reducido al menos para un economista en la medida que éste ha de dedicarse profesionalmente a asuntos generales o sociales.

Pero el asunto es muy distinto cuando se toma en consideración que varios o muchos individuos, o incluso todos los miembros de una colectividad pueden dar valor simbólico al mismo bien o a los mismos bienes (¿acaso no se puede definir una comunidad o colectivo por ser una agrupación que se constituye dar valor simbólico al mismo bien o grupo de bienes?). Es decir, que junto con los bienes privados con valor simbólico privado, que como ya se ha dicho tienen poco interés general pues su valor simbólico consiste o se traduce solamente en su poder de evocación existen bienes tanto privados como públicos investidos de valor simbólico interpersonal, público o colectivo. Y el análisis de estos tipos de bienes sí que tiene mucha mayor relevancia y enjundia.

Empecemos con los primeros, aquellos bienes privados a los que dos o más individuos les impregnan de valor simbólico. Estos bienes privados de valor simbólico compartido por más o menos gente se usan como señales o signos ya sea de compromiso o pertenencia, ya sea de distinción o "status". Los anillos que se cruzan los esposos en las bodas (que serían un caso muy simple de un símbolo interpersonal compartido sólo por dos personas) o las banderas cuyos diseños y colores identifican a quienes las enarbolan como miembros de un determinado grupo deportivo o nacional, son ejemplos de bienes privados colectivamente simbólicos de pertenencia. En tanto que las medallas, insignias, o trofeos que representan premios o distinciones, lo son del segundo tipo, el de los signos de distinción que dan cuerpo o materialidad visible a los valores simbólicos de superioridad, jerarquía o dominio.

Tanto unos como otros son bienes privados cuyo valor de mercado o precio está muy por debajo de su valor simbólico si es que ambos dos tipos de valor se pueden comparar. El disgusto que siente el miembro de una pareja cuando él o el otro miembro de la misma pierde su anillo de "compromiso" no se compensa con el dinero con el que se puede comprar uno “igual” en la joyería, de igual manera, hay hombres (y también mujeres) que han adquirido la insensata costumbre de arriesgarse a matarse o a matar por los colores de la bandera de su equipo de futbol o de su nación, o sea, que dan a esos trapos de colores un valor inconmensurable con el precio que pagaron en la tienda de retales donde las adquirieron.

Resulta inmediato darse cuenta de que el valor simbólico de estos objetos se traduce en el poder de inclusión/exclusión de otros así como en el poder de autoridad/dominio sobre los demás que confieren, por lo que su valor, se mida éste como se mida, es proporcional al número e importancia de las personas que comparten ese símbolo. Así el valor simbólico de unos anillos de boda es muy pequeño, pues sólo son valorados como tal símbolo por los contrayentes y algunos allegados, en tanto que el valor simbólico de una bandera nacional es muy elevado. Uno puede quemar en una calle un trapo cualquiera, si la policía le pilla habrá de afrontar una multa por su comportamiento en la medida que viole alguna ordenanza municipal, pero si ese trapo es la bandera nacional, con certeza el coste de esa misma acción subirá. Con los símbolos compartidos, ya se sabe, hay que tener como veremos mucho cuidado. Con ellos es peligroso "jugar".
(continua en http://www.rankia.com/blog/oikonomia/428709-bienes-simbolicos-ii)


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