Relojes rotos
Por Marcos Pérez
1La pregunta más frecuente, y también la más inocente, de los que por primera vez intentan sacar beneficios especulando en los mercados financieros suele ser: ¿qué es lo que de verdad “funciona” en la Bolsa?
Cuando escucho la palabra “funciona”, entiendo que la persona que pregunta hace referencia a alguna guía, señal o indicador que le permita especular con éxito. Dejando a parte el delito de emplear información privilegiada, lo cierto es que los neófitos suelen creer que el éxito en los mercados depende de tener acceso a un conocimiento oculto, proporcionado por ciertos oráculos o fórmulas secretas que sólo unos pocos conocen. La respuesta, evidente para los curtidos en la arena, es que tales señales mágicas no existen.
Por ejemplo, de entre el amplio espectro de indicadores al alcance de los especuladores en Bolsa, una de las teorías más populares a la hora de crearse una opinión sobre hacia dónde se moverá el mercado es la teoría de la opinión contraria.
Resumida a su mínima expresión, podría decirse que si una gran mayoría espera que la Bolsa suba, tal vez sea porque ya han comprado. Y al no quedar ya compradores en el mercado, es mucho más probable que el futuro nos prepare un movimiento a la baja que una continuación al alza. E inversamente. Se trata pues de una inferencia del tipo “si P, entonces Q”. Por ejemplo, si el sentimiento es bajista, entonces el mercado subirá.
Desde 1963, la revista Investors Intelligence intenta medir con cierta precisión cual es el sentimiento mayoritario que reina entre los analistas de Bolsa (los editores de boletines de recomendación). La lógica a seguir es comprar cuando el sentimiento bajista se extrema (todo el mundo espera que el mercado seguirá cayendo) y vender cuando el optimismo se hace eufórico. ¿Funciona?
La propia revista indica en sus boletines que un sentimiento extremo no garantiza el subsiguiente movimiento bursátil contrario. En sus boletines recuerda cómo un extremo de sentimiento puede prolongarse durante meses sin que las cotizaciones se vean afectadas por la seductora lógica de la teoría de la opinión contraria. Pero entonces, si los números de Investors Intelligence no nos dicen cuándo se va a producir el siguiente movimiento, ¿de qué sirve entonces esta información? La respuesta es que incluso un reloj parado “acierta” la hora exacta dos veces al día…
Los creyentes en la teoría del sentimiento contrario esperan que la correlación negativa se mantenga entre sus encuestas y la Bolsa. Es decir, que un extremo de sentimiento venga acompañado por su movimiento contrario en los mercados. De esta manera el indicador se conviertiría en algo verdaderamente útil. Sin embargo, no sucede así. Por muy sugerente que sea la lógica que nos construimos para sostener una correlación, ésta en realidad puede no existir o desaparecer inesperadamente. A esta falacia se le llama “post hoc”. Por ejemplo, hay una fuerte correlación entre la altura de las personas y su peso. A mayor altura, mayor suele ser su peso. Pero no por “estirar” a una persona en un potro de tortura ésta va a engordar… No hay relación causa-efecto.
¿Dónde está pues el “fallo” de los números de Investors Intelligence?
Aunque parezca sorprendente, el fallo está en la manera en la que nuestra memoria funciona. Nuestra memoria tiende a retener sólo los sucesos que confirman nuestra lógica y argumentos, y a olvidar los hechos que van en contra de nuestras creencias. Es una manera como otra para enfrentarse a un mundo que, la mayoría de las veces, es incomprensible. En realidad, la lógica de la teoría de la opinión contraria es tan seductora desde el punto de vista racional (como tantas otras teorías “fundamentales” que nos resistimos a desechar aunque sean inútiles), que tendemos a acordarnos sólo de cuando funcionó. Y a olvidar o justificar con argumentos paralelos cuando ésta no funciona. Analicemos lo hechos.
En el artículo “Bullih or Bearish? The patterns of Investors forecasts”, del Financial Analysts Journal de Mayo-Junio de 1998, los investigadores Clarke y Statman analizaron las divergencias entre alcistas y bajistas y el subsiguiente comportamiento del índice Dow Jones. Sus resultados mostraron con claridad que la correlación entre el porcentaje de alcistas y el subsiguiente comportamiento del mercado es prácticamente nula. El resultado fue al mismo tiempo sorprendente y descorazonador. Matemáticamente, su poder predictivo es similar al de lanzar una moneda al aire, pues acertaremos aproximadamente la mitad de las veces. Según los autores, los números de Investors Intelligence no sirven para tomar decisiones de inversión rentables o especular. Algo completamente inesperado, y a veces doloroso, para los que fuimos seducidos en algún momento por la teoría de la opinión contraria. Y aunque así fuera, la pura correlación sería insuficiente para definir una estrategia de especulación, pues nos faltaría definir cuándo y en base a qué cerramos las posiciones abiertas. Algo imprescindible para definir cualquier estrategia medible.
Los defensores de la teoría de la opinión contraria tenderán pues a recordar cuando en Agosto de 1987, después de varios meses en los que el sentimiento alcista se hizo extremo, Investors Intelligence recomendó vivamente vender, anticipando el crash de Octubre dos meses después. Sin embargo, nos cuesta acordamos de los largos periodos en los que los índices de sentimiento contrario de poco han servido. Esto es así porque si alargamos el plazo de tiempo de una predicción lo suficiente (en realidad, tanto como sea necesario), ésta acaba cumpliéndose irremediablemente, pues las tendencias en bolsa no son eternas. De nuevo aparece el reloj roto. Partiendo de un número suficientemente amplio de participantes, siempre encontraremos analistas o gestores que acertaron cualquier posible comportamiento de los mercados en el pasado. Algo que a pesar de las modas y la fama, de poco nos sirve de cara al futuro.
Con estos hechos encima de la mesa podemos concluir que lo que sufrimos es un clásico ejemplo de sesgo de percepción. Nos acordamos de aquellos datos que confirman nuestros argumentos, y tendemos a olvidar el resto porque no encajan en nuestra manera de ver el mundo. La moraleja de toda esta historia está, como siempre, en el hecho de que no existe el indicador perfecto, por muy seductora que pueda parecer la lógica que en cada caso lo sostiene o justifica. Si los analistas son alcistas, el mercado bajará. O si llueve, el coche del vecino, que duerme en la calle, se moja. Pero si un día por la mañana veo el coche mojado no tiene porqué haber llovido, tal vez acaba de lavarlo el vecino…