Al asomarse a una de esas raras catedrales que aún quedan en el universo finito del mercado asegurador, uno siente la paz que emana de la tradición, del amor por las cosas bien hechas, que permanecen y resisten el embate de cualquier fuerza, tanto interna como externa, que pretenda sacudir sus cimientos.

Los hombres y mujeres que dirigen con orgulloso sentido de pertenencia estas claras referencias del seguro, protegen con dedicación y respeto el valor de la marca que, en algunos casos, permanece inalterable tras siglos de atesorar conocimiento.

En el resto de situaciones cada vez es más frecuente observar en la cúpula relevos incesantes, cambios de rumbo que no obedecen a otra cosa que al impulso que surge del recién llegado que debe justificar su blindaje con hechos que no son otra cosa que demoliciones controladas que se suceden relevo tras relevo. Todos obtienen su jarra de leche fresca, fruto del más experimentado ordeño aprendido en las cunas del liberalismo más salvaje, avalado por un MBA, y el paso por notorias y notables universidades del orbe. El valor de la acción preocupa más que los valores y las consecuencias que derivan de las acciones. San Ránking es el mayor objeto de culto, aparte del ROE y, obviamente, la participación en beneficios que repara en el Consejo su largo camino desde el bolsillo del asegurado hasta ese curioso final que no tenía en mente.

Y en mitad de la locura que supone la existencia de una crisis, con una Solvencia II que se acerca imparable, en mitad del oleaje que erosiona los cimientos más consistentes y destruye una tras otra las confianzas y las honras, entonces sobreviene un extraño ataque de rinitis por mor del cual esos caballeros y señoras de moqueta y blackberry pierden tanto el olfato como el buen gusto.

Y comienza esa historia tan repetida, que hemos visto tantas veces, y de la que ya conocemos el final. Ha llegado doña Guerra de Precios quien se instala en nuestras vidas como si este fuera su feudo de siempre y nosotros sus siervos. Porque a ella todos debemos seguir y jurar vasallaje ¿verdad? Y de esta guisa uno se halla inmerso en una locura tan tonta que no tiene fin, en la que muchos dicen querer abandonar pero ¿quién dio la vez? ¿Quién se apea primero de este barco que se hunde, al que todos hunden?

Vender por debajo de coste siempre ha llevado a mal puerto. Si se baja el precio pero se quiere seguir vendiendo con beneficios solo queda un remedio: bajar el coste. Y para bajar el coste solo se pueden hacer dos cosas: pagar mal o nunca. Es decir, la calidad paga el pato. Y quien debe percibir la calidad es el cliente que, cuando se harta dice ¡basta!. El tema dura mientras una masa crítica de clientes no percibe lo que está pasando realmente y todos creen estar ante el chollo de contar con “buenos precios” sin efectos colaterales. Pero cuando se materializa en toda su magnitud la realidad y la calidad brilla por su ausencia con clara percepción colectiva, entonces la mierda flota. Perdón, surge la realidad subyacente.

Para evitar todo ello hace falta olfato y gusto; más bien buen gusto. O cerebro. O ¿por qué no? ¡Ambas cosas!

En todas partes.
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"Solo la inteligencia se examina a sí misma". Jaime Balmes
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