FERNANDO ESTEVE MORA
(continuación de este otro post anterior: https://www.rankia.com/blog/oikonomia/7269150-sector-turistico-como-riesgo-para-economia-espanola)
No falla. Como todos los veranos, como las chicharras y los grillos, ya están ahí con su habituales e histéricos grititos de alegría los estúpidos forofos de la que ya es para muchos como yo mismo una auténtica nueva plaga que nos ha traído la "civilización" industrial, el capitalismo o lo que se quiera: la plaga de los guiris. Como digo no es algo nuevo, Recuerdo, de niño, los vergonzosos y vergonzantes festejos que los prohombres del régimen franquista organizaban todos los veranos cuando llegaba el turista que hacía el número un millón, que, tampoco fallaba, era un o una impresentable representante de lo más chabacano, hortera e inculto de la clase trabajadora de algún suburbio de Glasgow, Londres o Frankfurt.
Pero primero, y para que nadie se moleste, hay que empezar como se ha de empezar cualquier análisis de una situación: definiendo explícitamente los términos y conceptos que se van a utilizar. Así, hay que empezar con una diferenciación elemental, y es que al hablar de visitantes foráneos hay que distinguirlos. Lo habitual a este respecto es hacerlo por su nacionalidad o por su capacidad económica, pero para el objetivo que aquí se persigue hay una distinción aún más elemental y primaria: su número. Así se hablará aquí, a tenor de su número, entre viajeros, cuando son pocos y en nada o en poco afectan a la ecología y economía de un país; turistas, cuando ya son bastantes, o incluso muchos (obsérvese la ambigüedad) pero su contribución a la economía y a la sociedad en general del país es positiva superando los costes y problemas que su presencia y actividades puedan causar , y, finalmente, hablaría de -por no encontrar otro nombre que los describa y que todo el mundo entienda, de guiris , cuando no es que sean muchos sino que ya son demasiados, una auténtica plaga. En esa situación su número ya no es eficiente ni para la economía, ni para la ecología, ni para la cultura ni para la sociedad a la que no visitan sino que invaden. Los turistas devienen guiris cuando su número sobrepasa una cifra óptima, imposible de calcular con exactitud y precisión en la práctica, pero real y existente aunque desconocida, situación en la que su presencia ya no es eficiente ni para la economía, ni para la ecología, ni para la cultura ni para la sociedad a la que realmente ya no visitan sino que invaden.
Y ¿por qué estoy seguro de que los visitantes foráneos en nuestro país ya no son turistas sino guiris? Pues porque la muy asumible cifra de unos cuantos millones de turistas de aquellos entonces se ha convertido treinta o cuarenta años después cincuenta y tantos años después en nada menos que en ¡100.000.000! de guiris, o sea que ya "tocamos" a más de 2 visitantes por habitante y año. Cifra media que, como todas las medias, oculta una realidad desigual: en Ibiza "tocan" ya a la increíble cifra de ¡27! guiris por habitante, por ejemplo, y en Barcelona a más de 6 y en Madrid a unos 4.
¿A partir de que porcentaje de visitantes por habitante una ciudad, una zona o todo un país se puede considerar "invadida" por guiris?. Pues no lo sabemos, pero si como hipótesis suponemos que los vistantes pasan de ser turistas a guiris cuando superan el umbral de un visitante por habitante, tendríamos entonces que en España el año pasado nos "visitaron" -por no decir invadieron- un exceso de unos 48 millones de visitantes que hicieron que el total de 97 millones los podamos considerar guiris de pleno derecho.. Una auténtica plaga de tipos y tipas igual de chabacanos, horteras e incultos que los de entonces, pero igual de bien recibidos por nuestros prohombres del momento actual.
¿Por que llamo a este fenómeno plaga? Se me dice que, como economista, debería de callarme y tratar a los guiris y a sus serviles admiradores con mayor respeto pues, a fin de cuentas, el sector turístico es una exportación que genera empleo y, con él, renta y riqueza, al menos para algunos.
Pues no. Tengo que decirles a esos sedicentes economistas que se pelean entre ellos por hacerles gracietas perrunas a los guiris que, precisamente por ser economista, puedo llamar plaga a esos millones de guiris que nos "visitan", y que son ellos quienes no saben nada de Economía.
Vayamos al inicio. Y el inicio es un artículo titulado La Tragedia de los Comunales que un biólogo llamado Garret Hardin publicó allá por 1968. Un articulo auténticamente seminal, como les gusta decir a los pedantes. Lo primero, una vez más, es definir qué son exactamente los Bienes Comunales o Recursos de Libre Acceso. Pues bien, para los economistas lo son aquellos bienes y recursos a los que todos los miembros de un colectivo tienen derecho a acceder y usar sin pagar (se da en ellos, pues, la característica de la no-exclusión) como ocurre con los Bienes Públicos pero que, a diferencia de estos; el uso por cada individuo es rival en el sentido de que el trozo o la parte que un individuo usa de uno de esos bienes no puede ser usado a la vez por otro.
Dicho de otra manera, los Recursos de Libre Acceso o Bienes Comunes son susceptibles de sobreexplotación o congestión cuando la cantidad de usuarios excede de un límite asociado a su uso eficiente. O sea, cuando el número de usuarios es superior al óptimo social. Y, para Garret Hardin, esa es su tragedia.
Hardin siguiendo una tradición que arranca en Aristóteles, se preguntaba que sucedería si un recurso de libre acceso o de propiedad común, por ejemplo un prado comunal, fuese usado sin ninguna restricción ni económica (el pago de un precio por el uso), ni consuetudinaria (los límites al uso impuestos por las costumbres tradicionales) o el poder político (las prohibiciones establecidas por el poder) por un grupo de pastores. Pues bien, en tal caso, al final, el resultado sería un uso ineficiente de ese recurso comunal, de modo que todos los pastores perderían por sobreuso o sobrexplotación de ese recurso de libre acceso. La Tragedia de los Comunales refleja así una situación donde la racionalidad individual, o sea, el comportamiento de cada individuo guiado por la persecución de su propio interés es contraproducente y choca con la racionalidad colectiva, el comportamiento que sería el óptimo para todos y que todos reconocen que sería el más adecuado, pero que ninguno sigue.
El argumento es muy simple. Cada pastor, cada ganadero, a la hora de decidir si lleva una oveja o una vaca más a pastar o no razona en los siguientes términos: : "Si meto una oveja/vaca más a pastar, obtendré el 100% de los beneficios que puedo sacra de esa oveja/vaca ya sea de su carne o de su lana o de su leche, mientras que el daño al prado por sobrepastoreo se dividirá entre todos los ganaderos". Es decir que, cada pastor se comporta como prescribe la racionalidad económica y usa del prado comunal guiado por la lógica de la maximización de beneficios que prescribe hacer algo siempre que el beneficio marginal privado por seguir haciéndolo sea positivo.
Como todos los ganaderos razonan de la misma manera, siguiendo la misma lógica económica de perseguir el propio interés como cualquier otro participante en una economía de mercado, entonces de forma racional e independiente, siguen llevando más y más ovejas o vacas. Tantas ovejas/vacas que al final se convierten en una plaga que acaba con todo el pasto disponible y apelmaza la tierra. El prado, al final, se convierte en un erial.
Como todos los ganaderos razonan de la misma manera, siguiendo la misma lógica económica de perseguir el propio interés como cualquier otro participante en una economía de mercado, entonces de forma racional e independiente, siguen llevando más y más ovejas o vacas. Tantas ovejas/vacas que al final se convierten en una plaga que acaba con todo el pasto disponible y apelmaza la tierra. El prado, al final, se convierte en un erial.
¿Cuál hubiera sido la decisión racionalmente correcta desde el punto de vista social o colectivo? Pues cada pastor habría debido incorporar en sus costes los costes sociales, o daños para los demás, y no sólo los costes privados de llevar una oveja más a pastar. De haberlo hecho, todos y cada uno de los pastores, habrían limitado la cantidad de ovejas que llevarían al prado dado que el beneficio marginal asociado a llevar una oveja adicional al prado sería negativo si junto con los costes privados del pastoreo se incluyen los costes sociales.
Pues bien, no requiere de una imaginación prodigiosa para darse cuenta de las evidentes analogías entre los guiris y las ovejas/vacas. Basta con darse una vuelta y ver cómo, cual rebaños de ovejas, los conducen por nuestras calles unos modernos pastorcillos urbanos con banderitas de colorines. De igual manera, es evidente que en nuestro país las calles de las ciudades y las playas, orillas de los ríos y buena parte de los campos y montes son de uso público, son de libre acceso, son bienes comunales a los que a nadie se puede excluir el acceso, con el resultado de que crecientemente están llenas, saturadas. Porque, como sucede con el prado de Hardin, su tamaño no crece con el número de usuarios: el tamaño de nuestros comunales más bien está en retroceso debido a esa sobrexplotación turística.
Y es que sí, nuestro país está viviendo una auténtica, podría decirse que "de libro de texto", Tragedia de los Comunales por culpa de los guiris y de quienes los traen, es decir de esos abusivos pastores o ganaderos de turistas que se agrupan en el sector turístico, amparados además por el poder político del Estado, las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos. Ni qué decir tiene que este "complejo ganadero-turístico" a quienes explota, a quienes roba descaradamente no es a los propios guiris sino al resto de la sociedad que cada vez ve ante sus ojos como el valor de esos recursos comunales, que son de todos, se va reduciendo, devaluación y deterioro causados directamente por las molestias asociada a esa masa movible de 100.000.000 de guiris que deambulan por nuestras playas y calles. Y ello sin contar con otros efectos negativos de la plaga de guiris sobre algunos mercados tan importantes como el de la vivienda.
Y por supuesto todos esos "argumentos" de quienes se dedican a traer, alimentar, alojar y divertir a esos rebaños masivos de ovejas-guiris de que están creando empleo y riqueza son una completa falsedad, una bazofia sin sentido. Dejando de lado hechos tan elementales como que para atender a los guiris ha habido que importar masivas cantidades de "pastores"-trabajadores", el argumento anterior se mantiene: el valor de la lana que se les puede trasquilar a los guiris-ovejas, o sea, el dinero que se gastan y que se queda aquí, descontando de esa cifra todos los costes privados asociados a alimentarlos, alojarlos, divertirlos y cuidarlos repito, no sé a cuanto asciende pero sé con total certeza que es muy inferior al coste social que suponen. Porque ya los guiris son una plaga. Tal cual. Y pretender que crezca y se expanda acudiendo al empleo que genera es equivalente a decir que, dado que el mosquito tigre beneficia a farmacéuticos, productores de insecticidas y otras barreras y médicos, que haya que trabajar desde todas las instancias para que el mosquito de marras se difunda por todo el país y que las molestias que sus picaduras les suponen a los ciudadanos bien merecen la pena y han de ser resignada y cristianamente sufridas en aras de la economía nacional.
Y, finalmente, ¿qué se puede hacer para revertir esa situación? El objetivo es que nuestros visitantes dejen de ser guiris y vuelvan a ser turistas. Y ello no es fácil. La lógica económica prescribe para ello un sólo comino, una sola política que es muy simple: que los Recursos de Libre Acceso han de dejar de serlo para ellos, para los guiris, de forma que vengan menos.
Una soución que a nivel local se trata de instrumentalizar consiste en poner precio a la entrada. Lo hacen, débilmente, sin mucha convicción los ayuntamientos de algunas ciudades...con nulos efectos. Tengo entendido que Venecia va a tratar de imponer esta política de precios con más fuerza, cobrando hasta 50€ por persona y día que quiera entrar en lo que otrosra fue la ciudad más bella del mundo. No sé si así logrará disminuir el número de guiris que atascan sus calles, pero aunque así sea, esa medida llegará tarde pues la plaga de guirois que Venecia lleva sufriendo desde hace décadas ha acabado con ella como ciudad. Hoy es el parque temático de sí misma. Como también lo es Ibiza y como en unos años lo será Cádiz y hasta Málaga y Sevilla
En cualquier caso y como se ha comprobado, impulsar políticas contra los guiris no es nada fácil. Y es que el peso de los intereses creados , o de las coaliciones distributivas como prefieren denominarlos los economistas, es con certeza ya demasiado pesado. Cualquier política antiturística sería obviamente considerada como una agresión para el sector turístico, sus asociados y quienes dependen de él (trabajadores, propietarios de apartamentos para alquiler, etc., etc.), cuya fuerza política hace inviable siquiera su mera consideración. Y eso al margen de que, como ya argumenté en otro programa, un sector turístico tan hipertrofiado como el español es un más que un riesgo, una amenaza casi segura para la entera economía española en atención a su clara y total dependencia de lo que el cambio climático nos va a traer, es decir, unos veranos tan calurosos que harán que nuestro país pierda el atractivo vacacional que le ha permitido extraer las elevadas rentas turísticas de situación de las que ha disfrutado. O sea, que, al final, será el cambio climático quien haga a las muy bravas la política antiturística, o mejor dicho, antiguiris. Será la paradójica última venganza de los Bienes Comunales pues, a fin de cuentas, la atmósfera y lo que estamos haciendo con ella también es una tragedia pues ella también es un recurso de libre acceso.
Y una actualización para acabar. Solo para EL ROTO se cumple siempre el dicho ése de que "una imagen vale más que mil palabras". Esta es su viñeta de hoy 26 de julio en el diario El País:
Y una actualización para acabar. Solo para EL ROTO se cumple siempre el dicho ése de que "una imagen vale más que mil palabras". Esta es su viñeta de hoy 26 de julio en el diario El País: