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                                                                                                                           Fernando Esteve Mora

  Anda dolido Joaquín Estefanía, y no es ni mucho menos el único pues es la actitud de la gente de izquierdas “de toda la vida”,  por  cómo los movimientos sociales  –léase 15-M- y la gente del común en general está señalando con el dedo a “los políticos” como responsables de la que está cayendo: “¿Cómo ha ocurrido” se pregunta “que lo que empezó siendo una crisis financiera y sigue siéndolo en la principal de sus derivadas haya trasladado sus principales responsabilidades al territorio de las élites políticas? Mientras estas son juzgadas en la opinión pública y los movimientos sociales tratan de manifestarse delante del Congreso de los Diputados, las élites económicas permanecen en silencio escogiendo quien las representa mejor. Pero primero fueron los golfos apandadores y sólo después los fallos de regulación” (“¿Quién asumirá la catástrofe?”, El País, 24/9/2012).

            Alguna razón, creo, no le falta. Su queja, además, es comprensible en un fiel keynesiano como lo es él y se justifica motivadamente al observar cómo bajo la desaforada crítica a los políticos como responsables y hasta causantes de la catástrofe -como él mismo califica a la presente situación económica y social-  se desliza insidiosamente el cuestionamiento de la misma  Política con mayúsculas, como medio de gestión de la realidad social. A fin de cuentas,  Estefanía  como casi todos los keynesianos comparte lo que para mí es uno de los supuestos subyacentes más cuestionables de Keynes: su platonismo en política. Su apoyo más o menos explícito a la posición defendida  por Platón en La República de que el mejor gobierno es el de un rey filósofo –hoy diríamos un rey economista- que guíe de manera adecuada los  destinos de la sociedad.    

            Estefanía no lo cita, pero me da la impresión de que su requisitoria tiene un oculto destinatario particular: don César Molinas, que se había manifestado días antes también en el diario El País con un largo artículo titulado “Una teoría de la clase política extractiva” en la que arremetía contra los políticos españoles de todo tipo como responsables directos de los males de España. Para el señor Molinas, está claro, la idea platónica del rey filósofo es eso: una idea, una quimera sólo “existente” en el imaginario Mundo de las Ideas. Aquí abajo, en los mundos terrenales, los "reyes" reales nada tienen por sí de ilustrados y desinteresados filósofos sino más bien de todo lo contrario, de modo que sólo se comportan buscando el bien común si se les ata corto, si se les controla y vigila de forma que no puedan dar fácil rienda suelta a sus instintos egoístas y depredadores. De modo que, puestos a dirigir la economía y la sociedad de un país lo mejor no es acaso  deshacerse de las viejas elites políticas y económicas extractivas, cerradas  y corruptas y dejar la gestión de los recursos en manos de unas nuevas elites meritocráticas innovadoras, productivas y abiertas a la competencia.  Congruentemente con esta manera de pensar, que don César extrae del último y para mí fallido libro de Acemoglu y Robinson ¿Por qué fracasan las naciones?, la responsabilidad del desaguisado nacional español hay que ponerla en las elites políticas de nuestro país y en los miembros de su clientela económica –los prohombres  de lo que el señor Molinas llama “el capitalismo castizo”-.  

            El texto del señor Molinas, a lo que parece, forma parte de una obra más extensa y ambiciosa que aparecerá el año que viene con el título de Qué hacer con España. Uno podría pensar, a tenor de tan sentido título, que don César pretende al escribirlo formar parte de esa larguísima tradición de ilustres autores: Quevedo, Larra, Costa, Unamuno, Maeztu, Madariaga, Ortega, Castro, Sánchez Albornoz, por citar unos cuantos, que se diría tienen una concepción tan interiorizada de España  que les duelen los males de la misma casi como les duelen las muelas o la vesícula. Pues bien, se podrá o no estar de acuerdo con esa encarnada “idea de España”, pero lo que no se puede dudar es  que todos los ilustres personajes citados son  gente respetable, angustiada y dolida ante los males de la Patria. (Son estos, por cierto, los más afamados pero ciertamente no los únicos, pues esta actitud está más extendida de lo que parece a tenor de cómo se juzgan en estos días los efectos de una posible separación de Cataluña o del País Vasco: como una amputación. Se diría, además, que esa concepción existencial anatómico-patológica de este país tiene  en sí un carácter acentuadamente  ibérico pues no creo que sea difícil encontrar idénticas muestras de dolor patriótico por parte de respetables intelectuales gallegos, catalanes, castellanos y vascos al observar las cuitas de sus respectivas nacionalidades y/o regiones).

            Pero no creo que este sea el caso del señor Molinas. Lo siento, pero no me es posible olvidar que por su biografía don César forma parte de las élites tecnocrático-económicas que tanto admira, que es “uno de los suyos”. Y por ello sus acusaciones contra la “clase” política  suenan mucho más como racionalizaciones que como razones. ¿Cómo olvidar que estuvo siete años siete a cargo como Managing Director del área de Global Asset Allocation Strategist en la sede londinense de Merryl Lynch, el banco de inversión que tuvo que ser rescatado con dinero público en 2008, precisamente en los años en que se gestó la presente crisis financiera asociada a la productos estructurados que bancos como Merryl Lynch de Londres colocaban en los sistemas financieros europeos? No hay que ser un inteligente detective ni un mal pensado por profesión para suponer que algo habrá tenido que ver don César con todo lo que ha pasado. No sé cuál es el grado de su complicidad con lo que ha ocurrido pero al menos algo debería saber de lo que estaban gestando las elites financieras del mundo dada su posición. Y esta suposición razonable es la que me lleva a encontrar en sus acusaciones actuales contra la élite política una vieja resonancia: el  “yo-no-he-sido, ha-sido-ése” típico en los patios de recreo de las escuelas.

 

            Pero, en último término, ¿qué más da? ¿qué importa cuál sea la ocupación de los responsables de la crítica situación española? ¿qué importa que sean las elites políticas o las elites económicas castizas quienes nos han llevado a la actual penosa situación?  ¿Acaso no es más bien  “la gran cuestión”- como dice Elvira Lindo-  la de que “por qué hemos elegido a los peores para tomar decisiones fundamentales?”

            Pues bien, contrariamente a esa opinión generalizada, creo que quienes hemos elegido para dirigir y gobernar las empresas y demás instituciones básicas de nuestra economía y sociedad no son ni mucho menos los peores sino que, todo lo contrario, son sin duda  los mejores.  Basta para reconocerlo y aceptarlo con echar un somero vistazo a los currículos de los dirigentes de nuestras grandes empresas públicas y privadas, de nuestros bancos e instituciones financieras, de los miembros de nuestras Cámaras de Representantes en el estado, las comunidades Autónomas o los Ayuntamientos. En la gran mayoría de ellos se verá una abundancia envidiable de prestigiosos títulos académicos, de distinciones y méritos probados, de investigaciones y capacidades excelentes. Y, por si ello no bastase, se podría indagar también por la valía y reputación de sus asesores y consejeros: todos ellos capacitados académicos y profesionales reconocidos, gente de considerable calidad. Cierto que siempre podrán hallarse excepciones. Cierto que sin necesidad de rebuscar mucho, pues ocupan páginas y páginas de los titulares de los medios de comunicación, aparecen jesusgiles, julianmuñoces  y poceros. Pero no hay que confundir la relevancia mediática con la relevancia social y económica. Tales tipos son la minoría dentro de nuestras elites dirigentes, de modo que si bien es seguro que no todos los mejores forman  parte de las elites que dirigen nuestro país, casi todos los que sí están en ellas  seguro que son de los mejores. Nuestro país es en términos generales y a todos los efectos una meritocracia.

            Pero si es así, la “gran cuestión” no es entonces la de que cómo es posible que hayamos  elegido a los peores, sino la de que por qué los mejores que hemos elegido lo están haciendo tan mal, como si fueran no de lo mejorcito sino de  lo peorcito que se hubiera podido encontrar. Y, hay que recalcarlo, no es este  un fenómeno particular de nuestro país. Está pasando en todas partes. Sucede en la  Unión Europea y sucede en Estados Unidos. Sucede en las milagrosas economías asiáticas y en la desventurada África, y también en las instituciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial. Se mire donde se mire parece que las elites dirigentes distan de estar a la altura de lo que se esperaba de ellas. Incluso, como muestra el caso de la crisis financiera, no es que fallen a la hora de resolver los problemas sino que son ellas las que los causan. Estamos asistiendo, pues, a un fenómeno global que podría denominarse la traición de la meritocracia, pues es una de las características definitorias de las sociedades modernas el que sean  meritocráticas, el que a diferencia de las sociedades tradicionales sus élites dirigentes se nutran de los mejores.

            El que la meritocracia no esté funcionando como debiera, el que el desempeño de los mejores deje tanto que desear puede parecer paradójico. Como el creador del término y su primer analista, Michael Young señalara en su obra El triunfo de la meritocracia de 1958, la meritocracia era el cumplimiento del sueño tecnocrático del siglo XIX en que con el tiempo se instalaría en las posiciones de poder de las sociedades una   ingeniería social que resolvería los problemas económicos y sociales de modo similar a como los ingenieros ya resolvían los problemas de construcción de puentes, vías férreas o puertos, de una manera no política sino técnica.

            Ahora bien, en la práctica, la realización de tal sueño obligaba a firmar implícitamente una suerte de pacto fáustico por el que a cambio de la posibilidad de una gestión eficiente de la cosa pública en la medida que las decisiones se dejarían en manos de los mejores las sociedades renunciaban en buena medida a los contenidos reales del control democrático de las instituciones (reducido por ejemplo en el caso de la política al mero ejercicio del voto en unos procesos electorales celebrados cada cuatro años). Esa creciente distancia política entre los accionistas, trabajadores y ciudadanos respecto a sus dirigentes empresariales y políticos suponía en consecuencia  tanto unos mayores costes para ejercer su control como el debilitamiento de los mecanismos de feed-back  necesarios para la evaluación de la eficiencia de sus decisiones. Aumentaban así las posibilidades de que los mejores se “descontrolasen” y tomasen malas decisiones, de que los mejores fracasasen.

            A este argumento Christopher Lasch agregó hace una veintena de años otra razón explicativa del fracaso de la meritocracia. La caracterizó como la rebelión de las elites y era para él uno de los efectos de la globalización. La globalización implica  el aumento de la distancia social que separa a unas elites cada vez más deslocalizadas de las sociedades  que dirigen. Las globalizadas elites de hoy en día no es que estén por encima de a quienes dirigen en cada lugar, es que están al margen. Los  miembros de las meritocracias locales o nacionales  se viven a sí mismos cada vez menos implicados en la vida del resto de los componentes de las sociedades que dirigen social, económica y políticamente. Este alejamiento social, esta ausencia de empatía,  inevitablemente se traduce en su creciente desconocimiento de los problemas de la sociedad, lo que ciertamente no es un buen punto de partida para tomar decisiones eficientes para resolverlos.

            Finalmente, en este mismo año, Chris Hayes acaba de publicar una obra de título  El crepúsculo de las elites, en el que somete a un escrutinio devastador el comportamiento de las elites norteamericanas en la última década. Junto con la distancia política y la social, Hayes acentúa la importancia de la distancia económica a la hora de explicar el fracaso de la meritocracia. Si bien la desigualdad económica es consustancial a toda meritocracia y se puede explicar como adecuada remuneración de los mejores tanto como premio por sus buenas actuaciones como mecanismo para incentivarlos a la excelencia, su crecimiento en los últimos tiempos está siendo tan explosivo y asombroso que resiste toda justificación económica. Lo que ha sucedido  es que los miembros de las elites políticas, económicas, mediáticas e intelectuales han usado de sus posiciones privilegiadas para apropiarse de niveles de renta cada vez mayores. Ello a su vez, les ha permitido  enquistarse en esas posiciones de privilegio sorteando así uno de los principios básicos para una meritocracia eficiente, el principio de movilidad, por el que hay que entender el proceso de selección competitiva que garantiza que el buen comportamiento sea premiado y el malo castigado.  Hayes habla así de la Ley de Hierro de la Meritocracia por la que se refiere a la inevitable pérdida de efectividad del principio de movilidad asociada al crecimiento en la desigualdad. Y esto se traduce en la impunidad frente a las malas decisiones pues, para unas elites tan enriquecidas, el fallar apenas tiene costes.  

            Pero el crecimiento de la impunidad por la disminución de la movilidad descendente y la consciencia de ser los mejores y de estar al margen de los demás  ha generado además otro efecto perverso: lo que se ha venido en llamar un entorno criminogénico en la toma de decisiones que legitima el uso por parte de los mejores del fraude, del engaño, de la corrupción, del robo, como medios perfectamente válidos en la carrera profesional por llegar aún más alto por ascender en la escala de los más ricos independientemente de las consecuencias sociales.  Y qué difícil se ha hecho encontrar hoy en día gente intachable en cualquier elite. No digamos nada de la corrupción de los políticos que está en boca de todo el mundo en todos los lugares del mundo, pero ¿cómo no recordar el comportamiento de la –supuesta- elite moral de la Iglesia Católica ocultando sistemáticamente la sistemática pederastia en sus colegios y parroquias? ¿qué decir del dopaje ya habitual en tantas elites deportivas?¿qué decir de la aquiescencia con los poderes fácticos de las elites periodísticas y mediáticas?¿Cómo no observar también como cada vez más el engaño se está introduciendo en las elites científicas donde la norma de “publicar o perecer” que regula la carrera profesional en los mundos académicos lleva a sutiles y nada científicas formas de corrupción? Y finalmente, siendo economista, sólo diré que en el mundo de los economistas académicos el viejo refrán de que “quien paga al gaitero, pide la tonada” es una guía perfectamente válida a la hora de juzgar estudios, propuestas y políticas.     

            En suma, que debido al crecimiento de esa triple distancia política, social y económica, la meritocracia está traicionando a las sociedades en que se ha instaurado. Dicho con otras palabras, la aristocracia del talento y del mérito se está pareciendo cada vez más a la aristocracia de la sangre del Antiguo Régimen tanto en lo que respecta a su (in)eficiencia en la gestión de la sociedad, como en lo que atañe a su extremada efectividad a la hora de apropiarse de porciones cada vez mayores de la renta.

            Ante esta situación, ¿cabe acaso extrañarse lo más mínimo de que frente a la oposición horizontal izquierda-derecha que ha caracterizado el escenario social y político en el mundo moderno, esté resurgiendo hoy, en este mundo postmoderno, la premoderna oposición vertical entre los (poquísimos) “de arriba” y los (muchos)  “de abajo”? Esta oposición que se encuentra en la base de movimientos sociales como el 15M en España, Occupy Wall Street en EE.UU. y otros similares, se plantea como objetivo acortar esa distancia tridimensional que hoy permite e incita a los mejores a la impunidad, al egotismo y a la ineficacia, a comportarse como si fuesen los peores.

  1. #14
    Enverto

    Muy cierto lo comentado, resumido, quien sube al carro y quien tira de el

  2. #13
    Siames

    España una meritocracia?
    Increible, con lo que nos sucede y desde nuestra Universidad se achaaca el problema a la meritocracia. El mundo al reves.
    Los agravantes de la crisis en este país, mas alla del evidente corsé que es el euro es la quiebra de su sistema finaciero provocada por LAS CAJAS DE AHORROS, que son BANCOS PUBLICOS donde la meritocracia brilla por su ausencia y donde los politicos sin formación financiera han hecho lo que han querido.

  3. en respuesta a jesúsn
    #12
    jesúsn

    En realidad fue Michel Foucalt el que explico el modelo de control social con el ejemplo del Panóptico, en su libro "Vigilar y castigar". Mucho que leer y poco tiempo

    http://es.wikipedia.org/wiki/Vigilar_y_castigar

  4. #11
    jesúsn

    Felicidades por el artículo, me parece magistral. Condensas en apenas unos párrafos una explicación increiblemente coherente de los males que padecemos. Coincido con tu diagnóstico, las élites se han rebelado, simplemente porque pueden permitírselo. La impunidad se ha institucionalizado. Jaime Caruana fracasó rotundamente como Gobernador del Banco de España, a consecuencia de ello se le da un puesto de responsabilidad en el FMI primero y luego se le nombra director del BIS. Como vemos no es un fenómeno castizo, ocurre en todo el globo. La pregunta que surge de esto es ¿qué cambios institucionales son necesarios para restablecer el feed-back? Para que realmente el que lo haga mal sea castigado. Intuyo que apuntas al llamado problema de la agencía como una de las causas fundamentales que ha cortado el feed-back entre accionistas y élite corporativa ¿se debe modificar la figura de la sociedad anónima? ¿la gobernanza de las grandes corporaciones? ¿deben existir figuras designadas por los accionistas que vigilen de forma permanente a los gestores? Y en la política ¿deben terminar las puertas giratorias? ¿Se debe prohibir por Ley su entrada en el sector corporativo al finalizar la vida pública?

    Según Zygmunt Bauman, al que quizás leas, ya que hablas de nuestra sociedad como "postmoderna", el antiguo control social estaba centralizado en las sociedades modernas en el estado y se ejercía de una forma similar a como funciona el Panóptico

    http://es.wikipedia.org/wiki/Panóptico

    una prisión imaginada a finales del siglo XVIII por el filósofo Jeremy Betham. El que ve a los demás y sin embargo permanece invisible para ellos es el que ostenta la más alta jerarquía y dispone de la mayor libertad de movimientos. La cuestión que surge de esto es que resulta difícil pensar que la clase política -si se puede decir que los políticos forman una "clase" en el sentido Marxista del término, lo cual es muy dudoso- este hoy en día en el centro del panóptico, cuando cada movimiento y cada declaración es analizada por periodistas, tertulianos, opinadores varios y resto de "casta" mediática e intelectual ¿Es posible situar al pueblo, a la gente común, al 99%, en el centro del Panóptico? ¿Será preciso para ello que la información pase a ser parte de "la vida material" en el sentido Braudeliano del término? ¿que termine su fabricación y explotación de forma "capitalista", merced a las nuevas tecnologías? ¿que el ciudadano sea el periodista?

    Con la libertad de movimiento de capital se ha despojado a los sindicatos de todo poder de negociación, si deciden tensar sus músculos el capital simplemente tiene que hacer las maletas y buscar lugares más maleables. Además, están situados en la periferia del Panóptico, vigilados y estrechamente sometidos a la crítica ¿Es posible ganar poder de negociación a través del consumo? ¿O está perdida la batalla de antemano ante las Relaciones Públicas corporativas y la publicidad que juega con nuestros deseos irracionales?

    En las respuestas a esas preguntas está a mi juicio gran parte de lo que hay que plantear como respuesta a tu artículo.

    Un saludo y muchas gracias por tus reflexiones

  5. en respuesta a Juanff
    #10
    Fernando esteve

    A ver, el libro de Acemoglu y Robinson es tan claro, tan evidente, tan sugerente, tan inteligente, tan ilustrativo ....que te desarma intelectualmente de salida. Te rindes a él...y con razón. ¡Dios! -te dices- ¡qué tipos tan listos! ¡ojalá tuvierse yo esa capacidad! Y cierto no es que sea un libro bueno, es buenísimo. Y te lo repito las veces que quieras....Pero, y te cuento lo que me ocurrió a mí, hay un momento en que, de pronto, me pasó igual qiue siempre me pasa cuando veo a alguien o algo perfecto, que descubro que es aparentenmente perfecto, que no es tan Perfecto como aparenta. Y ¿qué le pasa a Acemoglu y Robinson? Pues que su libro es perfecto porque es una tautología. No hay debajo una explicación que no sea la tautológica explicación de que las naciones que fracasan lo hacen porqwue son naciones fracasadas. Veamos, ¿qué es una nación fracasada? Aquella en que su ordenación política, social y económica ha fracasado en crear un capital social que haya posibilitado la acumulación de capital físico y humano, o sera aquella que no ha construido las adecudas nstituciones inclusivas. O sea, que el fracaso es eso, la ausencia de este tipo de instituciones. O sea, que su ausencia nada explica, pues es esa ausencia lo que define el fracaso de las naciones. Qué falta pues una teoría que explique cuándo y por qué aparece el fracasol o sea cuándo y por qu´re las instituciones devienen no inclusivas.
    Por ejemplo, Jared Diamond, en su crítica al libro en The New York Times apuntan al factor geopgráfico como causa o factyor exógeno que explica ese fracaso. Otros hablan de la violencia o la guerra. Otros de la religión. Pero en cualquierta de las explicxaciones, si te das cuenta, de lo que se trata es buscar una explicación externa o exógena del porqué del fracaso o sdea, del por qu´ñe una sociedad no crea instituvciones inclusivas,

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  6. en respuesta a cachonbrena
    #9
    Fernando esteve

    Vaya cuánta, cuantísima historia personal debe haber detrás de lo que me cuentas. Creo que para "contestarte" adecuadamente la red no sirve. Ahí la noche y el cara a cara regado por el alcohol me sigue pareciendo imprescindible. No los mejores no somos "nosotros" los de la enseñanza ni mucho menos. No sabes cuánto vendido hay por ahí. Y, por otro lado, ¿Quiénes son los mejores? Pues depende para qué y para quiénes. Yo en mi post me he centrado en los que la sociedad, o mejor, el mercado y la política, considera que son los mejores. Pero, como bien se trasluce en lo que cuentas, no es infrecuente que los mejores desde el punto de vista de la estima social o pública sean los que se dedican a engañar o hasta empeorar la vida de los demás. Pero, por otro lado, ¿cómo la crítica a esos mejores tan valorados socialmente puede ser limpia? ¿cómo evitar que esté teñida por la envidia? Aquí sólo puedo una vez más recordar una cita del emperador filósofo Marco Aurelio que leí de joven y me ha acompañado siempre y me ha servido no sabes cuánto: "LO mejopr para defenderte es no parecerte a ellos"

  7. #8
    cachonbrena

    A los que esperamos que aparezca tu post y nos alegre el día de vez en cuando, nos ha valido la pena esperar. Ante lo excelente lo mejor es callar, enmudecer, pues ¿qué mayor excelencia hay que la de “saberse siendo”? Y… cuando alguna vez en la vida nos percatamos de esa evidencia inenarrable ¿Acaso no lo hacemos enmudeciendo fascinados? Debería callar pues, y disfrutarlo y dejarlo correr. Pero no me da la gana, no me es posible, necesito hacerte la pelota y llevarte la contraria.
    No puedes imaginarte la particular perspectiva en que me ha colocado la vida. Eran dos hermanas, una morena y otra pelirroja que tenían dos “novietes” que estudiaban economía. El novio de la morena era del noroeste y se creía muy “rojo”, el otro era del este y no se muy bien cuanto de rojo se creía. Ambos eligieron sus destinos, el de la morena se colocó en la fila en la que “mordor” elige a los chicos listos, el otro no. Cuando “mordor” captó al rojo del noroeste, diciendo: “ven aquí chico listo que haré de ti un experto financiero” se fue a vivir al este. Y allí, ocupando altos cargos directivos contribuyó a crear el enorme agujeraco que todos sabemos que en el este se creó. Cosa que sabemos pues es noticia que acaba de prejubilarse con un sueldarraco de escándalo que triplica el suelto de Mas que en si mismo es un escándalo, pues duplica el del Presidente del Gobierno.
    ¿Quién era el mejor? El de la pelirroja, Fernando, el de la pelirroja era mil, cuatrocientas mil veces mejor. Porque los mejores no se ponen en esa fila en la que “mordor” elige y capta. Y no diré que es por ética, sino por algo más profundo que la propia ética, es una grima ancestral lo que les lleva. Esa fila no es una opción para ellos, ni se les ocurre.
    ¿Qué virtud hay en aplicar una ecuación (que ni siquiera tú has creado, con el añadido de que es “mordor” quien te dice que es “esa” la que tienes que aplicar), una vez que los contables han hecho su trabajo? ¿Qué mérito tiene ser un gestor si no respondes de los desastres que provocas? Es de suponer que el rojerío se le pasaría en cuanto le dijeran: ven. Pero ¿Y la vergüenza? ¿Con que jeta, con que cara dura, con que morro, con que desvergüenza aceptas que el sistema te asigne semejante sueldo en virtud de “los servicios prestados a la sociedad” si lo que has hecho es contribuir a su descomunal empobrecimiento? No podía ser un “mejor” que ha “empeorado”; ya no lo era cuando empezó a subir en el escalafón.
    Y es que además la vida me ha colocado en una perspectiva desde la que puedo discernir. Los conocí a los dos. ¡Dónde vas a comparar! Era mucho mejor la “contundente solidez” del novio de la pelirroja que la “frágil y evanescente rapidez” del novio de la morena.
    Así que la historia de la meritocracia está por escribir. Los mejores son los que sostienen el mundo, los que lo hacen avanzar, los que lo mejoran (y que bien dicho queda) y a ellos no se les retribuye especialmente. Los meritócratas no son necesariamente los mejores (quizá una condición necesaria para instalarse en la meritocracia sea precisamente no estar entre los mejores) si no los que hacen más méritos, los que mejor se adaptan a las exigencias de los meritócratas instalados para que te consideren uno de ellos.
    Creo que fue Stiglitz el que, en uno de sus libros, nos recordaba esa evidencia de que sin las sociedades sin ánimo de lucro, por ejemplo la Universidades, ni Occidente ni el Mundo serían lo que son. Si los meritócratas y algunos agentes del mercado poseedores de grandes rentas las “justifican” por el “servicio prestado a la sociedad”; como decían en un artículo… ¿Por qué no son archimillonarios los descendientes de Newton y en cambio los de Rothschild sí? Pensad que nada se mueve sin las ecuaciones diferenciales hoy en día.
    Ser el mejor, es un criterio que para objetivarse debe concretarse, ser el mejor… ¿En qué? Pero visto en abstracto, en una generalización (Imposible desde criterios lógicos) ha de ser algo necesariamente subjetivo. Aunque una sociedad que no quiera caminar hacia su suicidio debe ser capaz de reconocer a sus mejores. Alguien que acepta que después de haber cometido un desastre descomunal se le pague un sueldo inmenso, máxime cuando para poder pagarlo hay que quitarles la comida y los lapiceros a los niños en la escuela, el hambre a las madres de esos niños, reducir los profesores y maestros y los sueldos de los que quedan, reducir los hospitales y las medicinas… es lo peor de lo peor.
    Pero no hemos perdido ese instinto, el de reconocer a los “mejores”. Lo sé porque con la distancia del tiempo puedo ver que entonces, instintivamente ya los valoraba correctamente. Cuando los conocí, alternativamente, creo que ellos no llegaron a conocerse, nada prefiguraba en qué habían de acabar. Aunque una vez visto lo ocurrido, si me pongo psicoanalíticamente melodramático puedo pensar que quizá fue “su fragilidad y su capacidad innata de seducción” lo que posibilitó el meteórico ascenso hacia lo peor del novio de la morena. Y si tengo que decir, también desde esa perspectiva psicoanalíticamente melodramática, porqué en mi fuero interno valoraba más, me parecía mejor, el novio de la pelirroja, diría: “por la robustez de su pensar y su capacidad innata de generar criterio”. Ahora está por ahí, con vosotros, en las Universidades.
    Y tengo que decirlo, más que decirlo gritarlo, porque no soy un loco suicida y quiero que mis hijos y mis nietos tengan un futuro. Sois vosotros los mejores, es de ley reconocéroslo ya que la sociedad no os lo retribuye. Ahora que toda la “Enseñanza” está en lucha por no morir estrangulados por los recortes que se hacen para, entre otras cosas, pagar los sueldazos de los impresentables, hay que decir que los mejores sois vosotros y que os necesitamos.

  8. en respuesta a Sergio C
    #7
    Wenomeno

    Con el tocho que he escrito no sé si ha quedado claro, pero a mí lo que más me preocupa es el fenómeno "o estás conmigo o estás contra mí". Y me preocupa porque, aún cogiéndolo sin malicia, es algo que crea rivalidades de forma natural y el que no quiera ser eliminado no se opondrá a sus superiores.

    Por ejemplo, imagina que en la junta de un partido político hay que tomar cierta decisión. Uno de los barones propone el camino X y otro el camino Y, y que ambas son propuestas honestas y beneficiosas para el país, pero mutuamente excluyentes. Y tú tienes que dar tu apoyo a una. Automáticamente te conviertes en un rival para los representantes de la otra propuesta con lo que intentarán reducir o eliminar tu influencia. Y no hace falta que se haga por medios ilegítimos, simplemente apoyarán a quién piense como ellos y se opondrán a quién vaya en su contra.

    Al final se promociona al que tiene ideas similares a los que ya están en la cima. Esto puede ser bueno, si ésos son gente con una mentalidad innovadora, competentes y eficaces porque promocionarán a los que son como ellos. Así se producen círculos viciosos o virtuosos según el caso.

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  9. #6
    Gaspar

    El post me parece muy interesante sobre todo en la critica al fallo y distanciamiento (ya sea por fundamentos o por que se desvirtuó en el camino) que ha tenido la meritocracia o lo que sea que tenemos hoy llamado por ese nombre (algo así como comunismo en China que no es comunismo). Sin embargo no concuerdo como en el fallo del libro "Why Nations Fail" que ya comentó Juaniff.

    Otro angulo para analizar este comportamiento errático de los supuestos "líderes" de nuestra elite podría ser el de este post, porque el que alguien sea muy inteligente, audaz, excelente manipulador o el mejor no le excenta de caer en las manias típicas del ser humano: pánico, miedo, euforia, avaricia, ego, etc
    https://www.rankia.com/blog/etfs-pm/847394-adictos-riesgo

    Saludos

  10. #5
    Juanff

    Desde mi humilde opinión partes de una errónea concepción para atacar la meritocracia, y es decir que los puestos de las altas esferas políticas, económicas, religiosas, científicas... están ocupados por los mejores cuando esta afirmación es fácilmente rebatible con cientos de ejemplos reales. Escribes dando a entender que "ser el mejor" (concepto que no defines) es la única estrategia valida para acceder a un puesto de las altas esferas.

    Luego haces otra afirmación que también me llama la atención "Congruentemente con esta manera de pensar, que don César extrae del último y para mí fallido libro de Acemoglu y Robinson ¿Por qué fracasan las naciones?, la responsabilidad del desaguisado nacional español hay que ponerla en las elites políticas de nuestro país y en los miembros de su clientela económica" ¿te importa explicarnos por qué el libro de Acemoglu y Robinson te resulta fallido? http://www.elconfidencial.com/opinion/mientras-tanto/2012/10/14/los-otros-y-verdaderos-culpables-de-la-crisis-10025/ porque a mí si me parecen válidos unos estudios donde se compara la calidad o grado de la democracia de los países con el resultado del bienestar general obtenido por cada uno de ellos. Y sin pensar que la calidad de la democracia sea el único factor que conlleve "el éxito o el fracaso" de las naciones, no cabe duda que el tipo de gobernanza de cualquier instituciones influye, sin duda alguna, en sus propios resultados y en los de su entorno.

    S2

  11. en respuesta a Wenomeno
    #4
    Sergio C

    No puedo estar más de acuerdo, con este comentario. Por muy bueno, que seas, nunca llegarás arriba si no eres un "pelota" en mayor o menor medida. Porque los de arriba, quieren aduladores, por encima de personas que les pudieran hacer sombra.

    Por ello, el que se sabe más inteligente, dispuesto o con iniciativa y no puede ascender, lo único que hace en sentirse desmotivado por su labor y rinde menos, por lo tanto baja su productividad.

    Anecdota: "Siempre había escuchado de jovenzuelo .... "casate con una mujer tonta" y yo me preguntaba, para que..... si no me va a ser de ayuda, cuando tenga dudas, para que me sirve".. (anecdota de una sociedad, donde el conocimiento y la inteligencia no se valora ni se tiene en cuenta.

    Solo hay que ver el programa "Lo Sabe, no lo sabe" en Cuatro a eso de las 21:15h, donde se puede observar como el denominador común es una ignorancia galopante que sonroja a cualquier persona "normal".

    Saludos

  12. #3
    Sasha

    Ante esta situación, ¿cabe acaso extrañarse lo más mínimo de que frente a la oposición horizontal izquierda-derecha que ha caracterizado el escenario social y político en el mundo moderno, esté resurgiendo hoy, en este mundo postmoderno, la premoderna oposición vertical entre los (poquísimos) “de arriba” y los (muchos) “de abajo”? Esta oposición que se encuentra en la base de movimientos sociales como el 15M en España, Occupy Wall Street en EE.UU. y otros similares...

    Hace tiempo que me puse la firma que me puse (en estos momentos habla de lo citado) antes de leer este artículo. Me ha gustado, ¿lo ha enviado ya al Paí para que lo cotejen a ver si merece la pena? No diré que es Ud. uno de los que lo merecen, pero sí que ha habido cada uno que mejor nunca lo hubiesen incorporado.

  13. #2
    Franz

    Es verdad pues si se han tomado decisiones muy drásticas para España y muy sabes que muy erróneas y por hablar de una del antiguo régimen. Como muy bien saben los eruditos de la materia y por lo que se ve se siguen tomando, como se lo diría, quizás un venir e ir de ideas por decirlo de otra forma de distancias sean económicas, sociales y políticas o aquellas que por espacio no la ha podido escribir y no voy a hablar de los pueblos tan queridos como vascos, catalanes, gallegos o cualquier otro para mi siguen y seguirán siendo siempre de nuestra Madre Patria. ¿Si se debiera de elegir a una? le ha tocado a la Católica si no mal recuerdo en este país desde hace muchas décadas existen más religiones e inclusive con el antiguo régimen, por respeto no voy a hablar mal de ninguna, para mí todas tienen sus imperfecciones que no dudo ni mucho menos de todo lo que comentas, por desgracia solamente de una, la Católica. Hoy en día como siempre no creas que vas a encontrar santos, mas bien de todo como en todas partes y en todas las épocas y confiemos que aunque poco a poco espero que vayamos bien encaminados hacia un futuro mejor y el que más nos conviene, no solo se lo deseo a España, sino a todos los países del mundo.
    Un saludo

  14. #1
    Wenomeno

    Este es un tema al que le doy vueltas frecuentemente. Yo creo que la proporción de incompetentes en puestos de responsabilidad es mucho mayor de lo que comenta en el artículo, pero es una diferencia de apreciación menor. Estoy de acuerdo en que el problema no está en que no sepan qué hacer, sino en que sabiéndolo no lo hacen.

    Por ejemplo, el Gobierno de Rajoy envió hace unos meses un documento a la Comisión Europea informándoles de las reformas que tenían pensado hacer. La Comisión les contesto que si hacían todo eso España estaría en la vanguardia en este aspecto. Es decir, saben lo que hay que hacer y cuentan con la bendición de la CE. Sin embargo, lo que están haciendo no tiene nada que ver con lo propuesto en dicho documento.

    Las razones, bueno ..., es difícil decir qué es lo que ocurre, pero en mi opinión el sistema adolece de una competencia totalmente contraproducente. Es decir, aunque uno tenga la mejor preparación y las mejores aptitudes, ganas de trabajar y honradez, sino alcanza un puesto clave no podrá hacer gran cosa. Así que, lo primero es trepar y luego ya veremos.

    Pero la competencia es muy dura y hay que formar alianzas, por ejemplo los grandes partidos políticos son agrupaciones de varios partidos menores, todos ellos. Una consecuencia terrible de esto es lo que yo llamo "efecto uno de los nuestros", es decir, aquí el mérito pasa a ser algo secundario, ser del clan rival es un estigma imperdonable, o estás con nosotros o contra nosotros.

    Además, son necesarios padrinos que te den un empujoncito con lo que se desarrollan una serie de relaciones basadas en lealtades, y no refiero a chanchullos cutres como lo de Marbella, sino a casos como el del PP valenciano, donde la preocupación de la cúpula no fue nunca limpiar la casa, sino proteger a los miembros del clan. Todo esto por amistad. "Recuerda que somos amigos, algún día me podrás devolver el favor". (Y además de padrinos también son necesarios patrocinadores, que hacer amigos cuesta mucho dinero, aunque este punto me parece que es algo secundario.)

    Un buen trepa debe ser por necesidad un pelota. Esto implica que si tu jefe, por bueno que sea, decide implementar una política equivocada, hay que aplaudirla o hacerse a un lado. Algunos dirán que no tiene porque ser así y que en muchos casos lo que se pide es que se aportan opiniones diferentes. Pero, explíquenme entonces como es que en esta crisis todos los bancos se hayan pillado los dedos, unos en mayor medida que otros, principalmente porque unos tenían problemas añadidos y otros porque supieron ver la que se venía y reaccionaron a tiempo. En la política ocurre lo mismo, el que se muestre tibio en sus convicciones acerca de los objetivos de la cúpula está condenado al ostracismo.

    Aún así, no hay oportunidades para todos, y cada uno mete la cabeza como puede. Ayer leí un artículo sobre el sistema de selección seguido en las publicaciones científicas. El autor se quejaba de lo que le había ocurrido en cierta revista. Resulta que cuando envías un artículo, unos editores lo revisan y solicitan ciertas correcciones. A su vez, uno de los criterios más importantes para determinar el prestigio de un autor es observar el número de veces que es citado. Pues bien, los editores sugieren que se cite a tal o cual colega, en ocasiones a sí mismos. Así el número de citas medio por artículo se ha doblado en los últimos años. Este es un ejemplo de muchísimos en los que se puede observar una degeneración en los fines de las actividades de las élites.

    En conclusión, actualmente las élites gastan sus recursos y energía en posicionarse para poder ascender en el escalafón. Una vez arriba, se emplean en mantenerse, en hacer favores para ganar nuevos apoyos y en devolver favores a sus antiguos patrocinadores. Incluso las actuaciones más honestas se enfocan en el corto plazo, porque es el plazo en el que se enfoca la mayoría.

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