FERNANDO ESTEVE MORA
Una de las "teorías" más importantes de la psicología freudiana es la que defiende que los seres humanos (aunque esta "teoría" se suele referir primordialmente a los varones no para las mujeres) esconden un anhelo o deseo profundo de "matar a sus padres", un deseo que si bien pocas veces lo suelen llevar a la realidad como parricidio, sí que para Freud era necesario satisfacer al menos simbólicamente. Y es que, si bien "matar físicamente al padre", o sea, realmente, pudo quizás haber sido necesario en los albores de la humanidad, al menos hacerlo simbólicamente, como rebelión triunfante frente a la autoridad paterna, sería siempre la condición necesaria, imprescindible, para que los hijos encontrasen expédito el camino a su madurez, su independencia y su autonomía personal, su individualidad como personas.
Creo que Freud estaba equivocado, que sus teorías son -como dijo Borges- literatura fantástica, y de la buena, por cierto. Y como economista también sé que Freud se equivocaba, que la mayoría de los hijos no desean "matar a los padres" ni real ni simbólicamente, pues los padres -al menos en la inmensa mayoría de los casos- son extremadamente valiosos para sus hijos. Sólo en casos muy especiales, a los que desde la obra de Guido Calabresi se conoce como Elecciones Trágicas (Tragic Choices) por sus resonancias con las tragedias griegas, los individuos pueden plantearse la posibilidad de tener que acabar con la vida de sus padres.
Pero, aunque sólo sea por eso de dejarse llevar por el gusto de razonar, planteemos las cosas de forma un poco diferente. En vez de hablar de "matar a los padres biológicos o legales" , hablemos de "matar a los padres políticos", o sea a los suegros. Y el simple cambio de adjetivo modifica y mucho las cosas, pues es que muy frecuentemente el suegro, la suegra o ambos son percibidos por sus yernos o nueras como no-valiosos, o incluso con un valor negativo, es decir como un obstáculo, un impedimento a su felicidad, y en consecuencia, no es ni tan raro ni suena tan extraño saber de yernos o nueras que si bien obviamente nunca llegarían al extremo de matar a sus suegros o desearían que eso sucediese o no les importaría (no sentirían) nada si esos ocurriese.
Para la Economía, los seres humanos son seres deseantes, su objetivo es maximizar su bienestar, y en ese camino se encuentran con restricciones, restricciones que les obligan a actuar racionalmente,eficientemente. La versión más limitada de esta perspectiva economicistas alude a la restricción monetaria o financiera que afecta a la mayor parte de la gente en una economía de mercado a la hora de conseguir los bienes y servicios cuyo consumo le permite alcanzar la satisfacción de sus necesidades. Sencillamente, la mayor parte de la gente desearía tener más dinero para comprar los bienes que estima que necesita para estar mejor, y ello la obliga a vender su tiempo en el mercado de trabajo. Pero incluso los muy ricos, los elonmusks y demás mangantes están también restringidos, pues aunque tengan todo el dinero necesario para comprar todo lo que se les pase por sus cabezas, carecen sin embargo del tiempo necesario para disfrutar de sus posesiones pues, a diferencia del dinero, el tiempo es un recurso que está igualitariamente distribuido: da igual lo poderoso o rico que sea uno, sus días, como los de todos y cada uno del resto de seres humanos, tienen exactamente la misma duración. Nadie puede comprar segundos, minutos u horas suplementarios. Para todo el mundo la duración de cada día de la vida es la misma: 24 horas.
Pero desde esta perspectiva economicista, está claro que lo racional económicamente hablando es para todo individuo el tratar de eliminar o de desembarazarse de cualesquiera restricciones a su deseo de satisfacer sus necesidades, de maximizar su bienestar. Y ahí es donde entran los suegros. Y es que, resulta obvio, no diré para todos, pero sí que para algunos o muchos yernos y nueras, los suegros son claramente una restricción, un obstáculo, a la consecución de su felicidad, de modo que es "natural" y "lógico" el desear que desaparezcan, o sea, que mueran. Eso les dejaría por fin a los yernos y nueras el disfrute de sus herencias sin tener que esperar y sin el menor coste emocional o psicológico, pues a diferencia de los hijos biológicos, los yernos y nueras no es infrecuente que no tengan un apego emocional con sus padres políticos. Así que, para los economistas, es evidente que Freud se equivocaba, que el "matar al padre político" (o a la suegra, o a ambos) puede ser un deseo natural si los suegros tienen alguna riqueza heredable (p.ej., una vivienda en estos tiempos de escasez), tan "natural" económicamente hablando como lo es el desear que los precios bajen o que a uno le suban el sueldo o le toque la lotería.
Ahora bien, esta perspectiva económica que contempla a los suegros como restricción para la libertad positiva de yernos y nueras, es decir, de su libertad PARA realizar sus propios fines, no es sino un ejemplo más de una realidad, la realidad de que, económicamente hablando, los individuos en todas las sociedades masificadas e individualistas - como lo son las sociedades de mercado- son en su mayor parte objetos, no sujetos, los unos para los otros. Es decir, que salvo cuando existe una relación afectiva positiva (o sea, amor en sentido amplio) entre los individuos que hace a cada cual ver a los otros como sujetos, los demás pueden ser en muchas situaciones para cualquiera objetos , impedimentos, que dificultan o restringen la persecución de los propios fines. Meros obstáculos que estaría bien librarse de ellos.
Cierto. Y es difícil el negarlo. ¿Quién en un atasco de tráfico o en una cola no ve a los demás como obstáculos, como objetos indeseables y no como sujetos? Esta cosificación de los demás, explica lo que ya Nietzsche había observado, y es que amamos mucho más a los demás si están lejos que si están cerca. Es esa cosificación la que está en la base de múltiples dilemas morales, pues está claro que la cosificación del otro el paso de considerarlo un sujeto a un objeto supone su desvalorización , que puede ser tan profunda como para considerar que tiene un no-valor o un valor negativo, es decir que es un obstáculo, por lo que lo mejor sería que desapareciera.
Pero está claro, y resulta obvio, no todos los objetos son obstáculos. Los bienes y servicios que compramos en los mercados son objetos valiosos. En consecuencia también, para esta perspectiva economicista y cosificadora, los demás, los otros, pueden, aún sin dejar de ser meros objetos, ser no impedimentos no valiosos sino medios, instrumentos, herramientas para que cada cual satisfaga sus particulares fines. Sería el caso inverso al de "matar al padre político" sin llegar al caso de "matar al padre biológico". Para el propietario de esclavos, cierto " bienestar" en sus esclavos es -mientras que le sean útiles- una condición para la satisfacción de sus necesidades, del esclavista.
Ni qué decir tiene que al igual que desde el Derecho, la policía y los jueces en interés público persiguen la realización de los deseos de matar a los suegros que pueden anidar oscuramente en algunos o muchos de yernos y nueras, también los Estados han ido acotando la posibilidad de convertir a los demás en medios o instrumentos para la satisfacción de los fines de otros. La esclavitud, el caso extremo de esta cosificación de los otros, está prácticamente proscrita en casi todo el mundo. Pero resulta claro que uno de los claros exponentes del ascenso en civilización es la creciente puesta en cuestión de los procesos de objetivación o cosificación de otros seres humanos, de modo que frente a los relativistas culturales, puede decirse sin temor ninguno que una cultura es obviamente inferior a otra si tolera o ampara la esclavitud, pero también si no restringe o regula las relaciones laborales pues en ellas es obvia la presencia de objetivación y cosificación. En efecto, y como es obvio, en los mercados de trabajo si bien ya no se compran y venden los seres humanos como esclavos, sí que se vende un "objeto": la fuerza de trabajo de los trabajadores.
Dicho en jerga económica, en los mercados de trabajo unos individuos venden parte de su tiempo de vida a otros a cambio de una remuneración, y en la medida que lo hacen aceptan verse reducidos al papel de objetos para otros, sus empleadores, pues durante el tiempo que su tiempo ya no es suyo dejan de ser sujetos, dejan de tener agencia, son meros objetos o medios. Para el liberalismo económico esto no plantea ningún problema siempre que ese intercambio sea voluntario y, más bien, es una situación deseable, defendible, pues ese intercambio posibilita el que todos quienes en él participan satisfagan mejor sus fines u objetivos. La libertad de intercambiar en los mercados de trabajo es así, para los liberales, un ejemplo de lo que se conoce, a partir de Isaiah Berlin, como libertad positiva o libertad para buscar la propia felicidad. Restringir esa libertad sería correspondientemente condenable.
And yet, and yet... Nadie puede negar que pese a la voluntariedad con la que los trabajadores venden su fuerza de trabajo en los mercados no es lo que más desearían, en la medida que preferirían no hacerlo, preferirían no tener que hacerlo, preferirían no verse "obligados" a hacerlo. Y es que es natural que nadie quiera verse reducido a ser una cosa, un objeto para otros, objeto útil, sí, pero objeto al fin y al cabo. Restringir esa "necesaria" objetivización, regular los mercados de trabajo, aparece pues como algo defendible en sí.
Dicho de otra manera, frente a la libertad positiva o libertad PARA satisfacer los propios fines que el liberalismo proclama como objetivo a defender y que se concreta en la defensa de la libertad de mercado, de comprar y de vender lo que uno crea que más le conviene a sus intereses, se ha ido enarbolando la libertad negativa, o libertad DE la dominación como modo de impedir la conversión de los seres humanos en objetos, en instrumentos para otros.
La libertad como ausencia de dominación es una de las características definitorias de lo que se conoce en teoría política como republicanismo. Esta perspectiva republicana choca de frente con el neoliberalismo en la medida que éste, si bien acepta lo que aceptó a regañadientes el liberalismo clásico o sea, la abolición de la esclavitud, en la medida que esta se contemplaba como una restricción en último término a la libertad de comercio, no se opone por lo general a ir más allá en la implementación de restricciones a la conversión de los seres humanos en medios o instrumentos.
Y es que, resulta obvio, y merece la pena repetirlo, en las sociedades de mercado los individuos menos pudientes se ven no obligados, pero sí forzados a convertirse en medios, en instrumentos para los otros, los poderosos y pudientes. Los trabajadores no son esclavos, cierto, pero no son autónomos pues sin vender su tiempo de vida en los mercados de trabajo sencillamente no pueden vivir. Su realidad económica les obliga aceptar por lo tanto su sumisión, su dominación. Por eso, el republicanismo político al exigir que se ponga la libertad negativa como ausencia de dominación por encima de la libertad positiva de contratación o de compraventa defiende la implementación de políticas económicas como la de la renta garantizada universal como manera de evitar que haya individuos que se vean forzados a asumir su sumisión, su transformación no deseada en objetos, en medios o instrumentos para que otros, los pudientes, puedan disfrutar de su libertad positiva para hacer con su dinero lo que les venga en gana.
Finalmente, y es de justicia hacerlo, ha de señalarse el caso, no único o excepcional, pero sí raro de economista neoliberal que ha aceptado una posición republicana por encima de su liberalismo radical. Se trata del austríaco Hayek quien siendo consciente de esta situación y oponiéndose al resto de sus camaradas en la lucha contra las restricciones al libre mercado, aceptó la necesidad de algo semejante a una renta garantizada universal como medio para impedir la sumisión, la dominación, que el libre funcionamiento de los mercados suponía para la mayoría de la población trabajadora.
Una de las "teorías" más importantes de la psicología freudiana es la que defiende que los seres humanos (aunque esta "teoría" se suele referir primordialmente a los varones no para las mujeres) esconden un anhelo o deseo profundo de "matar a sus padres", un deseo que si bien pocas veces lo suelen llevar a la realidad como parricidio, sí que para Freud era necesario satisfacer al menos simbólicamente. Y es que, si bien "matar físicamente al padre", o sea, realmente, pudo quizás haber sido necesario en los albores de la humanidad, al menos hacerlo simbólicamente, como rebelión triunfante frente a la autoridad paterna, sería siempre la condición necesaria, imprescindible, para que los hijos encontrasen expédito el camino a su madurez, su independencia y su autonomía personal, su individualidad como personas.
Creo que Freud estaba equivocado, que sus teorías son -como dijo Borges- literatura fantástica, y de la buena, por cierto. Y como economista también sé que Freud se equivocaba, que la mayoría de los hijos no desean "matar a los padres" ni real ni simbólicamente, pues los padres -al menos en la inmensa mayoría de los casos- son extremadamente valiosos para sus hijos. Sólo en casos muy especiales, a los que desde la obra de Guido Calabresi se conoce como Elecciones Trágicas (Tragic Choices) por sus resonancias con las tragedias griegas, los individuos pueden plantearse la posibilidad de tener que acabar con la vida de sus padres.
Pero, aunque sólo sea por eso de dejarse llevar por el gusto de razonar, planteemos las cosas de forma un poco diferente. En vez de hablar de "matar a los padres biológicos o legales" , hablemos de "matar a los padres políticos", o sea a los suegros. Y el simple cambio de adjetivo modifica y mucho las cosas, pues es que muy frecuentemente el suegro, la suegra o ambos son percibidos por sus yernos o nueras como no-valiosos, o incluso con un valor negativo, es decir como un obstáculo, un impedimento a su felicidad, y en consecuencia, no es ni tan raro ni suena tan extraño saber de yernos o nueras que si bien obviamente nunca llegarían al extremo de matar a sus suegros o desearían que eso sucediese o no les importaría (no sentirían) nada si esos ocurriese.
Para la Economía, los seres humanos son seres deseantes, su objetivo es maximizar su bienestar, y en ese camino se encuentran con restricciones, restricciones que les obligan a actuar racionalmente,eficientemente. La versión más limitada de esta perspectiva economicistas alude a la restricción monetaria o financiera que afecta a la mayor parte de la gente en una economía de mercado a la hora de conseguir los bienes y servicios cuyo consumo le permite alcanzar la satisfacción de sus necesidades. Sencillamente, la mayor parte de la gente desearía tener más dinero para comprar los bienes que estima que necesita para estar mejor, y ello la obliga a vender su tiempo en el mercado de trabajo. Pero incluso los muy ricos, los elonmusks y demás mangantes están también restringidos, pues aunque tengan todo el dinero necesario para comprar todo lo que se les pase por sus cabezas, carecen sin embargo del tiempo necesario para disfrutar de sus posesiones pues, a diferencia del dinero, el tiempo es un recurso que está igualitariamente distribuido: da igual lo poderoso o rico que sea uno, sus días, como los de todos y cada uno del resto de seres humanos, tienen exactamente la misma duración. Nadie puede comprar segundos, minutos u horas suplementarios. Para todo el mundo la duración de cada día de la vida es la misma: 24 horas.
Pero desde esta perspectiva economicista, está claro que lo racional económicamente hablando es para todo individuo el tratar de eliminar o de desembarazarse de cualesquiera restricciones a su deseo de satisfacer sus necesidades, de maximizar su bienestar. Y ahí es donde entran los suegros. Y es que, resulta obvio, no diré para todos, pero sí que para algunos o muchos yernos y nueras, los suegros son claramente una restricción, un obstáculo, a la consecución de su felicidad, de modo que es "natural" y "lógico" el desear que desaparezcan, o sea, que mueran. Eso les dejaría por fin a los yernos y nueras el disfrute de sus herencias sin tener que esperar y sin el menor coste emocional o psicológico, pues a diferencia de los hijos biológicos, los yernos y nueras no es infrecuente que no tengan un apego emocional con sus padres políticos. Así que, para los economistas, es evidente que Freud se equivocaba, que el "matar al padre político" (o a la suegra, o a ambos) puede ser un deseo natural si los suegros tienen alguna riqueza heredable (p.ej., una vivienda en estos tiempos de escasez), tan "natural" económicamente hablando como lo es el desear que los precios bajen o que a uno le suban el sueldo o le toque la lotería.
Ahora bien, esta perspectiva económica que contempla a los suegros como restricción para la libertad positiva de yernos y nueras, es decir, de su libertad PARA realizar sus propios fines, no es sino un ejemplo más de una realidad, la realidad de que, económicamente hablando, los individuos en todas las sociedades masificadas e individualistas - como lo son las sociedades de mercado- son en su mayor parte objetos, no sujetos, los unos para los otros. Es decir, que salvo cuando existe una relación afectiva positiva (o sea, amor en sentido amplio) entre los individuos que hace a cada cual ver a los otros como sujetos, los demás pueden ser en muchas situaciones para cualquiera objetos , impedimentos, que dificultan o restringen la persecución de los propios fines. Meros obstáculos que estaría bien librarse de ellos.
Cierto. Y es difícil el negarlo. ¿Quién en un atasco de tráfico o en una cola no ve a los demás como obstáculos, como objetos indeseables y no como sujetos? Esta cosificación de los demás, explica lo que ya Nietzsche había observado, y es que amamos mucho más a los demás si están lejos que si están cerca. Es esa cosificación la que está en la base de múltiples dilemas morales, pues está claro que la cosificación del otro el paso de considerarlo un sujeto a un objeto supone su desvalorización , que puede ser tan profunda como para considerar que tiene un no-valor o un valor negativo, es decir que es un obstáculo, por lo que lo mejor sería que desapareciera.
Pero está claro, y resulta obvio, no todos los objetos son obstáculos. Los bienes y servicios que compramos en los mercados son objetos valiosos. En consecuencia también, para esta perspectiva economicista y cosificadora, los demás, los otros, pueden, aún sin dejar de ser meros objetos, ser no impedimentos no valiosos sino medios, instrumentos, herramientas para que cada cual satisfaga sus particulares fines. Sería el caso inverso al de "matar al padre político" sin llegar al caso de "matar al padre biológico". Para el propietario de esclavos, cierto " bienestar" en sus esclavos es -mientras que le sean útiles- una condición para la satisfacción de sus necesidades, del esclavista.
Ni qué decir tiene que al igual que desde el Derecho, la policía y los jueces en interés público persiguen la realización de los deseos de matar a los suegros que pueden anidar oscuramente en algunos o muchos de yernos y nueras, también los Estados han ido acotando la posibilidad de convertir a los demás en medios o instrumentos para la satisfacción de los fines de otros. La esclavitud, el caso extremo de esta cosificación de los otros, está prácticamente proscrita en casi todo el mundo. Pero resulta claro que uno de los claros exponentes del ascenso en civilización es la creciente puesta en cuestión de los procesos de objetivación o cosificación de otros seres humanos, de modo que frente a los relativistas culturales, puede decirse sin temor ninguno que una cultura es obviamente inferior a otra si tolera o ampara la esclavitud, pero también si no restringe o regula las relaciones laborales pues en ellas es obvia la presencia de objetivación y cosificación. En efecto, y como es obvio, en los mercados de trabajo si bien ya no se compran y venden los seres humanos como esclavos, sí que se vende un "objeto": la fuerza de trabajo de los trabajadores.
Dicho en jerga económica, en los mercados de trabajo unos individuos venden parte de su tiempo de vida a otros a cambio de una remuneración, y en la medida que lo hacen aceptan verse reducidos al papel de objetos para otros, sus empleadores, pues durante el tiempo que su tiempo ya no es suyo dejan de ser sujetos, dejan de tener agencia, son meros objetos o medios. Para el liberalismo económico esto no plantea ningún problema siempre que ese intercambio sea voluntario y, más bien, es una situación deseable, defendible, pues ese intercambio posibilita el que todos quienes en él participan satisfagan mejor sus fines u objetivos. La libertad de intercambiar en los mercados de trabajo es así, para los liberales, un ejemplo de lo que se conoce, a partir de Isaiah Berlin, como libertad positiva o libertad para buscar la propia felicidad. Restringir esa libertad sería correspondientemente condenable.
And yet, and yet... Nadie puede negar que pese a la voluntariedad con la que los trabajadores venden su fuerza de trabajo en los mercados no es lo que más desearían, en la medida que preferirían no hacerlo, preferirían no tener que hacerlo, preferirían no verse "obligados" a hacerlo. Y es que es natural que nadie quiera verse reducido a ser una cosa, un objeto para otros, objeto útil, sí, pero objeto al fin y al cabo. Restringir esa "necesaria" objetivización, regular los mercados de trabajo, aparece pues como algo defendible en sí.
Dicho de otra manera, frente a la libertad positiva o libertad PARA satisfacer los propios fines que el liberalismo proclama como objetivo a defender y que se concreta en la defensa de la libertad de mercado, de comprar y de vender lo que uno crea que más le conviene a sus intereses, se ha ido enarbolando la libertad negativa, o libertad DE la dominación como modo de impedir la conversión de los seres humanos en objetos, en instrumentos para otros.
La libertad como ausencia de dominación es una de las características definitorias de lo que se conoce en teoría política como republicanismo. Esta perspectiva republicana choca de frente con el neoliberalismo en la medida que éste, si bien acepta lo que aceptó a regañadientes el liberalismo clásico o sea, la abolición de la esclavitud, en la medida que esta se contemplaba como una restricción en último término a la libertad de comercio, no se opone por lo general a ir más allá en la implementación de restricciones a la conversión de los seres humanos en medios o instrumentos.
Y es que, resulta obvio, y merece la pena repetirlo, en las sociedades de mercado los individuos menos pudientes se ven no obligados, pero sí forzados a convertirse en medios, en instrumentos para los otros, los poderosos y pudientes. Los trabajadores no son esclavos, cierto, pero no son autónomos pues sin vender su tiempo de vida en los mercados de trabajo sencillamente no pueden vivir. Su realidad económica les obliga aceptar por lo tanto su sumisión, su dominación. Por eso, el republicanismo político al exigir que se ponga la libertad negativa como ausencia de dominación por encima de la libertad positiva de contratación o de compraventa defiende la implementación de políticas económicas como la de la renta garantizada universal como manera de evitar que haya individuos que se vean forzados a asumir su sumisión, su transformación no deseada en objetos, en medios o instrumentos para que otros, los pudientes, puedan disfrutar de su libertad positiva para hacer con su dinero lo que les venga en gana.
Finalmente, y es de justicia hacerlo, ha de señalarse el caso, no único o excepcional, pero sí raro de economista neoliberal que ha aceptado una posición republicana por encima de su liberalismo radical. Se trata del austríaco Hayek quien siendo consciente de esta situación y oponiéndose al resto de sus camaradas en la lucha contra las restricciones al libre mercado, aceptó la necesidad de algo semejante a una renta garantizada universal como medio para impedir la sumisión, la dominación, que el libre funcionamiento de los mercados suponía para la mayoría de la población trabajadora.