Ayer tuve ocasión de ir al gimnasio a una clase a la que no había ido antes. Yo tenía grandes reservas. Era zumba. El nombre no me decía nada. Me sonaba a una especie de lucha libre combinada con capoeira. Me animé a ir porque me quedaba una clase pagada de agosto que no iba a poder usar en septiembre. Así que o iba, o la perdía. Era mi última oportunidad: asistir a la clase del 31 de agosto por la tarde. Para mi sorpresa, fue una clase espectacular. Resulta que zumba es una mezcla de aerobics con baile. La entrenadora, a quien yo había visto sólo en clases de fuerza, rebosaba de energía y buen humor. Combinaba, una detrás de otra, canciones de salsa, chachachá, tango, reggaetón, ritmos africanos, árabes, franceses, entre otros. ¡Me lo pasé espectacular! Y los 50 minutos se fueron como 10.
¿Por qué les cuento esto? Porque con las finanzas personales y las inversiones pasa algo muy parecido: por desconocimiento nos perdemos de lo bueno. Ni siquiera sospechamos que necesitamos imperativamente crear patrimonio, ordenar las finanzas, poner el dinero a trabajar.
Samuelson y Zeckhauser (1988) demostraron en una serie de experimentos que las personas tendemos a quedarnos con la opción que ya tenemos aunque existan alternativas objetivamente mejores, y lo bautizaron como sesgo del statu quo. Ellsberg (1961) había mostrado antes algo complementario: preferimos un riesgo conocido a una incertidumbre desconocida, incluso cuando la incertidumbre podría favorecernos. En mi caso, yo prefería la clase de fuerza que conocía a una clase de nombre raro que, además, me sonaba a golpes. Con el dinero: preferimos la cuenta de ahorro de toda la vida, el plazo fijo que nos recomendó un familiar o, directamente, no mover nada, antes que asomarnos a instrumentos que no entendemos.
El tercer, y más traicionero ingrediente
Loewenstein (1994) describió la curiosidad como una respuesta a una "brecha de información": sentimos curiosidad cuando percibimos que nos falta algo por saber. El problema es que si ni siquiera sospechamos que existe esa brecha, la curiosidad no se activa. Nadie siente curiosidad por la zumba si cree que ya sabe lo que es. Y nadie siente urgencia por poner el dinero a trabajar si nunca ha visto en números lo que cuesta no hacerlo. Klapper, Lusardi y van Oudheusden (2015), en la encuesta global de alfabetización financiera de Standard & Poor's, encontraron que sólo uno de cada tres adultos en el mundo responde correctamente a preguntas básicas sobre interés compuesto, inflación y diversificación. Dos de cada tres personas no saben que se están perdiendo de algo. En buena parte de Latinoamérica la cifra es aún mayor. Esa es la brecha que no se siente.
Ahora bien, abrirse y probar no significa hacerlo a lo loco
Como dice Ray Dalio en su libro Principios de vida y trabajo, cuando habla de cómo aprender a tomar decisiones convenientes, hay diferentes niveles: un nivel general (una vista desde arriba), niveles desde "abajo" (que son más detallados) y niveles intermedios que mezclan un poco de los 2 primeros y sirven para enlazarlos. Si hablamos de la gestión del dinero, yo lo pondría así: nivel macro que vendría siendo entender la necesidad primaria de ordenar las finanzas y crear patrimonio estratégico, hereditario, a largo plazo. Los niveles "de abajo", de ejecución detallada serían: la adquisición de conocimiento, la creación y mantenimiento de los hábitos financieros clave, la elección consciente del entorno, la creación de una cartera de inversión diversificada. Cada actividad del nivel de detalle debe estar alineada con el nivel macro, que es el de las metas.
Dalio (2017) lo formula como un principio explícito: navegar bien entre los niveles, sin perder de vista cómo se conectan. Y esa conexión es exactamente la diferencia entre explorar con criterio y explorar a lo loco. La curiosidad vive en los niveles intermedios: probar una nueva plataforma de inversión, leer sobre una clase de activo que no conocíamos, automatizar una transferencia mensual, hacer un curso, entrar a un foro como este. Todo eso es sano y necesario. Pero cada experimento tiene que poder responder a una pregunta del nivel macro: ¿esto me acerca a un patrimonio que se sostenga en el tiempo y que pueda heredar? Si la respuesta es "no sé, pero me dio curiosidad", el experimento sigue siendo válido como aprendizaje, no como destino de una parte importante del capital. Si, en cambio, la respuesta es sí, se ponen en acción mecanismos del nivel “de abajo”, que es el que responde por la ejecución concreta.
El costo de explorar sin ese anclaje también tiene medida
Barber y Odean (2000) analizaron las cuentas de más de 66.000 hogares en un bróker estadounidense y encontraron que el 20 % que más operaba obtuvo un 11,4 % anual, frente al 17,9 % del mercado en el mismo periodo. Probaron, se movieron, fueron "curiosos", y esa curiosidad sin nivel macro les costó más de seis puntos al año. Esto muestra la importancia de probar “sabiendo para qué".
El premio de probar con criterio
Lusardi y Mitchell (2014), revisando la evidencia de varios países, encontraron que quienes entienden conceptos básicos como el interés compuesto planifican más para el largo plazo y acumulan significativamente más patrimonio que quienes no los entienden, incluso controlando por ingreso y educación formal. Es decir, la brecha la cierra saber más y actuar en consecuencia. El dinero que trabaja todo el tiempo es la consecuencia mecánica de haberse abierto a entender cómo funciona.
Fui a la clase de zumba de ayer porque era mi última oportunidad: o usaba esa clase o la perdía. Con el dinero no existe ese aviso. Nadie nos dice "esta es tu última clase de agosto". Cada mes que pasamos sin ordenar las finanzas, sin fondo de emergencia, sin una parte del capital produciendo, es una clase pagada que caduca en silencio, y el interés compuesto que no recibimos no se recupera después. La buena noticia es que la zumba estaba ahí desde hace años, en el mismo gimnasio, con la misma entrenadora. Sólo hacía falta entrar. Con las finanzas pasa igual: lo bueno ya existe, está documentado y está a nuestro alcance. Lo único que hace falta es abrir la puerta, mirar con curiosidad y, siempre preguntarse para qué.
Y ustedes, ¿cuál fue la última "clase de zumba" financiera a la que entraron con reservas y terminó sorprendiéndolos?