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La cólera de Aguirre o aquella que dice pagar hipoteca

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La cólera de Aguirre o aquella que dice pagar hipoteca
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CÓDIGO AMIGO

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La cólera de Aguirre o aquella que dice pagar hipoteca

Ay Aguirre, con la cara de tonta que tienes y lo listilla que eres en realidad. ¿Que no te puedes comprar vestidos de Chanel? ¿Que pagas hipoteca? AY ESPE, PINOCHO! ¿Has apuntado ya a tu hijito en las viviendas de "clase media" que proyectas?

La familia de la nueva inquilina de la sede de la Puerta del Sol no es, definitivamente, una fiel representante de la estirpe del españolito medio. Con un potente patrimonio inmobiliario en varios puntos de España, algunas empresas que lo gestionan y adquieren nuevas propiedades y apellidos de abolengo que van más allá del conocido de su marido, Fernando Ramírez de Haro, conde de Murillo con Grandeza de España, no es de extrañar que empresarios y constructores hayan sonreído con la reciente llegada de Esperanza Aguirre a la Presidencia de Madrid. “Es de las nuestras”, pensarían. Y con razón.

El conde de Murillo es un rico heredero, terrateniente y ganadero, como lo es su progenitora. Beatriz Valdés, madre de siete hijos, reúne en la zona de influencia del AVE en Guadalajara cerca de 1.400.000 metros cuadrados de terreno. Y no es necesario ser un experto inmobiliario para saber que todos esos terrenos dispararán su revalorización con el paso de los años y del ferrocarril más rápido de España.

Los Aguirre pueden, pues, dormir tranquilos sin que el futuro les resulte incierto. Ni el presente, porque tan sólo el matrimonio Aguirre-Ramírez de Haro acumula en la actualidad un patrimonio de más de seis millones de euros sólo en propiedades. Éstas se distribuyen por Salamanca –unas 500 hectáreas valoradas en cerca de tres millones de euros–, Ávila –una finca de cerca de mil hectáreas con un valor de más de cinco millones de euros–, Madrid y la citada Guadalajara.

Las propiedades del matrimonio Aguirre en Madrid son, teniendo en cuenta el alto precio de la vivienda allí, la niña bonita de su patrimonio. La presidenta de Madrid y su familia viven en un palacete situado en pleno centro de la capital, del que ya dio cuenta El Siglo en su día (ver la portada del núm. 563: Casa rica, casa pobre). Sólo la construcción está valorada por los expertos inmobiliarios, como mínimo, en cuatro millones de euros. Tres plantas con diez balcones, sótano, un patio central empleado como garaje,... el palacete es una auténtica joya arquitectónica, por construcción y, sobre todo, por ubicación. La casa de los Aguirre, de casi 1.000 metros cuadrados, está a nombre de Beatriz Valdés, suegra de la presidenta de Madrid, y del primogénito de la presidenta de la Comunidad de Madrid y el conde de Murillo, Fernando, que goza de su correspondiente título nobiliario, marqués de Villanueva del Duero, con Grandeza de España como su padre.

Por herencia también corresponde a la ex presidenta de la Cámara Alta una finca de alto valor ecológico e histórico –casa solariega incluida– en El Escorial, a donde la familia Aguirre acude a descansar de vez en cuando. Cuando iba a tener lugar la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag, se nombró La Granjilla como posible sitio de celebración, aunque Esperanza Aguirre negó esa posibilidad.

Para gestionar, al menos, una parte de su patrimonio que, según la presidenta madrileña, “no es para tanto”, ella y su marido constituyeron la sociedad Savial, de la que el conde de Murillo figura como administrador único.

Además, Esperanza Aguirre comparte con sus hermanos y su madre, Piedad Gil de Biedma Vega de Seoane, hermana del malogrado poeta Jaime Gil de Biedma, la propiedad de un piso de 350 metros cuadrados en el madrileño distrito de Chamartín, uno de los más caros de la capital, valorado en más de dos millones de euros. La madre de la presidenta de la Comunidad de Madrid es viuda desde 2002 de José Luis Aguirre Borrell, prestigioso abogado de la alta burguesía madrileña, que dejó a su primogénita casi 100.000 euros de herencia, según confesó la ex presidenta del Senado.

De sus padres debió heredar Santiago Aguirre la vocación inmobiliaria, pues Piedad Gil de Biedma y José Luis Aguir