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                                     FERNANDO ESTEVE MORA

Karl Marx se equivocó en muchas cosas...pero no en todas. En su obra Contribución a la crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel de 1844 dice lo siguiente:

                 ""La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo."

Para Marx, la religión cumplía así un doble papel, al igual que  lo hacía el opio, de venta libre, en el pasado. De un lado, les servía a los individuos (a las "criaturas oprimidas") de medicina, de analgésico, de consuelo en "un mundo sin corazón". Pero también actuaba como droga, de adormidera, de paralizante, de barbitúrico que anulaba la capacidad de esos mismos individuos para rebelarse y hacer frente a su penosa situación.

En tiempos de Marx, el opio  mezclado con ginebra, el láudano, era una droga de uso generalizado en la clase obrera inglesa cuyos consumidores, hombres, mujeres y niños,  la usaban para así  aguantar las extremadamente duras  condiciones de la vida material de los trabajadores y sus familias en la Revolución Industrial. Frente al infierno cotidiano de la vida en los suburbios industriales del capitalismo del siglo XIX, el láudano ofrecía un paraíso artificial terrenal siquiera temporal.

En nuestros tiempos, no son pocos los que piensan que la religión sigue siendo un opio para el pueblo, un analgésico pero también un tranquilizante, que, frente a aquellos que pensaban que la modernidad, la racionalidad y la ilustración acabarían con ella, ansiosamente la sigue consumiendo para así aguantar las extremadas duras condiciones de la vida espiritual o mental de los trabajadores en la actual fase neoliberal del capitalismo. Y es que, como ha señalado el psiquiatra Paul Verhaeghe (NOTA): "Nuestra sociedad proclama constantemente que cualquiera puede conseguirlo sólo con esforzarse lo suficiente, mientras refuerza a la vez los privilegios y ejerce una presión cada vez mayor sobre sus agobiados y exhaustos ciudadanos. Cada vez hay un número mayor de personas que fracasan, se sienten humilladas, culpables y avergonzadas. Siempre se nos dice que tenemos mayor libertad que nunca para elegir el rumbo de nuestra vida, pero la libertad de elegir fuera del relato del éxito es limitada. Además, a los que fracasan se les juzga como si fueran perdedores o gorrones que se aprovechan de nuestro sistema de seguridad social".

No obstante, y a fuer de ser justos, hay que señalar que no todas las religiones son iguales y que quizás la calificación de Marx sea un poco exagerada al menos para la religión cristiana y, más específicamente, para la secta católica de la misma. A fin de cuentas, la afirmación cristiana de que todos los seres humanos son hijos de dios proclama a las claras la igualdad esencial de los miembros de la familia humana, declaración que se reconcilia difícilmente con las desigualdades económicas, sociales y políticas y las violencias consiguientes que desde tiempos inmemoriales han sido la plaga de  las sociedades humanas y la fuente de indecibles males y penurias para la mayoría de sus gentes.  Al menos en el siglo XX no han sido infrecuentes los llamamientos de algunos miembros destacados de la iglesia católica para que los humanos despertaran del  barbitúrico sueño del consumismo y de la explotación  y se opusieran activamente a esa situación. En otras palabras, la religión cristiana de estos cristianos rebeldes, ya no sería opio sino una suerte de ibuprofeno o como mucho, de lexatin.

Por contra, otras religiones como el llamado "cristianismo evangélico" y otras sectas de las iglesias cristianas reformadas y protestantes, así como el islam y el budismo, no han tenido el más mínimo reparo en defender e incluso estimular el papel de droga opiácea de la religión con su teológica defensa de la pasividad y el quietismo. El fatalismo de  evangélicos y musulmanes que al sostener que nada pasa en el mundo -incluida la desigualdad y la violencia- que no sea autorizado, aceptado y hasta querido por su respectivo dios de modo que rebelarse contra esa situación sería un pecado de lesa divinidad, y la existencia para los budistas de una "ley kármica" universal que justificaría los males que la mayoría  sufre en el presente, en este mundo, por los pecados que  hubieran cometido en una supuesta vida anterior, son drogas muchísimo más fuertes no ya del cristianismo rebelde de los años 60 sino hasta del cristianismo católico tradicional. En suma que si, por seguir con el símil de Marx, consideramos que  la religión cristiana es el opio del pueblo, el evangelismo, el islam y el budismo serían la heroína o, más aún,  el fentanilo del pueblo, y su expansión entre los más desfavorecidos (inmigrantes latinos , africanos y asiáticos) cumple perfectamente el doble papel que Marx consideraba típico de toda religión: el de ser a la vez un ansiolítico y una droga  esclavizadora y embrutecedora.

Dicho lo anterior, el que la visita del papa León XIV a España sea motivo de variados festejos  oficiales y populares  es, desde una perspectiva de sociología marxista de la religión, algo similar a que  se le hiciesen fiestas a la visita del  capo de una organización de traficantes de drogas. Algo comprensible para quienes están a favor del mantenimiento del statu quo, o sea,  algo comprensible en los lugares en que gobiernan las derechas que, naturalmente, siempre están a favor de cualquier cosa que sostenga los privilegios de los poderosos como , por ejemplo, cualquier cosa que embrutezca aún más al pueblo, -si eso es posible-,  pero que debería ser incomprensible en donde gobiernan las izquierdas. El que tanto el gobierno central como el de Cataluña, que se dicen de izquierdas, estén por la labor de agasajar a un metafórico traficante de drogas (por más blanda en comparación con otras que la suya lo sea) sólo es un indicador más de cómo la izquierda en nuestro país -y no sólo en él- ha devenido en lo que he calificado en otra entrada de este blog como izquierda parroquial. Ahí lo dejo.
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NOTA: No puedo sino recomendar encarecidamente la lectura de dos de los libros de Paul Verhaeghe: uno, What About Me: The struggle for identity in a market-based society, y el otro, Says Who? The struggle for authority in a market-based society.





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