FERNANDO ESTEVE MORA
Hace unos días, en un viaje en coche, le pedimos al Gran Algoritmo, esa condescendiente y barata deidad actual que todo lo sabe de nuestros gustos, o sea, de nosotros, que nos pusiese algo, lo que él quisiese, de Joan Manuel Serrat. Pensat i fet, el Algoritmo cumplió y en la siguiente hora y media disfrutamos de viejos temas de este cantautor. No pasó mucho tiempo antes de que uno de nosotros comentase -y el otro estuviese de acuerdo- que algunos temas ("Lucía", "Decir amigo", "La Carmela", "Tío Alberto", ...) hoy Serrat no se atrevería a cantarlos en su integridad, tal y como los escribió. De hacerlo se arriesgaría a que le tildaran, desde "la izquierda", de machista (y quizás también de racista a tenor de algunas referencias a estereotipos sobre las personas de "etnia gitana").
Pero ¿cómo -nos preguntamos- ha sido posible en el breve lapso de 40-45 años que quien era y lo que era oído, sentido, cantado, coreado y admirado por todas las mujeres y hombres "progresistas" o de izquierdas de entonces pueda o deba de oírse por ese mismo público hoy con prevención. ¿Era el Serrat de entonces entonces un machista o, más bien, no lo era entonces pero sí lo sería hoy?
El mero hecho de que pueda plantearse esta pregunta señala a las claras, al menos para mí, un hecho empírico. Y es que no hay que darle muchas vueltas para darse cuenta de lo altísimo que está el listón que los partidos de izquierda españoles han puesto en temas como el feminismo y del racismo y , en general, ese conjunto de asuntos englobados hoy bajo ese borroso epígrafe de "lo políticamente correcto". Son esos temas que las izquierdas han enarbolado como sus banderas y reivindican como propios, dejando de lado cada vez más aquellos que les eran tradicionales como la desigualdad económica y la democracia económica y social, la propiedad pública, la regulación del uso de la propiedad privada, el control de la economía por el estado y las libertades políticas y sociales. Pero lo que ha ocurrido, al hacer ese cambalache, ha sido que las cosas no le están yendo nada bien política y electoralmente, porque a lo que parece están dejando de lado a una buena parte de su electorado, a aquel que precisamente antes era su objetivo: las clases trabajadoras.
Y es que parece que si el "standard" moral de los partidos de izquierdas permite, por ejemplo, tildar al Serrat de Meditérraneo de criptomachista, me temo que cada vez van a andar más alejados de su electorado objetivo (su "target"). Igual de lejos que lo estaría del suyo una empresa que sólo tuviese por objetivo satisfacer los gustos o preferencias de la capa más elitista de un mercado, aunque no hubiese duda qie esos gustos fuesen los mejores, los más refinados.
Pues bien, me gustaría en esta entrada del blog señalar de entrada que esta anécdota de la lectura feminista del Serrat de antes no es más que un reflejo o una ejemplificación de algo más profundo e importante que le ha pasado a la izquierda en los últimos decenios: que se ha convertido en lo que he llamado repetidamente una izquierda parroquial. Prefiero llamarla así a llamarla izquierda woke no sólo para eludir ese término inglés/norteamericano, de inconcreto contenido, sino para apuntar a su origen y características.
La izquierda parroquial es por decirlo a bote pronto la izquierda que ha dejado de lado a Maquiavelo , a Babeuf, a Robespierre, a Marx, a Lenin, a Trotski, a Rosa Luxemburgo o a Gramsci como guías a cambio de ...no sé qué o quién: una confusa amalgama de los Evangelios y la "doctrina social de la Iglesia" y "filosofía" new age, a la que cualquiera podría denominar como "pensamiento" parroquial pues sin duda tiene su origen en las parroquias de los curas progres de los años 60 y 70 del siglo pasado. Ni más ni menos. Porque ¿qué es lo que caracteriza a ese "pensamiento" parroquial. Pues algo muy sencillo, que -por utilizar su lenguaje- los "males del mundo", esos que la izquierda siempre se ha aprestado a denunciar, analizar y atacar, se explican por la existencia del Pecado, por el "hecho" de que todos los humanos seríamos congénitamente pecadores, como desde San Agustín la Iglesia estableció como dogma de fe, por lo que, en lógica consecuencia, la solución de todos los "males del mundo" no puede ser sino moral, pasaría por instrumentar una solución moral: el cambio en la moral de las gentes tras pasar -eso sí- por la debida y amarga penitencia una vez se hubiesen asumido las propias faltas y pecados.
Que exagero.Veamos. Si hay crisis económicas (como por ejemplo la de 2008), ¿a qué se debe? Para el "pensamiento" parroquial ello no se debería a la existencia de contradicciones inherentes al funcionamiento de las economías capitalistas, como la vieja izquierda ha señalado desde los tiempos de Marx, sino a la codicia de los tipos que pululan por el el sistema financiero, o si no -también- y como se dijo a la hora de explicar lo que ocurrió en 2008, todos fuimos responsables de la crisis como consecuencia de caer en la lujuria de querer vivir por encima de nuestras posibilidades. Y ¿cómo se explican para "los izquierdistas parroquiales" los problemas ecológicos que amenazan con el fin del mundo sino como consecuencia de otro de los viejos pecados capitales: una especie de gula a lo grande, el consumismo, que no nos hace respetar a la Madre Gaia? Y, para los problemas demográficos, ¡no recurren a la pereza que afecta a las parejas de hoy día que no quieren comprometerse y formar familias?. En cuanto a las guerras suponen sin pensarlo dos veces que tienen por causa el odio, y hasta la desigualdad encontraría también su causa última moral en el egoísmo rampante. Y así se puede seguir con todos los problemas sociales y económicos que se quiera: siempre es posible encontrar un "fallo moral", un pecado, que los "explique". Resulta "evidente" que el machismo y el racismo y el desprecio al diferente son lacras que tendrían con arreglo al "pensamiento" parroquial su origen último en que la gente no seguiría el mandato evangélico de "amar al prójimo (o a la prójima o al prójime) como a uno mismo". Cierto que -y eso es lo que distinguiría en cierto modo a la "izquierda" parroquial - es que todas esas lacras morales serían fomentadas y hasta consustanciales con las sociedades liberal-capitalistas de modo que algunos serían más culpables, perdón, pecadores que otros, o sea, más egoístas, más avariciosos, más iracundos, más orgullosos, menos generosos, ...Serían los ricos y muy ricos, como ya lo decían los viejos Evangelios, y para refrenar esos sus comportamientos malos y pecaminosos, estaría ella, la nueva izquierda, una izquierda parroquial que creería a pies juntillas en el axioma evangélico de que si todos fuésemos buenos, moralmente hablando, los problemas sociales se disolverían como por ensalmo, luego la tarea central de la Política sería la de moralizar la sociedad..
Tal manera moralista y psicologista de ver las cosas, tal dulzonería intelectual, es, para los discípulos de Marx y, sorprendentemente, para todos los economistas, una absoluta regresión conceptual y metodológical, una infantilización. Ni siquiera el mismo Marx, al que no se le puede achacar ninguna veleidad procapitalista, se permitía hablar en sus textos más combativos de una supuesta inmoralidad o maldad de los capitalistas como causa y explicación de su comportamiento explotador. Y, por supuesto, para él nada tenía que ver la moralidad de los capitalistas con el movimiento, con la dinámica convulsa, de las economías capitalistas. Un capitalista podía ser un hombre (o una mujer) virtuosos y buenos a más no poder, pero eso daba igual ya que como las reglas de la competencia le imponían -so pena de no sobrevivir en el mercado- actuar de forma "despiadada" con sus trabajadores y sus competidores así debía comportarse Y el ejemplo de ello Marx lo tenía al ladito, pues a su mejor y eterno amigo, Frederick Engels, le "tocó" dedicarse a industrial capitalista durante más de veinte años y es seguro que en ese tiempo debió comportarse como auténtico capitalista con sus trabajadores y sus competidores, conforme se lo exigía el mercado, actividad que detestaba pero que le permitió mantener a Marx mientras éste estudiaba y escribía sus obras.
Y no sólo la bondad o maldad de los individuos son inanes para el comportamiento que les prescribe el papel que han de jugar en el mundo económico y social, sino que para los economistas, las mismas normas morales son en buena medida funcionales a la realidad económica, es decir que es habitual que acabe siendo juzgado bueno en una sociedad aquel comportamiento que beneficia a los individuos en su lucha por la vida en el terreno económico. La implicación es obvia: lo que es admitido y normal y moral cambia cuando cambia la vida económica. Así, por ejemplo, Max Weber, el gran sociólogo e historiador económico, encontró cómo el capitalismo rampante del siglo XVI sintonizaba mucho más con la ética protestante/calvinista que con la anquilosada ética católica medieval/feudal, y Thorstein Veblen, el economista institucionalista, dedicó ese increíble sugerente libro que es la Teoría de la Clase Ociosa a mostrar -y ridiculizar- cómo la moral y los distinguidos y elegantes comportamientos de la oligarquía financiera industrial del capitalismo de principios del siglo XX se asemejaban a los de los élites bárbaras y salvajes de épocas precedentes así como eran diferentes de los propugnados por la nueva "clase" de los profesionales, técnicos e ingenieros que despuntaba entonces y hoy domina.
Y es la Teoría de la Clase Ociosa de 1899 la que nos va a proporcionar un esquema conceptual para explicar lo que le está pasando a la izquierda parroquial de nuestros días. Hay un capítulo en la Teoría, concretamente el octavo, en que Veblen se lanza a una discusión acerca del conservadurismo que, por decirlo así, le viene la pelo al tema de esta entrada del blog. En él Veblen analiza las actitudes conservadoras en los planos legal, cultural, ideológico y hasta vital y las razones de su extensión y pervivencia en las distintas clases sociales. Y es que, a fin de cuentas, lo que la izquierda parroquial enarbola ahora fundamentalmente como bandera de combate en sus luchas políticas ya no es tanto un cambio en el modo de producción, la sustitución o regulación en profundidad del capitalismo, sino, como se ha dicho, una moralización de la vida social, que lógicamente implica un cambio en las costumbres, una ruptura de las formas tradicionales de entender la vida, una derrota del conservadurismo en las costumbres y modos de vivir.
Pues bien, Veblen llama esquema general de la vida, o de modo más sucinto y hasta poético, teoría de la vida al conjunto entrelazado y articulado de instituciones, comportamientos, creencias sobre los más diversos aspectos de la vida en sociedad que están en las mentes de los individuos, organizan sus hábitos conductuales y mentales, informan sus sentimientos y emociones y les permiten entender su mundo, darle sentido posibilitándoles así actuar en él. Es la teoría de la vida algo más amplio que lo que se suele meter dentro del concepto de ideología, y algo menos elaborado que una filosofía. cada individuo tiene su peculiar teoría de la vida, pero obviamente como en buena parte la hereda y aprende de los demás, comparte su teoría con las de los demás. Habría pues aspectos o dimensiones de las teorías de la vida individuales comunes a todos los miembros de una sociedad en un momento del tiempo: una teoría de la vida social por decirlo así. Y también está claro que se podría habñar en ese mismos sentido de teorías de la vida propias o características de las distintas clases y grupos sociales que diferirían en cierta medida. Ninguna teoría de la vida, ni la de un individuo, ni la de un grupo ni la de una sociedad en su conjunto forma nunca un todo homogéneo en la medida en que la realidad cambia más rápidamente que la teoría de la vida de modo que siempre una teoría de la vida es de alguna manera disfuncional. En cada momento, en cada sociedad, como tras Veblen señalaría Gramsci, hay una teoría de la vida hegemónica o dominante en las mentes de los individuos de una determinada sociedad que corresponde más o menos a la teoría de la vida, a la manera de ver e interpretar y explicar el mundo económico, social y cultural de la clase dominante, la clase de individuos que han sacado el mejor partido de una determinada situación o realidad económica y la dirigen.
Cualquier cambio que se lleve a cabo en una teoría de la vida ha de contar y enfrentarse a la hegemonía cultural de la teoría de la vida dominante en una sociedad. Como señala Veblen:
Hace unos días, en un viaje en coche, le pedimos al Gran Algoritmo, esa condescendiente y barata deidad actual que todo lo sabe de nuestros gustos, o sea, de nosotros, que nos pusiese algo, lo que él quisiese, de Joan Manuel Serrat. Pensat i fet, el Algoritmo cumplió y en la siguiente hora y media disfrutamos de viejos temas de este cantautor. No pasó mucho tiempo antes de que uno de nosotros comentase -y el otro estuviese de acuerdo- que algunos temas ("Lucía", "Decir amigo", "La Carmela", "Tío Alberto", ...) hoy Serrat no se atrevería a cantarlos en su integridad, tal y como los escribió. De hacerlo se arriesgaría a que le tildaran, desde "la izquierda", de machista (y quizás también de racista a tenor de algunas referencias a estereotipos sobre las personas de "etnia gitana").
Pero ¿cómo -nos preguntamos- ha sido posible en el breve lapso de 40-45 años que quien era y lo que era oído, sentido, cantado, coreado y admirado por todas las mujeres y hombres "progresistas" o de izquierdas de entonces pueda o deba de oírse por ese mismo público hoy con prevención. ¿Era el Serrat de entonces entonces un machista o, más bien, no lo era entonces pero sí lo sería hoy?
El mero hecho de que pueda plantearse esta pregunta señala a las claras, al menos para mí, un hecho empírico. Y es que no hay que darle muchas vueltas para darse cuenta de lo altísimo que está el listón que los partidos de izquierda españoles han puesto en temas como el feminismo y del racismo y , en general, ese conjunto de asuntos englobados hoy bajo ese borroso epígrafe de "lo políticamente correcto". Son esos temas que las izquierdas han enarbolado como sus banderas y reivindican como propios, dejando de lado cada vez más aquellos que les eran tradicionales como la desigualdad económica y la democracia económica y social, la propiedad pública, la regulación del uso de la propiedad privada, el control de la economía por el estado y las libertades políticas y sociales. Pero lo que ha ocurrido, al hacer ese cambalache, ha sido que las cosas no le están yendo nada bien política y electoralmente, porque a lo que parece están dejando de lado a una buena parte de su electorado, a aquel que precisamente antes era su objetivo: las clases trabajadoras.
Y es que parece que si el "standard" moral de los partidos de izquierdas permite, por ejemplo, tildar al Serrat de Meditérraneo de criptomachista, me temo que cada vez van a andar más alejados de su electorado objetivo (su "target"). Igual de lejos que lo estaría del suyo una empresa que sólo tuviese por objetivo satisfacer los gustos o preferencias de la capa más elitista de un mercado, aunque no hubiese duda qie esos gustos fuesen los mejores, los más refinados.
Pues bien, me gustaría en esta entrada del blog señalar de entrada que esta anécdota de la lectura feminista del Serrat de antes no es más que un reflejo o una ejemplificación de algo más profundo e importante que le ha pasado a la izquierda en los últimos decenios: que se ha convertido en lo que he llamado repetidamente una izquierda parroquial. Prefiero llamarla así a llamarla izquierda woke no sólo para eludir ese término inglés/norteamericano, de inconcreto contenido, sino para apuntar a su origen y características.
La izquierda parroquial es por decirlo a bote pronto la izquierda que ha dejado de lado a Maquiavelo , a Babeuf, a Robespierre, a Marx, a Lenin, a Trotski, a Rosa Luxemburgo o a Gramsci como guías a cambio de ...no sé qué o quién: una confusa amalgama de los Evangelios y la "doctrina social de la Iglesia" y "filosofía" new age, a la que cualquiera podría denominar como "pensamiento" parroquial pues sin duda tiene su origen en las parroquias de los curas progres de los años 60 y 70 del siglo pasado. Ni más ni menos. Porque ¿qué es lo que caracteriza a ese "pensamiento" parroquial. Pues algo muy sencillo, que -por utilizar su lenguaje- los "males del mundo", esos que la izquierda siempre se ha aprestado a denunciar, analizar y atacar, se explican por la existencia del Pecado, por el "hecho" de que todos los humanos seríamos congénitamente pecadores, como desde San Agustín la Iglesia estableció como dogma de fe, por lo que, en lógica consecuencia, la solución de todos los "males del mundo" no puede ser sino moral, pasaría por instrumentar una solución moral: el cambio en la moral de las gentes tras pasar -eso sí- por la debida y amarga penitencia una vez se hubiesen asumido las propias faltas y pecados.
Que exagero.Veamos. Si hay crisis económicas (como por ejemplo la de 2008), ¿a qué se debe? Para el "pensamiento" parroquial ello no se debería a la existencia de contradicciones inherentes al funcionamiento de las economías capitalistas, como la vieja izquierda ha señalado desde los tiempos de Marx, sino a la codicia de los tipos que pululan por el el sistema financiero, o si no -también- y como se dijo a la hora de explicar lo que ocurrió en 2008, todos fuimos responsables de la crisis como consecuencia de caer en la lujuria de querer vivir por encima de nuestras posibilidades. Y ¿cómo se explican para "los izquierdistas parroquiales" los problemas ecológicos que amenazan con el fin del mundo sino como consecuencia de otro de los viejos pecados capitales: una especie de gula a lo grande, el consumismo, que no nos hace respetar a la Madre Gaia? Y, para los problemas demográficos, ¡no recurren a la pereza que afecta a las parejas de hoy día que no quieren comprometerse y formar familias?. En cuanto a las guerras suponen sin pensarlo dos veces que tienen por causa el odio, y hasta la desigualdad encontraría también su causa última moral en el egoísmo rampante. Y así se puede seguir con todos los problemas sociales y económicos que se quiera: siempre es posible encontrar un "fallo moral", un pecado, que los "explique". Resulta "evidente" que el machismo y el racismo y el desprecio al diferente son lacras que tendrían con arreglo al "pensamiento" parroquial su origen último en que la gente no seguiría el mandato evangélico de "amar al prójimo (o a la prójima o al prójime) como a uno mismo". Cierto que -y eso es lo que distinguiría en cierto modo a la "izquierda" parroquial - es que todas esas lacras morales serían fomentadas y hasta consustanciales con las sociedades liberal-capitalistas de modo que algunos serían más culpables, perdón, pecadores que otros, o sea, más egoístas, más avariciosos, más iracundos, más orgullosos, menos generosos, ...Serían los ricos y muy ricos, como ya lo decían los viejos Evangelios, y para refrenar esos sus comportamientos malos y pecaminosos, estaría ella, la nueva izquierda, una izquierda parroquial que creería a pies juntillas en el axioma evangélico de que si todos fuésemos buenos, moralmente hablando, los problemas sociales se disolverían como por ensalmo, luego la tarea central de la Política sería la de moralizar la sociedad..
Tal manera moralista y psicologista de ver las cosas, tal dulzonería intelectual, es, para los discípulos de Marx y, sorprendentemente, para todos los economistas, una absoluta regresión conceptual y metodológical, una infantilización. Ni siquiera el mismo Marx, al que no se le puede achacar ninguna veleidad procapitalista, se permitía hablar en sus textos más combativos de una supuesta inmoralidad o maldad de los capitalistas como causa y explicación de su comportamiento explotador. Y, por supuesto, para él nada tenía que ver la moralidad de los capitalistas con el movimiento, con la dinámica convulsa, de las economías capitalistas. Un capitalista podía ser un hombre (o una mujer) virtuosos y buenos a más no poder, pero eso daba igual ya que como las reglas de la competencia le imponían -so pena de no sobrevivir en el mercado- actuar de forma "despiadada" con sus trabajadores y sus competidores así debía comportarse Y el ejemplo de ello Marx lo tenía al ladito, pues a su mejor y eterno amigo, Frederick Engels, le "tocó" dedicarse a industrial capitalista durante más de veinte años y es seguro que en ese tiempo debió comportarse como auténtico capitalista con sus trabajadores y sus competidores, conforme se lo exigía el mercado, actividad que detestaba pero que le permitió mantener a Marx mientras éste estudiaba y escribía sus obras.
Y no sólo la bondad o maldad de los individuos son inanes para el comportamiento que les prescribe el papel que han de jugar en el mundo económico y social, sino que para los economistas, las mismas normas morales son en buena medida funcionales a la realidad económica, es decir que es habitual que acabe siendo juzgado bueno en una sociedad aquel comportamiento que beneficia a los individuos en su lucha por la vida en el terreno económico. La implicación es obvia: lo que es admitido y normal y moral cambia cuando cambia la vida económica. Así, por ejemplo, Max Weber, el gran sociólogo e historiador económico, encontró cómo el capitalismo rampante del siglo XVI sintonizaba mucho más con la ética protestante/calvinista que con la anquilosada ética católica medieval/feudal, y Thorstein Veblen, el economista institucionalista, dedicó ese increíble sugerente libro que es la Teoría de la Clase Ociosa a mostrar -y ridiculizar- cómo la moral y los distinguidos y elegantes comportamientos de la oligarquía financiera industrial del capitalismo de principios del siglo XX se asemejaban a los de los élites bárbaras y salvajes de épocas precedentes así como eran diferentes de los propugnados por la nueva "clase" de los profesionales, técnicos e ingenieros que despuntaba entonces y hoy domina.
Y es la Teoría de la Clase Ociosa de 1899 la que nos va a proporcionar un esquema conceptual para explicar lo que le está pasando a la izquierda parroquial de nuestros días. Hay un capítulo en la Teoría, concretamente el octavo, en que Veblen se lanza a una discusión acerca del conservadurismo que, por decirlo así, le viene la pelo al tema de esta entrada del blog. En él Veblen analiza las actitudes conservadoras en los planos legal, cultural, ideológico y hasta vital y las razones de su extensión y pervivencia en las distintas clases sociales. Y es que, a fin de cuentas, lo que la izquierda parroquial enarbola ahora fundamentalmente como bandera de combate en sus luchas políticas ya no es tanto un cambio en el modo de producción, la sustitución o regulación en profundidad del capitalismo, sino, como se ha dicho, una moralización de la vida social, que lógicamente implica un cambio en las costumbres, una ruptura de las formas tradicionales de entender la vida, una derrota del conservadurismo en las costumbres y modos de vivir.
Pues bien, Veblen llama esquema general de la vida, o de modo más sucinto y hasta poético, teoría de la vida al conjunto entrelazado y articulado de instituciones, comportamientos, creencias sobre los más diversos aspectos de la vida en sociedad que están en las mentes de los individuos, organizan sus hábitos conductuales y mentales, informan sus sentimientos y emociones y les permiten entender su mundo, darle sentido posibilitándoles así actuar en él. Es la teoría de la vida algo más amplio que lo que se suele meter dentro del concepto de ideología, y algo menos elaborado que una filosofía. cada individuo tiene su peculiar teoría de la vida, pero obviamente como en buena parte la hereda y aprende de los demás, comparte su teoría con las de los demás. Habría pues aspectos o dimensiones de las teorías de la vida individuales comunes a todos los miembros de una sociedad en un momento del tiempo: una teoría de la vida social por decirlo así. Y también está claro que se podría habñar en ese mismos sentido de teorías de la vida propias o características de las distintas clases y grupos sociales que diferirían en cierta medida. Ninguna teoría de la vida, ni la de un individuo, ni la de un grupo ni la de una sociedad en su conjunto forma nunca un todo homogéneo en la medida en que la realidad cambia más rápidamente que la teoría de la vida de modo que siempre una teoría de la vida es de alguna manera disfuncional. En cada momento, en cada sociedad, como tras Veblen señalaría Gramsci, hay una teoría de la vida hegemónica o dominante en las mentes de los individuos de una determinada sociedad que corresponde más o menos a la teoría de la vida, a la manera de ver e interpretar y explicar el mundo económico, social y cultural de la clase dominante, la clase de individuos que han sacado el mejor partido de una determinada situación o realidad económica y la dirigen.
Cualquier cambio que se lleve a cabo en una teoría de la vida ha de contar y enfrentarse a la hegemonía cultural de la teoría de la vida dominante en una sociedad. Como señala Veblen:
- "Para darse cuenta de la dificultad que habría de implicar un cambio radical de las características del esquema convencional de la vida, basta con sugerir la supresión de la familia monogámica o el sistema agnaticio de parentesco, la propiedad privada o la fe teista, en cualquier país perteneciente a la civilización occidental; o suponer lo que sería la supresión del culto a los antepasados en China, del sistema de castas en Africa o el establecimiento de la igualdad de sexos en los países mahometanos". Y, por supuesto, cambios en alguna o algunas de estas instituciones reverberarían y llevarían a ulteriores cambios de gran alcance en otros puntos de la teoría de la vida de los componentes de una sociedad.
No es nada extraño que pueda constatarse, señala Veblen, la presencia constante de una aversión a las innovaciones en la teoría de la vida de una sociedad:
- "No es raro oír a las personas que dispensan a la comunidad consejos y amonestaciones saludables, expresarse vigorosamente en contra de los efectos perniciosos y de gran alcance que habrían de experimentar aquélla como consecuencia de cambios relativamente poco importantes, tales como la separación de la Iglesia y el Estado, el aumento de la facilidad del divorcio, la adopción del sufragio femenino, la prohibición de la fabricación y venta de bebidas alcohólicas, la abolición o restricción de la herencia, etc...Se nos dice que cualquiera de estas innovaciones habría de 'quebrantar la estructura social de arriba a abajo', de 'reducir la sociedad al caos, de 'subvertir los fundamentos de la moral', de 'hacer intolerable la vida', de 'perturbar el orden natural', etc".
Más de 125 años después la lista de Veblen podría cambiarse de modo que en ella han ido apareciendo otros como el aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual, y la facilitación de la reasignación de sexo, o sea, la retahíla de asuntos que con cansina regularidad han ido surgiendo uno tras otro como motivo de fuertes polémicas sociales, siendo así claros índices de cómo la clase dominante ha ido cambiando su teoría de vida, a veces más rápidamente que sus propios partidos. No es precisa mucha memoria para recordar cómo los partidos de la derecha han ido sistemáticamente por detrás de sus propios votantes en todos esos temas, lo que ha propiciado el que hayan monopolizado estúpidamente el debate político y social convirtiéndolo en un espectáculo falso y sin sentido.
Y es que, inevitablemente, incansablemente, los cambios en la teoría de la vida general o comúnmente compartida suceden. Y suceden, como señala Veblen, un economista, no por cambios autónomos en los cerebros de las gentes sino inducidos, causados, impuestos por los cambios en la dinámica realidad económica. Pero si esto es así, entonces, ¿por qué hay tanto ruido, tanta pelea entorno a los naturales cambios que han de darse en la teoría de la vida? Pues porque, apunta Veblen, hay dos grandes grupos o clase sociales conservadoras, que se resisten a aceptar esos cambios en la teoría de vida que dominante la realidad económica y social trata de imponer y a la larga impone. Una es la clase dominante, y la razón es muy simple:
- "la clase ociosa está, en gran medida , protegida contra la presión de aquellas exigencias económicas que prevalecen en toda comunidad industrial moderna y altamente organizada. Las exigencias de la lucha por los medios de vida son menos fuertes para esta clase que para cualquier otra; y como consecuencia de esta posición privilegiada deberíamos esperar teóricamente que aquélla fuese una de las clases sociales que menos respondiesen a las demandas de un desarrollo ulterior de las instituciones y de un reajuste a una situación industrial modificada presentadas por la situación. La clase ociosa es la clase conservadora. Las exigencias de la situación económica general de la comunidad no actúan de modo directo ni sin dificultades sobre los miembros de esta clase...La función de la clase ociosa en la evolución social consiste en retrasar el movimiento y en conservar lo anticuado".
Veblen tiene cuidado en subrayar que ese conservadurismo no responde sólo a un interés económico directo, un interés creado en que la teoría de la vida no se modifique:
- "La oposición de la clase ociosa a los cambios en el esquema cultural es instintiva y no se basa primordialmente en un cálculo interesado de las ventajas materiales; es una revulsión instintivamente cualquier apartamiento del modo aceptado de hacer o considerar las cosas -revulsión común a todos los hombres y que solo puede ser superada por la fuerza de las circunstancias. Todo cambio en los hábitos de vida y mentales es penoso. La diferencia a este respecto entre la parte acaudalada de la humanidad y el resto de la misma no estriba tanto en el motivo que impulsa al conservadurismo como en el grado de exposición a las fuerzas económicas que provocan el cambio. Los miembros de la clase adinerada no ceden a la demanda de innovación con la misma facilidad que otros hombres porque no se ven obligados a hacerlo así".
Y ahora lo viene lo interesante para el tema que nos ocupa. Y es que Veblen subraya a continuación que
- "Este proceso de reajuste de la teoría de la vida aceptada implica un cierto grado de esfuerzo mental, un esfuerzo más o menos prolongado y laborioso para descubrir las obligaciones que a cada uno incumben en las nuevas circunstancias y darles el debido cumplimiento. Ese proceso exige un cierto gasto de energía y, por ende, exige también para su realización algún exceso de energía por encima del empleado en la lucha cotidiana por la existencia...Las personas desesperadamente pobres y todas aquellas personas cuyas energías están absorbidas por entero por la lucha cotidiana por la existencia, son conservadoras porque no pueden permitirse el esfuerzo de pensar en pasado mañana del mismo modo que las que llevan una vida muy próspera son conservadoras porque tiene pocas oportunidades para estar descontentas con la situación hoy existente".
O sea, que son dos, y no solamente una, las clases de individuos conservadoras en cualquier sociedad: los de arriba y los de abajo, en la muy acertada -en mi opinión- opinión de Thorstein Veblen, aunque obviamente lo son razones opuestas. Los de arriba porque les va muy bien y no tiene ningún sentido para ellos alterar en nada su teoría de la vida , y los de abajo, por contra, porque no les va nada bien y carecen en consecuencia de los recursos materiales y culturales y el tiempo para "dar el salto" mental y vital" en su teoría de la vida.
Yerra por tanto la izquierda parroquial cuando abandonando su campo de batalla natural, las tradicionales "luchas de clases" de base económica, se ha embarcado en el confuso terreno de las guerras culturales asociadas a las variopintas demandas particulares de la diversidad de colectivos que la moderna sociedad de la abundancia no sólo permite o posibilita sino que incluso fomenta, lo que exige del que era su público objetivo que se dediquen a "aggiornarse" culturalmente, a cambiar a una teoría de la vida hiperactualizada, a la última, la que definen aquellos que disponen de todos los medios intelectuales y materiales par hacerlo e incluso se dedican a ello activamente ya sea por profesión (artistas, filósofos, intelectuales) o para distinguirse elitístamente, pero cosa difícil para "los de abajo" en grado sumo tanto intelectual como culturalmente por carecer de los medios para ello. ¿Ojo! que esto no quiere decir que "los de abajo" sean tontos o estúpidos, pues tienen su teoría de la vida adecuada a los viejos hábitos y moralidades sino que carecen de los medios para ponerse a cambiarla. No es esto algo extraño ni en sí condenable. Por ejemplo, en el terreno de la pintura o de la música todavía la mayor parte de los espectadores, incluso los "cultivados", tragan poco o nada con el arte abstracto o la música dodecafónica y eso que ya lleva en los museos y auditorios más de un siglo, y es que cualquiera puede reconocer que llegar a disfrutar de un cuadro abstracto o de una pieza de música concreta frente a un cuadro impresionista o una sinfonía de Mozart exige mucha, quizás excesiva como sucede en mis caso, dedicación. Pero, volviendo a nuestro tema, creo que queda claro que al así orientar sus objetivos políticos, la izquierda parroquial curiosamente, puede echar a los de abajo, contra "natura", en manos de los partidos de los de arriba no por otras razones sino porque se sienten despreciados e incomprendidos por esa "nueva" izquierda moralizante cuya modernizada teoría de la vida choca en muchos aspectos con la suya.
Quizás un ejemplo pueda dar cuenta de lo que está en cuestión. Para los economistas la mayor igualdad de las mujeres y los hombres en las relaciones laborales, económicas y sociales no es consecuencia del triunfo de una reforma moral feminista que hubiera ocurrido previamente en las cabezas de las gentes, fruto de una educación moralizante que acentuara el valor de la igualdad, sino que lo que habría pasado en las cabezas de las gentes en la dirección de una mayor igualdad sería efecto directo y consustancial a un cambio en el sistema de relaciones económicas. En efecto, en una economía de mercado uno es más o menos libre en función de su riqueza, de su poder económico. Las mujeres han ido alcanzando esa libertad en la medida que se han incorporado a los mercados de trabajo y han ganado ingresos (salarios y beneficios) propios por su contribución a la producción de bienes para el mercado, es decir, en la medida pues que su supervivencia económica ha dejado así de depender de los varones, de sus parejas. Y esa incorporación ha venido causada, fuera de circunstancias transitorias como la movilización de los hombres para ira a las guerras, por el incremento de la productividad del trabajo en las actividades fuera del hogar. La lógica es muy simple, conforme el coste de oportunidad para los varones de obligar a sus mujeres a permanecer dedicadas a las tareas del hogar ha crecido, ha disminuido el incentivo a hacerlo a la vez que ha crecido el incentivo a que las mujeres dejasen de aceptar el dedicarse sólo a las tareas del hogar.
Es decir que el cambio económico generador de todo ha sido el crecimiento de la productividad del trabajo fuera del hogar asociados al uso de tecnologías cada vez más eficaces. El papel de la mujer en el hogar como ser dependiente y dedicado prioritariamente a trabajar dentro del hogar que formaba parte de la teoría de la vida tradicional no se avenía en absoluto con el nuevo poder económico que caía en manos de las mujeres trabajadoras fuera del hogar. Obviamente, para la clase dominante, ese cambio no exigía ninguna modificación en su teoría de la vida pues su situación económica no les incentivaba a dejar o incentivar que sus mujeres dejasen sus papeles tradicionales en sus hogares y se pusiesen a trabajar, teoría de la vida socialmente hegemónica, lo que explica la lucha feminista. Lucha que encontró un aliado en las clases trabajadoras, pues el que las mujeres de esa clase se empleasen en trabajos fuera del hogar era algo normal y crecientemente deseable incluso para sus parejas masculinas pues ello suponía una nueva fuente de ingresos en el hogar. Progresivamente, los varones de las clases trabajadoras tuvieron que actualizar su teoría de la vida para dar cabida a esa realidad. Ciertamente, no le fue fácil a los trabajadores desprenderse de la teoría de la vida tradicional en este terreno y en otros, y así abundan los ejemplos históricos de rechazos a la incorporación de las mujeres a algunas ocupaciones considerada "no femeninas" así como situaciones en las que las empresas discriminaban de modo directo a sus empleadas. Poco a poco, la realidad económica se ha ido imponiendo y, salvo en reductos ultraconservadores, la teoría de la vida generalizada en países como en el nuestro incorpora la igualdad económica y laboral de hombres y mujeres, aunque -repito- todavía la actualización no ha sido completa en la medida que aún existen bolsas de discriminación contra las mujeres más o menos extensas así como techos de cristal a sus carreras profesionales.
Ahora bien, para muchos de "los de abajo" los cambios a los que la izquierda parroquial quiere conducir la lucha feminista y los medios para hacerlo en los terrenos culturales y relacionales pueden parecerles exagerados en la medida que atentan contra aspectos de su teoría de la vida cuasi geológicos, cuya evolución es de forma "natural" mucho más lenta. No es nada extraño en consecuencia el desastre electoral que la definición como feminista casi con exclusividad les ha supuesto a partidos como Podemos o Sumar, y el escaso rédito que su definición también feminista les esté suponiendo al PSOE, partidos todos componentes de esa izquierda parroquial entrada en la difusión de las nuevas "buenas costumbres".
Una lectura de Veblen les vendría a sus dirigentes más que bien para entender que los distintos estratos de una teoría de la vida no tienen que ser enteramente congruentes y evolucionar al mismo ritmo, de modo que más les valdría dejar de centrar sus objetivos políticos en las guerras culturales o de costumbres en donde ni tienen las de ganar ni caso de ganarlas les va ello a rendir ganancias a la hora de ganar cuota de poder para cambiar las relaciones y estructuras económicas y sociales, y centrarse en lo que eran las suyas y que, por carencia de hondura intelectual y conceptual, parecen haber dado ya por perdidas pues nada parecen ofrecer como alternativa al neoliberalismo económico. Pero analizar esto sería ya asunto de otra entrada del blog.