Salgo de Deutsche Bank pensando que ya está todo hecho… inocente de mí.
A los diez minutos me llama el director, el subdirector y, creo, también el becario. Todos a la vez.
Me dicen que han revisado mi “perfil patrimonial legendario” y que no pueden permitirse perder a un cliente de mi calibre. Que la sucursal entera ha entrado en modo emergencia.
Según ellos, han activado:
- Protocolo de Grandes Fortunas — que consiste en ofrecerme café, agua y un bolígrafo dorado de plástico.
- Plan de Retención Ultra Premium — básicamente, un folleto de un depósito al 0,0004% TAE “solo para clientes especiales”.
- Operación Ático Vista Mar — que incluye enseñarme fotos de un ático que no está en primera línea, ni en segunda, ni en tercera. Está en Cuenca.
Me han dicho que, si cancelo la cuenta, el banco entero entrará en depresión colectiva. Que ya han avisado a Recursos Humanos para preparar sesiones de apoyo emocional.
Incluso han insinuado que podrían renombrar la sucursal en mi honor:
Deutsche Bank – Oficina Clientes con Mucho, Muchísimo.
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