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                             Fernando Esteve Mora

Uno de los fenómenos de que he sido consciente este verano es el de la creciente sustitución de los tradicionales abanicos por ventiladores portátiles o de bolsillo. Quizás sea yo muy tardo en observar estas cosas, estos cambios, quizás no, seguro, pero me da la impresión de que ha sido en este año cuando el uso de estos ventiladores de mano, que antes sólo veía en manos de japoneses y coreanos, ha saltado la barrera cultural-geográfica y se está extendiendo a gran velocidad en la población española.

¿Que opinar de eso? Para la mayoría de economistas, enamorados como si fueran adolescentes de cualquier nuevo cacharro que salga al mercado y tenga en él éxito de ventas, este cambio se juzga como un pequeño avance técnico y, consecuentemente, una mejora, un progreso por pequeño que sea en la senda ascendente de la Humanidad (¿hacia dónde? Pues de eso no suelen hablar). Una vez más,  vendrían a decir, otro viejo artilugio de una era preindustrial (ya van quedando pocos) dado que no usa energía no-humana como es el abanico y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos está siendo abandonado en favor de un pequeño cachivache que usa energía eléctrica y que es mucho más productivo en términos de  flujo de aire generado y de coste/esfuerzo físico para su usuario.

Cierto. Es indudable que el ventilador manual es mucho más eficiente que el abanico, medida esta eficiencia diferencial en términos del flujo de aire conseguido. Pero es  ahí precisamente donde en mi opinión está el problema que los economistas pasan sistemáticamente por alto, y que es el que las herramientas usadas por los seres humanos de otras épocas suelen tener más de un sólo uso, más de una utilidad, o por decirlo a la manera de los economistas clásicos, más de un valor de uso, de modo que su sustitución por instrumentos más modernos y "perfeccionados" técnicamente para uno en concreto de esos usos olvida la pérdida de las otras utilidades o valores de uso que el abandono de la vieja herramienta supone.

Concretamente, sin ser un experto en el tema, hasta yo me doy cuenta de que el abanico no sólo sirve para "abanicarse" sino que, al menos, cumple dos funciones adicionales que ningún ventilador de mano eléctrico puede satisfacer: Por un lado es un objeto en sí estético que la gente usa como objeto bello para las distintas funciones que los objetos artísticos son usados (cosa en la que aquí no voy a meterme). Y, en segundo lugar, el abanico es, o mejor, era todo un sistema de comunicación dotado de un lenguaje propio que los individuos, las parejas de enamorados normalmente pero no sólo ellas, usaban para trasmitirse mensajes cuando el uso de la palabra hablada les estaba vedado (en Internet hay varias páginas donde se enseña el diccionario de ese lenguaje).

Esos otros usos, esos valores de uso adicionales, desparecerán con la sustitución de los abanicos por los ventiladores de bolsillo. Y como tales pérdidas deberían contabilizarse a la hora de "medir" las ventajas, es decir, el progreso  resultante del "avance" técnico que suponen esos ventiladores. Es decir, que para que la sustitución de los abanicos por ventiladores manuales pudiera ser conceptuado como un progreso debería verse el resultado de la operación de "restar" a la eficiencia diferencial conseguida en la generación de flujo de aire las pérdidas de "eficiencia" diferencial  estética y comunicativa que tienen los abanicos sobre los ventiladores. Cosa obviamente difícil de calcular, lo reconozco. pero que al menos sirve para sembrar dudas en la fe del carbonero en el progreso técnico, en cualquier progreso técnico que caracteriza a los economistas.

Y lo que pasa con los abanicos pasa con otras muchas actividades humanas que experimentan los efectos de otros "avances técnicos". Algunas de importancia capital.

Veamos un avance técnico que hoy se ha convertido en imprescindible, aunque no hace veinte años ni siquiera existía: los teléfonos "inteligentes", los "smartphones" que nos han permitido una plétora de nuevos sistemas y formas de comunicación que están sustituyendo las interacciones directas interindividuales usando la palabra hablada en favor de la palabra escrita a través de un dispositivo electrónico. Pues bien, leo en  The Atlantic, un artículo de Olga Hkazan que señala que el número de palabras que la gente pronuncia cada día está disminuyendo rápidamente:

" …la gente ahora habla cada vez menos… Los psicólogos Valeria Pfeifer, de la Universidad de Missouri-Kansas City, y Matthias Mehl, de la Universidad de Arizona, analizaron datos de miles de participantes en Estados Unidos, México, Australia y Europa. Los sujetos llevaban consigo un dispositivo que grababa aleatoriamente fragmentos de su habla a lo largo del día. En 2005, cuando comenzaron los estudios, el número promedio de palabras que cada participante pronunciaba al día era de 16.632; en 2019, cuando concluyó la investigación, el promedio era de 11.900. Cada año, los participantes pronunciaron unas 338 palabras menos al día que el año anterior, lo que representa una disminución de aproximadamente el 28 por ciento durante todo el período"

 No es difícil imaginar lo que está sucediendo. Ese abandono en el uso del lenguaje hablado es consecuencia de una  variedad de actividades nuevas que los nuevos dispositivos técnicos facilitan pero que nos llevan a hablar cada vez menos: los omnipresentes  dispositivos digitales que miramos incesantemente en lugar de mirarnos y hablarnos los unos a los otros pues hay que darse cuenta de que hablar por wasap no es hablar, la sustitución de los cajeros personales por cajeros automáticos, el dejar de acudir a restaurantes (donde se ha de hablar con los camareros) a comer solo con Deliveroo, Globo,etc.

Obviamente, esos nuevos comportamientos y actividades que posibilitan los avances técnicos asociados a los "teléfonos inteligentes" se traducen en menos interacción social directa, en más aislamiento social. Y ello tiene consecuencias porque sucede que la interacción social también es un importante ejercicio para el cerebro. Cito de nuevo el artículo de Olga Hkazan :
" Cuando conversas, tu memoria de trabajo debe retener tanto lo que la otra persona te dice como lo que planeas responder. Una conversación cara a cara es aún más compleja: además, debes controlar tu postura corporal y tus expresiones faciales para reaccionar adecuadamente a lo que dice la otra persona... Cuando las habilidades de conversación se oxidan, otros procesos cognitivos también pueden deteriorarse, me comentó Pfeifer. Mucha gente tiene dificultades para mantener la atención, explicó, y esto podría deberse en parte a que ya no tenemos tantas oportunidades como antes para seguir una historia larga y compleja. Cuando gran parte de la comunicación se realiza digitalmente, añadió, “básicamente estamos delegando gran parte del funcionamiento de nuestro cerebro a un dispositivo”.

Una vez más lo mismo. Cierto, los dispositivos de comunicación permiten multiplicar la cantidad de comunicación y la audiencia que un comunicador puede trasmitir, son claramente un "avance" técnico en esas dimensiones pero ello se hace a un coste importante, creciente y no reconocido en otras importantes dimensiones, por lo que en absoluto está claro que sea un progreso. Aquellos que cada vez más miran con malos ojos todo eso que está pasando con las tecnologías informáticas de la información y comunicación no es que sean unos trasnochados nostálgicos de un pasado perdido para siempre, es posible que sean aún sin saberlo los mejores economistas 
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