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Fue Harold Hotelling uno de los mejores economistas de la primera mitad del siglo XX, y entre sus varias y valiosas contribuciones a la Economía, hoy aquí voy a hacer referencia a su análisis del duopolio espacial, pues como se verá sus implicaciones tienen mucha enjundia.

 

Imaginemos una playa de una extensión de un kilómetro un día de verano de fuerte calor y en la que los bañistas se distribuyen a lo largo de ella de modo homogéneo, es decir, que no se agolpan en determinadas localizaciones. Ahora imaginemos también, que dos heladeros se plantean donde poner sus respectivos puestos para abastecer a la segura demanda de helados que habrá a lo largo del día. Para facilitar aún más este “experimento mental”, supondremos asímismo que los heladeros venden helados iguales o muy parecidos y a los mismos precios, es decir, que no compiten ni vía precios ni vía calidad. El único problema, pues, que ambos heladeros se han de plantear es entonces dónde situarse para tener el mayor número posible de clientes.

 

Es frecuente que cuando se plantea este problema, mucha gente responda que lo mejor sería que cada heladero se situase hacia la  mitad de una de las mitades de la playa, o sea, a un cuarto de kilómetro de cada uno de los extremos (o sea, a medio kilómetro de distancia entre ellos), pues de esta forma se minimizaría el coste de los bañistas en términos de espacio a recorrer para llegar al puesto de helados más cercano, y hay que pensar que ese coste no es baladí un día caluroso.

 

Pero quien razone así, si bien revela una buena capacidad para la física, revela así mismo una mala comprensión de la "cosa" económica, pues si lo piensa un poco, le resultará evidente que si bien el situarse a medio kilómetro el uno del otro es una buena disposición desde el punto de vista social (minimiza el coste total en términos de distancia recorrida de que el conjunto de bañistas ha de pagar por adquirir helados), no lo es desde el punto de vista de cada heladero, pues, cada uno de ellos pronto se daría cuenta de que puede conseguir nuevos clientes moviéndose hacia el centro de la playa, ya que al hacerlo, ninguno perdería los clientes que ponen sus toallas a su izquierda o a su derecha respectivamente. La implicación es obvia: Si sólo hay dos heladeros, al final se les verá poniendo sus puestos bien pegaditos el uno al otro en el centro de la playa. Lo cual, obviamente no es nada deseable para los bañistas que se sitúan hacia los extremos de la misma por lo que no es de extrañar que se quejen por el abandono que sufren, o sea, porque sus heladeros respectivos, los que dicen ser de su zona y están allí para servirles, "pasan" realmente  de ellos, les traicionan.

 

Cierto que esta conclusión debería modificarse en atención a dos “complicaciones”. Por un lado, los heladeros han de tener en cuenta de que no sería extraño que hubiera bañistas en los extremos que, ante el larguísimo trecho que debieran de recorrer para ir (y luego volver) a sus toallas, se cuestionaran si mereciera la pena el levantarse y ponerse a andar bajo el sol. Por otro, los dos heladeros han de tener en cuenta la posibilidad de que aparezcan algunos otros heladeros que, instalándose más hacia los extremos, les “quiten”  clientes.

 

La consideración de ambas circunstancias les llevaría a nuestros dos heladeros a poner una cierta "distancia" entre ellos. La suficiente para  desincentivar la entrada de potenciales competidores y para evitar que muchos de los bañistas más alejados se desanimen y decidan que no les merece la pena no tomarse un helado. Ahora bien, el hecho de que hayan dejado un hueco entre ellos, incentiva por otro lado el que algún otro heladero se plantee ponerse en medio. Pero con seguridad su “vida” será corta y difícil, pues, si así se pusiera, los dos heladeros previamente instalados verían de su interés el moverse hacia el centro, expulsándo al recién llegado  del mercado playero.

 

Pues bien, desde el mismo momento que Hotelling presentara este modelo de duopolio “playero”, pronto se vio su utilidad para explicar, no la competencia entre heladeros, sino algo mucho más serio e importante: la competencia entre partidos políticos.

 

En efecto, resultó evidente que el comportamiento de los heladeros de moverse  hacia el centro de la playa era enteramente similar al observado movimiento hacia el centro del espectro político en los sistemas bipartidistas, con la consecuencia de que en ellos, el partido de izquierdas y el de derechas eran tan similares en sus propuestas y programas como tan pegaditos el uno al otro están los dos heladeros de la playa. Cierto que habría algunas diferencias, consecuencia del hecho de que las preferencias de los electores (o sea, sus posiciones en la "playa" política) no se distribuyen tan homogéneamente como los bañistas de nuestra imaginaria playa. Pero tal “dificultad” era fácilmente solventable. El modelo de Hotelling  permitía considerar el caso en que los bañistas se agolpaban en algunas zonas de la playa, y de igual manera, se puede demostrar que los partidos se situarían políticamente en una posición cercana a la que defendería el “votante mediano”, aquel votante cuyas preferencias/posiciones políticas o ideológicas  son tales que la mitad de electorado está a su izquierda y la otra mitad a su derecha.

 

Y, de igual manera, cabe incluir en el análisis dos circunstancias de la realidad que llevan a los dos partidos de izquierda y derecha a “alejarse” o distinguirse algo en sus propuestas políticas de lo que prevé el modelo de Hotelling “puro”.  Así, el “miedo” a que los votantes de extrema izquierda o de extrema derecha sientan que no merece la pena votar pues ambos partidos serían iguales, les llevaría a buscar formas de distinguirse sin alejarse demasiado del centro político.

 

También, de modo similar a lo que acontece el el caso de la playa, la aparición de algún partido más a la izquierda del partido de izquierdas y más a la derecha del partido de derechas, incentivaría también a ambos a irse programáticamente un poco hacia su respectivo “caladero” electoral para evitar perder demasiados votos  por su “centrismo”. Pero al igual que a los heladeros no les interesa alejarse demasiado de donde se agolpan la mayoría de bañistas, ni al partido de izquierdas ni al de derechas les resultará “rentable” políticamente irse muy a la izquierda o muy a la derecha respectivamente. Sencillamente no hay muchos “bañistas” por esos extremos de la playa electoral.

 

Por otro lado,  y al igual que pasaba con los heladeros de Hotelling, la distancia entre los partidos básicos de derecha e izquierda así creada posibilita la entrada de algún partido de centro. Partidos estos, los de centro, a los que el modelo de Hortelling les augura una vida difícil pues siempre acaban aplastados o ahogados si los partidos básicos deciden, como suele suceder,  moverse hacia ese centro que ocupan de modo provisional.

 

Ni qué decir tiene que el modelo de Hotelling es, desde mi punto de vista,  una buena explicación de lo que ha sucedido en la política española desde la Transición política. El partido central de la izquierda (el PSOE) y el de derechas (el PP) se han repartido el poder alternativamente. Sus diferencias programáticas han sido en la práctica escasas, como predice Hotelling y como continuamente y con razón  han señalado los partidos más a la izquierda (Izquierda Unida) o a la derecha. Y, por otro lado, ciertamente la vida política de los partidos de centro (UCD, CDS) ha sido breve y azarosa como augura el modelo.

 

Este bipartidismo imperfecto se ha visto sin embargo alterado por un conjunto de "terremotos" que han alterado la playa electoral. Por un lado, se padeció la mala gestión de las consecuencias de la entrada de España en la zona euro por parte del gobierno de Zapatero, cuyos economistas de cabecera –y como académicos de corte neoclásico que eran- fueron incapaces de darse cuenta  de que la sustitución de una peseta devaluada y devaluable –como era la peseta- por una moneda más fuerte –como el euro- suponía que las exportaciones españolas se encarecerían y sus importaciones se abaratarían, con lo que el sector exterior se desequilibraría y que, -era la otra cara de esa misma situación-, el estar en el euro facilitaría el endeudamiento de forma radical, desequilibrios que el mercado era incapaz de corregir sin una brutal crisis económica y social, como así ocurrió. Por otro, se asistió a la explosión de la corrupción en las filas del PP hasta unos extremos increíbles que llevó a muchos a pensar que el PP era genéticamente corrupto. Además, su gestión de la crisis radicalmente asimétrica en favor de los más pudientes supuso también su cuestionamiento por amplias capas de las clases medias. Ambos dos "fenómenos", posibilitaron la aparición de dos nuevos partidos (Podemos y Ciudadanos) que proclamando la necesidad de acabar con el viejo bipartidismo (“PSOE, PP, la misma mierda es” recuerdo que se cantaba por las calles en tiempos del 15M y de las “mareas”) soñaron con crear un nuevo bipartidismo.

 

Obviamente, fue un sueño. Tanto PSOE como PP padecieron y se resintieron del golpe que supuso la entrada en la playa electoral de estos dos nuevos “heladeros” que amenazan con quitarles sus clientes, hartos ya de la mala calidad de sus productos. Pero a la larga han resistido. Así el PSOE, tras los bandazos que se sucedieron en su dirección tras la era Zapatero, parece por fin haber encontrado en Pedro Sánchez una posición a la izquierda lo suficientemente a la izquierda como para socavar la posición del “nuevo” heladero que le salió por su izquierda, Podemos. Le ha bastado y le bastará  para ello con esperar que el caudillismo de su pareja de líderes, los señores de Iglesias-Montero, sigan demoliendo desde dentro su propio puesto de helados tan eficientemente como lo han hecho hasta ahora. y conforme eso ocurra, sus clientes se quedarán sin otra opción que dirigirse al “nuevo” PSOE, libre ya por cierto de de sus viejos e inútiles "managers". Es lo esperable, lo que el modelo predice.

 

Lo del PP es, sin embargo, difícilmente explicable desde el punto de vista del modelo de Hotelling. La deriva de su líder, Pablo Casado, hacia la  derecha carece de la más mínima inteligencia política desde este enfoque teórico. En efecto, la asunción de los planteamientos de la ultraderecha en aspectos tales como la momia de Franco o el aborto, así como el cambio de rumbo que ha impulsado en el PP desde que ha llegado a su dirección en el sentido de aceptar y defender al viejo núcleo corrupto del PP, es decir, el que se agrupa en torno a Aznar y Esperanza Aguirre, resultan enteramente incomprensibles con la lógica de la competencia duopólica. Porque, ¿cuántos nuevos votantes puede ganar haciéndole las gracias  a nostálgicos del franquismo cuando no  criptofascistas? ¿Cuántos clientes le puede quitar de modo efectivo -o sea, en una reñida elección contra la izquierda- esa rancia marca Vox ? No creo que muchos. Pero, y esto es lo importante,  ¿cuántos puede perder con su deriva ultra?

 

Pues creo que muchos, si tenemos en cuenta que ahora, a la izquierda del PP, ya no está el PSOE sino un nuevo partido de centro (Ciudadanos)  al que la deriva de Pablo Casado a la extrema derecha le ha dado lo que en estricta lógica económica no debiera tener con arreglo al comportamiento racional según Hotelling, o sea, un espacio electoral de centro seguro, o sea, no amenazado.

 

Es en el terreno político lo mismo que, si en nuestra playa, el heladero de la derecha del centro geográfico hubiera decidido en vez de moverse hacia el centro para amargarle la vida al heladero que se hubiese metido de rondón en ese hueco, no sólo le dejase tranquilo, sino que graciosamente le dejase todavía más espacio y más bañistas a los que servir yéndose hacia no hacia el centro sino hacia el extremo derecho de la playa. Un sinsentido.

 

Y aquí surge otro de los enigmas y de las irracionalidades de la política desde el análisis económico. Y es que, a lo que parece, Albert Rivera, en vez de quedarse quietecito en su sitio, o sea, en el centro, que es lo que Harold Hotelling le diría que es racional que hiciese, esperando a que la cabalgada de Pablo Casado hacia la extrema derecha le llenara su puesto de helados de bañistas de derecha asustados por tal desatino, gente de derechas a la que los franquistas les parecen impresentables de tan antiguos y rancios y corruptos como lo son,  pareciera haber decidido acompañarle –salvando un poco, eso sí-  las “distancias”. Por supuesto, quien está encantadísimo con tanto desatino del centroderecha político es, obviamente, el PSOE que nada tiene que hacer sino quedarse en su sitio esperando que el miedo a la evidente derechización de toda la derecha le llene su puesto de votantes.

 

Pero, ¿por qué Rivera habría decidido acompañar a casado en esta deriva? En lógica política estricta se me escapa la razón y más aún si tenemos en cuenta el posible efecto de tal deriva sobre el que para mí es uno de los “activos” más importante de Ciudadanos: Inés Arrimadas. Y lo es porque en ella se juntan una serie de circunstancias y características que la han conferido una cierta autoridad carismática (como decía Max Weber), un cierto status simbólico. Inés Arrimadas es, a la vez, una mujer joven, atractiva físicamente, inteligente y valiente. Es una mezcla de coraje, belleza y fragilidad, lo que siempre ha sido bien valorado en el imaginario de las gentes. Por decirlo en una palabra, me da la impresión de que Inés Arrimadas tiene algo de “eso” que la historia nos dice que tenía Juana de Arco. Y las similitudes no acaban aquí. Al igual que la “doncella de Orleans” medieval se oponía a la fuerza avasalladora de los ingleses que trataban de desmembrar Francia, Arrimadas, con su  fragilidad y su valentía  se opone a la avasalladora fuerza de los independentistas catalanes tanto en el Parlament como en las calles. No me resulta nada extraño, por ello, que -de momento- haya gozado del apoyo popular de los no independentistas en las elecciones catalanas. Pues bien. No conozco a la señora Arrimadas, pero tengo para mí que si se deja arrastrar por la deriva de su “rey” el señor Rivera, su “encanto” como moderna Juana de Arco se disolverá como azucarillo en agua, con lo que uno de las grandes bazas de Ciudadanos, su papel en Cataluña donde el PP es inexistente, se desvanecerá de igual manera, dejando huérfanos a sus votantes que no tendrán otra opción que volverse al PSOE.

 

En suma, que por más que lo miro no veo por ningún lado rastros de "inteligencia" política ni en la posición del señor Casado ni la del señor Rivera. ¿Les falta educación estratégica? No es por nada, pero con sinceridad y desde el respeto que ambos dos me merecen,yo les recomendaría que cursasen un Máster en Inteligencia Económica, en la Autónoma de Madrid, por supuesto.     

                                                                                        FERNANDO ESTEVE MORA  

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  1. #1
    14/10/18 23:38

    El problema es que la ideología política es algo anticuado del siglo XX, lo lógico es lo más óptimo, eficiente, barato, práctico, útil, beneficioso, etc, etc... no lo ideológico decadente de uno u otro lado de la playa, igual me da un heladero que otro, lo que me importa es el helado.

    Bienvenido al siglo XXI