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                                           FERNANDO ESTEVE MORA
 
Supongamos dos campos de la misma extensión, pongamos que de 10 hectáreas cada uno. Se encuentran en la misma zona, de modo que "sufren" (los agricultores siempre sufren tanto por las inclemencias del tiempo como por sus "clemencias") las mismas condiciones climáticas. Sin embargo, uno de ellos es de buena tierra, en tanto que la del otro ni mucho menos es tan buena: demasiadas piedras. Ambos campos se dedican a lo mismo, pongamos que al mismo tipo de trigo y también que sus respectivos dueños les dedican el mismo tiempo y demás "factores de producción" (semillas, fertilizantes, horas de tractor, sembradora y cosechadora, salarios por el trabajo ajeno, etc.) al uno que al otro, pero ¡claro! la productividad en términos de quintales de trigo recogidos no es la misma en uno que en otro campo. Por seguir con el ejemplo, digamos que el dueño del campo bueno, del de la tierra fértil, recoge 5 toneladas en cada una de sus hectáreas en tanto que el del campo malo sólo recoge 3. Es decir que el del primer campo obtiene una producto total de 50 toneladas de trigo en tanto que el del campo malo recoge 30 toneladas.

Ahora, si el precio del trigo está en los 250€ por tonelada, ello significaría que los ingresos brutos del dueño del campo bueno ascienden a 1250€ en tanto que los del dueño del campo malo  sólo son de 750€. Si, ahora para acabar suponemos que todos los costes de producción (es decir, incluyendo el coste de oportunidad que para cada agricultor tiene el tiempo dedicado a esa su actividad)  han ascendido a unos 750€, se tiene que el ingreso neto del dueño del primer campo, el bueno, ascienden a 500€ en tanto que los del dueño de segundo campo, el del malo son... 0€, lo "comido por lo servido", no ha tenido ingresos netos, netos por encima de todos sus costes, o sea, ingresos netos en términos económicos no contables, y le hubiera dado lo mismo ese año no haber sembrado  nada , dejar su campo en barbecho, y dedicarse a otra cosa, a su mejor opción alternativa.

Obsérvese que he hablado en el ejemplo anterior de ingresos netos y no he mencionado la palabra beneficios. Y eso es mucho más que una sutileza lingüística. Para los economistas clásicos, el ingreso neto del dueño del  campo fértil NO son beneficios, son unos ingresos realmente "no ganados" por ese dueño, no ganados no obviamente en el sentido de no percibidos o no ingresados sino en el sentido de que no responden a una actividad  suya, provienen de que la tierra de su campo es por causas naturales diferencialmente mejor que las del dueño del campo de peor tierra.  El propietario del campo bueno se apropia así, se "beneficia" por el mero hecho de ser su dueño de algo de lo que él no es responsable y sí la "Naturaleza".

LLamar a esa remuneración extra o excedentaria "beneficio" les pareció a los economistas clásicos, obviamente, un abuso del lenguaje pues nada tenía que ver esa remuneración, ese ingreso, con los beneficios que un empresario/capitalista obtiene por el uso de su tiempo y de su capital en una actividad productiva. Los beneficios es aquella parte de los ingresos que compensan el coste de oportunidad en que incurre el empresario/capitalista por usar su tiempo y su capital en una determinada actividad productiva en vez de en su mejor alternativa. Por ello, para referirse a esos ingresoso o remuneración extra  en vez de beneficios los autores clásicos hablaron de renta, de renta diferencial de la tierra para ser precisos. Dicho de otra manera, y para acabar con nuestro ejemplo, el "beneficio" de los dos agricultores de nuestro ejemplo sería el mismo y equivaldría a lo que tiene que "sacar" de sus desvelos e inversiones para aceptar seguir estando en el tajo, es decir, a su coste de oportunidad; pero el dueño del primer campo obtiene una renta de 500€, al margen y por encima de sus beneficios,  por el mero hecho de ser el propietario del campo bueno, el de buena tierra, el más fértil. Por contra, el agricultor dueño del terreno malo no obtendría ninguna renta de la tierra, y sí beneficios en la medida que con sus ingresos pagase todos sus costes de producción incluidos sus costes de oportunidad.  

Una implicación económica importantísima que se sigue de esta distinción entre beneficios y rentas económicas es la de que si ahora aparece un Estado "depredador" como dicen los libertarios y le quita al propietario del suelo fértil la mayor parte de esos 500€ (hasta 499€, por poner un caso extremo) mediante impuestos, NADA,  nada de  nada pasaría a efectos económicos, pues al margen de su lógico cabreo y sus rezos para que en las próximas elecciones ganase Milei o uno de sus compañeros de viaje nacionales, a este propietario le seguiría interesando seguir cultivando su campo.

Y es que,  a diferencia de los beneficios, las rentas de la tierra son un excedente, no la remuneración que compensa un coste de oportunidad. En suma, que ese impuesto no tendría ningún coste de eficiencia.  No sería ineficiente pues no desincentivaría la actividad productiva ya que el agricultor todavía vería como más rentable seguir dedicándose a esa actividad en ese terreno que cualquier ocupación alternativa pues aún en el peor de los casos, si el estado le "quita" 499€, todavía seguir cultivando la tierra le es rentable pues no sólo le cubre TODOS sus costes sino que encima obtiene 1€ de renta económica, de excedente además de sus beneficios.  Y, por último, ¿sería ese impuesto expropiador  "injusto"? Eso no sería una cuestión "económica" sino moral, a la que podría responderse cuestionando si es de justicia que un ser humano se apropie para sí lo que la Naturaleza ha dado a todos los seres humanos.

Por supuesto que los economistas neoclásicos, la ortodoxia de nuestro tiempo,más que oponerse se olvidaron de  esta forma de analizar las cosas. Para ellos, diferenciar entre rentas de la tierra y beneficios empresariales o remuneración del capital no tenía demasiado sentido y esa distinción la han perdido.

Y, ahora, un salto no muy complicado de dar. En vez de considerar un asunto microeconómico como los dos campos de trigo con sus dos propietarios, consideremos ahora dos países con sus dos naciones, pero sigamos suponiendo que son similares si se quiere en todo salvo que, a uno de ellos, la Naturaleza le ha otorgado el don de unos grandes yacimientos de gas y petróleo, en tanto que al otro nada de nada: sólo desierto. Ni qué decir tiene que el PIB y la renta per capita serían muchísimo más elevados en el primero que en el segundo de estos países. Pero, de nuevo, sería un error conceptual y peligroso a largo plazo considerar que ese PIB y esa renta nacional más elevados del país afortunado se descompone sólo en salarios y beneficios brutos (o excedente bruto de explotación empresarial), pues una buena parte de esos "beneficios", la mayor parte, no serían beneficios sino un tipo de renta de la tierra, una renta del petróleo, fruto no del esfuerzo de los propietarios de los yacimientos, de su trabajo y de sus inversiones, sino fruto de ese don que la Naturaleza le habría hecho gratuitamente a esa nación. Un don nadie sabe si merecido o no, si justo o no, si es que esa noción tiene aquí algo de sentido (aunque seguro que habría una religión que sí lo supondría).

Y confundir las rentas del petróleo con  beneficios sería algo extraordinariamente peligroso, pues ese don de la naturaleza está limitado, y tarde o temprano su extracción acabará acabándolo, a efectos económicos, por lo que a menos que los dirigentes y ciudadanos de ese petroestado sean conscientes de esa diferencia conceptual entre beneficios y rentas económicas acabarán, una vez hubieran agotado sus yacimientos, tan pobres como sus vecinos, aquellos a los que los dioses de salida no les habían donado sino arena y pobreza.

No han sido por tanto nada tontos económicamente hablando los petroestados del Golfo Pérsico cuando desde hace años están tratando de preparase para el inevitable futuro en que las rentas del petróleo, la base todavía de su bienestar y riqueza, se desvanezcan, se disipen. Y llevan tiempo financiando a partir de esas rentas sus más o menos exitosos intentos de convertirse en hubs logísticos y financieros y en elitistas destinos turísticos que les permitan mantener su "status" económico cuando dejen de ser petroconomías.

Y pasemos ahora a España. ¿Es la economía española una economía rentista semejante a las petroeconomías del Oriente Medio? Y la respuesta ha de ser obligadamente positiva, aun con obvios matices y considerandos: positiva ente comillas. La razón, es que que si se miran bien las cosas, es decir, si se miran desde una perspectiva económica  no parece exagerado decir que el sol y la playa juegan en España un papel económico parecido al que juegan el petróleo y el gas en los petroestados, porque -dejémos de engañarnos- es el sol y las playas el activo básico que atrae a turistas y jubilados y otros residentes extranjeros a nuestro país. Cierto que la economía española está mucho más diversificada de lo que lo están las petroeconomías  del Oriente Medio, pero no se puede olvidar que ya  el peso del turismo en el PIB español se estima en torno a un 15-16% (si se tienen en cuenta sus efectos indirectos), casi el peso que el petróleo tiene en la actualidad en el PIB de la economía de Arabia Saudí si bien muy lejos del  40-44% del peso que el petróleo tiene en Kuwait o Irak. Pero no hay que olvidar que España es la segunda potencia turística mundial, tras de Francia en número de visitantes y tras los EE.UU. por ingresos, y es obvio que su PIB per capita es mucho más bajo que el de esos dos países. No, la economía española no es una "turistieconomía" como lo son las "petroeconomías" pero nadie puede negar que es un sector básico o central de la misma.  Al igual que las petroeconomías obtienen un tipo especial de rentas de la tierra, las rentas del petróleo,  España obtiene también otro tipo particular de rentas de la tierra, unas rentas del sol y las playas por el !don" de ocupar un espacio geográfico muy especial. En suma que  España es, no equiparablemente, pero sí  en  buena medida una economía rentista  de tipo servil (dediqué esta entrada a explicar qué es una economía no de servicios sino  servil: https://www.rankia.com/blog/oikonomia/1548379-espana-economia-servil) en tanto que las petroeconomías del Medio Oriente son economías rentistas de tipo extractivo.

Con una diferencia. Y es que  en tanto que las dictaduras de los petroestados no han dudado en apropiarse de buena parte de las rentas del petróleo para financiar sus intentos de diversificación económica (con éxitos notables como en Dubai), la simple propuesta de que el Estado español se apropiase de buena  parte de las rentas diferenciales del sol y playa, de las rentas turísticas, que no de los beneficios del sector, para financiar una mayor diversificación de la economía española sería considerado no sólo una herejía económica sino como un auténtico robo por parte de los empresarios rentistas del sector (sólo hay que oír cómo se ponen sus economistas cuando alguna administración local impone alguna medida fiscal  tan paniaguada como una pequeña tasa turística para financiar los costes que le supone el turismo) . Todo lo contrario, la ortodoxia de la que hacen gala todos los voceros del sector, incluso dentro del gobierno central, se felicitan alborozados por los...¡97 millones!  de turistas del año pasado y sueñan con que esa cifra crezca imparablemente (¡como si fuesen pocos y la congestión no fuese ya insoportable!) y que pronto el peso de sector turístico en el PIB ascienda al 17 o al 18% o más. Está más que claro que, para ellos, el turismo es la proverbial gallina de los huevos de oro a la que habría que cuidar cueste lo que cueste se oponga a ello quien se atreva a oponerse.

Pero, ¿por qué tales deseos de los prohombres del sector son estupideces e insensateces? ¿por qué el objetivo del Estado español debería ser no el crecimiento sino el decrecimiento y no sólo en términos relativos sino absolutos del sector turístico? Pues por la misma y sencilla razón de que igual que el petróleo se les va a acabar como gran fuente de recursos a las actuales petroeconomías, también el  don del "sol y playa" del que ha disfrutado la economía española va a dejar de ser un motor básico de nuestra economía y no por los evidentes desastres económicos y estéticos que ha supuesto la turistificación masificada de la costa y de muchas ciudades españolas desde los años 60 del siglo pasado sino por la ineludible acción del cambio climático.

No, el  Sol todavía no se va a "agotar" como sucederá con el petróleo de extracción económicamente viable en Oriente Medio. Todo lo contrario. Lo que ya sabemos con certeza que va a ocurrir es que el calor asociado al efecto invernadero  va a volver  insufribles en unos 20-30 años los cada vez más largos veranos en buena parte de nuestro país, así como el crecimiento del nivel de nuestros mares se va a llevar más pronto o más tarde las playas por delante. Las consecuencias obvias es que el sector turístico se hundirá con unos efectos brutales sobre la economía española, a menos que desde ya -y al igual que están haciendo los petroestados para anticiparse a la inevitable exhaustión de las rentas de su petróleo- la economía española cambie y se aleje radicalmente de su deriva actual hacia una economía rentista de tipo servil.

Dedicar más recursos a levantar más urbanizaciones, a "desarrollar" más "espacios" naturales, a promover un sector turístico de tamaño ya absurdo (como si las calles, las plazas o las playas fuesen de chicle o plastilina y se pudiesen estirar) que, además deacabar con nuestras playas  está destrozando y haciendo invivibles nuestras ciudades convertidas en máquinas para hacer dinero es un absurdo económico y más sabiendo el futuro que se nos viene encima. Y la Economía ofrece el mecanismo para cambiar en la dirección correcta. Sin contemplaciones ha de penalizar a los  "empresarisos" rentistas del sector turístico y estimulara a los empresarios de otros sectores no rentistas que faciliten la vida de los ciudadanos en ese ominoso futuro que nos espera.
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