Fernando Esteve Mora
Uno de los comportamientos sociales cuyo cambio que más me ha llamado la atención en los últimos tiempos ha sido el de lo que podríamos denominar una nueva tolerancia a las colas para entrar a lugares donde "antes" era inimaginable. Por ejemplo, y sobre todo, me llama y muy mucho la atención la cada vez más habitual existencia de colas para entrar en los bares por parte de la gente joven.
Y uno es que, en su ingenuidad, podría esperar que hubiesen colas para entrar a lugares de acceso muy deseado por un lado pero escasos por otro, y donde ese exceso de demanda se tradujese en la aparición de colas como mecanismo de racionamiento alternativo al "habitual" que no es otro que subir los precios para que la presión de los demandantes caiga. No me extenderá en este post por las razones económicas de que los bares y otros lugares en donde el acceso se regula por colas no se aprovechen de ese exceso de demanda y suban los precios, acabando así con las colas.
Pues bien, es obvio que si de algo está sobrado este país, es de bares. Cierto, no todos los bares son iguales y las colas para controlar el acceso no se dan en todos sino sólo en unos cuantos pero el que la gente esté dispuesta a perder su tiempo para acceder a esos para tomarse una cerveza me parece a mí y a los viejos del lugar, un novedosos y risible comportamiento. Y es que, para nosotros, repito que los más mayores, antes de esperar paciente o, más bien, impacientemente que el bar se vaciase un poco y te dejaran entrar en un bar, pues uno se iba a otro, pues a fin de cuentas la cerveza iba a ser la misma.
La lógica económica detrás de la disposición para hacer una cola está clara: uno hace cola si el valor adicional que para uno tiene en entrar en un determinado sitio, por ejemplo, un determinado bar , le compensa por el valor que para él tiene el tiempo adicional a pasar y perder en la cola. Y esa misma lógica económica predecía que, en la medida que el valor económico del tiempo crece en una economía en crecimiento donde la productividad del trabajo crece, la tolerancia a las colas debería disminuir en la medida que cada cual valorase más el tiempo malgastado o perdido haciendo una cola para entrar en un sitio a tomarse la misma cerveza que te ofrece el del bar de al lado. Pero es el caso de que la gente no lo está haciendo, o al menos esa es mi impresión, que acepta en mucha mayor medida hacer y estar en una cola.
Aceptando que mi impresión es correcta como hipótesis, y puestos a encontrar una explicación de esta nueva tolerancia a las colas por parte de la gente joven, de la que se puede presuponer que el valor de su tiempo es por término medio más alto que el de la gente mayor en la medida que tienen y pueden hacer más cosas/actividades con su tiempo, una explicación que he oído por ahí apunta a un cambio cultural asociado a la pandemia del COVID.
El argumento es muy simple y viene a decir que, como la mayor parte de hábitos se adquiere en la adolescencia y primera juventud, la gente que hoy hace colas sin que le lleven los diablos, la gente joven, lo hace porque adquirió esa tolerancia cuando se nos obligó a todos a guardar colas para evitar los contagios en los años de la epidemia. A los ya mayores por entonces, eso fue una imposición más o menos acatada pero que chocaba de frente con una intolerancia completamente interiorizada a perder el tiempo en una cola, pero para los más jóvenes por entonces, el hacer cola no chocaba con ninguna intolerancia a las mismas, sino que, por el contrario, se interiorizó como lo normal, o sea que era "natural" el hacer cola, de modo que "mosquearse" o "cabrearse" por tener que hacer cola no entró en su esquema de comportamientos o actitudes normales o razonables.
Quizás sí. Quizás esa explicación que podría encuadrase en la Antropología Cultural sea válida y correcta. Pero, como este es un blog de Economía, puede aducirse otra: una explicación economicista de la creciente tolerancia a las colas por parte de la población más joven.
Esa explicación se deriva de un hecho evidente, cual es el uso de los teléfonos móviles por parte de todos aquellos que guardan colas, sobre todo si son jóvenes. Y es que, para los más viejos, y antes de la llegada de los móviles, el tiempo perdido en una cola era eso: un valioso tiempo malgastado, y sentido como irrecuperablemente perdido; pero esa sensación de pérdida de tiempo desaparece en buena medida hoy para quienes están en una cola con los móviles. No, no es que el tiempo que se pasa en una cola no se pierda: se pierde, pero quienes están mirando sus pantallitas no lo experimentan, no lo sienten, como tal pérdida. Y ello se debe a que, como bien saben los psicólogos, el uso de los móviles tiene propiedades adictivas y hace lo mismo en nuestros cerebros, salvando las distancias, que lo que hacen los ansiolíticos y otras drogas atontadoras que rebajan los umbrales de la conciencia.
Dicho de otra manera, y como un ejemplo más de la tesis que afirma que, a partir de determinado nivel de uso, los móviles llevan a los individuos a comportarse irracionalmente, la Economía lleva a concluir que debido a sus propiedades neurotóxicas el uso de los móviles les hace a los individuos a perder el tiempo, a asignar irracionalmente su escaso tiempo estando más tiempo del que sería óptimo guardando colas.
Uno de los comportamientos sociales cuyo cambio que más me ha llamado la atención en los últimos tiempos ha sido el de lo que podríamos denominar una nueva tolerancia a las colas para entrar a lugares donde "antes" era inimaginable. Por ejemplo, y sobre todo, me llama y muy mucho la atención la cada vez más habitual existencia de colas para entrar en los bares por parte de la gente joven.
Y uno es que, en su ingenuidad, podría esperar que hubiesen colas para entrar a lugares de acceso muy deseado por un lado pero escasos por otro, y donde ese exceso de demanda se tradujese en la aparición de colas como mecanismo de racionamiento alternativo al "habitual" que no es otro que subir los precios para que la presión de los demandantes caiga. No me extenderá en este post por las razones económicas de que los bares y otros lugares en donde el acceso se regula por colas no se aprovechen de ese exceso de demanda y suban los precios, acabando así con las colas.
Pues bien, es obvio que si de algo está sobrado este país, es de bares. Cierto, no todos los bares son iguales y las colas para controlar el acceso no se dan en todos sino sólo en unos cuantos pero el que la gente esté dispuesta a perder su tiempo para acceder a esos para tomarse una cerveza me parece a mí y a los viejos del lugar, un novedosos y risible comportamiento. Y es que, para nosotros, repito que los más mayores, antes de esperar paciente o, más bien, impacientemente que el bar se vaciase un poco y te dejaran entrar en un bar, pues uno se iba a otro, pues a fin de cuentas la cerveza iba a ser la misma.
La lógica económica detrás de la disposición para hacer una cola está clara: uno hace cola si el valor adicional que para uno tiene en entrar en un determinado sitio, por ejemplo, un determinado bar , le compensa por el valor que para él tiene el tiempo adicional a pasar y perder en la cola. Y esa misma lógica económica predecía que, en la medida que el valor económico del tiempo crece en una economía en crecimiento donde la productividad del trabajo crece, la tolerancia a las colas debería disminuir en la medida que cada cual valorase más el tiempo malgastado o perdido haciendo una cola para entrar en un sitio a tomarse la misma cerveza que te ofrece el del bar de al lado. Pero es el caso de que la gente no lo está haciendo, o al menos esa es mi impresión, que acepta en mucha mayor medida hacer y estar en una cola.
Aceptando que mi impresión es correcta como hipótesis, y puestos a encontrar una explicación de esta nueva tolerancia a las colas por parte de la gente joven, de la que se puede presuponer que el valor de su tiempo es por término medio más alto que el de la gente mayor en la medida que tienen y pueden hacer más cosas/actividades con su tiempo, una explicación que he oído por ahí apunta a un cambio cultural asociado a la pandemia del COVID.
El argumento es muy simple y viene a decir que, como la mayor parte de hábitos se adquiere en la adolescencia y primera juventud, la gente que hoy hace colas sin que le lleven los diablos, la gente joven, lo hace porque adquirió esa tolerancia cuando se nos obligó a todos a guardar colas para evitar los contagios en los años de la epidemia. A los ya mayores por entonces, eso fue una imposición más o menos acatada pero que chocaba de frente con una intolerancia completamente interiorizada a perder el tiempo en una cola, pero para los más jóvenes por entonces, el hacer cola no chocaba con ninguna intolerancia a las mismas, sino que, por el contrario, se interiorizó como lo normal, o sea que era "natural" el hacer cola, de modo que "mosquearse" o "cabrearse" por tener que hacer cola no entró en su esquema de comportamientos o actitudes normales o razonables.
Quizás sí. Quizás esa explicación que podría encuadrase en la Antropología Cultural sea válida y correcta. Pero, como este es un blog de Economía, puede aducirse otra: una explicación economicista de la creciente tolerancia a las colas por parte de la población más joven.
Esa explicación se deriva de un hecho evidente, cual es el uso de los teléfonos móviles por parte de todos aquellos que guardan colas, sobre todo si son jóvenes. Y es que, para los más viejos, y antes de la llegada de los móviles, el tiempo perdido en una cola era eso: un valioso tiempo malgastado, y sentido como irrecuperablemente perdido; pero esa sensación de pérdida de tiempo desaparece en buena medida hoy para quienes están en una cola con los móviles. No, no es que el tiempo que se pasa en una cola no se pierda: se pierde, pero quienes están mirando sus pantallitas no lo experimentan, no lo sienten, como tal pérdida. Y ello se debe a que, como bien saben los psicólogos, el uso de los móviles tiene propiedades adictivas y hace lo mismo en nuestros cerebros, salvando las distancias, que lo que hacen los ansiolíticos y otras drogas atontadoras que rebajan los umbrales de la conciencia.
Dicho de otra manera, y como un ejemplo más de la tesis que afirma que, a partir de determinado nivel de uso, los móviles llevan a los individuos a comportarse irracionalmente, la Economía lleva a concluir que debido a sus propiedades neurotóxicas el uso de los móviles les hace a los individuos a perder el tiempo, a asignar irracionalmente su escaso tiempo estando más tiempo del que sería óptimo guardando colas.