¿Qué "factores" causan o determinan los grandes cambios sociales desde una perspectiva histórica? ¿De qué tipo o características son? Es este un tema que ha hecho correr ríos de tinta entre filósofos, economistas, moralistas, politólogos y sociólogos, más, curiosamente, que entre los propios historiadores, que tienden a descreer de tales teorizaciones o filosofías de la historia.

 

Se podría decir que habría, reduciendo mucho la cuestión,  dos grandes perspectivas a este respecto. Por un lado, estaría la materialista, para la que son los cambios que se producen en las esferas o instancias "materiales" en que se desenvuelven la vida de las gentes  los responsables en último término de los cambios que luego se dan en el resto de las dimensiones de "lo social", o sea, que los cambios en las estructuras legales, jurídicas, políticas de las sociedades y hasta las formas mentales genéricas de las personas que las componen vienen dadas en último término por el modo en que se desenvuelven materialmente sus vidas.

 

Opuesta a esta perspectiva estaría otra, opuesta a la anterior,  la idealista, para la que son los cambios de tipo espiritual o ideológico en las mentalidades de los hombres las que les llevan a cambiar su forma de hacer sus vidas materiales. Dicho de otra manera, para los materialistas es el espíritu en todas sus dimensiones el que se acomoda y responde a los cambios que se dan en la realidad material. Para los idealistas, por contra, es la realidad económica y social la que se acomoda o responde a la evolución espiritual. 

 

En términos de lógica aristotélica, la diferencia entre ambas perspectivas es clara. Para los materialistas, la causa material de los cambios sociales (aquella que responde a la pregunta de qué ha pasado en la realidad) y la causa formal de los mismos (el cómo se producen), son más importantes a la hora de explicarlos que su causa eficiente (el por qué concreto de los cambios que indaga las razones que se han dado los hombres para explicar su comportamiento) y su causa final (que indaga en el para qué o finalidad  que los hombres persiguen cuando realizan un cambio social). Para los idealistas, por contra, para explicar los cambios sociales van primero o son  más importantes que sus características materiales o concretas las justificaciones que los hombres se dan para su comportamiento (la causa eficiente) y las finalidades que los hombres persiguen haciéndolos (la causa final). 

 

La mayor parte de la gente es "idealista" en cierto, pues creen que son las ideas y su evolución autónoma quienes "crean" la realidad. Por ejemplo, todos aquellos a los que  que se les cae la baba al hablar de los emprendedores son de algún modo "idealistas" por más que el objetivo final (o "causa final") que estos persiguen en sus "emprendimientos" sea simple y llanamente una tan "materialista" como el hacerse ricos. Y pensar de este modo  "parece" de sentido común para la mayoría de las gentes pues su experiencia les dice que antes de "actuar", haciendo "cosas",  creando la realidad o modificándola,  primero se tiene que tener una idea de lo que se quiere hacer, luego las ideas irían por delante cronológicamente a los hechos.

 

Pero este tipo de "argumentación temporal" que explica algo sólo simplemente porque ha sucedido antes, al margen de ser una falacia lógica (la conocida como "post hoc, ergo propter hoc"), es más que cuestionable en atención a que el comportamiento de los hombres responde en innumerables ocasiones de forma no racional, automática o en función de lo que hagan los demás o abunda en resultados no intencionados de forma que los cambios. Por lo demás, lo que aquí estamos indagando es por la "causa" última de los grandes cambios sociales no por "cambios" micro como, por ejemplo, montar una empresa.

 

Dentro de los que defienden posturas materialistas, los hay de diferentes tipos. Están por ejemplo, los marxistas, para los que lo importante son los cambios en los modos de producción (las estructuras definidas por la articulación de las fuerzas productivas con las relaciones sociales en que se organizan los aparatos productivos). Están los liberales, para quienes los cambios sociales surgen a partir de los cambios en los sistemas de distribución de los bienes, de modo que los cambios en los sistemas de intercambio los que resuenan en toda la sociedad. Están los que encuentran los cambios en los modos de  destrucción, los modos en los que se ejecuta la violencia, los responsables del resto de los cambios en la sociedad, o sea que es la evolución de los sistemas de armamento y de organización de los ejércitos lo que condiciona y/o determina la evolución de las ideas y los consiguientes cambios en los modos en que las sociedades se constituyen y estructuran. Finalmente están quienes estiman que son los cambios en los modos de comunicación los que explican todo lo demás.

 

Esa determinación de lo cultural, lo mental o ideológico, lo jurídico por los factores materiales puede ser más o menos estricta, directa o indirecta, compleja o simple. Dentro de los enfoques materialistas, los más extremados son los que se pueden encuadrar bajo la denominación de determinismo tecnológico, para los cuales es la evolución autónoma de la tecnología  la causa primera de "todo lo demás". Si bien  el materialismo histórico del Marx maduro no es un determinismo tecnológico, hay una frase del Marx joven (en su Miseria de la Filosofía) que ejemplifica perfectamente esta perspectiva: "El molino movido a brazos genera  la sociedad feudal, el molino a vapor la sociedad capitalista industrial". Como ejemplo de determinismo tecnológico de los medios de comunicación puede citarse el caso de  Marshall McLuhan, el teórico de la comunicación, como se muestra en una de sus frases favoritas:  "el medio es el mensaje", es decir, que en el mundo de la comunicación, más que el QUÉ se dice, o sea, el mensaje que quiere comunicarse,  o POR QUÉ o PARA QUÉ se dice, lo importante es el CÓMO se dice, o sea, el medio que se usa para trasmitir el mensaje. Para McLuhan los cambios técnicos en los modos de comunicación "explicaban" los cambios sociales en sentido amplio. El paso de la comunicación verbal a la escrita era para McLuhan más importante que el salto del paleolítico al neolítico. Después el mundo cambió radicalmente con la imprenta. La radio, la televisión e internet a su vez han supuesto alteraciones enormes y radicales en la forma de entender el mundo.

 

Uno de los ejemplos más bonitos y sugerentes de cómo un cambio de tipo técnico ha llevado consigo un sinnúmero de cambios sociales de gran magnitud lo proporciona la historia de la cartografía y, sobre todo, los cambios en las técnicas cartográficas que se dieron a partir del siglo XVI. A lo largo de toda la Edad Media, los mapamundi, más que pretender representar el mundo y servir como medio o instrumento para las gentes en sus movimientos espaciales en el mundo real, cumplían otra función que se estimaba más importantes que la de la localización geográfica realista. Lo que hacían los mapamundi medievales era ofrecer a las gentes una representación "geográfica" del mundo que avalase o reforzase la visión religiosa/ideológica del mundo entonces imperante. Son los conocidos mapas en forma de T donde en el centro geográfico del mundo, aquel en que se da en la intersección de segmento horizontal de la T con su segmento vertical, se sitúa Jerusalén. En consonancia, El "palo" de la T lo "ocupa" el Mediterráneo, el mar que está en la "mitad" de la tierra por entonces conocida, de modo que en sus orillas se "representan" (es un decir) Europa y Africa. Por encima del tejado de la T se extiende  Asia, en donde en una parte "está" el Paraíso Terrenal del que salen cuatro ríos. Este tipo de mapamundis, obviamente, no cumplían un cometido semejante a nuestros mapas. Servían como recordatorios de cómo la realidad refleja o se conforma a la religión.

 

En el medioevo había otros mapas de zonas más concretas, cierto. Pero tampoco se atenían plenamente a lo que ahora entendemos por y buscamos en un mapa. Al igual que los mapamundi, los mapas locales representaban nada "realistamente" la superficie de una zona en la medida que estaba bajo la autoridad de alguna jerarquía. Eran mapas donde -como en el caso de Jerusalén- lo importante era mostrar de forma patente para cada  zona que había un lugar en ella que era el centro político o religioso. Dado que en el mundo medieval era frecuente que sobre un determinado territorio se superpusiesen distintas autoridades o jurisdicciones, nada puede buscarse en un mapa medieval semejante a las delimitaciones lineales típicas de nuestros mapas. Igual que en los cuadros de la Edad Media los pintores no usaban de las técnicas de la perspectiva para representar a las personas  "realistamente" de modo que sucedía que las figuras que representaban personas con autoridad o poder tenían un tamaño más grande y ocupaban un lugar más central que las figuras que representaban a personas de menor autoridad o posición social, los mapas hacían algo semejante: los lugares o espacios ocupaban posiciones centrales o eran más amplios en la medida que representaban sitios donde tenían su sede alguna autoridad ya sea política o religiosa. Había finalmente también mapas de itinerarios tanto terrestres como marítimos (los portulanos) que, al menos, buscaban dar cuenta de la presencia de  los accidentes físicos más relevantes para los viajeros.

 

Todo eso cambió en el Renacimiento, donde se recuperó la geografía ptolemaica que propugnaba una representación geográfica del territorio en una cuadrícula de modo que se diese una correspondencia entre puntos de la realidad y puntos en el mapa. Son los antecesores de nuestros mapas, y aunque cometan errores geográficos pues todavía la exploración del mundo estaba recién empezada y las técnicas matemáticas y gráficas de representación estaban en sus inicios, no tenemos ningún problema en llamarlos "mapas". Lo son a nuestros ojos en un nivel que ningún mapa medieval alcanzó nunca. No había posiciones o lugares privilegiados por representar los sitios donde se instalaba el poder: todos los puntos de un mapa tenían el mismo "valor" pues representaban "lugares" en un espacio geográfico de alguna manera abstracto, en el sentido de que ningún lugar tenía un sentido o significado diferente a ocupar una coordenadas en una cuadrícula.

 

Una de las cosas más curiosas es que estos mapas de Europa del siglo XVI representan ya unas realidades geopolíticas a las que habría que esperar tres o cuatro siglos para que se desenvolviesen plenamente: los estados-naciones autocontenidos dentro de  fronteras claramente dibujadas linealmente. No sólo, por ejemplo, los espacios que ocupan España y Francia aparecen claramente definidos y separados a lo largo de una frontera, que habría de esperar a 1744 para que fuese acordada, sino que es factible contemplar en esos mapas "estados" como Alemania o Italia que no nacerían hasta el último cuarto del siglo XIX. El porqué de estos curiosos "mapas" que se anticipan a la realidad geopolítica es meramente comercial: los mapas eran más caros, se vendían pues a mayor precio por una razón meramente estética: al tener más colores eran más bellos, de modo que sus autores tenían incentivos en "construir" estados/naciones bien diferenciados aunque no existiesen en la realidad  pues para representar a cada uno había que usar un color distinto.

 

Y ahora viene lo importante: es defendible que esa innovación cartográfica, esa definición por razones estéticas y comerciales  de los estados-nación europeos acabase al final "creando" esos estados-nación. Generando la idea, la creencia y los sentimientos de que lo que se representaba en un mapa dentro de unas fronteras claramente definidas era "lo propio", y lo que estaba al otro lado de esa línea fronteriza era "lo otro". Los mapas definen quiénes somos colectivamente de la forma más básica: somos una nación porque un mapa nos dice que estamos dentro de una frontera claramente delimitada, aunque nunca hayamos recorrido todos los lugares que abarca ese estado-nación ni conozcamos a nadie de quienes viven en ellos. Pero da igual, aunque no conozcamos a nadie de esos sitios ni jamás vayamos por ellos, "algo" nos une con quienes son y viven en esos lugares y ese "algo" es sencillamente que somos "compatriotas" de la misma nación-estado porque nos lo dice que nuestra geografía personal ocupa la misma sección o parte del mapa del mundo definida por unas determinadas fronteras .

 

Puede hablarse así de un determinismo cartográfico, en el sentido que el nacionalismo es consecuencia directa de los cambios en las técnicas de la cartografía que permitieron crear los mapas modernos. Los mapas habrían dado origen así al sentimiento nacionalista. Antes de esos mapas, por ejemplo, la "españolidad" era una característica más o menos "borrosa" y lo mismo podría decirse de la "francesidad". La gente que vivía por los  Pírineos, por decirlo así,  no era ni española ni francesa al 100%. Era una mezcla. En la  edad de los mapas que nace en el Renacimiento, por contra, el haber nacido  a un metro o aun centímetro a un lado u otro de esa frontera define al 100% la nacionalidad. Es algo que bien lo sabe el Departamento de Enseñanza de la Generalitat catalana o la tv3, que no por azar ni por razones geográficas sino claramente geopolíticas usa de unos mapas de Cataluña que incluyen a los llamados "Països Catalans". 

 

Y no sólo los mapas en que aprendemos geografía en la escuela definen quiénes somos, sino también cómo somos en relación a los "otros" . La proyección de Mercator del globo terrestre en un plano rectangular a la que estamos más que acostumbrados, proyección que coloca al océano Atlántico en el centro del rectángulo privilegia la posición de Europa y Norteamérica como "centro" del mundo humano a la vez que distorsiona su forma y tamaño agrandándolo respecto a su tamaño real. No es extraño que los europeos y norteamericanos nos "sintamos" el "ombligo" del mundo. 

 

Todo lo anterior viene a cuenta tras saber del mapamundi que desde hace un tiempo usa la marina china y que, según tengo entendido, empieza a usarse en sus escuelas. En él, como puede verse  -lo adjunto un poco más abajo-, el "ombligo" o centro del mundo lo ocupa el océano Índico y Asia, y dentro de Asia, lo que -nosotros- llamamos el Extremo Oriente. Indudablemente, los chinos que tengan esa imagen del mundo tan radicalmente distinta a la que tenemos los "occidentales" verán y sentirán necesariamente el mundo y esperarán tener una importancia en él muy distinta (y muy "superior")  a la que se deriva de la situación marginal que ocupa China en nuestros mapamundi. Obsérvese la posición alejada y marginal de España para "los chinos". Da que pensar, ¿no?

 

 

 

Fernando Esteve Mora

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