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A propósito de tres artículos

(NOTA previa: Si alguno de los lectores puede reenviar este artículo a Julio Llorente o Jaume Vives de mi parte, se lo agradecería.)

A propósito de tres artículos

Miguel de Juan Fernández- 8 Diciembre 2025

Para Newman, la auténtica religión ha de ser dogmática, pues la Revelación no consiste en un espíritu vaporoso, donde todo da igual. El principio del liberalismo teológico, que se estaba difundiendo en el anglicanismo, profesaba todo lo contrario. Así lo describe nuestro autor, con palabras que cobran gran actualidad: el liberalismo teológico sostiene «que la verdad y la falsedad en la religión no son más que opinión; que una doctrina es tan buena como otra, que el Gobernador del mundo no tiene la intención de que alcancemos la verdad; que no existe verdad; que no somos más aceptables a Dios por creer esto que por creer aquello; que nadie es responsable de sus opiniones; que son cuestión de accidente o de necesidad; que basta que sinceramente creamos lo que profesamos; que nuestro mérito está en buscar, no en poseer; que es un deber seguir lo que nos parece ser cierto, sin temor a que no sea verdad; que puede ser un logro tener éxito, y no tiene por qué ser un daño fallar; que podemos tomar y dejar nuestras opiniones a voluntad; que la creencia pertenece al mero intelecto, y no además al corazón; que con seguridad podemos confiar en nosotros mismos en cuestiones de fe, y no necesitamos otro guía…»

Mariano Fazio (sobre el santo y doctor de la Iglesia San Henry Newman)
Contracorriente… hacia la libertad, Ed. El buey mudo, 2021- pag.77


Hace pocos días leí tres artículos relacionados: básicamente uno inicial exponiendo una postura conforme a la fe en cuanto a la relación entre el liberalismo y la fe (católica, obviamente), el segundo como reflexión, mostrando alguna duda con relación al artículo anterior donde era citado y el tercero, sin embargo, acusando de simplificación peligrosa al primero. Al leer el segundo ya tuve intención de escribir algo con vistas a hacérselo llegar al autor para intentar responder a esas dudas. Al leer el tercero, me vi impelido moralmente a tratar de intervenir ante su planteamiento defendiendo la postura contraria, esto es, que el liberalismo es compatible con la fe católica. En las siguientes líneas espero ser capaz de abordar el asunto de si el liberalismo es compatible con la fe o no y espero que por un lado resuelva dudas, por otro confirme al primero que tiene razón y, por otro, aclarar los malentendidos que se esparcen, por medio de los defensores del liberalismo, para que aquellos jóvenes (o no tan jóvenes) españoles que se sienten atraídos por alguna faceta brillante entiendan que no es necesario ser liberal para defender la LIBERTAD. De hecho, me atrevería a decir que es, precisamente, lo contrario.

Escribía mi tercer libro (Value Investing- Austria vs Salamanca, Ed. EOLAS, 2019) en torno a este mismo tema; en aquel entonces, además, aderezada la aseveración de su compatibilidad en relación a la escuela liberal de más publicidad hoy en día en España: la Escuela Austríaca de Economía, cuyos representantes en nuestro país se cuentan dentro de los defensores de que fe y liberalismo no sólo son compatibles sino que la propia escuela austríaca es, básicamente, continuadora de la Escuela de Salamanca. Dado que ésta estuvo formada por sacerdotes, frailes, teólogos, todos ellos fieles a la Iglesia y defensores de la Doctrina, Magisterio y Tradición, parece obligado asumir que, si los austríacos españoles nos insisten en que son continuadores de los salmantinos, hemos de suponer que su doctrina de pensamiento o, mejor dicho, su ideología liberal es respetuosa con la fe y asume lo que la Iglesia enseña.

Y en aquel libro comentaba algo parecido a lo siguiente: Supongamos que yo soy entrevistado por alguien respecto a qué equipo deportivo es mi favorito. Y yo respondo que el equipo del Real Madrid. Seguramente la persona que me preguntó asumirá que me gustará el equipo de la ciudad de Madrid, capital de España, que ha ganado un montón de copas de Europa, que suele vestir de blanco, que su himno es el ¡Hala, Madrid!, y, qué sé yo… que tuvo a una gran estrella llamada don Alfredo di Stéfano. Si no me pregunta nada más, posiblemente se marche tranquilo asumiendo que yo defiendo todo eso, que son esas cosas las que definen mi concepto de “Real Madrid”. Pero- y es un pero importante- si se le ocurre preguntarme por ello y yo le respondo que mi concepto de “Real Madrid” es un equipo de fútbol de la ciudad de Barcelona, España, que suele vestir de azul y grana, que su campo se llama Nou Camp, que su himno es “Tot el camp”, y que una de sus mayores estrellas fue un tal Johann Cruyff, quizás la persona interlocutora me señale que “eso” no es el Real Madrid, que es otro equipo y que se llama FC Barcelona.

Este ejemplo (y admitiré que se me diga que es un pésimo ejemplo) intenta representar la diferencia fundamental a la hora de entender la incompatibilidad que Julio Llorente, autor del primer artículo, comenta sobre la fe católica y la ideología liberal o liberalismo para entendernos. Esa diferencia fundamental se refiere al concepto de “LIBERTAD”, que para unos significa una cosa distinta de lo que significa para los otros. Y si no hablamos de lo mismo, es difícil que las cosas signifiquen lo mismo: por ejemplo, al hablar de “bien”, los católicos sabemos que el Bien existe y hace referencia a Dios y, en lo práctico, a la adecuación de nuestro vivir a Su voluntad. Lo que no sea conforme a la voluntad del Padre NO es bueno. Para el liberalismo el Bien como tal no existe, ellos dicen que es lo que nos place, lo que nos interesa… y de esta diferencia, admito que puede resultar sutil (pues unos y otros pueden usar la misma palabra, pero se refieren a cosas distintas) se generan diferencias enormes.
Por poner un ejemplo del ámbito económico: los liberales, al contrario que los católicos, defienden que no existe el bien común, que como no hay bien lo que hay es la suma de los intereses particulares de los individuos y, como los intereses de los individuos son cambiantes, es imposible que el estado o cualquier otro organismo gubernativo pueda conocer, en cada momento, lo que interesa a cada uno de los millones de individuos del estado y asignar los medios adecuados. De ahí, que tiene gran parte de razón (y este es un problema continuo en esta confusión: siempre hay “algo” de razón), derivan que lo ideal es que el estado desaparezca (los anarcocapitalistas libertarios) o que su tamaño sea lo más pequeño posible, porque al no existir el bien común no es necesario y se debe dejar que, básicamente, cada cual se las apañe como mejor pueda. El problema de este razonar está en el origen: para los católicos el Bien sí existe… por tanto, sí existe un bien común que, como es un bien y hace referencia a una ley eterna, no es cambiante o al menos no tanto como los intereses, deseos, caprichos de cada uno de nosotros y, por ser común es superior a la suma de las partes, a la suma de los “intereses” de los individuos. Esta trampa en el lenguaje es la misma que se realiza cuando los liberales hablan de “libertad” mientras se refieren a una cosa totalmente distinta de la que define la Iglesia y, creo, al menos desde Aristóteles. Acierta Llorente cuando, en su artículo, señala lo siguiente:

El indiferentismo liberal se funda en una imagen del hombre y de la libertad diferente, podría decirse que antagónica, de la imagen católica. Para el liberal, la libertad consiste en una mera ausencia de impedimentos (Hobbes); para el católico, en la elección consciente del bien (Agustín). Para el primero, la libertad constituye una meta; para el segundo, un viacrucis. La libertad liberal es una prebenda; la libertad católica, un compromiso. El teólogo William Cavanaugh escribe al respecto en el primer capítulo de Ser consumidos, donde compara las filosofías de san Agustín y de Hayek:

“La libertad, desde el punto de vista de san Agustín, no consiste simplemente en la falta de interferencia externa. La visión de la libertad que tiene san Agustín es más compleja: la libertad no es simplemente una libertad negativa de, sino una capacidad para lograr ciertas metas que valen la pena. Todas esas metas se integran en el telos que rige la totalidad de la vida humana, el retorno a Dios.”

El liberalismo se revuelve contra este telos, considerado opresivo.

No sólo lo dice Llorente; por no alargar demasiado el punto en cuestión los principales representantes del liberalismo en España (Losantos, Huerta de Soto, Rallo…) defienden el concepto de libertad como “ausencia de coacción”. Es decir, están de acuerdo con la cita que Llorente incluye respecto a la diferencia entre san Agustín y Hayek. Veamos ahora lo que dice uno de los grandes papas sobre la diferencia entre el concepto de libertad de los liberales y el de la Iglesia:

Si los que a cada paso hablan de la libertad entendieran por tal la libertad buena y legítima que acabamos de describir, nadie osaría acusar a la Iglesia, con el injusto reproche que le hacen, de ser enemiga de la libertad de los individuos y de la libertad del Estado. Pero son ya muchos los que, imitando a Lucifer, del cual es aquella criminal expresión: No serviré, entienden por libertad lo que es una pura y absurda licencia. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, y que, tomando el nombre de la misma libertad, se llaman a sí mismos liberales.

PP Leon XIII- Libertas Praestantissimum


He resaltado en negrita la calificación del papa León XIII respecto a la definición liberal del concepto de “libertad”: no es tal, es sólo pura y absurda licencia. En la misma encíclica también refiere que el concepto de libertad asumido por la filosofía de la Antigüedad corresponde, básicamente, al de la Iglesia, es decir no es un fin en sí mismo, es un medio para ayudar a la voluntad del hombre a buscar el Bien y evitar el Mal. La licencia o libertad liberal lo que pide es que no haya coacción. Punto. Desde luego no estamos hablando de la misma cosa, el Real Madrid no puede ser el FC Barcelona. Se podrá decir- y se dice- que el Concilio Vaticano II y los papas posteriores han cambiado aquella doctrina y hecha obsoleta la aseveración de León XIII; pero se equivocan, el Concilio Vaticano II no puede abolir el Magisterio y la Tradición. Se puede hablar con otras palabras, pero no cambiar la esencia. El Concilio Vaticano II, por cierto, no fue doctrinal sino pastoral… ni siquiera entró a plantearse estos temas: se daban por válidos y católicos pues se asentaban en el Magisterio y Tradición de la Iglesia.

Dado que la revista La Antorcha en el que aparece el artículo de Julio Llorente (Nº 9- Octubre 2025) está dedicado al tema del dinero, la cita que Llorente hace de Enrique García-Máiquez refiere que García-Máiquez expresa “el sentir de muchos católicos cuando digo, demasiado a menudo, que el liberalismo económico es el único sistema que tolera un modo de vida chestertoniano”. Esta cita y la respuesta de García-Máiquez merece detenerse en ella; cito a García-Máiquez:

¿No es verdad, acaso, que el andamiaje liberal permite el modo chestertoniano de construir la economía, esto es, un respeto sagrado a la propiedad individual, un gozo en las pequeñas comunidades donde el bien común se consigue por el aprecio mutuo y el precio justo, y un regusto en el interminable y libérrimo intercambio de opiniones? Si alguien me indica otro mecanismo económico que haya permitido que más familias prosperen más y sean más libres, lo apoyaría más.

Curiosamente, el único partido en el que militó Chesterton en su vida fue el Liberal. Se desengañó porque ya no era liberal… el partido. Cierto que a veces habló con más simpatía de los socialistas que de los capitalistas, cosa que justificaba porque vivía en un país donde el capitalismo de amiguetes estaba haciendo estragos. Por ahora, decía, los socialistas eran sus aliados. Cuando el socialismo triunfase, los enfrentaría. No le dio tiempo a conocer la desolación material y moral del socialismo.

Enrique García-Máiquez- El Debate
Liberalismo, por ilusiones- 24 nov 2025


Bien, como vemos estamos centrando el tema del liberalismo en el tema económico (algo lógico pues el número de La Antorcha, como decimos, es un monográfico sobre el tema del dinero). La referencia a Chesterton creo que es errada. Me explico: Sí es cierto que Chesterton militó en el partido liberal en Inglaterra, pero fue en su etapa de juventud. Es importante por algo que comentaré después. García-Máiquez acierta al decir que lo abandonó porque el partido liberal- en el sentido que entendemos hoy en día en España, es decir, básicamente: bajos impuestos, libertad de comercio, un estado relativamente pequeño, etc., aunque hay otro liberalismo del que, parece, no queremos enterarnos- dejó de defender esa causa y comenzó a meterse en defender posturas que iban contra lo que Chesterton entendía formaba parte de la esencia del liberalismo. Pero aquí viene la importancia de la edad de Chesterton. No sólo cambió el partido liberal, el propio Chesterton también cambió. De una juventud y primera madurez envuelto en agnosticismo y cercanía al protestantismo en que fue educado en su infancia, Chesterton se convirtió al catolicismo. Y eso le cambió, para bien creo yo. De tal forma que dejó de ser el liberal que fue antes en su juventud y junto con Hilaire Belloc se dedicaron a razonar, explicar y enseñar a los ingleses el catolicismo. Y dudo mucho que a su proyecto conjunto en el plano económico, el distributismo, pueda considerársele equivalente al liberalismo económico; para nada.

Respecto al primer párrafo de la cita de García-Máiquez podemos decir lo siguiente. Hay que decir, de inicio, que el respeto “sagrado” a la propiedad individual no forma parte del modo chestertoniano ya que dicho respeto, como católico ferviente que era, era el mismo que indica la Iglesia: derecho a la propiedad privada como derivado del derecho natural- que proviene del divino- pero no absoluto como esa palabra “sagrado” parece indicar y que sí es sine qua non para los liberales austríacos que defienden el liberalismo en España, por ejemplo. Por tanto, mientras la Iglesia, el catolicismo, indica que la propiedad privada a la que los individuos tienen derecho tiene una función social (es decir, el derecho a la propiedad privada es subordinado, cosa que los liberales que promueven esta ideología en España rechazan por completo), para que nadie quede excluido de los bienes que Dios ha otorgado a todos, los liberales, sin embargo, sí consideran que dicho derecho de propiedad privada es absoluto. Esto lo defienden los tres grandes popes del liberalismo del que tanto se nos habla: Mises, Hayek y, en grado sumo, Rothbard. La diferencia, a nivel de planteamiento o de compatibilidad económica, vuelve a ser sustancial.

García-Máiquez indica con acierto que el modo chestertoniano de economía, el distributismo, promulga las pequeñas comunidades donde se busca- y consigue- el bien común. Lo que el liberalismo no acepta, como vimos, es la existencia de ese bien común. La Iglesia sí, desde luego, por lo que Chesterton sí está con la Iglesia Católica, pero no los liberales defensores del liberalismo donde su libertad no es tal sino licencia y donde, para ellos, el bien no existe y sólo
existe el interés privado, lo que termina defendiéndose como que no existe el bien común sino sólo la suma de los intereses privados de cada uno… y esto les lleva a defender, como dijimos más arriba, que nadie puede dar órdenes que intervengan en la economía porque serían contraproducentes y no se lograría ese “supuesto” para ellos, bien común. Lo que promulgan, por tanto, es, como diría Mises, un mercado libre de valores y sin interferencias. Se supone que eso lograría resolver todo tipo de mal. Y ante esta suposición, convendría que recordaran la frase de Yogi Berra: “En teoría, no hay diferencia entre la teoría y la práctica. En la práctica, sí la hay”. Olvidamos, nuevamente, la naturaleza del hombre y no nos damos cuenta de que somos criaturas caídas, falibles y, por ello, las construcciones teóricas con las que adornamos las ideologías y que prometen solucionar todo mal, se quedan en que, en la práctica, terminan causando daños colaterales que el teórico nunca imaginó.

Aunque podría hacer alguna referencia al asunto del aprecio mutuo y el placer de intercambiar opiniones, sólo me referiré al otro punto económico: el precio justo. ¿Cómo lo resuelven los liberales? Fácil, todo y cualquier precio de mercado es un precio justo, de hecho, para Hayek ningún precio de mercado es injusto… aunque ese precio sea un salario que no permite a un trabajador mantener a su familia (volveremos sobre esto más adelante). Lo gracioso es que, para demostrar que son continuadores de la Escuela de Salamanca, nos dicen que esto mismo lo decían nuestros escolásticos del siglo de oro. ¿Dijeron esto? Si, es cierto que la Escuela de Salamanca (por agruparla hablo de lo que podría ser el consenso, pero mi amigo, Javier Marín Arribas indicaría que no era un todo homogéneo y que no todas las posturas eran iguales), pero no sólo dijeron eso… de hecho, sobre el precio justo que los liberales, en España básicamente austríacos, despachan con esa frase de Hayek, los escolásticos dijeron mucho más, incluso escribieron libros sobre el tema en cuestión. Por resumir la postura escolástica- y perdón por la simplificación- vendría a ser la siguiente: En una situación general, donde hay un mercado con múltiples compradores y vendedores y donde no hay ninguna posición suficientemente influyente sobre precios y cantidades, un precio de mercado vendría a ser justo. Pero no siempre, habría momentos en que un precio marcado por el estado, el rey, se consideraría justo o, lo que parecería a los liberales dar razón al marxismo, en ocasiones el precio justo se formaría teniendo en cuenta los costes asociados a la producción del bien o servicio. Chesterton no tendría ningún problema con todo esto pues tampoco lo tenía la Iglesia que aprobó a los escolásticos y sus razonamientos, tampoco lo tenía Martin Whittman, inversor americano ya fallecido que demostraba que, en determinadas situaciones, es preciso contar con los costes pues, a veces, no existe ese mercado imaginado como perfecto. Pero sí lo tienen los liberales (de ambas caras: derecha e izquierda, pues también lo son. Por poner un ejemplo obvio, cuando Federico Jiménez Losantos entrevistó a Antonio Escohotado por la tercera parte de su trilogía: Los enemigos del comercio, en un momento de la charla entre ambos, Escohotado dice: “El liberalismo desarrollado es socialismo”, y Losantos asintió; quizás esta anécdota sirva a los defensores del liberalismo como una ideología que sólo defiende los bajos impuestos, estado pequeño, etc., para abrir un poco los ojos y ver que en el liberalismo hay más). También lo tienen, como es evidente, los socialistas- otra forma de liberalismo, por chocante que resulte- pero desde luego los liberales sí tienen un problema con el precio justo y no es compatible con la doctrina que defiende la Iglesia.

Para ellos el precio justo sólo puede ser formado por el mercado, libre de valores y sin interferencia de ningún tipo. La Iglesia dice que no, que eso no es así y para ello aportan el razonamiento, excepcional, de los escolásticos del siglo de oro. ¿Cómo puede haber compatibilidad entre ambas posturas? Es imposible. Que haya algunos momentos en los que coincidan (según los escolásticos sería en la mayoría de las ocasiones pues, generalmente, los mercados abiertos ofrecen precios transparentes para todos y nadie se ve forzado a comprar o vender algo que no le interesa), no significa que sean equivalentes o compatibles, pero es lo mismo que el chiste del reloj averiado que da la hora exacta dos veces al día. Coincidir en algo no implica que ambas posturas sean compatibles o equivalentes insisto.

Veamos el último punto del párrafo de García-Máiquez, sobre un mecanismo económico que haya permitido prosperar a las familias. Supongo que el profesor García-Máiquez coincidirá en que la situación económica de los españoles (y podríamos incluir al resto de los países de “occidente”, EEUU incluido) actuales no se puede comparar con la de nuestros padres (para los más jóvenes, de sus abuelos). Antes, en Occidente, un padre de familia podía, con un único sueldo mantener a su familia, que no era de pocos niños, por cierto. Darles una educación, cuidar de la salud, tener vacaciones, incluso adquirir una segunda vivienda porque la vivienda habitual era casi evidente que se tenía y que, adquirirla, era mucho más barata (no había hipotecas), ahorrar y ver cómo, poco a poco, la situación económica de la familia iba mejorando. Hoy en día eso ya no es posible. Como indiqué en mi tercer libro ya citado, ni siquiera lo es en EEUU donde cerca del 40% de los americanos no cuenta con 400 dólares para imprevistos y donde, como indicaban los estudios más recientes, salvo que empieces trabajando en puestos con sueldos altos, al cabo de los años seguirás estancado en sueldos bajos o medios… y se necesitan dos sueldos para mantener una familia. Bien, el sistema económico que vivimos en España desde luego no era liberal, pero sí ofrecía libertad a las familias. Era un sistema que procuraba seguir la Doctrina Social de la Iglesia… y funcionó muy bien. En Europa o en EEUU, el sistema económico podía asemejarse algo más al propuesto por los liberales… pero no cantemos victoria: había mucha más intervención estatal- vía impuestos, en EEUU, se pagaba mucho más que ahora-, había una inyección de ayuda internacional que fue lo que logró que Europa y Japón se convirtieran en potencias económicas tras la Segunda Guerra Mundial, y esa ayuda fue el Plan Marshall, estatal.

Pero lo principal de aquel sistema con respecto al actual era el medio ambiente social por usar palabras, creo recordar, de Willhelm Röpke (ex liberal). Dicho ambiente es lo que, sin nombrarse, permite a Adam Smith hablar de su mano invisible … y que salga algo bueno, aunque los mimbres no lo sean. No es el mercado y una mano invisible bondadosa, sino que si las cosas van bien en general para la mayoría de las personas es porque, en general, ellas se comportan de forma adecuada a su naturaleza o, dicho con otras palabras, las personas se portan como Dios manda. No hacen su capricho (hablo en sentido de la generalidad, malas personas hay siempre), no se cambian los valores de toda la vida por ocurrencias, no se ve bien el aborto, se ve como un bien el tener hijos, la estabilidad en el matrimonio… todo ese medio ambiente social es lo que permite hacer leyes que, con sus más y sus menos, se adecúan a la ley natural. Por eso todo funciona, por eso las familias prosperaron, porque además de su trabajo las personas se comportaban sabiendo que los valores morales eran importantes para ellos y, por tanto, se implementaban naturalmente en sus comportamientos y leyes económicas; el carnicero del ejemplo de Adam Smith no se portaba honradamente con sus clientes por propio interés, aunque lo hubiera, se portaba bien porque sabía que era así como debe comportarse una persona con los demás. No todo era jauja, desde luego, pero mucho menos lo es ahora. Que hubiera algún Scrooge o algún carnicero defraudador no cambia el hecho de que la mayoría se comportara de forma correcta y, el carnicero que defraudara sabía que si le pillaban no sólo se le caería el pelo con multas, sino que, además, quedaría su honor mancillado. Los garbanzos negros los hay siempre, lo importante es saber que los garbanzos no deben ser negros, no deben estar podridos.

Cuando la inmensa mayoría de los garbanzos- por seguir el hilo- están sanos, la fabada sabe bien. Si la inmensa mayoría de los garbanzos están podridos por mucho y buen chorizo y morcilla que le pongan la fabada no sabrá bien. La Iglesia nos dice que los garbanzos han de ser buenos, el liberalismo nos dice que da igual, que la fabada, merced a la cocción (el mercado libre de valores y sin interferencias de ningún tipo), sabrá estupendamente. No sé, Rick… parece falso.

Continúa el artículo de García-Máiquez (por cierto, un placer leerle) indicando lo siguiente: “Hoy cualquier chestertoniano, defensor acérrimo del hombre común y de la pequeña propiedad, percibe o padece que el peligro no está en la mano invisible, más bien manca, sino en la mano larga de la socialdemocracia de todos los partidos, que esquilma a las familias y obstruye su acceso a la propiedad. [……] Que se pueden defender esos principios sin ser liberal, por supuesto, pero lo perentorio es defenderlos.

Mi reflexión, por si es útil, al respecto es la siguiente. La mano invisible se ha vuelto manca o, al menos mucho más manca de lo que fuera en su origen, precisamente porque los garbanzos ya no viven en un ambiente social/moral donde se favorezca su pureza sino donde han aumentado los que se han podrido con otro tipo de valores… Dios puede sacar el Bien del Mal, pero el hombre o el mercado es incapaz. Y si un católico piensa que el hombre o el mercado puede hacerlo le diría que se lo piense dos veces o más, porque nada hecho por el hombre puede igualar a lo hecho por Dios. Si no se ponen límites al negocio de la pornografía, sino que como es un negocio muy rentable, se facilita… al final tendremos- por la propia mecánica del mercado libre de valores y sin interferencias- un montón de pornografía campando a sus anchas. Si alguien piensa (me refiero a los católicos) que eso no tiene implicaciones morales, creo que se equivoca. Quizás la economía de la pornografía pague muchos impuestos, pero no creo que eso sea algo querido ni aprobado por la Iglesia, la verdad.

Acierta nuevamente García-Máiquez al calificar de socialdemócratas a todos los partidos (o al menos a los dos principales que en España se han repartido el poder), en lo que, a mi modo de ver, se equivoca es en no darse cuenta de que la socialdemocracia es hija o sobrina o nieta- desconozco los detalles familiares- del liberalismo. No nos extrañe; ya he puesto la cita de Escohotado- Losantos, pero dejemos, ahora, que sea un papa quien nos señale qué ideología está detrás de la “derecha” y la “izquierda”:

Corresponde a nuestra pastoral solicitud advertir a éstos sobre la inminencia de un mal tan grave; tengan presente todos que el padre de este socialismo educador es el liberalismo, y su heredero, el bolchevismo.

PP Pio XI
Carta Encíclica Quadragesimo Anno- 15 de mayo 1931, pag. 35


Como bien sabían Chesterton y Belloc, de ahí su insistencia en el distributismo como sistema acorde al espíritu católico (aunque, personalmente, hasta ahora no he terminado de entender la propuesta distributista para el conjunto de la economía, pese a que la intención sea buena, pero esto es otra historia), ya que entendían que el capitalismo per se, dejado a su aire, como promueven los liberales, terminaba concentrando la propiedad en las manos de pocos capitalistas. Creo recordar que su planteamiento era que el capitalismo era un sistema económico con pocos propietarios y, como mostré en el libro antes citado, hasta aproximadamente 1970-75, tanto en España como, por ejemplo, EEUU, el sistema económico que, por defecto o por pereza, llamamos capitalismo (y que Juan Pablo II prefería llamar sistema de economía de empresa o economía de mercado) tenía límites que ahora no tiene, contaba con un medio ambiente social que ahora ha desaparecido, pero con todo ello, los frutos de aquel sistema económico eran lo suficientemente buenos: básicamente todos los ciudadanos (el 10% de mayores ingresos y el otro 90% de menores ingresos) se veían beneficiados de forma pareja… incluso resultaba favorecido más el mayor número de ciudadanos. Desde 1970 hasta 2017, según los datos de Ray Dalio que incluí en el libro citado, la situación ha cambiado de forma radical: los frutos del sistema económico más liberal han ido a parar a los ciudadanos con ingresos más elevados… no sólo el 10%, sino especialmente el 1% de mayores ingresos. Los demás, el 90%, se ha quedado estancado. No he visto datos más actualizados para ver los efectos de estos últimos años, pero no dudo que la progresión no ha mejorado; es más que posible que haya empeorado.

Es decir, que esa socialdemocracia a la que García-Máiquez apunta el esquilmar a las familias y el obstruir su acceso a la propiedad, simplemente sigue la ideología liberal no la católica que Chesterton promovía. Los frutos actuales del sistema económico deben achacarse al liberalismo que, aunque no lo parezca por parecer contradictorio, termina fomentando el crecimiento del estado… ése del que los liberales aborrecen. Y, dado que el estado actual- como indica García-Máiquez con su “de todos los partidos”- sigue la ideología liberal en vez de la ley natural, no es de extrañar que los frutos sean una olla de garbanzos que no apetece comerse.
Los principios que García-Máiquez dice que hay que defender: rebaja de impuestos, libertad económica, expresión, pensamiento, educación, tienen el mismo inconveniente de significar una cosa distinta para unos o para otros. Desde luego la rebaja de impuestos parece fácil de entender (y de defender), quiero decir, es fácil entender que un impuesto de la renta o del IVA se puede bajar del 20% al 10% y todo el mundo entiende de que se trata. La libertad económica, sin embargo, siendo un principio bueno en sí mismo no significa lo mismo para unos que para otros, veámoslo con la palabra “capitalismo” como sistema de “libertad” económica:

Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

PP San Juan Pablo II
Carta Encíclica Centesimus Annus, 1 de mayo 1991-pag.36


Al contrario de lo que los liberales opinan, en concreto el profesor Gabriel J. Zanotti en su libro Economía de mercado y Doctrina Social de la Iglesia- Ed. Cooperativas, 2005, la Iglesia no ha aprobado, como tal, el sistema económico del capitalismo. El papa Juan Pablo II lo deja bien claro, donde la Iglesia pone el foco es, curiosamente- o no tanto- en los valores morales. Exacto, esos mismos de los que Mises, Hayek o Rothbard no quieren ni hablar dentro de la economía (recordad, propugnan un mercado libre de valores y sin interferencias). Es decir, para entendernos, el sistema económico que defienden los principales representantes del liberalismo es uno en el que dicho sistema no debe verse constreñido por los valores morales y, precisamente, es ese sistema que no pone la economía al servicio del hombre, su ética y sus valores religiosos, sino que la hace servirse a sí misma, como si fuera una ley de la naturaleza como la gravedad o la constante de la velocidad de la luz, es esa economía, insisto, la que el papa Juan Pablo II condena en su encíclica y con él toda la Iglesia católica.

Esos principios pueden ser defendidos por los católicos siempre que su significado signifique lo mismo que significa para la Iglesia. Como con la definición de libertad, unos pueden llamarla libertad, pero la Iglesia repite que eso no es libertad sino licencia, la libertad liberal es un fin en sí mismo en vez de, como indica Llorente citando a san Agustín, un medio para ayudar a nuestra voluntad y razón a elegir el Bien. A la libertad liberal, la licencia, le importa nada si eliges el bien o el mal, entre otras cosas porque no creen que tal cosa exista.

Debido a todo ello, continúa García-Máiquez señalando el acierto de Llorente respecto al liberalismo “doctrinario” en el que reconoce que “cada cual decide el bien y el mal, la verdad y la mentira”, pues es cierto. En lo que creo que García-Máiquez se equivoca es en pensar que el liberalismo práctico (o, puestos en el asunto económico, el liberalismo económico) es aceptable porque ampara el mercado, la libertad de expresión, la separación de poderes o la propiedad privada y que, por ello, entiendo yo, sería el buen liberalismo compatible con el catolicismo. Nos dice que tal liberalismo práctico (o el liberalismo económico) propugna una libertad negativa y que él prefiere una libertad sustantiva en lo que, creo, encaja con la cita sobre san Henry Newman del comienzo del escrito. Él lo ve como un marco donde se pueda respetar a los demás y sus diferencias para que tú puedas elegir tu camino. Y eso es muy bonito, sin duda.

El problema es que no funciona; no como se pretende en la teoría. Y, además, es un pobre consuelo… intentaré explicarme. Si funciona, la ideología liberal terminaría ofreciendo (como se está poniendo de moda actualmente) algo parecido al estoicismo, con la diferencia de que la base de la que parte éste es la ley natural mientras que la del liberalismo no, él pretende obviar la ley natural, obviar la existencia del bien y el mal… y eso, como es obvio tiene consecuencias. En el mejor de los casos, por decirlo de otra forma, el liberalismo (siempre que esté constreñido o no se aleje mucho de la ley natural) lo más que puede ofrecer son “buenos ciudadanos”. El catolicismo lo que ofrece, sin embargo, son buenas personas. Quiero decir, las aspiraciones de unos y de otros están muy, muy alejadas.

Y tienen consecuencias. El liberalismo como ideología que es no puede evitar pretender ofrecer “la respuesta” que el hombre necesita. Los católicos sabemos que la respuesta está en Cristo, quien es el camino, la verdad y la vida. Y sólo la verdad, Él, nos hace verdaderamente libres. Pretender limitar el camino del liberalismo es incoherente con la propia esencia de la ideología; déjenme citar al profesor José Ramón Ayllón:

Toda ideología promete un mundo feliz que nunca llega, pero la esperada utopía incrementa su popularidad y facilita su implantación.
[……..]
Conviene subrayar que las ideologías no buscan la verdad. Más bien intentan imponer su visión preconcebida del hombre y del mundo, siempre esquemática, materialista y utópica.
[……..]
Si la verdad es tan solo una palabra vacía en el discurso ideológico, una ficción útil, también lo serán algunos conceptos y valores esenciales: libertad, democracia, justicia, ética, progreso… Las ideologías emplearán esas palabras como máscaras, y también como música para marcar el paso a una ciudadanía ingenua.
José Ramón Ayllón
El mundo de las ideologías- HomoLegens, febrero 2020, pag. 18-19


La ideología, por serlo, pretende ser absoluta. ¿Tienes problemas económicos? Sigue la ideología tal. ¿Cuál es la mejor forma de gobierno? Mira lo que dice esa ideología. ¿Te pica una oreja? Nuestra ideología te dice cómo actuar ante ello. Hazte seguidor del “talismo” y todo irá bien y serás feliz.

En el liberalismo económico sucede lo mismo. Comencemos por algo que creo importante: si
asumimos sin preguntar las premisas de las que parten los grandes líderes del liberalismo económico más conocido, Mises, Hayek y Rothbard, hemos de concluir que sus razonamientos parecen muy coherentes y lógicos. Es decir, es fácil asumir que, si las premisas son correctas, los resultados a los que llegan mediante el razonamiento han de ser lógicas y coherentes. Por ello, como católicos deberíamos, por un lado, comprobar si sus premisas son lo que dicen ser y ver los resultados a los que llegan, en su razonamiento liberal, para ver su dichos resultados son acordes con el catolicismo. Por ejemplo, me pregunto cuántos católicos creen, como dice Mises en su libro La acción humana, que los recién nacidos no son seres humanos. Ojito, que no estamos hablando de fetos, no… Mises nos dice que los recién nacidos- que pueden ser considerados así, bebés, al menos hasta unos dos años- no son seres humanos. No dice automáticamente que se les puede matar impunemente, pero la conclusión lógica de tal aseveración es que sí, que se puede cometer infanticidio sin problema pues no estaríamos asesinando seres humanos (y Mises no lo decía, de hecho, debía ser buena persona, pero su razonamiento lleva a esa conclusión). ¿Tiene eso que ver con la economía en sí misma? No directamente, pero desde luego sí en cuanto a que no deben existir valores morales pues, según Mises, el hombre es sólo materia (él era materialista), y al ser sólo materia aquello del papa Juan Pablo II de un sistema económico que pone en el centro de la economía al hombre como ser dotado de dignidad por sus valores éticos y religiosos queda totalmente alejado. Poca compatibilidad veo aquí.

Se puede decir que Hayek, sin embargo, era mucho más “conservador” y que, incluso, había abandonado el materialismo utilitarista de su maestro Mises porque, tal y como creía Hayek, le llevaba al … socialismo. Nada raro, pues ya sabemos por Escohotado y Losantos, que el liberalismo desarrollado es socialismo (es decir, estatismo). Lo curioso es que el pobre Hayek, en su último libro antes de morir, La fatal arrogancia, continuaba defendiendo que la vida de un ser humano no es digna por sí misma como criatura especialmente querida por Dios, como nos dice la Iglesia, sino que defendía, cayendo en ese utilitarismo materialista (entiendo que, quizás, a su pesar), que la vida de un profesor, un médico, un arquitecto valía más que la de un niño o un anciano. No creo que ese punto de vista, al que Hayek simplemente es fiel por la lógica liberal, sea muy compatible con la del catolicismo. De hecho, el propio Chesterton le hubiera recordado a Hayek que hasta la vida de un carnicero pelirrojo con verruga en la nariz es digna por ser un hijo de Dios.

Y esta visión liberal del hombre tiene, como digo, consecuencias en la práctica económica, por ejemplo, el salario digno que debe pagarse a un empleado. Como hemos visto más arriba, Hayek consideraba que no hay precio/salario injusto pues, dicen, si el empleado lo acepta, por bajo y miserable que sea, de forma voluntaria y libre entonces, asumen los liberales, es un acuerdo entre iguales y todos salen beneficiados porque nadie le ha obligado. Ya, seguro. Sin entrar en más razones sobre el porqué esto es equivocado, lo cierto es que la Iglesia sí nos dice otra cosa. Quizá a los liberales ateos les dará igual lo que opine la Iglesia- y no me extrañaría-, pero entiendo que a los católicos no nos debe dar igual. Y en este sentido podemos recurrir, de nuevo, a los papas Leon XIII y a Pio XI, pues en Rerum Novarum y en Quadragesimo Anno nos piden otra cosa. En concreto se aclara en la encíclica de Pio XI cuando, al respecto del salario justo, en vez de decirnos ambos papas que es sólo el del mercado, nos dicen que debe ser suficiente como para que el empleado pueda mantener a su familia (no a él sólo, como opinan los liberales- otra discrepancia práctica) para que ésta, viviendo de forma frugal y morigerada, pueda no sólo salir adelante con dignidad- no forrado- y, con el tiempo lograr ir ahorrando para poder construir un pequeño patrimonio. ¿Recuerdan ahora la sociedad de propietarios que buscaba Chesterton o Belloc? La Iglesia también lo busca.

¿Qué dicen los liberales al respecto? Pues tomando de nuevo al profesor Gabriel Zanotti en el libro antes citado nos señala que es cierto, pero que el papa Pio XI en la encíclica ya citada, pone la salvedad de que el empresario debe subir el sueldo a sus empleados salvo que, en expresión propia de Zanotti: Este límite máximo estará dado por la cuantía de salario que el demandante (de trabajo) podrá ofrecer sin alterar negativamente su posición de oferente, en el mercado, de un determinado bien o servicio. El “alterar negativamente” hace referencia a lo que en palabras de Pio XI es la “ruina propia y la consiguiente de todos los obreros”. (Libro citado de Zanotti, pag. 47). Por muy técnico que resulte el asunto, y teniendo en cuenta que los liberales no aceptan restricciones morales en la economía ni, mucho menos, cualquier tipo de obligación al respecto de la misma, lo que queda claro es que el “alterar negativamente” el resultado, el beneficio o la posición competitiva de una empresa, se puede entender de muchas formas. La intención del papa, sin embargo, es recordar a los empresarios que tienen una obligación moral (sí, totalmente contradictorio y nada compatible con el liberalismo) de, si se lo pueden permitir, pagar a sus empleados lo suficiente para que puedan mantener a sus familias, no simplemente si el empresario se ve afectado negativamente en su resultado por poco que sea.

En mi libro, citado anteriormente, comentaba el asunto de las preferentes y cómo se habían vendido por parte de los empleados de banca. Incluía la postura de un liberal español y mostraba que, primero, él no había trabajado en banca y no había sufrido la presión de “colocar” productos, en este caso las preferentes y, no tan curiosamente, tergiversaba a favor de su argumentación (la culpa no era de los bancos sino de los clientes) la situación. Pero terminaba yo poniendo un ejemplo de una película a la que siempre se le hace referencia por la diatriba entre los dos personajes principales: Tom Cruise y Jack Nicholson, en la escena de “¡tú no puedes soportar la verdad!”. Bien, mi foco no estaba en esa escena sino en la que sucede justo después de que los dos marines acusados de asesinato reciban su sentencia. El más joven no entiende que les licencien con deshonor y le pregunta al cabo interino Dowson pues, decía, habían hecho lo que les habían pedido, habían hecho su trabajo. Dowson, pausado, le dice (escribo de memoria): nuestro trabajo era luchar por aquellos que no pueden defenderse por sí mismos; nuestro trabajo era luchar por el soldado Santiago (el fallecido). Los liberales- como en el caso de la venta de las preferentes- creen que, si el cliente compra las preferentes, aunque no hayan entendido la letra pequeña porque, además con la presión de colocarlas muchos simplemente se fiaron de lo que el comercial les contó, es culpa suya… no del comercial. Se olvidan de lo que Dowson les diría: vuestra labor no es sólo hacer lo que os pide el banco, es ser honrados con los clientes que no entienden de esto y confían en vosotros y ayudarles, ayudarles de verdad.

El que un desempleado acepte un sueldo mísero porque, en su desesperación, no encuentra otra solución, no implica- ni por asomo- que el empresario no deba portarse bien y pagar un sueldo digno, un sueldo justo… el liberalismo dice que sí, Cristo en la parábola del viñador que va a buscar jornaleros para su viña a diferentes horas paga a todos, porque se lo puede permitir, el salario, el jornal, justo… para que todos puedan mantener a sus familias de forma frugal y morigerada. No todos los empresarios tienen el “capital” de Dios, pero la obligación moral sigue existiendo, al menos para los católicos. El liberalismo la niega. ¿Compatibles? Lo dudo mucho.
Habíamos hablado de Mises y de Hayek… pero, por decirlo de alguna forma, mientras Hayek- el más conservador de los tres- caminó un kilómetro en la senda del liberalismo y Mises unos diez, Rothbard caminó mucho más, pongamos unos cien kilómetros en la misma senda del liberalismo. De esta forma, y para que los católicos valoremos en qué somos compatibles con el liberalismo práctico, Rothbard defendía algunas cosas muy curiosas en su libro La ética de la libertad. Derecho al aborto y al suicidio, derecho a la calumnia, al chantaje, a la compraventa de niños (es literal, no es una expresión mía… y Milei, antes de alcanzar la presidencia de Argentina, estaba de acuerdo con ello), respecto a la tortura- de un ser humano crecido, pues al feto le pueden hacer lo que apetezca para deshacerse de ese inquilino no deseado- Rothbard dice que a cualquier liberal le parecería grotesca… pero no la prohíbe. Desde luego coherente pues, como liberal, no acepta que nada ni nadie (ni Nadie) le diga lo que puede o no hacer con “su propiedad” … por ejemplo su hijo (tenga tres, quince, treinta años… porque, incoherentemente, tras defender la propiedad absoluta sobre su posesión nos dice que a los cincuenta el hijo debería ser independiente del dominio del padre, no sé por qué…).

Por resumir la reflexión sobre el artículo de García-Máiquez, la confusión general estriba en que asumimos que el liberalismo es bajar impuestos, un estado pequeño que no se meta en exceso en la vida de la gente, derecho de propiedad privada, cumplimiento de los contratos, libertad de crear empresas, etc. Y pensamos (yo también estuve en esta postura, por cierto) que ese camino liberal se queda ahí… y no sólo eso, entendemos sus propuestas desde el oído de un católico o, cuanto menos, de una persona con valores basados, mejor o peor, en la ley natural… es decir, entendemos algo distinto de lo que ellos realmente dicen. Hayek, por ser el más conservador, el más cercano a una visión tradicional, por así decir, se quedaba sólo en defender el ámbito liberal en lo económico (generalmente) y no se adentraba mucho en las aguas morales/sociales. Digamos que caminaba sólo hasta parecer “razonable” o aceptable. Mises, caminaba algo más y, asumiendo que todos ellos fueran buenas personas en su trato diario- que no discuto- sus planteamientos, tratando de ser “científico” desalmaban al hombre y proclamaban que el mercado era la panacea de todos los bienes. Rothbard, desde luego, caminó mucho más y cuando se puso a hablar de ética y libertad, como vemos, desbarró.
Para terminar estas reflexiones sobre el artículo de García-Máiquez, un breve apunte de lo que piensa un doctor de la Iglesia respecto a uno de los principios que el profesor considera dignos de defender y donde, como se verá, la postura al respecto es, nuevamente, diferente entre el liberalismo que no pone límites (los tres que siempre nos señalan, por cierto- sin violencia física, ni fraude, ni robo- quedan muy bien en teoría, pero en la práctica no los siguen, como señalé en mi libro ya citado) y la de la Iglesia: la libertad de conciencia:

El Papa es el primer interesado en que se respete la conciencia, entendida siempre como íntimamente ligada a un orden moral objetivo, fundado en la ley divina. Newman arremete contra la interpretación liberal o relativista de la libertad de conciencia, que, paradójicamente, «consiste en hacer caso omiso de la conciencia, dejar al margen al Legislador y Juez, ser independiente de obligaciones no escritas, invisibles. La cuestión ahora es elegir entre adoptar una religión o no adoptar ninguna, ir a la iglesia católica o a la capilla protestante, hacer alarde de estar por encima de toda religión y ser un crítico imparcial de todas ellas. La conciencia es un consejero exigente, pero en este siglo ha sido desbancado por un adversario de quien los dieciocho siglos anteriores no habían tenido noticia (,,,). Este adversario es el derecho del espíritu propio, la autonomía absoluta de la voluntad individual».
Mariano Fanzio
Contracorriente… hacia la libertad- Ed. El buey mudo, 2021, pag. 93


Las negritas, por cierto, son mías. Desde luego que la Iglesia defiende la libertad de conciencia, pero como resalta el texto, no entiende lo mismo que el liberalismo. De ahí que se originen esas paradojas o contradicciones; algo normal, como católicos sabemos que Dios puede escribir recto con renglones torcidos. Cuando el hombre escribe con renglones torcidos… escribe torcido. Esa misma paradoja o contradicción es la que se señala, por ejemplo, respecto a su supuesto indeferentismo. Un amigo mío, liberal y muy buen amigo, me comentaba en cierta ocasión que consideraba que el liberalismo era muy humilde porque no se consideraba en el derecho de decir a los demás lo que era correcto. La paradoja se produce porque, como señala el cardenal Newman, hace alarde (el liberalismo, no mi amigo que es una persona extraordinaria) de estar por encima de toda religión y de ser imparcial respecto a ellas. Eso no es humildad, la humildad consistiría más bien en reconocer que uno no sabe cuál es la verdad y ponerse a buscarla… pero para ello, primero, debes reconocer que la verdad existe. Ellos lo niegan, nosotros decimos que existe y, si nos pican, podemos decir que Cristo es “el camino, la verdad y la vida”. Ese falso concepto de humildad termina siendo soberbia que señala que la verdad no existe, no puede encontrarse y por tanto negar que la fe católica lleve hacia ella. Estos malentendidos, buscados o no- ahí no entro-, del liberalismo es lo que da pie a la confusión general sobre él, pues dado que estamos educados en un mundo cristiano, con valores cristianos y llevando dentro la ley natural, asumimos que cuando se habla de un determinado concepto todos entendemos lo mismo. De ahí que, ahora mismo, cuando entendemos que tenemos derecho de libertad de conciencia, de libertad de buscar la verdad, entendemos algo muy distinto a que, como cierra la cita, nuestra voluntad individual tenga una autonomía absoluta y no dependa de nada ni nadie. Luego se extrañarán del movimiento actual por el cual la voluntad de uno de “definirse” como mesa camilla haga efecto en la realidad y fuerce a los demás a reconocer que esa persona, en realidad, es una mesa camilla. Movimiento liberal, pues exigen la esencia del liberalismo: que nada ni nadie me diga lo que puedo o debo hacer con mi propiedad, conmigo mismo.

El problema es que las premisas del liberalismo son erróneas y aunque los católicos que creen que es compatible con la fe (por la parte que hemos comentado de los temas económicos, por ejemplo), sin embargo, no es un camino que se pueda limitar. El error es de partida. Si quiero ir de León a Madrid lo que no puedo hacer es salir de Jaén y caminar en dirección sur. Al final termino llegando un punto que no es el deseado. Los puntos a los que han llegado Hayek, Mises o Rothbard desde luego no son a los que llegaron Juan de Mariana, Francisco Suárez, Martín de Azpilcueta y los demás escolásticos de Salamanca. Las premisas son diferentes y los resultados tienen efectos en el mundo real, en el mundo práctico… no sólo en la economía. Por decirlo de otra forma, en el chiste del borracho que busca las llaves debajo del farol porque ahí hay luz, aunque las perdió mucho más lejos, podríamos decir que las premisas de origen del liberalismo son ese hombre (cuidado, no estoy llamando borracho a nadie, no se malinterprete el ejemplo) que busca sus llaves bajo el farol, olvidándose de la realidad: las perdió en otro sitio. La fe católica busca la verdad, que nos hace LIBRES, allí donde se encuentra, no bajo el farol de la ilusión de una ideología que promete solucionar nuestros males desde premisas falsas.

Se puede defender la libertad, y se debe, pero para defenderla no es necesario defender el liberalismo. Más bien son cosas totalmente diferentes, aunque suenen ligeramente parecido. La libertad no es licencia. El derecho de propiedad privada lo defiende la Iglesia, un sistema económico con empresas que buscan beneficio, pero que tienen en cuenta a sus empleados, a sus clientes y proveedores, puede defenderse desde la Doctrina Social de la Iglesia (como hizo el argentino Enrique Shaw, gran empresario y mejor persona), basta con tomar ejemplo de los escolásticos, no se necesita a Mises, Hayek, Rothbard y demás… se podrá usar los desarrollos técnicos que éstos y otros, liberales o no, a nivel de ciencia económica pero siempre poniendo la primacía no en la economía como fin en sí mismo, sino en el hombre y éste como criatura dotada por Dios de valores morales que le llaman a buscar el bien y evitar el mal (aunque no lo logre siempre). Hemos tenido un sistema económico que funcionaba, más o menos, en este sentido y habría que adaptarlo, poco a poco, a la evolución de la sociedad y de los mercados- hoy más globales y con mayor peso del sector servicios-, pero el foco debe estar en el ser humano (desde su concepción hasta su muerte natural).

Espero que el profesor García-Máiquez vea en estas líneas un intento de explicar que las dudas que se plantea son lógicas pues derivan de la confusión que se origina al usar palabras que significan cosas distintas para unos y otros. Él indica que ve el liberalismo como uncomo un marco en el que se pueden seguir caminos distintos, como él señala: para practicar su libertad antes necesita del marco liberal. Con todo cariño creo que se equivoca y espero haber mostrado que el marco que permite la verdadera libertad no es el liberalismo sino la ley natural que el liberalismo no acepta. Bueno, Rothbard sí dice aceptarla… pero tras tergiversar su significado y desnaturalizarla y vaciarla del contenido y de Quien le da contenido y, para hacerlo, sencillamente falsea el argumento de Francisco Suárez respecto a la ley natural. La ley natural sí es el marco en el que podemos entendernos todos los hombres, con mayor o menor dificultad, no lo dudo. El liberalismo no lo es, como he dicho parte de premisas equivocadas y por ello sus frutos no son los prometidos… hubo un tiempo en que los hombres también pensaron construir una torre que llegaría al cielo y, en teoría saldría bien, pero por su arrogancia e ir contra el plan de dios la cosa se les torció bastante. El liberalismo promete mucho, pero parte de cimientos falseados contrarios a la realidad de la naturaleza del hombre, por eso los frutos no son los teorizados.

Comentemos ahora el artículo de doña Mariona Gumpert en respuesta al de Llorente. Debo decir de inicio que, al igual que en el caso de don Enrique García-Máiquez asumo la buena intención de la señora Gumpert a la hora de exponer su crítica o desacuerdo con el artículo de Llorente. Ninguna de mis palabras pretende discutirla a ella sino, exclusivamente, su argumentación respecto al artículo que da origen a este diálogo.

Hace unas semanas, Julio Llorente publicó en La antorcha un artículo titulado 'Liberalismo y fe'. Dicho texto induce a una confusión grave entre los católicos que merece ser señalada, pues defiende una incompatibilidad esencial entre nuestra fe católica y nuestro marco jurídico y político. Proyecta, además, una imagen de la Iglesia difícilmente conciliable con su magisterio reciente. De esta manera, se desorienta a los creyentes en su juicio sobre la vida pública y empobrece el debate cultural. Desgranar estos errores resulta necesario para no combatir en escenarios ficticios, sino allí donde realmente se juegan los desafíos de nuestro tiempo.
En relación con este resumen introductorio al artículo debo decir que, personalmente, no he sentido, en ningún momento, que se induzca a una confusión (y menos “grave”) a los católicos, más bien creo que, precisamente, lo que busca el artículo de Llorente es aclarar lo que es la confusión actual entre los católicos que creen que el liberalismo es compatible con la fe católica. Decir que A no es igual a B, … cuando no lo es, no debería suponer confusión, más bien aclaración de porqué el Magisterio ha rechazado la doctrina liberal como contraria a la fe. La confusión, tal y como he procurado explicar en las reflexiones anteriores, deriva de la pretensión del liberalismo de hablar del mismo concepto de libertad que sostiene la Iglesia cuando no es así. Desde luego, en el artículo de Llorente, yo no advierto ningún problema respecto a la compatibilidad de la fe católica con nuestro marco jurídico y político, de hecho, creo que en ningún pasaje de su escrito nombra el marco jurídico/político. También es cierto que puedo ser muy obtuso y que no haya tenido la sagacidad de verlo, pero creo que Llorente no hace referencia a dicho marco. Tan sólo comenta la diferencia filosófica en cuanto al concepto de libertad- como citamos más arriba- y, debido al tema monográfico de la revista, al planteamiento económico.

Tampoco veo que la imagen de la Iglesia respecto al magisterio de los últimos papas esté distorsionada; desde luego, el papa León XIII escribió más respecto al liberalismo de lo que haya escrito Francisco o Benedicto XVI, pero eso no implica, creo yo, que estos papas estén en desacuerdo con León XIII. Por irnos a san Juan Pablo II que dedicó una encíclica a la situación económica/social como fue Centesimus Annus, he resaltado que mientras el papa admite el uso amplio del término “capitalismo” aclara, perfectamente, qué tipo de capitalismo es aceptable y cual no. Y he mostrado que el capitalismo condenado es aquel que se presenta como libre de valores morales donde el hombre no es más que un “recurso humano”, como puedan serlo las mercaderías adquiridas a otros proveedores. Es decir, el magisterio moderno (entendiendo el posterior al Concilio Vaticano II… que no modificó la doctrina de la Iglesia dándola por válida en todos sus puntos) también sostiene la postura sobre la visión económica liberal: negativa. Pero, como siempre, la Iglesia señala hacia dónde debe caminar esa economía para ser un sistema aceptable. Por tanto, no creo que Llorente haya generado una confusión a los católicos, al revés… creo que es importante que los católicos sepamos que el concepto liberal de libertad es visto por la Iglesia como licencia, no como libertad real.

Llorente simplifica, al máximo, de forma que el liberalismo deja de ser un conjunto plural de tradiciones políticas para convertirse en una especie de sujeto moral unificado, responsable de todos los males contemporáneos. Con ello pasa por alto un hecho decisivo: muchas de esas derivas no proceden directamente del liberalismo como tal, sino de ideologías posteriores –de signo identitario, constructivista, poshumanista, ideología woke, ecologismo político o animalismo ideológico– que nada tienen que ver con el liberalismo en su origen, aunque hayan prosperado en el espacio que el propio liberalismo permite.

En este párrafo creo que merece la pena detenerse. La señora Gumpert acusa a Llorente de simplificar al máximo al concluir -ella, porque Llorente no dice esto- que el liberalismo es responsable de todos los males contemporáneos, males que ella reconoce que existen. Creo que, aquí, la confusión vuelve a ser la misma tantas veces repetida: el liberalismo, por el motivo que sea, usa términos y, en España, se nos ha vendido como, básicamente, libertad de mercado, economía no planificada, impuestos bajos, un estado con un tamaño pequeño, etc… y, sin embargo, como he indicado más arriba, en el liberalismo hay más, mucho más y con una pretensión mayor y cuyos efectos diferentes de lo que sería aceptable en un mundo católico se dejan ver en el mundo real, incluyendo el ámbito económico.

Es bastante habitual que se nos diga que hay muchos liberalismos, unos económicos, otros sociales, otros…, unos son más prudentes y se conforman con un estado pequeño, otros- anarcocapitalistas/libertarios, o como se denominen, que no es relevante en este momento- pretenden abolir el estado mismo; unos son más prudentes y sólo quieren facilitar el aborto, otros además del aborto a cualquier edad promueven la eutanasia, el cambio de género a voluntad (olvidándose, como es evidente, de la verdad, de la realidad del ser humano). La cuestión, sin embargo, es que, aunque Gumpert piense que esos otros efectos no son del liberalismo en realidad sí lo son. De la misma forma que el bolchevismo es hijo del liberalismo, de la misma forma que el liberalismo desarrollado es socialismo, de la misma forma que… todos ellos tienen una cosa en común y un origen común: su pretensión filosófica- que unos llevan hacia un lado y otros hacia otro- de que el bien y el mal no existe (es algún constructo de vete-tu-a-saber-qué: la sociedad heteropatriarcal, por ejemplo) y que el bien es su propio interés, su propia y absoluta voluntad.

Como expliqué en el caso de Hayek, Mises y Rothbard, unos pueden caminar un poquito, otros más y otros se alejan mucho más. Pero la senda es la misma. Igual que en El Mago de Oz donde había muchas sendas de baldosas amarillas que se bifurcaban, todas partían de la misma espiral inicial. En nuestro caso, el liberalismo. ¿Eran liberales los grandes magnates de las tecnológicas? Sí, y así se les ha aclamado durante años… hasta que resultó que “sus” intereses los llevaron a defender la cancelación de cuentas en sus plataformas, o dejar sólo comentarios sesgados hacia un lado… entonces los liberales fetén se sorprendieron.

Nunca en mi vida como promotor de una economía libre y del capitalismo habría pensado que las mayores empresas fueran a alinearse con los principales poderes estatales para promover sólo la visión permitida, y si no lo aceptas estás fuera, vas a ser cancelado, eres un radical. Es una batalla por la dominación del mundo.

Alejandro Chafuen
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Alejandro Chafuen, aunque seguro muchos le conocen, es economista asociado al instituto Acton y a la Escuela Austríaca de Economía. Su sorpresa viene no porque dichos magnates empresariales hayan dejado de ser liberales; siguen siéndolo, pero el fruto no resulta ser el teorizado; como digo el liberalismo puede mostrar muchas caras… pero todas se basan en lo mismo: mi voluntad es absoluta y soberana. Es evidente que yo también me sorprendería si al dar a beber a mi padre gasolina se muriera en vez de arrancar bien… la confusión vendría del chiste de “si mi padre tuviera ruedas, no sería mi padre sería una moto”; como moto debería ponerle combustible, no un plato de cocido, y eso le mataría (en la práctica, la teoría no habría funcionado como en teoría se prometía). El error no viene del tipo de combustible, el error nace de la premisa: mi padre NO tiene ruedas, luego no es una moto.

Si entendemos que el liberalismo es, al contrario de lo que cree Gumpert que dice Llorente, el epítome de todos los bienes, desde luego los católicos nos vamos a llevar una sorpresa porque su libertad, no es libertad; su mercado libre y sin interferencias no ofrece los resultados prometidos. Un católico podrá ser mejor o peor persona, podrá ser del rito griego o latino (o de cualquiera de los veintidós ritos católicos que hay), pero todos tenemos un Credo. El liberalismo también y se centra, como ya explicó en su día el padre Sardá y Salvany en su libro El liberalismo es pecado, en lo que hemos repetido: mi voluntad ES el bien. Él lo decía en plan más bíblico: non serviam, Por cierto, al respecto a este libro, hace unos años dos buenas personas, economistas y austríacos, los profesores Juan Ramón Rallo y Carlos Rodríguez Braun, se atrevieron a escribir lo que parecía- por el título- que sería una contra réplica: El liberalismo no es pecado. En primer lugar, ya es demasiado atrevimiento discutirle a un sacerdote qué y qué no es pecado, pero, además, mientras el padre Sardá se centraba en la parte filosófica y moral y hablaba poco del ámbito económico, los profesores Rallo y Rodríguez Braun no son capaces de discutir esos puntos; tan sólo se dedican a incidir en que el liberalismo es bajos impuestos y todo esto. Sabemos que no es así y, lo que es más sabemos que defender una economía de empresa, bajos impuestos, un estado frugal, y demás puntos económicos lo podemos hacer, mejor, desde la Doctrina Social de la Iglesia.

El artículo razona como si la Iglesia no hubiera reformulado profundamente su relación con la libertad, el Estado y la sociedad plural a lo largo del siglo XX. Hoy la doctrina católica afirma simultáneamente tres cosas inseparables: que la libertad sin verdad ni caridad es insostenible, que el mercado sin límites morales se vuelve inhumano y que la libertad civil y política es un bien que debe ser preservado.

Como antes, tampoco en esta ocasión he entendido el artículo de Llorente en la forma en que lo hace Gumpert, fallo mío, seguro. Pero, salvo que me equivoque, creo que la doctrina católica siempre ha afirmado que la libertad sin verdad ni caridad (ambas van ligadas), porque derivan del “yo soy el camino, la verdad y la vida” y “la verdad os hará libres”. Quiero decir, no es doctrina moderna sino eterna- insisto, la Doctrina no se ha tocado… no se puede, ningún papa ni concilio pueden modificar una coma de la doctrina católica-. Que el mercado sin límites morales se vuelve inhumano, tampoco es de los últimos papas (aunque como ya he dicho, el papa Juan Pablo II, por ejemplo, resaltaba lo mismo) sino que es de siempre y, por supuesto, encaja con el desarrollo de la Escuela de Salamanca. Donde no encaja para nada, como hemos visto es en ese mercado libre de valores morales y sin interferencias que promueve el liberalismo económico. El último punto, sin ser desde luego un experto en el tema, creo que también se ha defendido… pero sí es donde más cambios ha podido haber. Quiero decir, desde luego en la Edad Media no teníamos los estados actuales ni los sistemas políticos en base a la alternativa de partidos elegidos mediante sufragios universales; sin embargo, la libertad del hombre la Iglesia la ha defendido siempre como perteneciente a la propia naturaleza del hombre como criatura querida a imagen de Dios. Es diferente el que, según hayan ido los tiempos, la Iglesia haya adaptado su mensaje para que los católicos puedan vivir y actuar en todos ellos, sean monarquías, sean dictaduras, sean democracias… Pero admitiendo que pueda haber sido el punto en que la Iglesia moderna ha tenido que adaptar más su mensaje, no implica que Llorente en su artículo clame por la desaparición del sistema democrático.

La autora prosigue diciendo que Llorente no reconoce en ningún momento el valor propio de la libertad civil y política como bien a preservar. Sin embargo, recuerdo que el artículo de Llorente está centrado en comentar el liberalismo desde el punto de vista económico, no político. Sólo establece el punto filosófico para que los lectores puedan entender que el concepto de libertad es absolutamente diferente en el liberalismo y en la fe católica. Desde luego, de su artículo yo no extraigo la conclusión de la señora Gumpert respecto a la libertad civil o política. Supongo, pero es mi suposición personal, que Llorente querrá que en el mundo de los derechos civiles y en el ámbito político, se entienda por libertad lo mismo que entiende la Iglesia y no el liberalismo; y en eso coincido y, asumo, la Iglesia coincidirá también… pues la libertad liberal es licencia NO es libertad.

su modo de plantear el problema –como una incompatibilidad de principio entre liberalismo y fe– cierra de hecho la posibilidad de toda reforma interna del orden liberal y empuja el debate hacia una lógica de sustitución global. Al presentar el liberalismo como intrínsecamente viciado, el texto desactiva cualquier intento de corrección desde una visión cristiana. Cabe entonces preguntarse cuál sería la alternativa: ¿vincular de algún modo fe y poder?


En este caso no puedo evitar darle la razón a la señora Gumpert respecto a que Llorente plantea que la incompatibilidad entre el liberalismo y la fe es “de principio”. Lo es. Entre una ideología que proclama que el bien no existe, que nada ni nadie (ni Nadie) tiene derecho a decirme lo que puedo hacer con mi propiedad o con mi voluntad, desde luego existe una incompatibilidad de principio. Y aquí tenemos que entrar en ese debate de sustitución. Si el liberalismo, como reconoce Enrique García-Máiquez en su artículo:

Julio Llorente hace muy bien (y lo hace muy bien) al denunciar el liberalismo doctrinario, que considera que cada cual decide el bien y el mal, la verdad y la mentira, y que es el padre natural del wokismo. [En este caso, nota mía, García-Máiquez reconoce como derivado del liberalismo lo que la señora Gumpert decía que no. Yo, como he escrito, coincido con García-Máiquez en este punto]. […….]

El liberalismo práctico sólo propugna una libertad negativa [….]. Verdad, y yo prefiero defender una libertad sustantiva, que me obligue con determinaciones, promesas, votos, compromisos y vocaciones.

Es evidente que la doctrina liberal parte de una base totalmente contraria a la doctrina católica… y aquí no nos queda más solución que, como católicos, aceptar la doctrina católica y no la liberal. No podemos servir a quien dice que Dios existe y como Padre todopoderoso nos manda hacer Su voluntad y, a la vez, servir a quienes defienden que, exista o no, ni siquiera Dios va a decirme a mí qué es el bien o el mal, que ya lo decido yo y si no coincide con la voluntad de Dios… que se fastidie. Es imposible. O serviam o non serviam, nos guste o no, no hay término medio (por cierto, incluso cualquier término medio sería malo). Vuelvo a recalcar que el problema, a mi modo de ver, es que creemos que el liberalismo es “solo” bajar impuestos, un estado pequeño, votar a partidos políticos… y, como católicos, asumimos que todo esto debe, al menos, respetar la ley natural e, idealmente, la Doctrina Social de la Iglesia. Pero cuando vemos que el fruto del liberalismo económico es un sistema donde el hombre debe ser sólo un recurso más (eso sí, con sus capacidades de emprender, innovar, trabajar en equipo y demás que se quieran… pero sólo porque incrementan el beneficio neto, no porque la doctrina económica liberal piense que los valores morales tengan algo que decir en su gestión), entonces, como católicos, debemos ponernos del lado del papa Juan Pablo II y decir que ese capitalismo no es el que defendemos, que defendemos otro sistema económico (que, por si queda alguna duda, no es el marxista de ningún modo).

La señora Gumpert, entonces, nos pregunta si la alternativa- bueno le pregunta a Llorente, no a mí, pero me sumo a intentar responder- es vincular de algún modo fe y poder. Entiendo el temor que un “nacionalcatolicismo” pueda generar en quienes recuerdan el dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Pero creo que la forma de vincularlo, siendo muy, muy difícil- y más en nuestros días- no es tan complicada de ver. Se trata de que, como la Iglesia ha defendido siempre, el poder, tenga la forma política que tenga, administre su poder, dicte leyes y base su justicia en la ley natural, que es la ley impresa por Dios en el corazón de todo hombre (aunque le fastidie a Rothbard). Desde luego, un sistema político donde la mayoría de sus ciudadanos (por cultura e historia, sino por práctica) se consideran católicos, las leyes deberían contar con, al menos, un respeto y acercamiento al consejo que la Iglesia pudiera dar al respecto. En otros países donde eso no suceda, la ley natural puede ser razonablemente aceptable. Pero no me corresponde a mí meterme en ofrecer soluciones, simplemente creo que la vinculación para que fe y poder se respeten, fomenten el bien común y ambas esferas estén separadas (no como en el protestantismo donde, al quitar al papa, el rey se proclamó cabeza de la iglesia… como en Inglaterra), es la misma ley natural.

El orden de libertades moderno –con todos sus déficits– ha sido, precisamente, el marco en el que la Iglesia ha podido predicar sin tutela estatal, organizarse sin dependencia del poder y expandirse en libertad. Ignorar estos hechos es una forma de miopía histórica.

Esta frase de Gumpert me parece algo curiosa, por decir algo. Veamos, si este es el orden de libertades liberales, la Iglesia habrá podido predicar sin tutela estatal… cuando se la ha dejado. El liberalismo empieza con Locke y Hobbes. Locke fue muy gracioso- quizás sarcástico- cuando en su tratado sobre la tolerancia la ofrece a todo el mundo excepto a los papistas (y a no me acuerdo qué otros). Empezamos bien el orden de libertades liberales, la libertad para ellos, no para nosotros. Organizarse sin dependencia del poder, supongo que en España al menos la dependencia del orden liberal es más sutil, por poner un ejemplo: o dais clase de, ¡qué se yo!, sexo a niños pequeños, de los nuevos tipos de “familias”, de la historia vista tal y como dice el gobierno, o no os damos el concierto escolar, y otro tipo de “independencia” (estoy siendo irónico) del estado actual. Expandirse en libertad… ¿seguro? Pues parece que el orden de libertades liberales ha fomentado más bien la huida de las iglesias más que contribuir a fomentar un medio ambiente social respetuoso con la Iglesia y lo que postula. Ya sé que, en cierto modo, nada parece prohibir lo que Gumpert indica. El problema es que, mientras parece que no se prohíbe, sin embargo, en la práctica, se ataca… y Dios nos libre de ponernos a rezar ante un abortorio, el derecho liberal no nos protege (aunque, afortunadamente, acaba de salir sentencia absolutoria para los demandados por rezar).

Se refuerza así el retrato que sus adversarios desean imponer: el de una institución esencialmente hostil a la libertad. De este modo, un discurso que pretende ser apologético termina funcionando como argumento perfecto para los detractores del catolicismo.

Aquí, lo siento, debo disentir de nuevo con Gumpert. A los adversarios, detractores, enemigos del catolicismo les da exactamente igual lo que defienda la Iglesia. El aborto es un crimen- aparte de, obviamente, un pecado- y los defensores de este no se preocupan de los motivos religiosos de la Iglesia, ni tampoco de la biología, ni de la antropología, ni de nada… ideológicamente necesitan defenderlo para lograr otros fines, en concreto imponer su voluntad, declararse más hombres por rebelarse ante la voluntad de Dios, hacer ellos su propio bien. Aunque los que no se consideren católicos no entendieran el artículo de Llorente en la forma en que lo entiende la señora Gumpert (insisto, en el tema civil/político, no he visto referencia alguna ni, desde luego, las implicaciones que entiende la autora), si quieren atacar a la Iglesia siempre buscarían cualquier excusa. Dado que yo, como digo, no veo en el artículo de Llorente nada que me haga intuir que la Iglesia es esencialmente hostil a la libertad, no llego a la conclusión de la cita de arriba; no creo que Llorente haya dado argumentos a los detractores del catolicismo.

El núcleo de la crisis contemporánea no es la existencia de libertades civiles, sino la ruptura con la antropología que les daba sentido. Cuando desaparece la noción de naturaleza humana, cuando la dignidad deja de remitir a un orden recibido, cuando la libertad se redefine como pura autoafirmación, las libertades dejan de ser camino y se convierten en factor de desorientación y de pérdida de sentido.

Respecto a este párrafo de Gumpert no puedo menos que estar de acuerdo, lo curioso es que entiendo que es, precisamente, lo que Llorente señala respecto al liberalismo. Por esencia, el liberalismo es lo que ha roto con esa antropología que Gumpert señala. Esas “libertades” que dejan de ser camino son, precisamente, la licencia liberal. Los papas coincidirían, perfectamente, con este párrafo de Gumpert… y Llorente también.

Esto es un riesgo inherente a la condición libre del hombre, asumido por Dios al crearlo, no una invención del liberalismo. Esta crisis no se resuelve suprimiendo la libertad individual querida por Dios, sino restituyendo su significado y recordando a la sociedad que no todo lo posible es humano, que no todo lo elegido es bueno, que no todo lo deseado es digno.

De nuevo, y me alegra, he de estar totalmente de acuerdo con Gumpert en este párrafo. Es inherente a la condición del hombre que, pese a haber sido creado a imagen de Dios, es un alma caída el pecar y el caer en el Mal. Pero el Mal existe (aunque sea por permiso de Dios de respetar nuestra libertad de apartar nuestra voluntad de la Suya) y el Bien también. Y eso lo niega, desde su surgimiento, el liberalismo. Desde luego la solución no es prohibir la libertad individual- eso lo intentó, entre otros, el bolchevismo … ¿hijo de quién?, exacto: del liberalismo como nos dijo aquel buen papa-, pues la libertad es inherente a nuestra naturaleza. Pero ese significado que Gumpert quiere restituir es, al menos, el significado de la ley natural y, como católicos, el significado de la libertad bajo el concepto de la Iglesia… no la licencia, no la “no coacción” que piden los liberales. Doña Gumpert, precisamente, en este punto está reclamando la vuelta a la definición católica de libertad (o aristotélica), no el concepto liberal.

Dejadme haceros un inciso económico pues, quizás, se vea mejor lo que intento decir. ¿Qué es la inflación? Según los medios de comunicación, los estados y no se cuantos más, lo que nos dicen es que la inflación es la subida de los precios y, como tal, se produce bien porque las familias/consumidores son muy despilfarradores y superficiales y, al comprar en avalancha, hacen subir los precios; o bien, las empresas que son muy malas y codiciosas y, con tal de ganar más dinero, se dedican a producir menos de lo que podrían o a subir precios directamente para, así, ganar más. Bonito, ¿verdad? Pues es falso. Como descubrieron los escolásticos de Salamanca de nuestro siglo de oro, la inflación es la creación de dinero de la nada, en forma que se crea más dinero que lo que se incrementa la producción global de la economía y es esta creación de la nada la que, al haber más dinero el valor de la unidad monetaria disminuye y, por tanto, necesitamos más monedas para comprar el mismo artículo… es decir: subida de precio.

Sin embargo, esa creación la hacen no las familias ni las empresas sino el sistema bancario de reserva fraccionaria y, ahora también, la banca central. Los liberales, por cierto, aunque tengan diferencia entre algunas escuelas (por ejemplo, Chicago vs Austríaca), reconocen, en líneas generales esta situación. Los seguidores austríacos españoles, por ejemplo, lo asumen y lo explican así… y, en este caso, coinciden con los escolásticos (lo que no les convierte en “continuadores de los escolásticos”, quede claro). Bien, lo que quiero indicar con este asunto de la inflación es que la diferencia de significado puede llevar a situaciones totalmente alejadas entre unos y otros. Con el concepto de libertad sucede igual… la Iglesia entiende una cosa, acertadamente, por cierto, muy diferente, incluso opuesta, a lo que entiende el liberalismo. Por eso los papas lo han señalado y la han denominado como pura y absurda licencia.
Por cierto, cuando los liberales nos hablan de la libertad y nos aseguran que eso, la “no coacción” no implica que uno pueda hacer lo que le de la gana hay que respetar de forma irrestricta la libertad de los demás, hemos de saber que, como frase, es muy bonita… pero en la práctica no es así. Los requisitos que ponen son “sin violencia física, sin fraude ni robo”.

Veamos algunos puntos, en primer lugar la violencia física … a los fetos no les pilla, se les puede matar, recordemos que, según Rothbard, son inquilinos no deseados (y eso que están en “su” casa, pues han nacido ahí dentro); respecto al fraude, un historiador defensor de la Escuela Austríaca, Thomas Wood, comentaba que no ve ningún problema en la usura; la usura, decía Santo Tomás (a quien, supongo, entendemos más compatible con la Iglesia que no alejado de ella) que era vender dos veces la misma cosa… Woods dice que qué problema hay en ello, yo le digo que si me cobran dos veces el mismo libro me están estafando. Sobre el robo, no voy a recordar el robo a la Iglesia cuando Enrique VIII le quitó sus propiedades por el lío de faldas en que se quiso meter y que, dado que la Iglesia católica es una institución que todavía vive y su dirección es conocida, bien podrían los liberales reclamar a Inglaterra que indemnice al Vaticano por todos estos siglos. Pero no es necesario irnos tan atrás, hoy día, el orden de libertades liberales de la UE, por ejemplo, siendo entidad no beligerante en ninguna guerra, ha decidido bloquear las reservas que Rusia mantiene en Euroclear, en Bélgica y, aunque Bélgica insiste una y otra vez que no se les puede robar, los liberales que mandan en Europa siguen buscando la forma de robar ese dinero… eso sí, intentarán- si pueden, que no- tener una coartada jurídica.

¿Sin violencia física, fraude ni robo? Ya, muy bonito, pero si pueden hacer su voluntad porque están buscando su propio interés- que es el bien- entonces lo harán: violencia física, fraude o robo… y su justificación terminará en una apelación a la mano invisible: “si a alguien no le gusta, el mercado ofrecerá una opción mejor”. Ya, y además dos huevos duros. Con perdón.
Aquí conviene introducir la matización central que el artículo 'Liberalismo y fe' omite por completo: el liberalismo no nace ex nihilo, sino dentro de una cultura ya estructurada por categorías de raíz cristiana (dignidad, conciencia, ley natural, límite al poder o igualdad moral).
El primer liberalismo fue viable –con sus límites– porque vivía aún de ese humus moral heredado. El problema surge cuando se emancipa de ese suelo antropológico: cuando la dignidad depende solo de la voluntad, los derechos de la decisión y la libertad pierde referencia al bien, el sistema entra en contradicción consigo mismo. Por eso puede decirse que el liberalismo sin una antropología firme lleva en sí el germen de su autodestrucción.

Nuevamente no puedo estar más de acuerdo con Gumpert y, creo, Llorente también. Porque es cierto, el liberalismo nace, como ideología, con Locke y Hobbes y como señala la autora es dentro de una cultura estructurada como cristiana. Indica también que, ese primer liberalismo fue viable “con sus límites” porque vivía de ese humus cristiano heredado. Y es cierto, pero como católicos, creo que debemos resaltar un punto importante de dicho primer liberalismo: su raíz cristiana era protestante, en concreto anglicana. Es decir, Hobbes y Locke ya no eran católicos, al contrario, y por ello ya se habían separado de la coherencia doctrinal católica. Mientras España, por medio de la reina Isabel la Católica en su testamente y, posteriormente, con el emperador Carlos I en la controversia de Valladolid había dejado claro que los indios eran seres humanos como nosotros, Locke reclamaba para sí el derecho absoluto de propiedad sobre sus esclavos en su plantación en América. Algo, sutil pero importante, parece que ha cambiado… como la tolerancia con todos, menos con algunos.

En lo que acierta Mariona Gumpert absolutamente es en reconocer que, al separarse de una antropología basada en la verdad del hombre- como es la católica y no la protestante-, entra en contradicción consigo mismo y lleva el germen de su destrucción. Y es obvio. Es el mismo ejemplo del caminar uno, diez o cien kilómetros. La antropología del camino ya no está basada en la verdad- la libertad deja de serlo y es licencia- y lo único que sucede es que quien camina poco, parece más cercano a lo razonable, a lo que Dios manda y por ello nos parece más aceptable y compatible con lo que proclama la Iglesia. El que camina mucho, se le nota mucho más lo alejado que está de la naturaleza del hombre, de su verdad y es más fácil ver que el catolicismo no puede ser compatible con ello. Lo que pretenden liberales a los que he leído y admiro es poner puertas al campo y pensar o defender que se puede quedar uno en el kilómetro uno, que no es necesario y se puede prohibir llegar al cien en el camino liberal.

Pero eso no pasa. Si uno se queda en el kilómetro uno no es por liberal, es por católico o, más general, por la ley natural que le dice que, de acuerdo, en principio, con esto, pero eso otro no puedo defenderlo porque es mucho. El camino liberal, equivocado, sin embargo, es coherente… dado que nadie puede prohibir ni mandarme nada, mi voluntad es soberana y absoluta, no hay forma de quedarse en un kilómetro determinado si no tenemos bien anclada nuestra alma, nuestra voluntad, nuestra naturaleza a la verdad. La verdad es el freno. Pero es el freno para alejarnos de un camino que, desde el inicio, lleva a la dirección equivocada.

La tarea inteligente para los católicos hoy no es demoler el marco liberal, sino recordarle los presupuestos antropológicos que lo sostienen: que existe una naturaleza humana, que hay bienes objetivos, que la libertad no se crea a sí misma, y que los derechos descansan sobre un orden previo que no depende del consenso. Todo esto, lejos de ser un gesto antiliberal, es el único modo de salvar lo mejor del liberalismo de su propia deriva.

Este punto de Gumpert revela, de nuevo, su coincidencia con Llorente tal y como he entendido su artículo pues incide en el mismo punto anterior. Existe un bien, existe una naturaleza humana querida por Dios se pongan como se pongan los demás, la libertad ni es un fin ni se crea por sí misma sino que forma parte de la naturaleza del hombre y es un medio para ayudar a nuestra voluntad a elegir ese Bien al que estamos llamados, y los derechos descansan en el orden querido por Dios, no inventado por nosotros (aquí Hayek se revelaría y nos diría, equivocadamente, que tenemos los valores morales que tenemos no por un tal Dios, sino por evolución).

En lo que se equivoca, sin embargo, es que sí es un gesto antiliberal pues el liberalismo se opone a todo ello. En otras ocasiones he dicho que debemos defender la libertad, no el liberalismo. Lo repito pues no son lo mismo.

Cierra su artículo la señora Gumpert con dos párrafos. El primero vuelve a asumir una intención y conclusiones del artículo de Llorente que, realmente, creo que ni están ni él las suscribe (recuerdo que no le conozco y no he hablado con él de este tema, es mi conclusión de la lectura del artículo de Llorente).

El segundo párrafo de la conclusión nos dice que

El cristianismo no se juega su futuro en su oposición frontal al orden de libertades contemporáneo, sino en su capacidad para fundamentarlo de nuevo sobre una antropología verdadera. No necesita menos libertad. Necesita más verdad. Y la verdad —como enseñó siempre la Iglesia— no se impone por choque cultural ni por ropajes pseudointelectuales, sino por su capacidad de iluminar la vida concreta de los hombres.

No es el cristianismo quien se juega su futuro en la capacidad de fundamentar el orden de libertades en una antropología verdadera, sino el liberalismo. En primer lugar, el futuro del cristianismo está asegurado por Cristo mismo, pero no vamos a meternos ahí. En segundo lugar, la antropología que la Iglesia defiende desde siempre sigue siendo la misma y, cuando los políticos y gobernantes, hacen algo de caso las leyes y justicia se hacen acordes con la ley natural y el cristianismo sigue floreciendo. Es el liberalismo, sin embargo, quien lo tiene crudo si ha de volverse a una antropología verdadera, pues va contra su esencia. Si el liberalismo deja de defender que no existe el bien, si deja de defender que sólo hay intereses individuales y que nada, nadie ni Nadie puede decir nada al respecto, entonces deja de ser liberalismo. Si el Real Madrid empieza a vestir de azul y grana, a cantar el Tot el camp, llama a su estado Nou Camp y se van a Barcelona, dejará de ser el Real Madrid y será otra cosa.

Por supuesto que el cristianismo no necesita menos libertad, no pide menos… lo que pide es que la libertad está basada en la verdad pues es la que nos hará libres. Libres de verdad. Y es esto, entiendo yo, lo que los católicos debemos defender, no el liberalismo cuya libertad no lo es y lleva a un camino al que no queremos ir.

Recuerdo nuevamente que creo que el problema en todo este asunto es que los católicos que, como yo hace unos años, pensamos que podemos defenderlo y asumir que no hay problema en ser católicos porque creemos que ese liberalismo se circunscribe, básicamente, a bajos impuestos, estado pequeño, con poca deuda y déficit público, etc. Yo me llevé la gran sorpresa cuando leí a Mises hablando sobre los recién nacidos, a Hayek defendiendo que unas vidas valen más que otras y, bueno, a Rothbard con todo lo demás. La conclusión obvia era ¿qué tiene esto que ver con el catolicismo, en qué modo es compatible? La respuesta también lo era: en nada.

Un fuerte abrazo a todos


Miguel de Juan Fernández
ARGOS- VALUE FUND

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