Confesiones de un analista arrepentido
Los analistas o “analistos” son unos personajes curiosos. Lo sé porque una vez me tocó formar parte de su secta durante una temporada. Antaño recluidos en el ecosistema de la industria de la inversión y sus clientes, en las últimas décadas se han extendido por multitud de hábitats. Desde la prensa salmón, hasta llenar la blogosfera, pasando por programas de radio y televisión.
Suelen cobrar por inventarse fantasías sobre el futuro que luego distribuyen entre sus clientes, estos últimos siempre más temerosos de sufrir la angustia de la incertidumbre que las consecuencias de la propia incertidumbre. También aparecen como invitados en programas de entretenimiento televisivo análogos al carrusel deportivo de los domingos, con la ligera diferencia de comentar los últimos movimientos de los mercados en vez del último regate de Leo Messi.
Como los comentaristas deportivos, el valor de sus aportaciones es discutible. Se limitan a intentar darle un barniz racional, ex post, a las últimas jugadas de los mercados, y cómo no, a aventurar pronósticos sobre los futuros partidos. Al menos tras escucharlos, a uno le queda la sensación de que “entiende” mejor qué ha ocurrido, aunque de poco le sirvan esos pronósticos para sus inversiones futuras.
Sin embargo, tras su jerga de comentarista deportivo, es posible entrever lo que probablemente estaría diciendo el analist@ si le dejaran, si su puesto de trabajo no corriese peligro. Hagamos el sano ejercicio de conectar la CNBC, IntereconomíaTV o BloombergTV, pero quitándole el volumen al televisor.
Aparecerán entonces una serie de graciosos señores con corbata (generalmente son señores, también hay señoras), incansables uno tras otro y muy parecidos entre sí (la diferenciación se paga con el destierro), que no paran de mover la boca haga lo que haga el mercado. Si nos fijamos en sus labios, tal vez podamos poner subtítulos a lo que les gustaría decir abiertamente. Ante las preguntas del presentador/a, su respuesta sería algo parecido a esto:
—”Verás, en respuesta a tu pregunta sobre la evolución futura del [cualquier activo], la verdad es que no tengo ni idea. Y sobre lo que ha ocurrido con [cualquier otro activo], bien podría haber sido al revés, así que para qué te voy a justificar lo que pasó ayer. Me pagan por inventarme historias que parezcan coherentes a toro pasado y hacer pronósticos que parezcan verosímiles aunque totalmente inútiles. Lo que digo no sirve para nada, pero tengo que seguir soltando tonterías para que tanto tú como yo sigamos aquí mañana”.
Lo terrible es que, como secuestrados sufriendo el Síndrome de Estocolmo, la mayoría de analist@s acaban creyéndose su propio papel.
Fuente:Blog especular.com