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Versos sueltos

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Versos sueltos
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#4785

Re: Versos sueltos

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  OJOS VERDES

                I

Apoyá en er quisio de la mansebía 
miraba ensenderse la noche de mayo; 
pasaban los hombres y yo sonreía 
hasta que a mi puerta paraste el caballo. 
 «Serrana, ¿me das candela?» 
Y yo te dije: «Gaché, 
ven y tómala en mis labios 
que yo fuego te daré». 
Dejaste er caballo 
y lumbre te di, 
y fueron dos verdes luceros de mayo 
tus ojos pa mí.

Ojos verdes, verdes como la albahaca. 
Verdes como el trigo verde 
y el verde, verde limón. 
Ojos verdes, verdes, con brillo de faca, 
que están clavaítos en mi corazón. 
Pa mí ya no hay soles, luceros ni luna, 
no hay más que unos ojos que mi vía son. 
Ojos verdes, verdes como la albahaca. 
Verdes como el trigo verde 
y el verde, verde limón.

                II

Vimos desde el cuarto despertar el día 
y sonar el alba en la Torre la Vela. 
Dejaste mis brazos cuando amanecía 
y en mi boca un gusto de menta y canela. 
«Serrana, para un vestío 
yo te quiero regalá». 
Yo te dije: «Estás cumplío, 
no me tienes que dar na». 
Subiste ar caballo, 
te fuiste de mí 
y nunca una noche 
más bella de mayo 
he vuelto a viví.

Ojos verdes, verdes como la albahaca. 
Verdes como el trigo verde 
y el verde, verde limón. 
Ojos verdes, verdes, con brillo de faca, 
que están clavaítos en mi corazón. 
Pa mí ya no hay soles, luceros ni luna, 
no hay más que unos ojos que mi vía son. 
Ojos verdes, verdes como la albahaca. 
Verdes como el trigo verde 
y el verde, verde limón.

Rafael de León

 

 

No te quejarás...

 

 

¡¡Sed muy felices!!

 

 

 

 

Si un amigo es de verdad, su amistad perdura en el tiempo y con la distancia.

#4786

Re: Versos sueltos

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  PROFECÍA

«Y me bendijo a mi mare; 
y me bendijo a mi mare. 
Diez séntimos le di a un pobre 
y me bendijo a mi mare. 
¡Ay! qué limosna tan chiquita, 
qué recompensa tan grande. 
¡Qué limosna tan chiquita, 
qué recompensa tan grande!»

¿A dónde vas tan deprisa 
sin desirme ni ¡con Dió!? 
Me puedes mirá de frente, 
que estoy enterao de tó. 
Me lo contaron ayer 
las lenguas de doble filo, 
que te casaste hase un mé 
 y me quedé tan tranquilo. 
Otro cualquiera en mi caso, 
se hubiera echao a llorá, 
yo, crusándome de brasos 
dije que me daba iguá. 
Y ná de pegarme un tiro 
ni liarme a mardisiones 
ni apedrear con suspiros 
los vidrios de tus barcones. 
¿Que t'has casao? ¡Buena suerte! 
Vive sien años contenta 
y a la hora de la muerte, 
Dios no te lo tenga en cuenta. 
Que si al pie de los artares 
mi nombre se te borró, 
por la gloria de mi mare 
que no te guardo rencor. 
Porque sin sé tu marío, 
ni tu novio, ni tu amante, 
yo fui quien más t'ha querío, 
con eso tengo bastante.

              * * *

—¿Qué tiene er niño, Malena? 
Anda como trastornao, 
tié la carilla de pena 
y el colorsillo quebrao. 
Y ya no juega a la tropa, 
ni tira piedras al río, 
ni se destrosa la ropa 
subiéndose a coger níos. 
¿No te parese a ti extraño, 
no ves una cosa rara 
que un chaval de dose años 
lleve tan triste la cara? 
Mira que soy perro viejo 
y estás demasiao tranquila. 
¿Quieres que te dé un consejo? 
Vigilia, mujé, ¡vigila!

Y fueron dos sentinela 
los ojitos de mi mare. 
—Cuando sale de la escuela 
se va pa los olivare. 
—Y ¿qué busca allí? —Una niña, 
tendrá el mismo tiempo que él. 
José Migué, no le riñas, 
que está empesando a queré. 
Mi pare ensendió un pitillo, 
se enteró bien de tu nombre, 
te regaló unos sarsillos 
y a mí un pantalón de hombre.

Yo no te dije «te adoro» 
pero amarré en tu barcón 
mi laso de seda y oro 
de primera comunión. 
Y tú, fina y orgullosa, 
me ofresiste en recompensa 
dos sintas color de rosa 
que engalanaban tus trensas. 
—Voy a misa con mis primos. 
—Bueno, te veré en la hermita. 
Y qué serios nos pusimos 
al darte el agua bendita. 
Mas luego en el campanario, 
cuando rompimos a hablar: 
—Dise mi tita Rosario 
que la sigüeña es sagrá, 
y el colorín, y la fuente, 
y las flores, y el rosío, 
y aquel torito valiente 
que está bebiendo en el río; 
y el bronse de esta campana, 
y el romero de los montes, 
y aquella línea lejana 
que la llaman... ¡horisonte! 
¡Todo es sagrao: tierra y sielo 
porque así lo quiso Dió! 
¿Qué te gusta más? —Tu pelo. 
¡Qué bonito me salió! 
—Pues, ¿y tu boca, y tus brasos, 
y tus manos reonditas, 
y tus pies fingiendo el paso 
de las palomas suritas? 
Con la puresa de un copo 
de nieve te comparé; 
te revestí de piropos 
de la cabesa a los pié. 
A la vuerta te hise un ramo 
de pitiminí,presioso 
y a luego nos retratamos 
en las agüitas de un poso. 
Y hablando de estas pamplinas 
que inventan las criaturas, 
llegamos hasta tu esquina 
cogíos por la sintura. 
Yo te pregunté: —¿En qué piensas? 
Tú dijiste: —En darte un beso. 
Y yo sentí una vergüensa 
que me caló hasta los huesos. 
De noche, muertos de luna, 
nos vimos por la ventana. 
—¡Chssss! Mi hermaniyo está en la cuna, 
le estoy cantando la nana.

«Quítate de la esquina, 
chiquillo loco, 
que mi mare no quiere 
ni yo tampoco».

Y mientras que tú cantabas 
yo, inosente me pensé 
que nos casaba la luna 
como a marío y mujé.

¡Pamplinas! ¡Figurasiones 
que se inventan los chavales! 
Después la vida se impone: 
tanto tienes, tanto vales; 
por eso, yo al enterarme 
que llevas un mes casá, 
no dije que iba a matarme, 
sino que me daba iguá. 
Mas como es rico tu dueño, 
te vendo esta profesía: 
tú, por la noche, entre sueños 
soñarás que me querías, 
y recordarás la tarde 
que mi boca te besó 
y te llamarás «¡cobarde!» 
como te lo llamo yo. 
Y verás, sueña que sueña, 
que me morí siendo chico 
y se llevó la sigüeña 
mi corasón en su pico. 
Pensarás: «no es sierto ná, 
yo sé que lo estoy soñando»; 
pero allá en la madrugá 
te despertarás llorando, 
por el que no es tu marío, 
ni tu novio, ni tu amante, 
sino el que más te ha querío. 
Con eso tengo bastante. 
Por lo demás, tó se orvía. 
Verás cómo Dios te manda 
un hijo como una estrella; 
avísame de seguía, 
me servirá de alegría 
cantarle la nana aquella:

«Quítate de la esquina, 
chiquillo loco, 
que mi mare no quiere 
ni yo tampoco».

Pensarás: «no es sierto ná, 
yo sé que lo estoy soñando». 
Pero allá en la madrugá 
te despertarás llorando.

Porque sin sé tu marío, 
ni tu novio, ni tu amante, 
yo soy... quien más t'ha querío... 
¡Con eso tengo bastante!

Rafael de León

 

 

 

¡¡Sed muy felices!!

 

 

Por no caer en los tópicos...

 

 

 

 

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#4787

Re: Versos sueltos

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A UN CABALLERO Y UNA DAMA QUE SE CRIABAN JUNTOS DESDE NIÑOS Y SIENDO MAYORES DE EDAD PERSEVERARON EN LA MISMA CONVERSACIÓN

Firmio, en tu edad ningún peligro hay leve; 
porque nos hablas ya con voz escura, 
y, aunque dudoso, el bozo a tu blancura 
sobre ese labio superior se atreve.

Y en ti, oh Drusila, de sutil relieve 
el pecho sus dos bultos apresura, 
y en cada cual sobre su cumbre pura 
vivo forma un rubí su centro breve.

Sienta vuestra amistad leyes mayores: 
que siempre Amor para el primer veneno 
busca la inadvertencia más sencilla.

Si astuto el áspid se escondió en lo ameno 
de un campo fértil, ¿quién se maravilla 
de que pierdan el crédito sus flores?

Bartolomé Leonardo de Argensola

 

 

 

 

Sin casualidades, la vida ni existiría...

 

 

 

¡¡Sed muy felices!!
 

 

 

 

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#4788

Re: Versos sueltos

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        SONETO

Tiempo fue cuando yo, como en Egito,
un cabrón adoraba o un becerro,
un lobo, un cocodrilo, un medio perro,
o algún parto más fiero y exquisito.

Por huir el lugar, después maldito,
escogí voluntario mi destierro,
consumiendo con llamas o con hierro
cualquier memoria del infame rito.

Y de la luz divina que contemplo
—de quien un vil temor privarme pudo,
haciéndome cobarde siervo oculto—

de tal manera ya visito el templo,
que ofreceré mi pecho al hierro agudo
por defender sus aras y su culto.

autógrafo

Lupercio Leonardo de Argensola

 

 

¡¡Sed muy felices!!

 

 

 

 

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#4789

Re: Versos sueltos

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 A LA ESPERANZA

Alivia sus fatigas
El labrador cansado
Cuando su yerta barba escarcha cubre,
Pensando en las espigas
Del agosto abrasado
Y en los lagares ricos del otubre;
La hoz se le descubre
Cuando el arado apaña,
Y con dulces memorias le acompaña.

Carga de hierro duro
Sus miembros, y se obliga
El joven al trabajo de la guerra.
Huye el ocio seguro,
Trueca por la enemiga
Su dulce, natural y amiga tierra;
Mas cuando se destierra
O al asalto acomete,
Mil triunfos y mil glorias se promete.

La vida al mar confía,
Y a dos tablas delgadas,
El otro, que del oro está sediento.
Escóndesele el día,
Y las olas hinchadas
Suben a combatir el firmamento;
Él quita el pensamiento
De la muerte vecina,
Y en el oro le pone y en la mina.

Dexa el lecho caliente
Con la esposa dormida
El cazador solícito y robusto.
Sufre el cierzo inclemente,
La nieve endurecida,
Y tiene de su afán por premio justo
Interrumpir el gusto
Y la paz de las fieras
En vano cautas, fuertes y ligeras.

Premio y cierto fin tiene
Cualquier trabajo humano,
Y el uno llama al otro sin mudanza;
El invierno entretiene
La opinión del verano,
Y un tiempo sirve al otro de templanza.
El bien de la esperanza
Solo quedó en el suelo,
Cuando todos huyeron para el cielo.

Si la esperanza quitas,
¿Qué le dejas al mundo?
Su máquina disuelves y destruyes;
Todo lo precipitas
En olvido profundo,
Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?
Si la cerviz rehúyes
De los brazos amados,
¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

Amor, en diferentes
Géneros dividido,
Él publica su fin, y quien le admite.
Todos los accidentes
De un amante atrevido
(Niegúelo o disimúlelo) permite.
Limite pues, limite
La vana resistencia;
Que, dada la ocasión, todo es licencia.

autógrafo

Lupercio Leonardo de Argensola

 

 

 

 

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#4790

Re: Versos sueltos

Y es que son fáciles de leer y aportan mucha cultura... y entretenimiento. Innegable...

 

 

  EL ARCO INVISIBLE DE VIÑALES

El doncel del mirador me muestra su estalactita,
me la muestra como a todo el que por allí transcurre, alaba.
Su nerviosa curiosidad se rompía cuando mostraba la estalactita,
como si la fuera a regalar. Cuando la acariciamos
con redorada lentitud, rompe para engendrar,
después de haber entregado y dejado acariciar la piedra,
dice: la suya vale diez céntimos.
Ahora él es como nosotros, se acerca al mirador
y se pierde después, después ya no está.

El muchacho vendedor de estalactitas, saltamontes,
antes de dormir repasa su castillo de cuello de cristal,
la botella llena de cocuyos donde guarda los diez céntimos,
los metales antiguos, las vacías columnas,
que ahora son serpentinas que rodean a los cocuyos,
a los cien cocuyos que tiran sus frentes
contra los vidrios oscuros, desdeñosos de la corrupción.

El paseo de regreso cala sus máscaras
y los faroles cambian sus cascadas,
después que el aguacero se sentó en su trono de diversidad.
Volvió a levantarse, sacudía sus piernas y sus cueros
recobraban la ternura paciente de donde salieron.
La luz de artificio abullonando el agua se queda como lagarto blanco.

Demetrio, hermoso de cejas, ciego fue a Egipto,
y el vendedor de estalactitas colocó la botella de cocuyos
debajo de la almohada, y ahora el orden y la sucesión
de aquella tierra de la almohada cada vez que recibía
escapado de la humedad al nuevo descanso,
era como si nos apoyáramos en el sueño esa agua de cocuyos.

En la botella también el severo multiplicador de los céntimos
y la magia de las monedas frente a la cárcel de los cocuyos.
En el alba, recién lavados, sólo los cocuyos alborozados en el rocío.
Durante el sueño del vendedor de estalactitas,
pasaron por debajo de su sueño:
el puente romano de un colchón deslavazado
y las maderas del cuadrado eran un trampolín para ser lanzados
al mar con la magia de las monedas.

Pasaron por debajo de su sueño:
el otro hermano, saltimbanqui picassista, con una lánguida nota azul;
la madre que abanicó la puerta para alejar a una lagartija;
el otro hijo, de risitas, sobre la nieve como los gatos.
Y la hermana que antes de ir a visitar a su soldado,
pasó por allí para no hacer ruido, para no despertar.
Le robaron la magia de las monedas,
las que sirven para coserlas en un traje
o para sumergir sus testas en harina.
El dinero con su agujero calzado al lado del coral.

Para no hacer ruido, fijos en la alacena de nopal joven
que suelta la cuchara de su copa pascual.
La cuchara deja su relieve en la cera del baile,
la copa de la alacena le sacude su rocío de cocuyos.
El nopal joven todavía no asimila las salteadas ironías del rocío.
Para no hacer ruido: que no vea la hoja húmeda sobre el encerado,
sino la cuchara con rocío de cocuyos dejando su relieve
en el encerado. La cucharilla y no la hoja
sobre la cera humedecida. En la alacena cae la hoja
y se desprende una cuchara, después arena, después la luna
abrillanta la cuchara, después las hojas y los días.

Para no despertar, la cinta, metro a metro, en sus plomadas,
rodea la espuma necesaria de humo que nos vuelca
y el martinete enterrado que se mueve lentamente.
Después nuestro cuerpo no está, pero la cinta
se mueve lentamente, lentísima, hacia su gruta.
El martinete asciende y recoge esas cintas rotas, desciende,
y desdeñoso ahora la rinde como flor.

Las monedas cosidas en su traje, baila y zumba
en la nostalgia feroz de sus escamas.
Sumando esas escamas logra su metamorfosis y la del aire.
Con mi piel cosida de monedas soy jabato, perezoso y gaviota,
para afirmar que la espuma no es lo que sobra
o que la espuma es un sueño o metamorfosis innecesaria.
La magia de las monedas no es el mismo tema que la fertilidad de las espumas,
ya que yo hablo sólo de las monedas cosidas en su traje
o de las que no tienen resonancia al caer en un piso de cera.

Los escudos y los rostros legañosos de harina, con aretes
de puntas de maní cruzan sus piernas en un relicario,
o ese juego de lanzar las monedas a la médula de la harina
y dejar una olvidada para la gruesa broma pascual.
Con el meñique en el carrillo el blando diosecillo lanza su bast6n de mando.
Coser la moneda y el coral, el sudoroso cordel de las fiebres,
el puntazo limpio y chabacano que lo cosió a una suerte.
Las cubetas lanzadas sobre la carne de coral
y el barquito que galopa sumando sus monedas.

Los pinos —venturosa región que se prolonga—,
del tamaño del hombre, breves y casuales,
encubren al guerrero bailarín conduciendo la luna
hasta el címbalo donde se deshace en caracoles y en nieblas,
que caen hacia los pinos que mueven sus acechos.
El enano pino y la esbeltez de la marcha, los címbalos y las hojas,
mueven por el llano la batalla hasta el alba.
Sus ojos, como un canario que se introduce,
atraviesan la pasta de los olores, remeros del sueño,
y cambiando los pinos por otros guerreros caídos de las hojas
—morada la muerte y el blanco cenizoso de un húmedo reverso—,
recorren sus destrezas y el guerrero que descuelga sus bandejas,
allí donde la luna entreabre el valle y cierra el portal.
El guerrero mueve los pinos y toca su acecho;
su oído, mano de los presagios, atraviesa los ríos,
donde el esbelto esconde su mandato con jícaras
que graban su hastío.
La mezcla de pinos enanos y los guerreros escondidos
detrás de esas hojas que comenzaron halagándolos con la igualdad de su tamaño,
y el completo valle por donde acecha su piel atigrada.
La innumerable participación de la brisa
en la cabellera de los pinos enanos y del guerrero
que ondula su piel, impulsa sus recuerdos
a otras batallas dormidas, a otras rendiciones
donde su esbeltez tocaba al hijo de Poro y no de Afrodita.
Estos guerreros escondidos detrás de las hojas elaboran
la terraza donde la brisa luna el escarabajo egipcio;
dormir es aquí también endurecerse cara al tiempo,
donde el cuerpo se embriaga cuando el aliento explora un nuevo círculo
y los címbalos dictan tan sólo la desaparición de las nubes.
El combate toca entre dos pausas aladas
y el sueño vuelve a retirar las alfombras donde parecía hilarse la muerte.
Una sorpresa igual a un color frenético es desechada,
los círculos guerreros están ansiosos de trocarse en espirales bailables,
pues la suerte de una batalla desapareció con el alba primera.
Los arcos en la mezcla de los pinos y esos dormidos militares,
son pulsados por la participación en sus instantes dobles;
las ondulaciones de ese arco son llamas que descargan en las hojas
y el oleaje como el círculo clavado del delfín.
Las espirales crecen en el círculo de los pinos enanos
y alcanzan su marina en el círculo del guerrero,
entre las flechas de los pinos y el sueño de las hojas.
En realidad, aquí el hombre no puede adormecer sus silencios,
pues no brota del puente de cuerdas y del látigo,
tiene que apoyarse detrás de colosales franjas de agua,
arder en la parrilla que no era para él,
o destacar un manto voluptuoso que no sirve
dejado caer sobre la colina de su cuerpo.
Tiene que cobrar un ademán, detrás de la cascada
que él no podrá mirar sin reproducir.

Las ondas del címbalo sumergido son también pétreas,
sin embargo, romper la sucesión de la piel en mustios apoyados ademanes,
era destruir los antiguos metales, los calderos asirios,
por una elaborada disociación de la brisa.
La harina que habría rodado por el perfil de los emperadores,
sustituía con su sembrada larga hilacha a los pinos del valle.
Pasaban por debajo del puente entresoñado:
largas espirales de harina surgida de los huevos del carnaval.
No hacían ruido en una felpa largamente arrugada,
como piedras de cobre con predominio del verde en la hilacha áurea.
Nadie despertaba como queriendo ganar a nado la otra noche,
la suspensión del sueño era ágil como el varillaje de la gaviota,
como la quietud vigilante del martín pescador cuando clava sus ojillos entre dos bambúes.


Para no despertar el alba traía lluvia y la luna
enfriaba el juramento de los guerreros y secuestraba el metal al fuego.
Los guerreros llegaban y desaparecían con el antiguo traje
bordado de monedas, extraídos de la harina del almacén.
Eran dichosos porque la luna helaba las monedas
sobre su piel, en el secuestro del tintineo sobre la piel
del guerrero que se esbozaba o desaparecía.
Los címbalos querían decir la agudeza melancólica de la retirada,
de un combate que había entrecortado su inicio
y terminaba con los ropajes cosidos de monedas y corales,
sobre los guerreros que ganaban la otra noche.
Y el garzón del mirador muestra su estalactita:
la suya vale diez céntimos.

autógrafo

José Lezama Lima

 

 

 

¡¡Sed muy felices!!

 

 

 

 

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#4791

Re: Versos sueltos

Le tacharían de lo que nunca fue...

 

 

 

 

 LA MUJER Y LA CASA

Hervías la leche 
y seguías las aromosas costumbres del café. 
Recorrías la casa 
con una medida sin desperdicios. 
Cada minucia un sacramento, 
como una ofrenda al peso de la noche. 
Todas tus horas están justificadas 
al pasar del comedor a la sala, 
donde están los retratos 
que gustan de tus comentarios. 
Fijas la ley de todos los días 
y el ave dominical se entreabre 
con los colores del fuego 
y las espumas del puchero. 
Cuando se rompe un vaso, 
es tu risa la que tintinea. 
El centro de la casa 
vuela como el punto en la línea. 
En tus pesadillas 
llueve interminablemente 
sobre la colección de matas 
enanas y el flamboyán subterráneo. 
Si te atolondraras, 
el firmamento roto 
en lanzas de mármol, 
se echaría sobre nosotros.

autógrafo

José Lezama Lima

 

 

 

 

¡¡Sed muy felices!!
 

 

 

 

 

 

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#4792

Re: Versos sueltos

De clouds

 

 

 VUELTA DEL AIRE

Nuevo nácar recurva a nuevo frío
Húmedas cenizas al vientre de la nube,
dulce riesgo navega su desvío.
¿Soplada torre la frente sube

desterrando al recuerdo en desvarío?
Unido al jinete que más huye
el revuerdo, pañuelo por el río,
o vagaroso doncel que restituye

cierzo al espejo y a la nube olvido.
Escamas alisando su sonido
entre fronda y perfil del lento

tumulto que rechina en la neblina.
Desterrado se afirma y más sediento
o el aire devuelve lo que afina.

autógrafo

José Lezama Lima

 

 

Y demás

 

 

¡¡Sed muy felices!!
 

 

 

 

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