La "narcoautonomía" catalana. El nacionalismo catalán como droga adictiva.

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              Envueltos como estamos en el incesante torbellino político, social y económico que está provocando el turbulento desenvolvimiento del “procés” independentista catalán sorprende un tanto el que pese a que no faltan estudios acerca de las consecuencias económicas del mismo en el presente y de sus posibles efectos futuros caso de que logre llevarse hasta su final  y la independencia de Catalunya acabe siendo  una realidad, sí se echan de menos sin embargo argumentos o explicaciones de tipo económico o economicista acerca de las raíces o fundamentales del propio “procés” en sí, es decir, acerca de la evolución y lógica del  comportamiento nacionalista.

          Una evolución que ha llevado a gran parte de la población nacionalista catalana a transitar a lo largo de una escala de creciente intensidad nacionalista, desde posiciones de baja intensidad del tipo de  florclorismo localista ("mi tierra es la mejor"), hasta el nacionalismo más extremo insultante,  excluyente y separatista ("los otros son inferiores e inmorales  y hay que alejarse/separarse de ellos"), pasando por niveles intermedios como el  patriotismo moderado y el nacionalismo más o menos inclusivo ("me siento catalán pero también -algo, bastante o mucho - español") . Al análisis de la lógica de ese proceso de continua y creciente polarización o radicalización se dedican las siguientes páginas.

                  Pero antes de seguir se impone hacer un par de advertencias. La primera es que el enfoque aquí propuesto, que es de tipo economicista,  se construye desde la perspectiva del individualismo metodológico en la medida que acentúa el análisis del comportamiento individual de los nacionalistas, no excluye ni mucho menos la pertinencia y relevancia de otros procedimientos de análisis, ya sean también de índole económica pero elaborados a partir de otras perspectivas metodológicas no individualistas, como no económicos de tipo sociológico, político o incluso religioso a tenor de la obvia similitud del fervor nacionalista con el fervor religioso. Esos otros enfoques pueden ser, en muchos casos, complementarios del aquí propuesto.

                La segunda advertencia se refiere al hecho de que, frente a la habitual dicotomía greed or grievance  a la que se suelen referir habitualmente los analistas de los conflictos a la hora de buscar sus causas ya sea dando el peso mayor a la “avaricia”  ya sea otorgándolo a  los “agravios” que dice haber sufrido una de las partes, el enfoque explicativo aquí seguido busca salirse de esa dicotomía a la hora de dar cuenta del nacionalismo catalán. Ni “avaricia” por parte de "los catalanes" o del resto de "los españoles" a la hora de participar en el reparto de los ingresos y gastos públicos del Estado, ni “agravios” a una sensibilidad nacional catalana herida son elementos útiles para la explicación del conflictivo nacionalismo catalán aquí propuesta.

                El punto de vista que aquí se sostiene consiste en la aplicación directa de la teoría de la demanda del consumidor al comportamiento de los nacionalistas catalanes. La idea es muy simple: el nacionalismo es demandado y consumido por muchos (en torno al 50% de la población suele decirse), como un  medio, un  “bien de consumo", que al igual que acontece con el resto de bienes de consumo les sirve a esos individuos a los que denominaremos nacionalistas para satisfacer sus necesidades de identidad y de pertenencia colectiva. El nacionalismo les daría entonces respuesta a la pregunta existencial de "quién es uno", y responde también al también existencial problema de "quiénes son como uno". Sería, entonces, un "bien de consumo" raro o especial, pero en el fondo sería como el resto de bienes económicos, y por tanto analizable desde la Economía.

                 Supondremos –cosa que no parece alejarse de la realidad- que los catalanes como el resto de gentes ciertamente se definen por muchos criterios, y uno muy importante es por su identidad colectiva definida a su vez por ciertas características compartidas con el grupo de referencia en que se desenvuelve su vida colectiva. Dejaremos aquí sin tratar la discusión de si esas necesidades de identidad y pertenencia colectiva tienen o no una base biológica o instintiva o si más bien son creadas o construidas o dependen del entorno social.

                Tampoco se tratará de la importante cuestión del cómo, del cuándo y del porqué  el nacionalismo apareció como “bien de consumo”, o sea,  como el medio por el que muchos individuos (los que aquí llamamos nacionalistas) buscan hoy  satisfacer esas necesidades de pertenencia  y de identidad colectiva en competencia con otros medios y formas tradicionales de satisfacción de esas mismas necesidades, como, por ejemplo, la adscripción a una confesión religiosa o la pertenencia a una clase social o a una actividad laboral, etc. Finalmente señalaremos que en lo que sigue los cambios en la cantidad demandada del bien "nacionalismo" por los nacionalistas se asimilan analíticamente a cambios en la calidad de lo que se consume de modo que un aumento en la cantidad demandada de "nacionalismo"  por un individuo ha de entenderse como un aumento en la intensidad o radicalidad de su compromiso nacionalista en esa cadena de intensidad nacionalista a la que se ha hecho mención antes.

                     Los nacionalistas que más "nacionalismo" demandan/"compran" son aquellos por tanto  cuyo nacionalismo es excluyente y separatista,  la variedad pues de ese peculiar “bien de consumo” que es el "nacionalismo" más concentrada, pura y destilada. Esa variedad sería demandada por tanto aquellos que necesitasen apagar una necesidad de identidad colectiva exigente en grado máximo en la medida que requiere de la negación de las otras que se pueda tener (sería el caso del catalán para que el que la  identidad catalana se define negativamente: no sólo como negación de la española, sino incluso como su contraria  de modo que para ser catalán  se habría  de ser también antiespañol) y una necesidad de pertenencia que sólo se pudiese realizar entre los que fuesen como él, que tuviesen su misma identidad colectiva. El objetivo de este texto es explicitar cómo y porqué la demanda de esa variedad destilada y radical del “bien de consumo” nacionalismo ha crecido en los últimos años en Catalunya entre los nacionalistas, pues a lo que parece lo que no ha variado en demasía es el porcentaje total de individuos que se declaran nacionalistas en algún grado (ese 50% de la población catalana, según se dice).     

                Pues bien, la explicación buscada es inmediata ya que  puede establecerse, de salida, que si nos atenemos estrictamente a la consideración del nacionalismo como “bien de consumo” no cabe otra opción que caracterizarlo como un bien adictivo, un bien cuyo consumo produce en los individuos, a partir de cierto nivel, adicción. Si esta hipótesis se sostiene verosímilmente entonces de ella se seguiría que el auge del nacionalismo radical en Catalunya podría entenderse como el resultado de un consumo inmoderado por parte de buena parte de ese 50% de su población nacionalista de ese “bien” que satisface sus necesidades de identidad y pertenencia colectivas, el nacionalismo, lo que ha acabado generándoles una  adicción que se ha traducido en el aumento en el número de nacionalistas radicales y excluyentes.

                 Dicho en forma descriptiva, en Catalunya se estaría dando una epidemia de nacionalismo que se ha traducido en un crecimiento enorme del número de aquellos que pudieran calificarse como “yonquis del nacionalismo”.

                  Por cierto, y aunque no sea una "prueba científica" de la hipótesis que aquí se mantiene, cabe señalar que llama muy mucho la atención a este respecto cómo hace unos años, el grupo  terrorista ETA, en el que se encuadraban aquellos individuos cuyo nacionalismo vasco  excluyente era tan delirante que llegaba al  extremo de justificar la eliminación física de españoles, consideró que la expansión del consumo de heroína entre la juventud vasca ponía en riesgo la expansión del nacionalismo...y actuaron "en consecuencia": matando a traficantes de esa droga. O sea, que en opinión de unos expertos, como lo eran los etarras en estas cuestiones de nacionalismo, el consumo de heroína era un sustitutivo muy cercano al consumo del "bien"  nacionalismo, como aquí se sostiene.

                  Y no es de extrañar. Como cualquiera que haya conocido a algún yonqui sabe por experiencia, la adicción a la heroína, al margen de sus placenteros efectos físcos, tiene también un fuerte componente psicológico que al decir de los terapeutas dificulta sobremanera el abandono de esta adicción. Como el consumo de nacionalismo (que es el consumo de una religión laica, y recuérdese aquello de que la "religión es el opio del pueblo"), el consumo de heroína "proporciona" una identidad (frente a los demás mortales a los que la duda acerca de quiénes son y qué hacer con su vida puede atenazarles en noches de insomnio, el yonqui no tiene duda alguna, sabe que lo es y lo que es: un yonqui, y tiene gracias a ello una vida plena de sentido y con un único y claro objetivo: obtener la siguiente dosis, lo demás no cuenta) y una sensación de pertenencia (el yonquie sabe que sólo los que son como él le entienden). El nacionalista radical es en ello muy semejante al yonqui de heroína. Su vida es plena. La duda no tiene cabida en su universo mental. Tampoco le aterra el decidir qué hacer pues su vida tiene un único exclusivo objetivo: conseguir la independencia. Y, además, como apasa con los adictos a la heroína, los demás que comulgan en la adicción nacionalista le dan la cobertura de sociabilidad necesaria, la pertenencia tan necesaria. En otras palabras, el nacionalista radical catalán es un yonqui del nacionalismo.

                              Pero, antes de seguir, ¿cabe sostener que el bien de consumo “nacionalismo” es un bien adictivo? Pues si bien se mira, poca duda puede haber de ello a tenor de  los análisis sociológicos y psicológicos de las personas nacionalistas que no dudan en reconocer que su compromiso nacionalista, o sea, su nivel de consumo del bien “nacionalismo”,  ostenta las dos características básicas que definen un bien adictivo: reforzamiento y tolerancia.

                 Reforzamiento entendido como el hecho de que el nivel de “consumo” o compromiso nacionalista  que manifiesta una persona depende positivamente de su “consumo” anterior o nivel previo de compromiso con el nacionalismo (es decir, que habría complementariedad intertemporal en el “consumo” de nacionalismo de modo que un “consumo” del mismo más “alto” en el pasado entendido como un compromiso con un nacionalismo más intenso en la escala de intensidad nacionalista anteriormente definida se traduce en una utilidad marginal positiva del compromiso con el nacionalismo más radical en el presente), cosa esta difícilmente cuestionable a tenor de la evolución del ancionalismo catalán;   y tolerancia en el sentido de que el mantenimiento en el tiempo de consumo o nivel de nacionalismo dado cada vez produce menos satisfacción, es decir, que para satisfacer las necesidades que el nacionalismo satisface, el nacionalista catalán ha de ser cada vez más nacionalista, o sea, más radical, más independentista, cosa también fuera de toda duda. El nacionalismo catalán, visto como “bien de consumo”, tendría pues rasgos comunes con el alcohol, el tabaco, la cocaína o la heroína, pero también con la música, la buena mesa o el arte. Y es que hay adicciones saludables y adicciones insanas.

                      En lo que sigue se supondrá que el “consumo” de nacionalismo catalán  es pues, para el nacionalista representativo, adictivo, por lo que superados ciertos límites, es decir cuando llega al nivel de nacionalismo independentista puede devenir en  insano si la independencia acaba materializándose. O sea que el “consumir” nacionalismo se asemeja a consumir tabaco cualquiera otra de las  drogas perjudiciales, que pueden acabar pasando una factura desmedida.

                     Por supuesto, esto es una suposición que carece de  soporte empírico. Per exactamente lo mismo que le sucede a la tesis opuesta, o sea, es lo mismo que le pasa a la tesis de que el independentismo catalán es una adicción saludable, que también carece de base empírica cierta. Para clarificar más el argumento,  lo que aquí se sostiene  como hipótesis es que los (casi) seguros efectos económicos negativos de la independencia sobre la riqueza y la renta de la  mayoría de la población catalana incluida la independentista (dada la segura separación de la Unión Europea y el alejamiento radical del resto de España)  no vendrían compensados por el “valor” del acceso a una soberanía política completa  (dado lo “completa” que puede ser en estos tiempos globalizados la soberanía política de cualquier estado) para esa mayoría de la población.  Por supuesto, repito, esto es un juicio de valor.

                A la hora de hablar de la demanda de bienes adictivos los economistas disponen de una serie de modelos para explicarla. El modelo de uso más generalizado afirma  la existencia de un comportamiento  adictivo racional según el cual los individuos establecen un plan de consumo intertemporal de la “sustancia” adictiva racional o perfectamente adecuado para maximizar su función de utilidad intertemporal. Ese plan de consumo (o de compromiso nacionalista, en nuestro caso)  dependería de varios parámetros como lo son la tasa de descuento subjetivo intertemporal, o sea la medida en la que lo que se prevea pasará en el futuro pesa en las decisiones que se toman en el presente; la tasa de depreciación de la contribución del consumo pasado (o de nivel de compromiso nacionalista) a la utilidad hoy, o sea, la medida en que es necesario repetir el compromiso nacionalista pues el "nacionalismo" lo que se "consumió" en el pasado ya ha dejado de prodicir satifacción, y el precio o coste de la “droga” o –en nuestro caso- el precio o coste del compromiso con el nacionalismes en general y con el independentista en particular.

                   La adicción de un nacionalista será mayor conforme su tasa subjetiva de descuento del futuro sea más elevada, en la medida que menos valorará las previstas consecuencias futuras negativas del nacionalismo independentista, y también conforme mayor sea la tasa de depreciación de su compromiso pasado, o sea, conforme el efecto positivo del “consumo” en el pasado de nacionalismo menos afecte a la utilidad o bienestar del consumo presente, es decir, conforme más rápidamente se necesite repetir la experiencia de compromiso nacionalista para satisfacer la necesidad de pertenencia y de identidad.  

                    En cuanto al efecto de los precios, puede señalarse que el “precio” del compromiso nacionalista entendido como el coste en términos de dinero, tiempo, oportunidades  y otros recursos asociado a la adscripción al nacionalismo independentista afecta diferencialmente a la demanda del mismo a corto y a largo plazo. Una caída en el coste de ser independentista no tendrá un gran efecto en el corto plazo en el nivel o calidad de la adscripción al nacionalismo radical de una persona cualquiera en la medida que la demanda a corto plazo depende del “consumo” pasado. Pero no ocurre lo mismo en el largo plazo en la medida que ese “consumo” se incrementa continuamente aunque el efecto inicial haya sido pequeño. Dicho de otra manera, el modelo predice que las disminuciones en el “precio” del nacionalismo tendrán sus mayores efectos no a corto sino en el largo plazo en forma de futura radicalización de los nacionalistas.

                         Con arreglo a este modelo de interpretación económica del nacionalismo, han errado por ello todos aquellos que en el pasado, al no observar variaciones significativas en la radicalidad de los nacionalistas conforme las "concesiones" al nacionalismo se producían en Catalunya, dedujeron que no sólo no eran problema sino que, además, eran el medio más adecuado para disminuir las tensiones y frenar el nacionalismo. Todo lo contrario. Al igual que una disminución en el precio de la heroína no supone un gran incremento en el corto plazo en el número de adictos y en el nivel de su adicción, tampoco la "rebaja" en el "precio" del compromiso nacionalista no supone una alteración relevante en la adicción nacionalista en el corto período,  pero ello no debe conducir al error de estimar que esa rebaja es poco problemática, pues a largo plazo debido a los efectos de  reforzamiento y de tolerancia, el número de adictos y su nivel de adicción crecerán mucho tanto en el consumo de heroína como en el consumo de nacionalismo, como ha ocurrido en el caso catalán.  

                Las principales conclusiones e implicaciones que se pueden extraer de todo lo anterior son que la adicción al nacionalismo depende:

(1) del tipo de persona. Los individuos varían según la valoración que hacen del presente versus el futuro, por lo que es previsible que los jóvenes y los viejos que son los grupos de edad que suelen valorar menos el futuro (unos por inconsciencia y los otros porque ya les queda poco tiempo por delante que valorar) son más proclives a “engancharse” al nacionalismo, pues valoran en mayor medida la felicidad asociada al "consumo" de nacionalismo hoy que la posible pérdida futura de bienestar caso de que el independentismo triunfe.

 

(2) de los niveles de renta de los nacionalistas y, por ende, del consumo que hacen de otros bienes privados, públicos y colectivos que también les proporcionan utilidad o placer. Es previsible en consecuencia que quienes de entre ellos  tengan menos renta y menos acceso por ello mismo a bienes sustitutivos del “nacionalismo” en cuanto a la satisfacción de las necesidades de pertenencia e identidad en las modernas sociedades de mercado individualistas y competitivas, sean consecuentemente más radicales.  

                      Hay que señalar, sin embargo, y como acentuó A.O.Hirschman, en su magistral obra Interés privado y acción colectiva, que la participación/compromiso en actividades políticas y sociales puede ser deseable para los más ricos conforme por diversas razones (abundancia, monotonía, aburrimiento, insatisfacción,…) su garantizado consumo de bienes privados haya perdido al menos temporalmente su capacidad de producir satisfacción en relación a la novedad que proporciona la participación/compromiso colectivo o político. Si operara este “efecto Hirschman”, el nacionalismo independentista contaría en sus filas –al menos de forma temporal-  con una amplia participación tanto de  las clases más bajas como de las más altas, por niveles de renta.

 

(3)  En relación con el punto anterior, y cualificándolo de modo fundamental, hay que señalar que debido a que es más probable observar la adicción en individuos cuando su consumo de la "sustancia" adictiva no afecta su productividad que cuando sí la afecta (está claro, por ejemplo,  que las consecuencias de trabajar bajo los efectos de una sustancia son distintas en el caso de un piloto de avión que en el de un agricultor), se tiene que los individuos  cuya productividad e ingresos dependen de su estado físico limitarán su consumo, pues su salario o ingreso depende de su productividad, mientras que las personas cuya productividad no se ve afectada no tienen este incentivo para disminuir el consumo del bien adictivo. De forma similar cabe esperar que el consumo de “nacionalismo” radical entre nacionalistas dependerá negativamente del grado en que la remuneración o ingresos de un individuo depende más de actividades productivas cuyo desenvolvimiento puede verse afectado negativamente por la independencia de Catalunya. Claramente es de prever que el nivel de independentismo de los empresarios y trabajadores cuyo futuro económico depende de las ventas en el mercado español serán menos proclives al independentismo que los jubilados nacionalistas. 

 

(4) la información que poseen los individuos respecto a  los efectos dañinos a largo plazo del nacionalismo separatista. La información sobre los daños posibles asociado al éxito del procés independentista puede tener efectos importantes en la demanda de dicho bien. Dado que los individuos, al decidir sus planes de "consumo" intertemporal del bien  "nacionalismo" toman en cuenta los beneficios de corto plazo y los costos de largo plazo, la información sobre los efectos económicos negativos de la independencia refuerza este segundo factor, el de los costes.

                 Tal factor está singularmente ausente en el caso actual. En efecto, a diferencia de lo que sucede con el consumo de otras sustancias adictivas (como el tabaco, el alcohol, la heroína y la cocaína) en el que los adictos lamentan su adicción, de modo que aceptan que la "droga es mala y que ojalá que no la tomasen...pero que no pueden dejarla porque están enganchados", eso no pasa en el caso del consumo de nacionalismo. Los adictso no se lamentan en general por su compromiso con él pese a que hayan llegado ya a su fase de adictos. Y es que la "guerra de la información y la comunicación" la han ganado de todas todas los "traficantes" de esa droga que han convencido y convencen a los nacionalistas que no hay el consumo de nacionalismo no sólo no es inocuo, sino beneficioso. Que cuando todos los catalanes sean nacionalistas como "deben de ser" y se consiga la independencia, el Paraíso Perdido se instalará allí, en Catalunya. Lo que ha llevado a muchos consumidores moderados de nacionalismo a aumentar la intensidad de su consumo del mismo, a la adicción del independentismo.

 

(5) del “precio” o coste del comportamiento nacionalista, Los cambios afectarán a la “calidad” de nacionalismo demandada en el presente pero también a la demanda  futura de nacionalismo más radical. Así, una disminución del precio del compromiso nacionalista tenderá a aumentarlo en todos los periodos. Más aun, el efecto del precio en la demanda será más importante si el cambio en los precios es permanente y no temporal. Es decir, en cuestión de demanda el nacionalismo tiene las mismas propiedades que cualquier otro bien. Dicho con otras palabras, desde la economía resulta más verosímil la hipótesis que defiende que la expansión del nacionalismo independentista en Catalunya se debe más a las pasadas concesiones a los nacionalistas (que se tradujeron en disminuciones del precio/coste de ser nacionalista) que a la dureza negociadora y la no disposición a ofrecer concesiones desde el gobierno central. A este respecto es necesario mencionar que los gobiernos nacionalistas en Catalunya, al hacer más caro el quedar al margen del compromiso con el nacionalismo catalán (por ejemplo con el uso de políticas coercitivas para expandir el uso del catalán, o priorizando las concesiones de contratos públicos a los empresarios  nacionalistas) han hecho disminuir el precio relativo de ser nacionalista.

                    Por otro lado, se tiene que uno de los costes del independentismo es que su consumo es tiempo-intensivo, en consecuencia es previsible dado el coste de oportunidad de ese tiempo, que la adicción al independentismo será tanto menor cuanto más elevado sean los salarios o los ingresos relacionados con el uso del tiempo.  Por el contrario, mayor será el nivel de la adicción independentista en jubilados y otros inactivos, parados y jóvenes estudiantes.  

 (6) Las creencias que tienen los individuos sobre la capacidad adictiva del  bien que consumen son muy importantes para entender las adicciones: el por qué unos individuos se vuelven adictos y otras no. En la medida en que las personas tienen información sobre la capacidad adictiva de las diferentes sustancias, el consumo se ve afectado: cuando hay certeza de que una droga genera adicción rápidamente, menos individuos  experimentan con ella; por el contrario, cuando no se tiene certeza del efecto adictivo de una droga, es más común observar personas experimentando.
 
(7)  Los momentos de estrés pueden afectar el consumo de una sustancia adictiva. Y eso ha pasado también con el nacionalismo catalán. Las crisis económicas y sus efectos en el trabajo y fuera de él (divorcios, etc.) se traducen en que el bienestar a corto plazo que produce el ser nacionalista compense el malestar de estas situaciones, originando un patrón de consumo que lleve a la adicción al nacionalismo. Dos personas igualmente educadas, pacientes e igualmente productivas pueden terminar teniendo una relación diferente con el nacionalismo si han sido afectadas diferencialmente por la crisis económica de la última década.

 

(8) Pero, y en sentido opuesto, depende de hechos y situaciones que afecten a los individuos y cambien la valoración del presente versus el futuro y pueden  llevarles a abandonar el nacionalismo o a moderar su adscripción al mismo. Por ejemplo, el nacimiento de un hijo. Es previsible que la adscripción de los padres jóvenes al nacionalismo sea menor que la de los padres de hijos adultos.
               

                    Y dos últimos puntos. El primero es que, como es de sobra conocido, el abandono de una adicción no es nada fácil. Hay individuos que no lo hacen nunca y las recaídas son frecuentes. Es, además, una cuestión personal o particular en la que relativamente poco se puede hacer desde la política pública. La represión política/judicial del nacionalismo, como sucede con la represión del tráfico de la heroína, sólo hace subir su "precio", no disminuye la "cantidad" demandada porque la demanda es inelástica en el corto plazo. Y los efectos son previsibles. igual que el aumento en el precio de la heroína se traduce en mayor delincuencia en la medida que los yonquis tratan de obtener los recursos necesarios para pagar su adicción, la mayor represión del nacionalismo radical (por ejemplo, vía la más estricta aplicación del artículo 155 y medidas afines de represión policial, incluyendo encarcelamientos y demás) sólo pueden provocar un aumento en los niveles de delincuencia/violencia nacionalista. Tampoco son claros los efectos de fenómenos como la salida de empresas o el boycot genérico a los productos catalanes (no, obviamente, el dirigido exclusivamente a productos hechos por empresas cuya propiedad es de nacionalistas radicales) en la medida que penalizan a los no adictos al nacionalismo independentista a la vez que suponen mayores niveles de estrés que pueden llevar a la aparición de nuevos consumidores. De igual manera, dado que el consumo de nacionalismo no tiene fáciles o cercanos sustitutivos, como lo es la metadona respecto a  la heroína, no resulta fácil que los adictos al nacionalismo encuentren formas sencillas de "pasar el mono", de sortear el "síndrome de abstinencia" asociado a la salida de las filas del nacionalismo que se traduciría, además,  en este caso, en soledad y ostracismo social por parte de la comunidad de adictos al nacionalismo. En suma, que parece que la epidemia de nacionalismo, como la epidemia de opiodes en EE.UU, va para largo. 

                       El segundo punto, aunque debería ser innecesario explicitarlo, es manifestar con claridad que lo que aquí se ha dicho con respecto al nacionalismo catalán es de aplicación milimétrica para cualquier otro tipo de nacionalismo, ya sea el vasco, el gallego...o el español. También este último, el nacionalismo español, es adictivo y en sus formas más puras propugna una suerte de exclusión y separación. Separación y exclusión, en este caso, de los que no se consideran entera o únicamente españoles. La Guerra Civil y la posterior represión de la dictadura franquista es, a este respecto,  el ejemplo más evidente de la locura a la que llegaron los más fanáticos "yonquis" adictos al nacionalismo español (que, por cierto, siguen abundando demasiado por este país y encuentran todavia quienes los siguen admirando en partidos como Ciudadanos y el PP) y permanente recuerdo de los efectos destructivos de la extrema adicción nacionalista sea de quien sea.

                 (ADDENDA, 1/4/18) Si esta entrada está dedicada a los drogodependientes del nacionalismo catalán es porque, hoy por hoy, es este el inequívocamente el más extremo y probablemente peligroso entre los nacionalismos "hispanos" y no sólo para aquellos de sus consumidores que ya están totalmente "pillados" y son adictos a sus formas más extremas, sino también para los que no lo son, pues como las experiencias de países como Afganistán y algunos países latinoamericanos muestran,  cuando la situación llega al punto de que los  "narcos" -ya sean consumidores, productores y traficantes- se encaraman, alcanzan y controlan las instituciones públicas y los medios de comunicación, la democracia y las libertades públicas y colectivas se resienten inevitablemente, afectando por tanto también a aquellos que no son consumidores (los llamados "constitucionalistas" o "unionistas") o lo son de manera controlada (nacionalistas no independentistas o moderados).  

                           Mutatis mutandi, esto es lo que en cierta manera ha sucedido en Catalunya cuando la Generalitat, el Parlament y la TV3 y demás medios de comunicación públicos catalanes han acabado bajo el control de los "yonquis" del nacionalismo catalán. Quizás por ello, y al igual que se habla de "narcoestados" para referirse a aquellos estados donde los "narcos" de la cocaína y la heroína controlan la administración y demás poderes estatales, se haya alcanzado ya la situación en que pueda definirse con pleno derecho a Catalunya como "narcoautonomía".   

  1. en respuesta a Fernando esteve
    #4
    28/03/18 16:49

    Aclarado entonces, aunque insisto que en el escrito utilizas nacionalista (catalán) como sinónimo de independentista. En mi opinión, y estoy bastante convencido que no me equivoco, ni todos los independentistas son nacionalistas catalanes ni todos los nacionalistas catalanes son independentistas (esto segundo es lo que, en estos últimos años, va camino de convertirse en realidad, causando también que el porcentaje de independentistas que además son nacionalistas catalanes aumente a su vez).
    Por lo demás, coincido en que TODOS los nacionalismos se pueden llegar a asimilar al consumo de sustancias adictivas.
    Y, utilizando el mismo símil, parece difícil que los "dealers" (los partidos políticos que suministran la droga a los consumidores a cambio de sus votos) tengan interés en poner solución al problema.
    Un saludo y buen blog (afortunadamente, entre ciudadanos no enganchados a esta "droga", se puede dialogar tranquilamente).

  2. en respuesta a Xubuxua
    #3
    28/03/18 12:23

    Si te fijas no me meto en el debatido asunto de cuántos son los nacionalistas que votan nacionalista y son independentistas. Mi objetivo es ver cómo TODOS los nacionalismos (te pido que por favor leas el último párrafo que acabo de añadir al post para clarificar mi posición) tienen un rasgo común que puede asimilarlos con el consumo de una droga adictiva. Es el riesgo en que caen todos los nacionalsitas, el hacerse "yonquis". Hay lugares fuera de Cataluña que en su inmensa mayoría son yonquis del nacionalismo español. Hay zonas y barrios en las que es incluso peligroso ir si no comulgas con esa delirante forma de españolez.

  3. #2
    28/03/18 11:15

    Pregunto: ¿No es muy aventurado asumir que todos los ciudadanos que votaron a partidos políticos abiertamente independentistas son nacionalistas catalanes?
    Desde luego que entiendo que a la práctica totalidad de los ciudadanos del resto de España no les guste la idea de que Cataluña se pueda independizar (ni siquiera a mí, siendo catalán, me gusta), pero de ahí a tildarlos a todos de yonkis...
    No ayuda a resolver la situación que el análisis que se hace sea tan desacertado, en gran parte por culpa de la desinformación o de la falta de ganas de comprender un problema que, por mucho que se quiera negar, seguirá existiendo.

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