Deberes para el nuevo gobierno (II): hacia un mercado competitivo de vivienda

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Como el famoso zumo de la tele, ya sabemos que no existe el mercado perfecto. Pero me atrevo a exigirle al nuevo gobierno que cree las condiciones para que podamos hablar, con toda propiedad, de un mercado español de vivienda que funcione de acuerdo con la mano invisible de Adam Smith: la ley de la oferta y la demanda. Y no según la manaza interesada del lobby ladrillero que pretende que nada cambie, en contra del sentido común.

Para que un mercado se pueda considerar como tal, es necesario que el precio del producto en cuestión se ajuste en función de las cantidades demandadas y ofrecidas libremente por los agentes económicos. En el caso de la vivienda, el precio tiende a asignarse por mecanismos de subasta: quién da más, me lo quitan de las manos, etcétera. De este modo el vendedor se asegura el precio de reserva del comprador, esto es, el máximo que está dispuesto a pagar dentro de sus posibilidades. No sería así en un esquema de mercado, en el que el exceso de oferta galopante que sufrimos ahora tendría que ajustarse a la demanda bajando precios. Y algo más de un 8%.

En segundo lugar, un mercado más o menos apañado debería contar con alternativas o sustitutivos. Si un mercado sólo nos ofrece manzanas royal gala y todo el mundo las incluye en su dieta, el precio que pagaremos por ellas será mucho mayor que si en la frutería encontramos abundantes manzanas golden (más normalitas y feas) o, incluso, naranjas de zumo y de mesa. Pues bien, apliquemos el símil, respectivamente, a la VPO en propiedad, al alquiler libre y al alquiler protegido. De ese modo, pagaremos el precio justo para cada variedad. Y no se me preocupen los vendedores de royal gala, que seguirán teniendo compradores. Pero háganme el favor de no echarle ceras artificiales para que parezca más colorada y más cara.

Por supuesto, los dos párrafos anteriores no funcionarían si la información que les llega a los agentes económicos está manipulada. En un mercado tan influido por las expectativas importa mucho la veracidad de las estadísticas publicadas por unos y por otros, para templar las ganas que tienen algunos de trincar más de lo legítimo y razonable. Y esto no es fácil, teniendo en cuenta cómo las gastan los medios de comunicación a la hora de inflar las previsiones de futuro. Tampoco hay que olvidar el papel de intermediarios como las inmobiliarias, que hasta hace dos días eran expertas en vender excedentes con zorras técnicas de marketing.

Por último, el Estado debe estar para corregir los fallos de la mano invisible, no para dirigirla. Me parece bien que el Gobierno no sucumba a la petición de retocar la deducción por vivienda habitual, que algunos pretenden ampliar a la de vacaciones. Para ser justos, los incentivos al alquiler están muy bien pero deben ser transitorios. Ya hay señales de calentamiento en los precios debido a que las medidas por el lado de la demanda han funcionado mejor que por el lado de la oferta. Tomen nota los futuros responsables del ramo.

El problema de la vivienda en España no es sólo de tipo social, afecta a los mismos cimientos de la economía ya que condiciona las decisiones de gasto e inversión de las familias, impide la movilidad geográfica necesaria para ajustar el desempleo estructural y desvía recursos financieros que deberían servir para apoyar a sectores más productivos y a fortalecer el tejido empresarial. ¿Hacen falta más argumentos para darse cuenta de que hay que aplicar el bisturí con firmeza?
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