En un artículo seminal en 1983, Jack Hirshleifer, uno de los grandes economistas de la segunda parte del siglo XX, señaló que los bienes colectivos, aquellos que resultan del esfuerzo conjuntado de varios agentes o individuos y son disfrutados o usados por todos ellos, pueden ser el resultado de diversas tecnologías de agregación de los distintos esfuerzos individuales. En el caso más simple, nos encontramos con una tecnología de agregación de tipo suma, con arreglo a la cual  la cantidad del bien colectivo que produce y disfruta el colectivo que lo produce es el resultado de la suma de lo que pone cada uno de los individuos o partes que lo componen.

La tecnología de suma cabe ser cualificada cuando las contribuciones de cada parte reciben diferentes pesos o poderaciones en atención a la existencia de capacidades o cualificaciones distintas de los miembros del grupo. Se habla entonces de tecnologías de agregación de suma ponderada.  Pongamos como ejemplo el caso del poder ofensivo de  una alianza militar. Ese poder es sin duda un bien colectivo cuyo volumen o cuantía  se puede en principio definir o estimar  como la suma de las contribuciones en soldados y armamentos de cada una de los estados que la conforman. Ahora bien, resulta obvio que tal suma sería adecuada si los ejércitos de los distintos países de la alianza son homogéneos en capacitación, formación, armamento, etc. Si no lo fueran, entonces el poder ofensivo de la alianza ya no sería la suma simple de las aportaciones de cada país sino que estas aportaciones habrían de ponderarse en atención a esa heterogeniedad en la capacidad militar. Una tecnología de agregación en forma de suma poderada sería aquí entonces la adecuada.

 

Una segunda tecnología de agregación es la que se conoce como tecnología del mejor-disparo ("best-shoot"),con arreglo a la cual el nivel o volumen de bien colectivo conseguido por un grupo viene definido o establecido por la contribución que haga el mejor individuo, o la mejor contribución de cualquiera de los miembros. El ejemplo que daba Hirshleifer en su artículo aclaraba plenamente qué significaba esta tecnología de agregación. Supongamos una competición en la que participan varios grupos  (por ejemplo una competición de tiro con arco), de modo que gana el trofeo  objeto de la disputa (que sería en este caso el bien colectivo) el equipo que consiga el mejor tiro o disparo. Es habitual que en las empresas que se dedican al marketing, la publicidad o el diseño, el resultado del colectivo depende de la mejor idea que surja del mismo.

 

Una tercera tecnología de agregación es la que Hirshleifer definió como tecnología del eslabón más débil ("weakest-link), según la cual el volúmen de bien colectivo alacanzado por el grupo viene dado por la calidad inferior o la cantidad más pequeña que aporte alguno de sus miembros.  De nuevo un ejemplo concreto explica fácilmente este tipo de tecnología de agregación: Supongamos que la orilla de un río está protegida por un dique para evitar inundaciones por desbordamientos del rio, dique levantado por cada uno de los propietarios cuyos terrenos dan al mismo. La capacidad de protección del dique depende claramente de la parte del dique que esté peor construida. De igual manera, en multitud de actividades productivas, el resultado económico de las empresas depende del nivel de capacitación, esfuerzo o actitud del departamento menos eficiente. Ya puede ser muy eficiente el área de producción o de marketing que si el área financiera no hace bien su trabajo el resultado agregado vendrá lastrado por eso. 

 

Existen otras tecnologías de agregación posibles, pero para lo que sigue creo que bastan las tres/cuatro reseñadas que son las básicas pues las demás son combinaciones de ellas.

 

El caso es que me he acordado de esta clasificación de las tecnologías de agregación o construcción de un bien colectivo que estableción Hirshleifer tras releer un artículo, tambien seminal como se suele decir, de otro gran economista que ha salido repetidamente en este blog: Thomas Schelling, Premio Nobel de Economía de 2005. Schelling, en un breve artículo titulado Egonomics: The Art of Self-Management. publicado en American Economic Review en 1978, abrió un nuevo campo a la Economía, al que llamó Egonomía, y que tenía como objetivo  dar cuenta y explicar multitud de comportamientos individuales que no tienen cabida en el modelo habitual de decisión racional que es la base del modelo de análisis económico standard. Para la Egonomía, no hay un único "yo" detrás de las decisones y  comportamientos de los agentes, sino una multiplicidad de "yoes". De modo que en cada  momento, uno de ellos toma la voz cantante y decide algo, que luego es lamentado por otro que más adelante ocupa ese papel. Al individuo se le planteaba así el problema de cómo compaginar esas distintas "voces", esos distintos "yoes" que entonaban un conjunto de voces más o menos discordantes en esa  suerte de Parlamento que es uno mismo.

 

Para Schelling razonar en estos términos era la forma más adecuada  de explicar fenómenos e institucionales aparentemente irracionales desde el punto de vista de la Economía convencional que supone que los agentes económicos tienen unas claras y únicas preferencias que  maximizan en cada momento. Por ejemplo, considérense los planes de pensiones. ¿No es acaso irracional, económicamente hablando, que un individuo comprometea sus ahorros a lo largo de grandes períodos de tiempo de modo que no los pueda utilizar si quiere, salvo a costa de  grandes pérdidas? Si los agentes fuesen enteramente racionales y sus preferencias únicas y claras, los planes de pensiones serían un absurdo económico. Nadie en su sano juicio se metería en uno de ellos. Cada individuo, en función de sus deseos y preferencias, iría ahorrando cada año pensando en sus necesidades futuras sin comprometerse o atarse a las restricciones de un plan de pensiones, porque... ¿para qué?

Y, entonces,  ¿por qué los individuos aceptan en la realidad cotidiana este tipo de contratos tan aparentemente ineficientes por leoninos? Pues la respuesta para Schelling estanba clara: los individuos que se deciden a empezar a ahorrar para su jubilación no son un "yo" único. Sí, hay un "yo" que piensa en el futuro, pero también hay un "yo" que tiene por objetivo la satisfacción en cada momento del presente, y el primero de los "yoes" desconfía de los siguientes. en una palabra, los individuos  desconfíamos de nosostros mismos, de nuestra capacidad de resistir a las "tentaciones". Así, dado que cada ahorrador guarda la duda de que, más adelante por ejemplo, cuando llegue el verano el atractivo de un viaje carísimo se haga irresistible, y el "yo" de ese momento no resista la tentación de echar mano a esos ahorros, entonces más vale actuar anticipadamente vetando a ese "yo" veraniego despilfarrador y festero.

Y así, de modo semejante, para hacer frente a la tentación que más adelante podría seducir a sus otros "yoes", los individuos practican, practicamos todos constantemente una suerte de gestión o management interior con el colectivo de "yoes" que nos conforman, llevándonos frecuentemente a unos comportamientos que serían irracionales desde la perspectiva simple del modelo económico tradicional para el que el "yo" es único, para el que sólo hay un único "yo" que "nos habita".  La literatura clásica ha proporcionado el ejemplo paradigmático de Egonomía en la figura de Ulises cuando en su largo periplo de regreso a Itaca se acerca a los peligrosos estrechos donde las sirenas con sus seductores cantos atraen a los marinos a su perdición. Sabiendo esto, el astuto Ulises  hace taponar con cera los oidos de sus marineros para que ni oigan a las sirenas ni a sus órdens cuando él mismo, que quiere disfrutar de esos cantos, no se tapona los suyos, pero conociendo que no podrá resistirse a la tentación se ata al mástil para evitar que el yo seducido por las sirenas conduzca a su navío al naufragio. Desde el punto de vista de la Economía tradicional, las restricciones autoimpuestas como la que se pone Ulises, son irracionales, pero sin duda ese punto de vista es muy miope.

 

Pues bien, se me ha ocurrido que para los demás, uno ofrece una sola cara: un "yo", que, sin embargo, es el agregado o resultante de un colectivo de "yoes" como bien dice Schelling. De modo que es también asunto de la Egonomía la elección de esa cara o de ese  yo que ofrecemos a los demás. Obviamente, elegiremos en cada interrelación la cara, el "yo" que mayor valor tenga para los demás. Cara o "yo" externo que construímos a partir de los "yoes" que internamente nos conforman.   Y aquí la aproximación de Hirshleifer parece muy pertinente.

 

Veamos. Hay relaciones en las que se nos valora en atención a nuestra mejor característica o capacidad. Por lo tanto, es evidente que en esas interacciones sociales lo que se nos está pidiendo es que adoptemos una tecnología de agregación del mejor disparo  que privilegia a una de nuestras capacidades, a uno de nuestros "yoes", en detrimento  de los demás "yoes" posibles. En la medida que participemos en este tipo de interacciones de modo predominante nos especializamos en aquello en lo que somos relativamente mejores abandonando el cultivo de otras características. Nos convertimos en individuos que nos especializamos en siempre ofrecer a los demás nuestra mejor cara con arreglo a sus criterios de lo que es lo mejor. Es habitual que esa sea la tecnología de agregación o de construcción del "yo" que se nos exige en los mercados de trabajo y en las organizaciones productivas donde se desenvuelve nuestra vida económica. Pero también se da en lugares insospechados, como en las relaciones matrimoniales. Dicen, por ejemplo, algunos sociobiólogos que la selección natural darwiniana determina que el atractivo de los varones para las mujeres en la relación de pareja no depende en último término de otra característica que no sea la  capacidad de obtener renta o riqueza para el mantenimiento de los hijos, de modo que eso del amor romántico es una creación social sin fundamento.

 

La tecnología del yo del tipo "mejor disparo", parecería ser siempre  la tecnología más eficiente a la hora de relacionarnos con los demás. Mostrar lo que es mejor de nosostros mismos con arreglo a lo que los otros creen que es "lo mejor" , especializarnos o cultivar esas características que los demás puedan valorar más, se diría que es el medio más adecuado o eficiente para el éxito. Sin embargo, esta estrategia que lleva a especializarse en lo que uno es mejor, no está claro que sea enteramente eficiente a largo plazo en la medida que la excesiva especialización no permite la adaptación a un entorno cambiante, a la vez que se olvida de que la biología impone un inevitable deterioro en nuestras capacidades que deja a la larga a quien se especializa en una sola de ellas sin recursos para afrontar el paso de tiempo.

 

Utilizar una tecnología del yo del tipo "eslabón más débil", por el contrario, supone adoptar un comportamiento que renuncia a la especialización en las ventajas comparativas que uno tenga y, por tanto, implícitamente, se traduce en la renuncia a participar en luchas competitivas. Pero, ¿es ello ineficiente? Hay interacciones sociales en que nuestro valor para los demás viene dado por nuestras características menos favorables, pues ello significa que lo peor ya es conocido, y sólo puede venir mejoras. Es el yo "peor" el que nos define, de modo que nuestro valor crece si controlamos a ese "yo". Si mejoramos en su "productividad". A largo plazo, una estrategia de comportamiento basada en esa tecnología puede ser eficiente. incluso en áreas donde se diría que la manifestación/ostentación  de lo mejor que uno tiene o uno es a la hora de elaborar nuestro "curriculum", parecería ser la mejor estrategia de presentación del "yo". En efecto, si uno parte, por el contrario, expresando sus puntos más débiles (lo que uno no puede hacer o hace mal)  permite al otro (sea compañero de trabajo o  de relación personal) tener una idea clara del escenario peor y, en consecuencia, le permite ajustar sus previsiones lo que facilita la toma de decisiones y el medio para mejorarlas.

 

Finalmente, si elegimos una tecnología del yo  de "suma" a la hora de construir o presentar nuestro "yo" externo o público, nuestro valor corresponde a la suma (ponderada o no) de todos nuestro "yoes" o características. Buscamos que se nos valore por el  "conjunto" de lo que somos como una amalgama de nuestras características mejores y peores de la que resulta un individuo "intermedio" . Una estrategia de "presentación del "yo" intermedia que no se pretende ni prepotente por incidir en los mejores aspectos  competitivos del "yo", ni escapista. ¿Será por ello que siempre se  ha calificado a la "mediocridad" como "aúrea", o sea, como regla de comportamiento más adecuada?

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