FERNANDO ESTEVE MORA
No creo que nadie ponga en duda que la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides forma parte del “canon” de la cultura occidental. Yo tampoco, aunque no me la haya leído salvo trozos y párrafos sueltos que otros autores citan en sus obras. Pero sé que sigue siendo una obra de lectura obligatoria en academias militares y en instituciones dedicadas a estudios estratégicos pues la profundidad de los análisis de Tucídides sobre aquella lejana guerra los hace todavía útiles a la hora de entender los conflictos del mundo actual, 2400 años después.
No creo que nadie ponga en duda que la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides forma parte del “canon” de la cultura occidental. Yo tampoco, aunque no me la haya leído salvo trozos y párrafos sueltos que otros autores citan en sus obras. Pero sé que sigue siendo una obra de lectura obligatoria en academias militares y en instituciones dedicadas a estudios estratégicos pues la profundidad de los análisis de Tucídides sobre aquella lejana guerra los hace todavía útiles a la hora de entender los conflictos del mundo actual, 2400 años después.
No obstante sí que he leído un pasaje del Libro V de la Historia conocido como “Diálogo de los Melios” en que Tucídides narra el nada ejemplificante imperialista comportamiento, que hoy tildaríamos directamente de genocida, que la ilustrada Atenas, la potencia entonces hegemónica, tuvo con los habitantes de la pequeña isla egea de Melos. Como explicación, o quizás -incluso- justificación de ese matonil comportamiento, dice Tucídides una frase que se ha hecho célebre: “los fuertes hacen lo que pueden hacer y los débiles sufren como deben sufrir”, tesis a la que podríamos denominar algo así como “la del ley más fuerte” de Tucídides. Cuando uno la lee y la piensa un momento se le queda grabada pues declara la imposibilidad de que haya algo que impida que la fuerza bruta imponga su ley en cualquier conflicto.
Y esto valdría para todo tipo de conflicto, ya sea por un territorio como en las guerras “militares”, por el poder político en las luchas políticas o partidistas, por una sentencia favorable en los pleitos judiciales, por la renta y la riqueza en las guerras “económicas” o por los clientes en un mercado. La lógica del poder de la ley de Tucídides haría que quien más recursos tuviera de salida, quien fuera más fuerte, más rico o más poderoso fuera, se haría al final del conflicto con más territorio, disfrutaría de más poder político, ganaría el pleito, se quedaría con más renta y riqueza o mayor sería su cuota en un mercado.
Por ejemplo, un “tucididiano” o "tucididiesco" en estos términos habría sido Karl Marx (y, en general, lo serían los economistas heterodoxos) quien en su tesis sobre la pauperización del proletariado sostenía que, dada la lógica de funcionamiento de una economía capitalista, el destino de la clase trabajadora en su conflicto distributivo (la “lucha de clases”) con la clase capitalista era su miseria creciente, al menos en términos relativos. Por contra, la economía ortodoxa no sería nada “tucididiana” pues, para ella la distribución de la renta es un asunto meramente técnico, la diferente productividad marginal del trabajo y del capital, no fruto de un conflicto.
Sin embargo, en la realidad histórica no han faltado ocasiones en que los conflictos asimétricos (o sea, entre una actor fuerte y otro claramente débil) se hayan resuelto no desfavorablemente para el actor débil. Ello ha sido relativamente frecuente en el caso militar, y también ha ocurrido en el campo económico en que se ha visto cómo, al contrario de lo que Marx predecía, el bienestar económico de las clases trabajadoras ha crecido. Dicho de otra manera, la “ley del más fuerte” de Tucídides ha tenido y tiene tantas excepciones que quizás no merezca el llamarla ley.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué la ley de Tucídides falla tantas veces? Aunque, desde los tiempos de la Ilíada han menudeado las “explicaciones” que hacían referencia a la participación de espíritus y dioses en favor de los débiles para explicar esos “extraños” resultados ( recordemos también la descarada participación de vírgenes y santos como Santiago Matamoros en nuestra larguísima Reconquista), ha sido un economista, Jack Hirshleifer quien en una serie de trabajos a lo largo de la década de 1990 ha modelizado el conflicto en una estructura teórica donde se vertebran de modo lógicamente consistente las posibles explicaciones de por qué y en qué circunstancias podría darse que en un conflicto militar, económico, político o empresarial el fuerte no tenga siempre “las de ganar”, donde la ley del más fuerte de Tucídides no se cumpla de modo que el débil no sufra lo que debe, sino que incluso puede acabar ganando. A esto le llamó la paradoja del poder.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué la ley de Tucídides falla tantas veces? Aunque, desde los tiempos de la Ilíada han menudeado las “explicaciones” que hacían referencia a la participación de espíritus y dioses en favor de los débiles para explicar esos “extraños” resultados ( recordemos también la descarada participación de vírgenes y santos como Santiago Matamoros en nuestra larguísima Reconquista), ha sido un economista, Jack Hirshleifer quien en una serie de trabajos a lo largo de la década de 1990 ha modelizado el conflicto en una estructura teórica donde se vertebran de modo lógicamente consistente las posibles explicaciones de por qué y en qué circunstancias podría darse que en un conflicto militar, económico, político o empresarial el fuerte no tenga siempre “las de ganar”, donde la ley del más fuerte de Tucídides no se cumpla de modo que el débil no sufra lo que debe, sino que incluso puede acabar ganando. A esto le llamó la paradoja del poder.
Una primera explicación de esta paradoja apunta a lo que Hirshleifer denomino la decisividad
o factor de escala en un conflicto. Por ella Hirshleifer se refería al peso o la importancia de las "armas" en la resolución de un conflicto. Una decisividad nula, o sea con un valor de cero caracterizaba un conflicto en que las armas nada importaban en su resolución, de modo que el hecho de ser más fuerte no le daba más peso o más poder al fuerte. Por contra conforme mayor fuese la decisividad más relevancia tendrían las armas y en mayor medida se cumpliría la ley de Tucídides. Por ejemplo, si gracias a la publicidad una empresa grande en un mercado goza de un mercado cautivo de clientes leales, la competencia de otra u otras vía precios más bajos (o mejoras de calidad o del servicio postventa) puede no afectarla. La decisividad de esas "armas" económicas sería entonces muy baja. Por contra, en un país corrupto, una gran empresa con recursos financieros y legales puede mediante el soborno de los reguladores expulsar a su competencia de un mercado.
Los cambios tecnológicos, legales y políticos afectan a la decisividad en los conflictos. Así, por ejemplo. la guerra de Ucrania y la actual guerra de Irán está mostrando cómo la baratísima tecnología de los drones está afectando negativamente a la decisividad de la carísima tecnología de misiles y aviones de combate. La mitología hebrea ya contaba en la Biblia cómo un débil como lo era David se puedo imponer contra Goliath, el fuerte, usando contra él de una "nueva" tecnología -la honda- que disminuía enormemente la decisividad de la "tecnología" de la lucha en el cuerpo a cuerpo. Un ejemplo más: la decisividad de las subidas de salarios como "arma" de los trabajadores en su conflicto sobre la distribución de la renta con las empresas se ve limitada por la competencia a la que hacen frente estas dado que son las empresas las que fijan, después de las negociaciones salariales, los precios de venta. Si esa competencia es escasa, las empresas pueden trasladar en buena medida esas subidas salariales a precios. La existencia de inflación es así en muchos casos una medida o indicador de la falta de decisividad de la lucha salarial.
Junto con la decisividad en los conflictos, a veces la paradoja del poder se explica acudiendo a factores subjetivos, que serían de dos tipos. Por un lado, estaría la "voluntad de lucha" o "moral de combate". Y, en efecto, siempre se ha sido consciente de que la capacidad efectiva asociada a un stock armamentístico depende de la moral, de las ganas de ganar y/o resistir de quienes las enarbolan. El patriotismo, la fe religiosa, el ser el defensor y el convencimiento de ser injustamente agredido, multiplica la efectividad con la que se usan unas armas y pueden fortalecer a la parte más débil en un conflicto. En consecuencia, pueden darse situaciones en que la voluntad de combate del débil sea superior a la del fuerte en un combate y ponga en jaque la "ley del más fuerte". Ejemplos de esta situación lo serían la descomposición de los ejércitos iraquí y afgano en sus recientes guerras contra el Isis y los talibanes respectivamente; y , ni qué decir tiene que la actual belicosidad de las élites dirigentes europeas tropieza con una escasísima voluntad de lucha de la población de Europa convencida ésta como lo está de que esas llamadas a preparase para la guerra responden más que a la amenaza de un país tan débil como Rusia a los intereses empresariales del complejo militar-industrial occidental. Dicho lo anterior hay que señalar que también puede ocurrir lo contrario, que la desigualdad de fuerzas a favor del fuerte refuerce la "ley de Tucídides" y mine la moral de combate del débil haciéndole aún más débil.
Un segundo factor subjetivo operativo tras la paradoja del poder estaría en la adopción por parte de los decisores de la parte más fuerte de una estrategia inadecuada en el sentido que beneficia relativamente más al actor más débil. Se distinguen, a grosso modo, entre dos tipos de estrategias en un conflicto: aquellas dirigidas a destrozar la capacidad "militar" del adversario y que se denominan estrategias directas, y aquellas otras dirigidas a afectar negativamente a la voluntad de combate del adversario y que suelen tener por objetivo la población general y recursos de uso civil no relacionados de forma inmediata con el conflicto, a las que se denominan estrategias indirectas. Pues bien, la ley del más fuerte de Tucídides sería inequívocamente efectiva en aquellos conflictos en los que los adversarios recurriesen al mismo tipo de estrategias. Y ello parece lógico: la ventaja cuantitativa de los fuertes en términos de cantidad de recursos se trasladaría a la arena del conflicto ya fuera que los actores se enfrentase de modo Directo, usando de sus capacidades armamentísticas (guerra abierta), ya lo hiciesen Indirectamente (propaganda, terrorismo, asesinatos selectivos, sanciones, boycots, etc.). Por contra, las probabilidades del débil de vencer en un conflicto aumentarían si en él se diese una asimetría en el tipo de estrategias usadas por los contendientes. Así, frente a un Ataque Directo por parte del actor más fuerte, el actor más débil mejora su situación si responde con unas estrategias de Defensa Indirecta, del tipo de la guerra de guerrillas, o bien si el fuerte usa de una estrategia de Ataque Indirecto en forma de ataque a la población civil y a sus modos de subsistencia ("guerra sucia"), el débil lo hace con una Defensa Directa. La derrota del ejército norteamericano en Vietnam frente a la guerrilla del vietcong y las de los ejércitos soviético y americano en Afganistán frente a las guerrillas talibanes son testimonio de la idoneidad que para el actor más débil tiene el no replicar el tipo de estrategia que utiliza contra él el actor más fuerte.
Finalmente, la originalidad del modelo de conflicto de Hirshleifer se hace patente cuando ofrece un tercer mecanismo que sostiene la paradoja del poder. El punto de partida general es que los actores pueden dedicar o mejor, distribuir sus recursos entre dos tipos de actividades: o bien a actividades pacíficas de producción e intercambio que generan nueva renta, o bien a actividades redistributivas y/o apropiativas, es decir, al conflicto ya sea en el mundo económico, político, judicial o militar, actividades conflictivas en que de lo que se trata no es de producir nada nuevo sino de apropiarse de recursos o de renta ya existentes. Así, y a guisa de ejemplo extremado, podríamos imaginar que un individuo puede obtener renta de dos maneras o bien dedicando sus capacidades físicas e intelectuales a formarse para ser un individuo productivo, ya sea como trabajador o como empresario dedicado a producir bienes y servicios para los mercados legales, o bien puede dedicarlas en todo o en parte a “formarse" para ser un ladrón, un mafioso o un asesino (aunque, también, un policía o un soldado... o un abogado).
o factor de escala en un conflicto. Por ella Hirshleifer se refería al peso o la importancia de las "armas" en la resolución de un conflicto. Una decisividad nula, o sea con un valor de cero caracterizaba un conflicto en que las armas nada importaban en su resolución, de modo que el hecho de ser más fuerte no le daba más peso o más poder al fuerte. Por contra conforme mayor fuese la decisividad más relevancia tendrían las armas y en mayor medida se cumpliría la ley de Tucídides. Por ejemplo, si gracias a la publicidad una empresa grande en un mercado goza de un mercado cautivo de clientes leales, la competencia de otra u otras vía precios más bajos (o mejoras de calidad o del servicio postventa) puede no afectarla. La decisividad de esas "armas" económicas sería entonces muy baja. Por contra, en un país corrupto, una gran empresa con recursos financieros y legales puede mediante el soborno de los reguladores expulsar a su competencia de un mercado.
Los cambios tecnológicos, legales y políticos afectan a la decisividad en los conflictos. Así, por ejemplo. la guerra de Ucrania y la actual guerra de Irán está mostrando cómo la baratísima tecnología de los drones está afectando negativamente a la decisividad de la carísima tecnología de misiles y aviones de combate. La mitología hebrea ya contaba en la Biblia cómo un débil como lo era David se puedo imponer contra Goliath, el fuerte, usando contra él de una "nueva" tecnología -la honda- que disminuía enormemente la decisividad de la "tecnología" de la lucha en el cuerpo a cuerpo. Un ejemplo más: la decisividad de las subidas de salarios como "arma" de los trabajadores en su conflicto sobre la distribución de la renta con las empresas se ve limitada por la competencia a la que hacen frente estas dado que son las empresas las que fijan, después de las negociaciones salariales, los precios de venta. Si esa competencia es escasa, las empresas pueden trasladar en buena medida esas subidas salariales a precios. La existencia de inflación es así en muchos casos una medida o indicador de la falta de decisividad de la lucha salarial.
Junto con la decisividad en los conflictos, a veces la paradoja del poder se explica acudiendo a factores subjetivos, que serían de dos tipos. Por un lado, estaría la "voluntad de lucha" o "moral de combate". Y, en efecto, siempre se ha sido consciente de que la capacidad efectiva asociada a un stock armamentístico depende de la moral, de las ganas de ganar y/o resistir de quienes las enarbolan. El patriotismo, la fe religiosa, el ser el defensor y el convencimiento de ser injustamente agredido, multiplica la efectividad con la que se usan unas armas y pueden fortalecer a la parte más débil en un conflicto. En consecuencia, pueden darse situaciones en que la voluntad de combate del débil sea superior a la del fuerte en un combate y ponga en jaque la "ley del más fuerte". Ejemplos de esta situación lo serían la descomposición de los ejércitos iraquí y afgano en sus recientes guerras contra el Isis y los talibanes respectivamente; y , ni qué decir tiene que la actual belicosidad de las élites dirigentes europeas tropieza con una escasísima voluntad de lucha de la población de Europa convencida ésta como lo está de que esas llamadas a preparase para la guerra responden más que a la amenaza de un país tan débil como Rusia a los intereses empresariales del complejo militar-industrial occidental. Dicho lo anterior hay que señalar que también puede ocurrir lo contrario, que la desigualdad de fuerzas a favor del fuerte refuerce la "ley de Tucídides" y mine la moral de combate del débil haciéndole aún más débil.
Un segundo factor subjetivo operativo tras la paradoja del poder estaría en la adopción por parte de los decisores de la parte más fuerte de una estrategia inadecuada en el sentido que beneficia relativamente más al actor más débil. Se distinguen, a grosso modo, entre dos tipos de estrategias en un conflicto: aquellas dirigidas a destrozar la capacidad "militar" del adversario y que se denominan estrategias directas, y aquellas otras dirigidas a afectar negativamente a la voluntad de combate del adversario y que suelen tener por objetivo la población general y recursos de uso civil no relacionados de forma inmediata con el conflicto, a las que se denominan estrategias indirectas. Pues bien, la ley del más fuerte de Tucídides sería inequívocamente efectiva en aquellos conflictos en los que los adversarios recurriesen al mismo tipo de estrategias. Y ello parece lógico: la ventaja cuantitativa de los fuertes en términos de cantidad de recursos se trasladaría a la arena del conflicto ya fuera que los actores se enfrentase de modo Directo, usando de sus capacidades armamentísticas (guerra abierta), ya lo hiciesen Indirectamente (propaganda, terrorismo, asesinatos selectivos, sanciones, boycots, etc.). Por contra, las probabilidades del débil de vencer en un conflicto aumentarían si en él se diese una asimetría en el tipo de estrategias usadas por los contendientes. Así, frente a un Ataque Directo por parte del actor más fuerte, el actor más débil mejora su situación si responde con unas estrategias de Defensa Indirecta, del tipo de la guerra de guerrillas, o bien si el fuerte usa de una estrategia de Ataque Indirecto en forma de ataque a la población civil y a sus modos de subsistencia ("guerra sucia"), el débil lo hace con una Defensa Directa. La derrota del ejército norteamericano en Vietnam frente a la guerrilla del vietcong y las de los ejércitos soviético y americano en Afganistán frente a las guerrillas talibanes son testimonio de la idoneidad que para el actor más débil tiene el no replicar el tipo de estrategia que utiliza contra él el actor más fuerte.
Finalmente, la originalidad del modelo de conflicto de Hirshleifer se hace patente cuando ofrece un tercer mecanismo que sostiene la paradoja del poder. El punto de partida general es que los actores pueden dedicar o mejor, distribuir sus recursos entre dos tipos de actividades: o bien a actividades pacíficas de producción e intercambio que generan nueva renta, o bien a actividades redistributivas y/o apropiativas, es decir, al conflicto ya sea en el mundo económico, político, judicial o militar, actividades conflictivas en que de lo que se trata no es de producir nada nuevo sino de apropiarse de recursos o de renta ya existentes. Así, y a guisa de ejemplo extremado, podríamos imaginar que un individuo puede obtener renta de dos maneras o bien dedicando sus capacidades físicas e intelectuales a formarse para ser un individuo productivo, ya sea como trabajador o como empresario dedicado a producir bienes y servicios para los mercados legales, o bien puede dedicarlas en todo o en parte a “formarse" para ser un ladrón, un mafioso o un asesino (aunque, también, un policía o un soldado... o un abogado).
Ahora bien, las probabilidades de éxito en un conflicto que un actor piensa que tiene, o lo que es equivalente, la parte o porcentaje del recurso en disputa que un actor espera llevarse como resultado del conflicto, dependerá, como ya se ha señalado, de la cantidad de sus recursos que dedique a esa actividad conflictiva en relación o respecto a la cantidad que dedique su adversario a lo mismo, cualificado todo ello por supuesto por la voluntad de combate y las estrategias adoptadas por los contendientes. Y de ahí la lógica de la “ley del más fuerte” de Tucídides: y es que parece claro que quien, de salida, tenga más recursos, o sea, el actor más fuerte, más poderoso o más rico, más recursos puede dedicar al conflicto por lo que tendrá, si no todas las de ganar, si una mayor probabilidad de hacerlo que quien, de salida, menos recursos tenga
Pero lo que Hirshleifer cuestiona es que las diferencias en la cantidad de recursos que, de salida, tienen los participantes en un conflicto sean efectivas a la hora del conflicto, o sea, que las diferencias de salida se conviertan o se trasladen directamente en diferencias en la probabilidades de triunfo reales en el "campo de batalla". Y ello por la sencilla razón de que el porcentaje de sus recursos que un actor dedica efectivamente a la lucha, al conflicto, depende de positivamente del valor de lo que está en disputa y negativamente del coste de oportunidad que para él tienen esos recursos dedicados a la guerra, es decir, lo que se deja de ganar en términos de más producción o renta por dedicar esos recursos a la pelea sea del tipo que sea.
Y aquí parece claro que, en muchos conflictos, la parte débil, la que tiene menos, por una parte valora lo que puede ganar en un conflicto más que lo que la valora la parte más fuerte por el simple hecho de tener menos, de ser más débil y/o pobre; y por otra, tiene menos que perder y más que ganar en el conflicto, es decir, que el coste de oportunidad de dedicar una proporción más elevada de sus recursos a las actividades conflictivas o apropiativas es para el débil más bajo que para el fuerte. Para el actor fuerte, el coste de oportunidad de luchar es alto porque cada hora, cada unidad de sus recursos, que dedica al conflicto es una hora, un recurso, en que no está usando su más elevada capacidad productiva; por contra, para el débil, su coste de oportunidad es relativamente más bajo por lo que menos le cuesta el dedicar o "invertir" una proporción mayor de sus recursos a la tecnología del conflicto (invirtiendo en armas, juicios, actividades de lobby, corrupción y chantaje, violencia, etc.
En suma que al tener más que ganar y menos que perder, la parte más débil en los conflictos dedica una proporción mayor de sus recursos a la pelea que la que dedica la parte más fuerte, lo que se traduce en una paradoja, la paradoja de que el fuerte no logra convertir su mayor fuerza en mayores probabilidades relativas de éxito en el conflicto. E, incluso, puede ocurrir que se produzca una inversión en el resultado del conflicto si ocurre que , al final, el débil dedique más cantidad de recursos en términos absolutos que el fuerte al conflicto lo que posibilita que su probabilidad de exito sea más elevada.
La importancia de estas consideraciones en la decisión de dedicar recursos a la lucha lo sabían perfectamente Marx y Engels cuando , llamando a la revolución en el Manifiesto Comunista, concluían que "los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!" . Que los "proletarios" no hayan respondido a esa llamada, y menos en los últimos tiempos, se explicaría al menos en parte y con arreglo al modelo de Hirshleifer porque el coste de oportunidad de las clases trabajadoras ha crecido mucho y ya -es obvio al menos en los países desarrollados- ni mucho menos son solamente las cadenas lo que se arriesgan a perder caso de que se metan en revoluciones.
Y acabemos considerando el caso de EE.UU. en su actual guerra contra Irán. Desde la II Guerra Mundial, realmente, si se mira objetivamente, EE.UU. no ha ganado de forma clara ninguna de las guerras en las que se ha metido. La de Corea acabó en empate técnico, y las de Vietnam y Afganistán sencillamente las perdió. Cierto que, sin embargo, contra Serbia y Libia e Irak las cosas le fueron mejor, pero ni en estos caso el resultado final no fue nada brillante sino más bien una "faena de aliño". Nadie duda, por otro lado, que hoy por hoy, los EE.UU. son todavía el país más poderoso del mundo, luego parece evidente que para los EE.UU. dista de cumplirse la "ley del más fuerte" de Tucídides sino que, más bien, por contra, sus intervenciones militares son un ejemplo repetido de la dominancia de la paradoja del poder pues pese a su evidente fuerza económica y militar y su capacidad para proyectarla, no ha conseguido que ello se tradujera en mayores niveles de éxito en sus conflictos.
Pues bien, dejando de lado factores como la moral de combate (que siendo su ejército profesional, parece fuera de duda) y la existencia de errores estratégicos, que no parecen ser lo suficientemente explicativos, la explicación de los fracasos relativos de los EE.UU. en sus conflictos militares se encontraría con arreglo al modelo de Hirshleifer en que los EE.UU. ha destinado una proporción de sus recursos a sus conflictos muy inferior a la que han dedicado sus adversarios. Y ello a su vez se debería a que el coste de oportunidad de las guerras que ha librado los EE.UU. le resulta muy elevado dado el escaso valor que para la sociedad norteamericana tiene lo que puede ganar con ellas. La sociedad norteamericana tiende al aislacionismo y, tras Vietnam, ninguna administración está dispuesta a aceptar el espectáculo de ataúdes de norteamericanos muertos en lejanas guerras. Es por ello que no cabe esperar que los EE.UU. se comprometan en largas y costosas guerras decantándose por ataques aéreos e intervendiones "quirúrgicas", caras económicamente pero baratas en pérdidas humanas, y poco efectivas contra adversarios con moral de combate y recursos para no doblegarse de modo f'acil. Ni siquiera la guerra de Afganistán, consecuencia de los atentados contra las Torres Gemelas, incentivó a EE.UU. a acabar su tarea de modo que acabaron yéndose de Afganistán dejando el país en manos de sus enemigos.
Si aplicamos lo dicho a la actual situación tenemos que ella es un ejemplo perfecto de paradoja del poder de la que sólo cabe predecir un resultado y es que los EE.UU. se saldrán más pronto que tarde la guerra que ahora mismo están librando contra Irán: en el momento que encuentren una salida "honrosa" . Curiosamente, esa salida "honrosa" para los EE.UU. exigiría que Irán se acogiese a un acuerdo en que "reconociese" de alguna manera a los EE.UU. como "triunfadores" , acuerdo cuya aceptación por parte de Irán pasa por -como predice el modelo de la "paradoja del poder"- aumentar el coste de oportunidad para Irán de no aceptar el acuerdo de paz, el final de las hostilidades. Y esto sólo puede lograrse si, paradójicamente, se levantan en todo o en parte las sanciones que Irán lleva soportando hace ya más de 40 años así como si EE.UU. le garantiza a Irán su seguridad frente a Israel. Dicho de otra manera, a menos que los EE.UU. estén dispuestos a arrostrar los brutales costes de una invasión de Irán, la solución de esta guerra pasa porque Irán logre satisfacer sus objetivos. Es lo que tiene la paradoja del poder.
Y aquí parece claro que, en muchos conflictos, la parte débil, la que tiene menos, por una parte valora lo que puede ganar en un conflicto más que lo que la valora la parte más fuerte por el simple hecho de tener menos, de ser más débil y/o pobre; y por otra, tiene menos que perder y más que ganar en el conflicto, es decir, que el coste de oportunidad de dedicar una proporción más elevada de sus recursos a las actividades conflictivas o apropiativas es para el débil más bajo que para el fuerte. Para el actor fuerte, el coste de oportunidad de luchar es alto porque cada hora, cada unidad de sus recursos, que dedica al conflicto es una hora, un recurso, en que no está usando su más elevada capacidad productiva; por contra, para el débil, su coste de oportunidad es relativamente más bajo por lo que menos le cuesta el dedicar o "invertir" una proporción mayor de sus recursos a la tecnología del conflicto (invirtiendo en armas, juicios, actividades de lobby, corrupción y chantaje, violencia, etc.
En suma que al tener más que ganar y menos que perder, la parte más débil en los conflictos dedica una proporción mayor de sus recursos a la pelea que la que dedica la parte más fuerte, lo que se traduce en una paradoja, la paradoja de que el fuerte no logra convertir su mayor fuerza en mayores probabilidades relativas de éxito en el conflicto. E, incluso, puede ocurrir que se produzca una inversión en el resultado del conflicto si ocurre que , al final, el débil dedique más cantidad de recursos en términos absolutos que el fuerte al conflicto lo que posibilita que su probabilidad de exito sea más elevada.
La importancia de estas consideraciones en la decisión de dedicar recursos a la lucha lo sabían perfectamente Marx y Engels cuando , llamando a la revolución en el Manifiesto Comunista, concluían que "los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!" . Que los "proletarios" no hayan respondido a esa llamada, y menos en los últimos tiempos, se explicaría al menos en parte y con arreglo al modelo de Hirshleifer porque el coste de oportunidad de las clases trabajadoras ha crecido mucho y ya -es obvio al menos en los países desarrollados- ni mucho menos son solamente las cadenas lo que se arriesgan a perder caso de que se metan en revoluciones.
Y acabemos considerando el caso de EE.UU. en su actual guerra contra Irán. Desde la II Guerra Mundial, realmente, si se mira objetivamente, EE.UU. no ha ganado de forma clara ninguna de las guerras en las que se ha metido. La de Corea acabó en empate técnico, y las de Vietnam y Afganistán sencillamente las perdió. Cierto que, sin embargo, contra Serbia y Libia e Irak las cosas le fueron mejor, pero ni en estos caso el resultado final no fue nada brillante sino más bien una "faena de aliño". Nadie duda, por otro lado, que hoy por hoy, los EE.UU. son todavía el país más poderoso del mundo, luego parece evidente que para los EE.UU. dista de cumplirse la "ley del más fuerte" de Tucídides sino que, más bien, por contra, sus intervenciones militares son un ejemplo repetido de la dominancia de la paradoja del poder pues pese a su evidente fuerza económica y militar y su capacidad para proyectarla, no ha conseguido que ello se tradujera en mayores niveles de éxito en sus conflictos.
Pues bien, dejando de lado factores como la moral de combate (que siendo su ejército profesional, parece fuera de duda) y la existencia de errores estratégicos, que no parecen ser lo suficientemente explicativos, la explicación de los fracasos relativos de los EE.UU. en sus conflictos militares se encontraría con arreglo al modelo de Hirshleifer en que los EE.UU. ha destinado una proporción de sus recursos a sus conflictos muy inferior a la que han dedicado sus adversarios. Y ello a su vez se debería a que el coste de oportunidad de las guerras que ha librado los EE.UU. le resulta muy elevado dado el escaso valor que para la sociedad norteamericana tiene lo que puede ganar con ellas. La sociedad norteamericana tiende al aislacionismo y, tras Vietnam, ninguna administración está dispuesta a aceptar el espectáculo de ataúdes de norteamericanos muertos en lejanas guerras. Es por ello que no cabe esperar que los EE.UU. se comprometan en largas y costosas guerras decantándose por ataques aéreos e intervendiones "quirúrgicas", caras económicamente pero baratas en pérdidas humanas, y poco efectivas contra adversarios con moral de combate y recursos para no doblegarse de modo f'acil. Ni siquiera la guerra de Afganistán, consecuencia de los atentados contra las Torres Gemelas, incentivó a EE.UU. a acabar su tarea de modo que acabaron yéndose de Afganistán dejando el país en manos de sus enemigos.
Si aplicamos lo dicho a la actual situación tenemos que ella es un ejemplo perfecto de paradoja del poder de la que sólo cabe predecir un resultado y es que los EE.UU. se saldrán más pronto que tarde la guerra que ahora mismo están librando contra Irán: en el momento que encuentren una salida "honrosa" . Curiosamente, esa salida "honrosa" para los EE.UU. exigiría que Irán se acogiese a un acuerdo en que "reconociese" de alguna manera a los EE.UU. como "triunfadores" , acuerdo cuya aceptación por parte de Irán pasa por -como predice el modelo de la "paradoja del poder"- aumentar el coste de oportunidad para Irán de no aceptar el acuerdo de paz, el final de las hostilidades. Y esto sólo puede lograrse si, paradójicamente, se levantan en todo o en parte las sanciones que Irán lleva soportando hace ya más de 40 años así como si EE.UU. le garantiza a Irán su seguridad frente a Israel. Dicho de otra manera, a menos que los EE.UU. estén dispuestos a arrostrar los brutales costes de una invasión de Irán, la solución de esta guerra pasa porque Irán logre satisfacer sus objetivos. Es lo que tiene la paradoja del poder.