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EL DINERO Y EL ABURRIMIENTO: UNA RELACIÓN INESPERADA

                                                                  FERNANDO ESTEVE MORA

 

En estas largas y calurosas tardes de verano, no es infrecuente oír cómo aquellos que han dejado ya atrás su juventud recuerdan sus años de infancia y adolescencia como periodos en los que no se aburrían, en los que siempre tenían algo que hacer, en los que los grupos de amigos no conocían la acedía, por usar de una palabra clásica. Lo contrario, en una palabra a lo que observan en sus hijos en la segunda adolescencia o en la primera juventud. Siempre malhumorados, siempre aburridos...hasta que llega la noche y salen "de copas" o de otras cosas para, aturdiéndose lo más que puedan, olvidar el aburrimiento que les posee.

 

En su vida, dicen, las cosas no fueron así. Fue más adelante, bien avanzada la juventud,  cuando el aburrimiento, la insatisfacción y la búsqueda incesante de los medios para contrarrestarlas empezaron. Resulta curioso también observar que ese cambio se achaca al tránsito a la madurez, quedando así la infancia y la primera adolescencia como paraíso perdido.

 

Pues bien, al margen de la verdad que hay en esa amalgama de alteraciones físicas y psicológicas que le asaltan a uno cuando accede a la madurez, se olvida sin embargo la presencia de un cambio concomitante que quizás tenga algo o mucho que ver con todo eso. O sea, con esa "teoría sobre el aburrimiento" que comparten los padres con los vecinos de similar edad en estas calurosas tardes de verano. Y es que hay una transformación simultánea al paso de la infancia en sentido amplio a la madurez plena. Es la de empezar de pasar a  tener dinero, el tránsito que va de ser sólo un  consumidor a ser además un comprador.

 

Ahora bien, ¿cómo es posible que la posesión de dinero sea causa de insatisfacción, de aburrimiento o acedía si el dinero amplía, como dicen los economistas, la libertad de elegir, y por tanto permite satisfacer en mayor medida las necesidades todas incluidas las de diversión? La respuesta es muy simple y la proporciona Philip Slater en su libro Wealth Addiction, donde estudia el afán por "progresar" económicamente como un proceso semejante al que conduce de una situación en que se usa de una droga con fines recreativos a la situación en que se está "enganchado". El dinero sería así como la heroína o la cocaína. Primero, su uso  estimula o satisface en la medida que sirve para satisfacer necesidades o disfrutar del consumo de bienes y servicios a los que sólo se puede acceder gracías o a través de él. Luego, como pasa con las demás drogas adictivas, su posesión  se convierte en necesidad imperiosa. Lo importante en ese estadio es tenerlo, aunque no se sepa para qué. Y en ese sentido, no hay límites a la cantidad que se quiera de él.

 

La posesión de dinero dirige, por otro lado,  a los individuos al mercado como lugar donde  satisfacer sus necesidades. Es decir, el tener dinero no sólo permite sino que incita o estimula a los individuos a comprar lo que otros producen como medios de diversión. Dicho de otra manera, la posesión de dinero dirige a los individuos al mercado y cuanto más dinero tengan mayor es su libertad de elección EN el mercado, pero al dirigir a los individuos al mercado como “lugar” donde encontrar sus medios de satisfacción dejan de lado, o sea,  abandonan, otros “lugares” o fuentes de satisfacción que no requerían de tener dinero.

 

Slater pone el ejemplo de la decisión de cómo pasar una tarde de domingo. La pregunta es qué hacer. Pues bien, si no se dispone de dinero, la pregunta entonces pasa a ser otra: ¿cómo inventarse algo para divertirse?. Si se tiene dinero, la pregunta pasa a ser, por el contrario, ¿cómo o dónde gastarlo?, o sea,  qué película elegir, a qué centro comercial acudir, a qué bar ir a tomarla,... La primera pregunta es la típica de la infancia, y se refleja en esas imágenes de grupos de niños o adolescentes dando vueltas por ahí, jugando entre ellos aunque sólo sea a darle patadas a un bote, empujándose o embromándose  o sencillamente haciendo el "ganso". O sea, haciendo esa miríada de cosas que caben en la típica respuesta que, a la pregunta de los padres acerca de qué han estado haciendo y por dónde, responden enigmáticamente con un: "Nada. No hemos hecho nada. Sólo hemos estado por ahí. "La segunda pregunta se resuelve en las colas de los cines, las bolsas de palomitas, etc. Sin dinero, los individuos utilizan un modo autónomo de satisfacer sus necesidades de diversión, con dinero, un modo al que por contraste podemos denominar heterónomo.

 

Dos elementos adicionales hay aquí que incluir. Por un lado está la cuestión del grado de satisfacción alcanzado en uno y otro sistema. Que ambos sistemas no son perfectamente sustituibles es claro, y si bien el modo heterónomo, aquel que usa de la especialización y la división del trabajo de forma generalizada puede ser y es muy efectivo en muchas circunstancias ( el disfrute que proporciona observar el trabajo de artistas especializados en un circo, en un teatro, en un restaurante, etc,) no se puede olvidar que la puesta en ejercicio de las propias capacidades autónomas es en sí una fuente de satisfacción. Dicho con otras palabras, cuando se usa del modo heterónomo uno se convierte en un consumidor pasivo de lo que otros han creado, en tanto que cuando se usa del modo autónomo el disfrute acontece por dos vías, por la del consumo y por la de la producción en la medida que uno participa activamente en la creación de la propia diversión.

 

Pero además, y por otro lado, ocurre que la posesión de dinero descapacita o empobrece en la medida que si no se usa el modo autónomo, se deprecia al igual que las habilidades de un artesano se marchitan si no se utilizan, con lo que desaparece esa gran fuente de satisfacción asociada a la actividad quedando sólo la satisfacción que se deriva del consumo pasivo, sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes, y de ahí la sensación de que antes, de joven, cuando no se tenía dinero y había que inventarse cómo pasarlo bien, el mundo era más divertido.

 

Y la cosa me da la impresión que va para más. Los ahora mayores aún pueden echar de menos un paraíso perdido en que el aburrimiento no existía, en que la ausencia de dinero obligaba a "buscarse la vida" dándole a la imaginación. Los niños de hoy ya ni siquiera tendrán en el futuro un paraíso perdido. No es que se les vaya a expulsar antes de que lleguen a la madurez, sino que nunca habrán estado en ninguno. El suyo, el que les tenía que tocar por derecho inmemorial, les habrá sido robado por sus mismos padres que, en vez de "cortarse" y dejar a sus críos que  se diviertan como puedan, no les dejan sino que les aturden con diversiones de centro comercial. Se diría, incluso, que utilizan el consumo pasivo de sus hijos como señal de posición social, como sucede con las primeras comuniones y otras fiestas infantiles, que ya son solo escenarios en los que los padres compiten entre sí para ver quién  está más enganchado a un consumo adictivo y cada vez menos satisfactorio.

 

Nota: La presente entrada es un complemento "ligero" o "light" de otro post sobre el mismo tema :https://www.rankia.com/blog/oikonomia/428914-aburrimiento-perspectiva-economica

 

 

                                                                                FERNANDO ESTEVE MORA

 

 

 

 

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  1. Nuevo
    #1
    16/08/19 14:31

    Me recuerda a los viajes que hacía a los veintipocos, con un presupuesto de unos 30 euros día (transporte y alojamiento incluidos) había que echarle imaginación y nos pasaban cosas más dignas de contar que en los viajes de ahora.