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Blog Oikonomía: Economía de "andar por casa"
Blog de Fernando Esteve y José Manuel Rodríguez, profesores de Teoría Económica de la UAM.

La "demencia política" senil. El comportamiento de la "tercera edad" como nueva clase ociosa

La  "demencia política" senil. El comportamiento de  la "tercera edad" como nueva clase ociosa.

                                                           Fernando Esteve Mora

 

Desde hace ya muchos años, desde los tiempos en que veía por televisión la abundancia de viejos en las manifestaciones de los batasunos, me he preguntado que incita a tanta gente mayor  a radicalizarse como cada vez más -o así me lo parece-  lo hace. En estos tiempos, la pregunta me sigue persiguiendo conforme veo la gran cantidad de "personas mayores" que pueblan las manifestaciones independentistas en Cataluña o se desgañitan en las concentraciones de VOX.

 

Y es que lo que me sale sin pensar en ello es la idea de que los viejos, por el mero hecho de serlo, deberían ser en su inmensa mayoría políticamente muy conservadores como lo son en otros aspectos de sus vidas. Conforme  la realidad inmisericorde de los años se va imponiendo, y lo se por propia experiencia, la capacidad de respuesta (física y mental) ante cualesquiera riesgos mengua, por lo que parece natural que los años hagan a las gentes más y más remisas a meterse en situaciones arriesgadas, incluidas la defensa y promoción de cualesquiera radicalidades en el terreno de las políticas públicas. 


 

Pero, me pregunto asombrado, ¿cómo puede ser que gente que en su mayoría vive de las transferencias del sistema público de pensiones  y de las rentas de sus patrimonios apoye actitudes y propuestas que ponen en riesgo la base misma del sistema económico-político-social del que dependen sus ingresos y sus acomodadas vidas? Porque, para mí está claro, por ejemplo, que la independencia de Cataluña supondría una conmoción económica que afectaría negativamente tanto a las pensiones de los jubilados catalanes como al valor de sus patrimonios al menos a corto y medio plazo en el mejor de los casos. ¿Cómo es posible que gentes de Sarriá o Pedralbes se anuden una "palestina" al cuello en vez de su habitual de Hermés, y se echen a la calle a apoyar  a lo más radical de un movimiento con tintes claramente anticapitalistas?

 

Y, por supuesto, lo mismo le acontecería a toda esa masa de "personas mayores" que se desgañitan apoyando a VOX, cuyo absurdo programa económico neoliberal incluye explícitamente la demolición del sistema público de pensiones, su privatización, empezando así el camino  al despeñadero que ya ha transitado Chile,  como parte fundamental de su objetivo de acabar con el todavía débil Estado del Bienestar español (incluyendo la privatización del sistema público de salud, cuyos máximos usuarios son precisamente los mayores, no los emigrantes). La incoherencia de los viejos de ultraderecha es evidente cuando se tiene en cuenta que los ataques a los emigrantes de su partido fetiche es un ataque directo a muchas  personas que -de modo personal- los cuidan, ayudan y dan compañía en su dia a dia y sin los cuales su vida sería un infierno de soledad y desamparo. 

 

Y también he de poner como ejemplo de esta sorprendente radicalización de algunos o muchos de "nuestros mayores", el caso del movimiento de pensionistas amparado por Podemos, con su objetivo de obligar al Estado a que establezca una pensión mínima digna de 1100€ al mes ( no se si doce o catorce pagas anuales). A lo que parece no se dan cuenta que tal cosa supondría dinamitar completamente el sistema de  financiación del actual modelo de pensiones público, que -recuérdese- en su base es un sistema de reparto en que los hoy trabajadores pagan las pensiones de los retirados. Como no podría ser de otra manera si se tiene en cuenta que tal propuesta de tan "digna" pensión mínima superaría en 200€ al actual salario mínimo interprofesional.

 

Este conjunto de actuaciones por parte de muchos de "nuestros mayores" que -para mí- carecen de toda lógica o racionalidad económica, o sea que son tan delirantes que podrían ser tildados de patológicos, es decir, como fruto de  una suerte de "demencia" de tipo político de difícil explicación.

 

Cierto que la edad ha de ser un elemento clave en cualquier explicación. La restricción temporal ha de tenerse siempre en cuenta a la hora de tratar de resolver el interrogante de que por qué muchos jubilados apoyan formas políticas radicales de un sesgo que amenazan con alterar las bases del sistema económico-político-social del que dependen sus ingresos. La razón  de ello es simple: porque a los jubilados les importa un bledo esa futura amenaza a su bienestar. La edad del jubilado medio español está en los 72 años, por lo que tienen una expectativa media de vivir unos 15 años por delante, aunque con una calidad de vida inevitablemente menguante como sucede inexorablemente con su salud. Contando con ello, los años restantes de calidad de vida ajustada equivalente (o sea, años de vida de vida autónoma, que merezca la pena vivir para entendernos) quizás no superen para el jubilado medio los 5 o 7.  La implicación es obvia: para el jubilado medio lo que pase en el futuro a medio y largo plazo  con el sistema de pensiones le debe importa poco, porque a él difícilmente le afectará dados sus derechos adquiridos y  esa escasez de futuro personal que tiene ante sí. En esas circunstancias para muchos puede ser más racional el vivir al día, el disfrutar del presente que arriesgarse a esperar a un mañana cada vez más escaso e incierto. Lo que vuelve a plantear el problema de que por qué la radicalidad política y económica se ha convertido en el comportamiento político preferido en el presente de muchos de los miembros de la tercera edad frente a la moderación, la tolerancia y el compromiso que se les suele suponer. 

 

Veamos. Que los viejos  no son por el mero hecho de serlo esas pacíficas, moderadas, amables, altruistas, honradas y solidarias  personas que la mitología al uso nos quiere hacer creer es algo que ya traté de explicar desde la perspectiva económica en una entrada anterior en OIKONOMIA ( https://www.rankia.com/blog/oikonomia/3074616-viejunos-viejomierdas-egoismo-viejos).

 

No, los viejos no son per se como el abuelito de Heidi ni como nos lo venden agotadoramente desde hace decenios Walt Disney demás. Pero la explicación que en su día dí a su egoísta comportamiento individual, que me sigue pareciendo correcta punto por punto, me obliga sin embargo, a pensar en nuevos elementos a introducir  para explicar su comportamiento agregado o político, en el que muchos de ellos, como acabo de exponer, se comportan en contra de sus propios y egoístas intereses cuando defienden los programas y alternativas más extremas y radicales. 

 

Una primera explicación, que sin duda le surge a cualquiera que piense siquiera un instante en la cuestión, es la que podría denominarse la explicación neurológica. Con arreglo a ella, el comportamiento extremado de los viejos se debería a cambios en su sistema nervioso cerebral. Sería un efecto del ineludible deterioro cognitivo asociado a la edad. En otras palabras, la demencia política senil no sería sino una forma más de expresarse de la conocida de toda la vida demencia senil.  Más concretamente se tendría que,  al igual que hoy se sabe que el comportamiento egoísta y destructivo de los adolescentes tiene una base neuronal en el desarrollo desequilibrado  de ciertas zonas cerebrales en el proceso de crecimiento, que luego con la edad se va corrigiendo; de la misma manera sucedería con el cerebro de los viejos, solo que a la inversa, es decir que  el ineluctable proceso de deterioro neuronal y cognitivo afectaría de modo diferencial a distintas zonas cerebrales, lo que se traduciría en que, en su comportamiento, muchos viejos se asemejarían al comportamiento "destroyer" de los adolescentes. Sin duda que es una teoría seductora, que se corresponde con esa veja idea de que de viejos uno vuelve a su infancia, pero fuera de su comprobado valor como boutade en charlas de barra de bar, no creo que explique de modo convincente ese comportamiento tan radical de mucha de la tercera edad. 

 

Mucho más sensata, y más acorde con el tipo de explicaciones a los comportamientos que se ofrecen en este blog, es una que surge de modo directo de una de las más grandes obras de Economía, la Teoría de la Clase Ociosa de ese singular economista que fue Thorstein Veblen, que ha salido repetidamente en este blog pues sus ideas son para mí imprescindibles si se quiere entender algo del comportamiento social. 

 

Para Veblen la historia de la humanidad pasaba por tres fases: la fase Salvaje, la fase Bárbara y la actual fase Civilizada. Pero ese aparente ascenso en una escala de civilidad era eso: aparente, pues los comportamientos básicos de la gente no variaban. En cada fase había dos grandes clases: la trabajadora y la dominante y además ociosa, ociosa no por ser indolente, por "no hacer nada",  sino por no hacer nada productivo. Por definición una clase ociosa, sea cual sea la época histórica concreta, nunca se dedica a tareas productivas sino que se dedica -a veces hasta la extenuación- a usar de modo directa y socialmente improductivo lo producido por otros.

 

O sea, que una clase ociosa se dedica al consumo conspícuo y al derroche ostensible que son las actividades que confieren honor, admiración y prestigio a quienes únicamente tienen el poder o la capacidad para hacerlas. El primero, el consumo conspícuo es el consumo que se hace con el objetivo fundamental no de disfrutar del mismo sino de generar envidia de otros (que no se lo pueden permitir en la misma medida) así como para señalizar  la  posición social que se tiene. Las otra actividades definitorias  de una clase ociosa, las de derroche ostentoso, se componen de actividades improductivas, como por ejemplo, las actividades de índole cultural y religioso en nada conectadas con las actividades económicamente productivas. Nada diferencial auténticamente esencial, observaba Veblen a este respecto, entre el comportamiento del brujo de una tribu prehistórica, el sacerdote medieval y el catedrático de psicología o de economía de una moderna universidad. Todos ellos hacían lo mismo: ponerse vestimentas extrañas e inhabilitantes para cualquier actividad productiva y "producir" teorías, explicaciones, sortilegios y conjuros para suscitar el asombro y admiración de los demás.

 

Y también una clase ociosa se dedica en su ocio a actividades destructivas, como las competiciones deportivas o la guerra, pues ¡qué mejor método para señalizar que uno está por encima de los demás que destrozar los medios de vida que tanto estos ansían! Y, por supuesto, que la más alta posición social la alcanza aquél que más destroza o corre más riesgo. A la inversa, también entran aquí las actividades destructivas defensivas de la propia posición social, caso de que esta se ponga en cuestión, por ejemplo el duelo ante una ofensa a la honra propia, pues quien se encuentra más arriba quiera situarse en la escala del honor y la admiración social más deberá estar dispuesto a apostar, a aceptar perder, por cuestiones identitarias tanto personales como grupales. 

 

Veblen escribió a finales del siglo XIX y principios del XX. Antes de ese tiempo, en la fase Bárbara, la clase ociosa estaba compuesta de las viejas aristocracias de la sangre. La "clase ociosa" de su tiempo, que era la etapa industrial  de la fase Civilizada de la cultura humana,  incluía ya a la "nueva" aristocracia del dinero compuesta por lo que los triunfadores en el mundo de los negocios, o sea, los propietarios absentistas de las empresas que vivían de los dividendos guiados por una cultura pecuniaria dirigida al consumo conspicuo y emulatorio y las actividades derrochadoras. Enfrente de ella, y como siempre, estaban los trabajadores y, también, una nueva "clase" productiva, la conformada por los científicos y  técnicos profesionales comprometidos de forma directa e inmediata con los procesos de producción y guiados por lo que Veblen denominada el "instint of workmanship", el instinto de hacer las cosas bien. Pues bien, así eran las cosas a principios del siglo XX, si hoy escribiese, observaría que en este siglo han cambiado los componentes de ambas clases. 

 

Hoy, entre las clases trabajadoras están  los trabajadores de las élites meritocráticas. Los directores de empresas, los altos ejecutivos, los grandes abogados, médicos, ingenieros, economistas, arquitectos, gestores financieros, etc., todos trabajan como auténticos posesos. Ganan mucho, muchísmo dinero, pero inevitablemente también se lo "curran". Son ricos, ultraricos, pero distan de ser "clase ociosa", y llegan a  trabajar más, muchas más horas, que los "curritos de a pie". Y si ya los muy ricos no forman parte de la clase ociosa, como tan bien lo ha analizado Daniel Markovits en su libro The Meritocratic Trap,  entonces, ¿quiénes componen la "clase ociosa" de nuestros días?

 

Pues es obvio: los inactivos, los que se han retirado de la actividad productiva, los jubilados. Una nueva aristocracia, puesto que, a diferencia de las anteriores no se hereda, ya que  no proviene de la sangre o los genes ni del dinero, sino que surge de la edad, del hecho biológico de haber pasado la edad de jubilación obligatoria...y, también, claro está, del sistema del Estado del Bienestar que permite a muchos miembros de esta nueva clase ociosa una vida opulenta sin necesidad de ser rica.

 

Y es que pueden ser una nueva clase ociosa porque tienen (bastante o mucho) poder. El número de los jubilados, que en tiempos de Veblen eran una minoría, pues, por un lado, no había sistemas de pensiones (salvo en Alemania) y, por otro, la escasa esperanza de vida hacia que los retirados sólo pudiesen serlo poco tiempo antes de que la muerte los retirase del todo, han crecido y se han conformado en una pujante y bien nutrida nueva clase ociosa. Hoy, la clase de los retirados, de los jubilados crece y crece sin parar, lo que le permite tener una capacidad política en los países democráticos, un poder político,  que le ha posibilitado convertirse en clase ociosa aunque no sea una clase rica, como lo eran las anteriores clases ociosas.

 

Es una nueva clase ociosa, pero el comportamiento de sus miembros, de los jubilados que se lo pueden permitir, no ha variado ni un ápice respecto del comportamiento de las clases ociosas previas. es decir, que a estos miembros de  la nueva clase ociosa la mueven las mismas pulsiones que movían a los de las de antes, las de otras formas de la fase Civilizada, así como las de las fases Bárbara Y Salvaje de la evolución social. O sea, el consumo conspícuo o pretencioso y el derroche ostensible y destructivo.

 

Merece la pena recalcar que el consumo conspícuo de la clase ociosa de hoy no requiere de niveles muy elevados de  riqueza o de muy altos  ingresos, como necesitaban las clases ociosas de antaño, pues los jubilados han logrado que sus rentas monetarias y  reales crezcan gracias a conseguir que los precios explícitos o monetarios que pagan en sus actividades de consumo ostentatorio  sean -para ellos-  más bajos que para los miembros de las clases trabajadoras en activo.

 

Sus viajes, por ejemplo,  les salen más baratos que a los miembros de las clases trabajadores, no sólo porque en muchos casos sus billetes están subvencionados, sino porque el precio implícito de los viajes (o coste de oportunidad del tiempo empleado en viajar)  es para ellos mucho más bajo: a fin de cuentas pueden viajar cuando quieran pues no tienen obligaciones. Y es que es en en el derroche de tiempo en lo que se plasma fundamentalmente su consumo conspícuo u ostentoso. Como a diferencia de los trabajadores no se ven constreñidos a las vacaciones de verano o a los fines de semana para disfrutar del sol o de un paseo,  pueden hacer infinidad de actividades consuntivas cualquier día a cualquier hora.  Así, son los jubilados quienes pululan hoy por los museos consumiendo -y quizás alguno, incluso disfrutando- las más excelsas y exquisitas creaciones del espíritu humano. Váyase cualquier dia por la mañana a cualquier museo y se podrá observar a los incontables grupos de jubilados y -sobre todo- jubiladas que pasan allí sus mañanas (normalmente hablando en voz alta  de forma incontenible de "sus" cosas) antes de irse a tomar el aperitivo o a sus casas a preparar la comida. "Consumen" arte, cultura, naturaleza, relaciones sociales, etc., exactamente igual a cómo sólo lo podían hacer sus ociosos y acaudalados antecesores hace un siglo. De igual manera, y como me dijo el gestor de un polideportivo municipal, tenemos en España a los jubilados más deportistas -o al menos- que más van a los gimnasios y piscinas del mundo: les sale casi gratis.

 

Quedan  lejanísimos los días en que el único consumo visible que hacían los jubilados era el de "mirandas", el mirar cómo trabajaban los de la construcción a través de los agujeros de las tapias. Lejanos, lejanísimos  quedan hoy los tiempos en que los jubilados envidiaban a los que seguían en activo. Hoy, encuesta tras encuesta muestra que en nada les envidian a los "curritos", sino todo lo contrario: son los trabajadores en activo quienes envidian el variado consumo conspicuo de los inactivos.

 

Pero junto con el consumo ostentoso o conspícuo, y como se ha dicho antes, las clases ociosas de cualquier época se han dedicado también a las actividades improductivas y destructivas. Por ejemplo, a la guerra, aún cuando ello les pusiese en riesgo. Y lo mismo sucede en estos tiempos, y por aquí pasa el hilo de mi explicación del comportamiento político radical de muchos de los viejos hoy en día- lo mismo pasa estos días. Cierto, al igual que las actividades consuntivas de la nueva clase ociosa de los jubilados ya no incorporan por lo general la caza del zorro o de grandes animales (como los elefantes de Bostwana) (salvo los viejos de VOX a los que la caza todavía "les pone"), tampoco hoy entre sus actividades destructivas aparece de modo claro la guerra o la violencia explícita. Pero sí la política.

 

He citado alguna vez a Giovanni Sartori cuando afirma que la "atrofia económica" sigue a la "hipertrofia política", que el dedicar demasiado tiempo a la política implica dedicar menos a las actividades económicas. Y de ahí que sólo los ricos en tiempo, o sea, los componentes de la nueva clase ociosa de los jubilados puedan dedicarse a ella a su modo, o sea, del modo conspícuo u ostentoso, del modo en que los que "curran" nunca pueden hacerlo. ¿Quiénes salvo ellos -y los estudiantes y parados, pero ellos no cuentan- han estado detrás de las grandes manifestaciones independentistas de los últimos días? Son ellos los que pueden permitirse, por ejemplo,  el "lujo" de cortar carreteras o manifestarse a cualquier hora del día, y fundamentalmente en horario laboral, son ellos quienes pueden hacer este tipo de actividades políticas improductivas o destructivas porque tienen  tiempo para hacerlo.

 

 Veblen indica, por otro lado, que las tareas políticas o de gobierno junto con la guerra, las actividades deportivas y las prácticas religiosas son patrimonio de las clases ociosas en toda fase de la evolución social. La actividad política de muchos miembros de la "clase" de los jubilados, y más aún cuando en ella se superponen  los componentes religiosos (es decir,  de exclusión y superioridad respecto de los que no son del Pueblo -o Nación-  elegido y de pertenencia al mismo lo que satisface esa tan humana necesidad)  siempre asociados al nacionalismo, y los de violencia asociados al nacionalismo radical (ya sea independentista o de extrema derecha) cumplen con creces las necesidades de derroche ostentoso que tiene que satisfacer una clase ociosa para ser como tiene que ser.

 

Un elemento, por extraño que sea para la mayor parte de los economistas académicos, hay que incluir obligadamente en este explicación vebleniana del comportamiento radicalizado de los jubilados es el aburrimiento. Para dos de mis economistas favoritos: Tibor Scitovsky y Albert O.Hirschman, dos admiradores de Veblen, por cierto,el aburrimiento y la consecuente imperiosa necesidad de combatirlo consustancial a todo hombre sea como sea, era un entramado  emocional  con el  que siempre hay que contar a la hora de explicar el comportamiento político y social.

 

Para Hirschman, en concreto, habría una suerte de ciclo económico-político que explicaba, en ultimísimo  término, las fluctuaciones en la participación política de las gentes, sobre todo las que se plasman en comportamientos  al margen de la política oficial, la que se reduce a votar cada 4 años (p.ej., en manifestaciones y algaradas callejeras, actividades alternativas, sociales, etc.). Era un ciclo guiado por el aburrimiento y el combate contra él,  en el que  la jubilosa participación de las gentes en lo público tras la ineludible monotonía asociada a un largo periodo en que se hubiesen dedicado al cultivo de lo privado inauguraría un periodo de elevado interés por lo político que, también inevitablemente, perdería intensidad, fuelle  y atractivo conforme las corruptelas y carencias de la actividad pública pusiesen cada vez más en evidencia para quienes en ella participaran el coste de oportunidad de hacerlo, o sea, los costes personales del abandono de la vida privada. Vendría así, después de una época de fiebre por lo público y lo político  una etapa de retorno y ensimismamiento en lo privado, que, a la larga, supondría un aumento del aburrimiento de las gentes que "pondría en valor" su vuelta a lo público, a lo político. Con lo que el ciclo se repetiría.

 

Desde esta perspectiva, la radicalidad de muchos de los componentes de la nueva clase ociosa de los jubilados se explicaría como  la adopción de unas actividades de consumo conspícuo y derroche ostentosos, no de índole privado, sino de tipo público o político. Con ellas, y gracias a ellas, los jubilados no sólo estarían disfrutando y divirtiéndose colectivamente sino que, además, trasmitirían conspícuamente su elevada posición social como nueva clase ociosa, capaz de vivir de los trabajadores sin importarle un ardite. Y, ciertamente, es comprensible:  la perspectiva de bailar un año más, una vez más,  "los pajaritos" en una  "fiesta" tras una cena de verduras congeladas en un hotel en Benidorm no tiene para mí el más mínimo "color" frente a la alternativa de participar con unos CDR en la ocupación de la AP-7 o de quemar unos contenedores en el Passeig de Gracia (¿Qué subidón de adrenalina! Nada comparable: ni el "puenting", ni el "rafting", ni nada que se pueda comprar en una agencia de viajes) y luego tomarse unas birras en un bar con unas tapas. Si uno está a resguardo de los vientos tempestuosos del cambio tecnológico y económico que pone en riesgo las vidas de quienes su modo de vida sí depende de las fluctuaciones de los mercados, el problema de buscarle un sentido a la vida la vida se convierte en la búsqueda de "emociones fuertes".

 

Y es que las palabras de Veblen siguen siendo tan certeras como siempre: "Si un sector o clase de la sociedad se encuentra protegido contra la acción del medio en cualquier aspecto esencial, esa porción de la comunidad o esa clase adaptará sus concepciones y su esquema general de la vida a la nueva situación general más tarde que el resto del grupo; y en la misma medida que ello ocurra tenderá a retrasar el proceso de transformación social. La clase ociosa opulenta se halla en tal situación protegida con respecto a las fuerzas económicas que favorecen el cambio y el reajuste". 
 

 

 

  

  1. en respuesta a Madoz
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    #10
    Madoz

    Lo siento pero debido a la terquedad cognitiva de mis años en un foro en el que para enseñar algo hay que rebajar mucho el nivel para que lo entienda la mayoria, pienso que la musica con letra es más sencilla de asimilar, aunque se pierda rigor:

    La Polla Records / Los Jubilados - 1990

    https://youtu.be/0-HfElJ48GQ
    --------------------------
    La riqueza y el capital humano como herencia y legado:

    https://elpais.com/autor/fernando_esteve_mora/a

    Un saludo

  2. #9
    Madoz

    Con una sociedad española en que las pensiones son una gran carga social NECESARIA, yo entiendo que hay trabajos y trabajos en importancia social para el bien publico y común (no comunismo necesariamente).

    A un minero, por su bien y el de todos hay que sustituirlo, porque además es fácil, barato y muy util, pero afortunadamente se ganó en los tribunales impulsado por el colectivo de profesores universitarios creo, que la jubilación no fuera obligatoria a los 65 años cuando la longevidad actual se alarga en plenas condiciones cognitivas, dejando la libertad de elegir sobre el retiro de forma voluntaria y flexible a cada trabajador sin imposiciones o la jubilación a la carta.

    Hay derecho y regocijo a poder seguir disfrutando de las cogniciones de algunos/as, mientras que el retiro de otras profesiones no debería de prorrogarse, solo por motivos economicos, sino valorando el interes social, publico y colectivo, aunque a alguno le siga sonando a intervencionismo comunista de media neurona.

    Dentro del nucleo familiar no me meto y tambien hay mucho parasitismo voluntario demencial, pero el sistema de pensiones actual es de reparto y por tanto los jubilados descansan sobre las cotizaciones de los trabajadores en activo actuales y es INTERgeneracional y por eso es soportable y necesario, aunque tengamos a los pensionistas como unico sostén familiar en penosas situaciones que son voluntarias y caprichosas en algunos casos, pero al fin y al cabo voluntarias, dentro del nucleo familiar privado.

    Un saludo

  3. #8
    Enverto

    Creo que hay otro factor a tener en cuenta, el egoísmo de los hijos, se puede resumir en que te exprimo al máximo y cuando no pueda más ahí te quedas aunque te pudras, Papi

  4. #7
    Mudito Bien Mandado

    Curioso que solamente critique a los nacionalistas, y sobre todo a los de extrema derecha. Al parecer los viejos de izquierdas, incluídos los comunistas, no caen en el vicio que comenta, porque esos son sabios, sensatos y ponderados.

    Realmente revelador de sus adicciones políticas.

  5. #6
    Javi Moya

    Como punto de vista dentro del genero humano mayor, yo añadiría una excepción, usted habla de la gente mayor "urbanita", que desgraciadamente muchos de ellos son los residuos del maquinismo, otros los más afortunados tienen cierto acervo cultural y es posible que no sean ni tan materialistas, y posiblemente sepan analizar sus diferentes alternativas.
    Luego estan las personas mayores de esta "España vaciada", que sintiendolo mucho, este perfil, que usted ha argumentado, entiendo que genericamente, no tienen nada que ver.
    Además, con un sentimiento empático a los no tan favorecidos, debe de ser duro tirarse una vida apretando el mismo tornillo, acabar desechado, y sin tener arraigo, a expección de ese puesto de trabajo, que ya se ha ido.
    Gracias y que tenga usted, un buen día.

  6. en respuesta a Fernando esteve
    - Ver mensaje
    #5
    Madoz

    Sinceramente, no los aparenta.

    Le he visto en videos en internet y por la calidad y rigor, de lo que escribe, no pensaba que tuviera tantos.

    Yo tengo 51 años, tampoco soy un chiquillo.
    ------------------

    Me va a disculpar, pero a veces me expreso mejor con musica:

    GATILLAZO - Quiero Ser Un Puto Viejo

    https://youtu.be/swr9AOpOV58

    Un saludo

  7. en respuesta a Madoz
    - Ver mensaje
    #4
    Fernando esteve

    De acuerdo. Y por si alguien no lo sabe: yo ya soy viejo. Tengo 64 años. Así que mi crítica al comportamiento de parte de mis coetáneos es, obviamente, autocrítica.

  8. #3
    Madoz

    Hay viejos decrepitos y viejos maestros modelicos y ya sabemos quien va a sentirse ofendidito por la realidad del parasitismo de los que se aburren tanto para enmierdar la realidad porque d sienten plenamente identificados.

    Por lo menos servira de tema de conversacion en algun hogar del pensionista.

    El viejo maestro no se dara por aludido de una sana autocritica constructiva.

    Estoy deseando ser un viejo carcamal como ellos.

    Un saludo

  9. en respuesta a ernestmt
    - Ver mensaje
    #2
    Fernando esteve

    Nada. Simplemente he leído lo que, obviamente, tu no.

    1 recomendaciones
  10. #1
    ernestmt

    ¿ Podrias explicarnos, que es lo que te has tomado antes de escribir este irrespetuoso pamfleto ?

    2 recomendaciones

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