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Hoy estoy un poco tocapelotas, lo advierto. Normalmente me gusta dar una de cal y otra de arena al gobierno, por aquello de que algunas medidas requieren tiempo de cocción. Pero es que ya llevamos un largo camino andado en esto de la crisis y seguimos alimentándonos de soluciones recalentadas en el microondas. Y a uno que es del norte le gusta comer producto fresco y contundente, nada de congelados para salir del paso.

Utilizo el símil culinario para emprenderla contra el Presupuesto del próximo año, que acaba de ser vetado en el Senado y, a pesar de ello, no va a servir de nada porque con toda seguridad nos lo cuelan en el Congreso. Y no, no voy a hablar de política ni de compañeros de camastro. Sólo que no me parece propio de Solbes eso de dar por buenas unas cuentas desactualizadas y, por lo tanto, inútiles. Precisamente Solbes fue quien convirtió los PGE en herramienta de política económica -al servicio de la disciplina de Maastricht, eso sí-. Este año, sin embargo, volvemos a las andadas: el Parlamento va a aprobar un documento de mero trámite, legal y seguramente homologable con los presupuestos de los vecinos, pero inservible. Porque oiga: no vamos a obtener los mismos ingresos creciendo al 1% que retrocediendo al -0,7%. Y si el paro se sitúa en el 13% en lugar del 11% -disculpad el ataque de optimismo- el gasto en prestaciones por desempleo se nos va, no digamos si el Gobierno se decide a subirlas como acaba de prometer.

Cuidado, yo no me escandalizo por que se acuda al déficit público -que alguien me explique de dónde recortamos gastos, a no ser que prospere un gran ERE en la administración pública, y va a ser que no-. Lo que no tengo tan claro es que el Gobierno se plantee alternativas ahora que reconocen que la política fiscal se agota -como es natural, insisto en que el Estado no tiene todas las soluciones-. Todas las propuestas que tenemos en la agenda del 2009 tiran de chequera y ni siquiera podemos hacer una previsión fiable de su evolución. Tampoco veo mucho margen de tiempo para introducir cambios legales en materias estructurales como el mercado de trabajo o el alquiler, por mucho acuerdo que se consiga en los próximos meses. Y estas son las medidas que más tardan en hacerse. Al menos, hay que decir que la implantación de la directiva para la liberalización de servicios debería estar en marcha a principios de año y esperemos que haga algo de pupita para bien del consumidor y de la competitividad.

No sólo la política fiscal se agota, tampoco la monetaria parece tener ya mucho recorrido. De nuevo Trichet demuestra que sus palabras tienen más fuerza que sus hechos y ha amenazado con no seguir bajando tipos si los bancos no hacen su parte del trabajo. En el fondo, lo que reconoce el presidente del BCE es que la política monetaria no está siendo eficaz y no tiene sentido quemarla -a diferencia de la Reserva Federal que ahora se agarra a la posibilidad de emitir deuda, y es que cuando no queda cerilla, es el dedo lo que arde-.

Cada vez tengo más claro que los gobiernos -me da igual que sean azules o rojos- no van a ser capaces de sacarnos de esta, así que, por mí, que no se molesten en organizar reuniones maratonianas ni en improvisar nuevos planes. ¿Se dan las condiciones ya para una revolución pacífica en la base de la economía?
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