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Blog Oikonomía: Economía de "andar por casa"
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La Economía de la Venganza. El "victimato"

            FERNANDO ESTEVE MORA

No es ni mucho menos la primera vez que en este blog traigo a colación el tema de los costes hundidos o costes fijos irrecuperables. Se trata de aquellos gastos o costes en que se incurrió en el pasado, y que, por ello mismo, ya nada se puede hacer con ellos ni a partir de ellos  pues no es posible viajar en el tiempo hacia el pasado y "quitarlos", o sea, no incurrir en ellos. Se incurrió en esos costes y, para bien o para mal, hay que aceptarlos como tales, nada se puede hacer con ellos excepto asumirlos, ...y nada más, pues como bien dice el refrán, agua pasada no mueve molino. 

La implicación de esa “invariabilidad” o "intangibilidad" de los costes hundidos, su existencia  hágase lo que se haga, decídase hacer lo que se decida,  es que no debieran pesar o contar en ninguna decisión racional. Y es que, si nada cabe hacer con los costes hundidos sino aceptarlos, ya que  nada se puede hacer para disminuirlos o atenuarlos o compensarlos, lo mejor es entonces actuar como si no existiesen, y tomar decisiones y comportarse como si nada, como si no se hubiera incurrido en ellos.

Pero como ya expliqué en una ya lejanísima  entrada (https://www.rankia.com/blog/oikonomia/428909-psicologia-economia-costes-irrecuperables) a la que hoy no quitaría una coma,  a los seres humanos nos cuesta comportarnos racionalmente. O sea, comportarnos sin dejar que nos influyan en nuestras decisiones los costes hundidos (y otros sesgos que nos llevan a actuar estúpidamente). No nos es fácil hacerlo. No nos es fácil ser racionales, ser como deberíamos ser: como esos seres racionales que los filósofos decían que éramos.

Hace años, en clase, antes de las app de las empresas de transporte municipales o de los paneles de  información en tiempo real en las marquesinas de las paradas de autobús que nos dicen con precisión cuánto tiempo que hay que esperar antes de que venga nuestro autobús, cuando trataba de explicar el porqué no había que tener en cuenta los costes hundidosl aunque estúpidamente todos solíamos hacerlo, lo tenía muy fácil pues era una experiencia compartida y frecuente la de encontrarse en una parada esperando largo rato la llegada de un autobús tardón, situación que a todo el mundo  ponía  en el brete de plantearse la decisión de si seguir esperando unos minutos más o la de abandonar y buscarse una alternativa (un taxi, el metro, o ir en el "coche de San Fernando")

Pues bien, la forma correcta, o sea, racional,  de proceder en ese caso -eso explicaba yo- era razonar en términos de coste de oportunidad, del valor y los costes relativos adicionales de todas las alternativas: desde  seguir esperando hasta abandonar e irse andando, o sea, que la decisión racional resultaba de ponderar el coste de seguir esperando con la esperanza de que apareciese el bus con el coste en términos de tiempo y dinero y molestias de abandonar y buscarse un  medio alternativo de transporte  de modo que uno debiera racionalmente seguir esperando un minuto más  caso de que estimase  que la probabilidad de venir el autobús superase el coste de oportunidad de seguir haciéndolo. Nada debiera pues importar el coste histórico o hundido que suponía el tiempo ya perdido esperando.

Otro ejemplo de la vida cotidiana que solía poner era el del comportamiento estúpido e irracional de la amiga de una víctima de violencia contra las mujeres que ante el dilema de la maltratada de si denunciar o no a su pareja agresora la instaba a "tomar en consideración" toda la vida en común que habían vivido incluyendo  los buenos momentos que habían tenido al principio de la relación, antes de que la vida "cambiase" a su pareja a peor. Agua pasada, no mueve molino.

Pero, como señalé en aquella entrada, es de lo más normal  que en las decisiones o elecciones que hacen las gentes  se inmiscuya una apreciación o consideración de lo que pasó en un  tiempo ya perdido, irrecuperable, de modo que  algo que debía ser irrelevante para una decisión  -los costes hundidos- acaben contando. Y así, por ejemplo, era de lo más normal  que el tiempo perdido esperando al autobús (un evidente coste hundido) se tuviese en consideración a la hora de decidir si seguir esperando o de si irse, de modo que irracionalmente era frecuente que la gente se comportarse siguiendo un absurda regla: la de que  cuanto más tiempo se llevaba perdido o invertido esperando al autobús más se  “decidía” seguir esperando, para que sentir que ese tiempo ya perdido o desperdiciado por cierto, no se había desperdiciado.  Esa absurda valoración de lo que no debiera ser racionalmente valorado se “justificaba” en términos de que de no hacerlo, o sea, caso de decidir racionalmente no esperar más e irse ello equivaldría a tener que reconocer que uno había hecho el tonto esperando. Y así ocurría que mucha gente seguía decidiéndose por seguir esperando tontamente a que viniese el autobús para no tener que reconocer que había ya hecho el tonto antes. 

Como ya expliqué en aquella entrad, el así proceder, el así comportarse irracionalmente es lo normal en los seres humanos que no sólo son, como pensaba los clásicos, animales racionales, cañas pensantes. La autoestima, la vergüenza y otras emociones se inmiscuyen en nuestras decisiones, las afectan. De eso trata la llamada Economía del Comportamiento ("Behavioral Economics")

Una de esas emociones que afectan a nuestro comportamiento y lo abocan a la irracionalidad es la pulsión, probablemente innata o de origen genético,  a la reciprocidad, a devolver lo que nos han dado o hecho en el pasado. Obviamente, el someterse a o seguir esa pulsión se traduce en darle peso en el presente al pasado, el dejarse  influir por los costes hundidos en las decisiones.

Y cuando lo que sentimos que tenemos la obligación que devolver, ya sea por reciprocidad o por autoestima, es con un mal el mal que otro u otros nos hicieron en el pasado, de lo que estamos hablando es de la revancha o de la venganza. Ĺa venganza no es, pues, sino el comportamiento que se deriva de dar completa relevancia en las decisiones de cómo comportarnos hoy respecto a otro  al coste hundido que supuso el mal que nos infligió previamente. Ojo por ojo, diente por diente, es una regla de comportamiento que busca la sensación de compensar "de alguna manera" hoy lo incompensable por "razones" de autoestima o de reciprocidad, el mal ya irremediable que nos provocaron en el pasado. La venganza en sí misma, como mero castigo es, por tanto,  una decisión irracional. Como la de seguir esperando en la parada al autobús por la sola "razón" de que ya se lleva mucho tiempo perdido esperando. Un ejemplo más de la denominada "falacia de los costes hundidos".

Pero, si bien los individuos pueden permitirse el ser algo irracionales porque no quieren permitirse reconocer que han hecho el tonto y han incurrido en unos costes hundidos irrecuperables, o porque si no se vengan no cumple con la pulsión de la reciprocidad o su dignidad queda por los suelos, es más que cuestionable que lo mismo nos lo podamos permitamos hacer a nivel social o agregado. Y es que los comportamientos irracionales, por el mero hecho de serlo, son costosos, consumen recursos escasos, de modo que si todos somos irracionales la sociedad no puede funcionar

Se entiende entonces la relevancia y exactitud de la famosa, exacta, certera  y maravillosa sentencia  de Edmund Burke en sus Reflections on the Revolution in France, esa que dice que "el primer derecho del hombre en una sociedad civilizada es el de estar protegido contra las consecuencias de su propia necedad".


Pues bien, no sé si ese derecho es el primero de los derechos del hombre, o el segundo o el tercero. Da igual. Es con seguridad uno de los primeros y más importantes. Y de su respeto depende el desarrollo de la sociedad humana.

Así, por ejemplo, los historiadores económicos y los antropólogos sociales han explicado cómo el progreso económico y social pasa por acabar con los "ciclos de venganza" típicos de las sociedades arcaicas. Esos ciclos de revanchas en los que familias o clanes se veían intergeneracionalmente insertos en que, a partir de el  daño real o imaginario que una de las partes hizo a la otra en un pasado remoto,  la enemistad y la violencia recíproca se extendían en el tiempo consumiendo las fuerzas y recursos de generaciones sucesivas de los miembros de los grupos sociales insertos en una concepción del honor o dignidad o autoestima a la que se sacrificaba la vida y sus placeres.

No es por ello nada extraño que factores culturales como las religiones universales que proclaman la virtud y excelencia del perdón o el surgimiento de estados centralizados que se caracterizan, como decía Max Weber, por reservarse el monopolio en el uso de la violencia legítima y la dilucidación de los delitos y castigos mediante el sistema judicial poniendo así fuera de la ley las venganzas individuales estén  debajo de las sociedades que históricamente han progresado. Por contra, allá donde el estado era débil o las religiones del perdón son sólo de superficial observancia (pienso por ejemplo en las zonas  mediterráneas alejadas del poder estatal y de cristianismo formal o externo como Sicilia o Corcega), los ciclos de la venganza continuaron hasta épocas relativamente recientes y han supuesto un freno al desarrollo económico y social, al desarrollo de una sociedad civilizada como dice Burke. 
 
El problema de llevar a la práctica  ese derecho humano a estar protegido contra la propia estupidez de que hablaba Burke es, pues, el de encontrar el mejor modo institucional de hacerlo.

Podría pensarse a este respecto que la democracia es siempre el mejor diseño institucional para que las sociedades se protejan frente a las decisivas, desde un punto de vista colectivo, decisiones irracionales de quienes dirigen las sociedades. El argumento sería muy simple: los líderes autocráticos tendrían menos frenos externos que los democráticos a la hora de tomar decisiones guidas por su percepción de los costes hundidos en el pasado, lo que les llevaría a tomar decisiones más irracionales arrastrando a sus sociedades a guerras y conflictos estúpidos desde un punto de vista colectivo. Y, ciertamente, abundan en la historia (por ejemplo en la medieval) ejemplos incontables en que los líderes han metido  a sus sociedades en costosísimas guerras para sus pueblos por cuestiones de honor personal y venganza.

Sin embargo,  las cosas no son siempre tan claras o unívocas. Así,  he leído hace poco que un gobierno no democrático, el gobierno chino está haciendo lo contrario de lo que se puede esperar de un gobierno no democrático, es decir, que se está comportando como Edmund Burke aplaudiría. El gobierno chino  está protegiendo al pueblo chino del riesgo de seguir irracionalmente sus propios deseos de revancha  tomando decisiones tomando en consideración los “costes hundidos” de su pasada historia.

Y es que, como ha señado Kishore Mahbubani en su obra “Has China Won?”, todo chino conoce bien el siglo de humillación que China sufrió desde  las Guerras del Opio hasta 1949, en el que las potencias occidentales y Japón machacaron una y otra vez a los restos de Imperio chino. Pero frente a los deseos de venganza del pueblo chino por ese pasado penoso contra sus perpetradores, su actual dirigente, Xi, y en general el Partido Comunista Chino, están actuando de modo decidido moderando esos sentimientos agresivos del pueblo chino que exigen un comportamiento en política exterior agresivo y provocador para “compensar” esa pasada humillación. Y así, por ejemplo, casi todos los vestigios de ese siglo de humillaciones continuadas han sido eliminados, incluyendo Hong Kong y Macao, ya de nuevo reintegrados a China.

Una política, pues, apaciguadora que es racional en la medida que toma decisiones en el presente y hacia el futuro obviando los costes hundidos de las humillaciones sufridas en el pasado que los dirigentes chinos se pueden permitir llevar adelante precisamente porque China no es una democracia. Es paradójico y molesto, pero hay que reconocer que, a veces -no siempre-, los líderes autoritarios como Xi o Putin pueden  permitirse el lujo de ser racionales, es decir, actuar sin considerar los costes hundidos. Cosa que, en muchos casos, no pueden permitirse los líderes de los países democráticos. No es tan fácil, y esto es una debilidad de las democracias, que los gobiernos democráticos se comporten  racionalmente en la medida que en las democracias los gobiernos se ven obligados por las urnas a reflejar de modo más adecuado que los gobiernos autoritarios  las preferencias y deseos de la gente, y la gente en general es, como bien sabemos, idiota. Incluso es posible  encontrarse  con un gobierno democrático que, actuando racionalmente y persiguiendo llevar a la práctica ese derecho del hombre a ser protegido de sus propias estupideces, encuentre una feroz oposición popular por ello.

Un ejemplo de esta última situación  en nuestro desventurado país atañe a la cuestión de la relevancia política del terrorismo y de las víctimas del terrorismo. Concretamente se refiere a las consecuencias de la aparición en la vida pública de lo que Rafael Sánchez Ferlosio denominó, el victimato : "(El Victimato I). Se considera a las víctimas como algo sagrado y no lo son. Han armado una nueva configuración mental: han transformado el sentimiento en  venganza sagrada, con su ganar y perder, al que no le falta su negra honrilla; se han constituido en asociación con lista de socios, que son los parientes de los muertos, con su organización burocrática, sus declaraciones públicas, su doctrina; al resultado de esta inversión capital es a lo que yo llamo Victimato".  Dicho de otra manera, el Victimato consiste en la conformación de las víctimas directas o indirectas del terrorismo en grupo de presión que usando como activo o capital sus sufrimientos pretende obtener, como justo rendimiento al mismo, un rendimiento económico, político o social.

El Victimato exige que los gobiernos se plieguen a los deseos de quienes han sufrido  no sólo de compensación y reparación por los daños padecidos a consecuencia de la actividad terrorista, sino de revancha. Deseos estos  que vendrían avalados o "justificados"  obviamente por el enorme peso, el enorme sufrimiento, el enorme coste que supusieron para ellos, las víctimas, los daños provocados por los atentados terroristas que sufrieron ellos mismos o sus familiares. Pero no se puede olvidar que esos hechos: los atentados y sus horribles efectos, tuvieron lugar en el pasado y son irremediables, luego son claramente un enorme coste hundido. Nada ni nadie devolverá a los muertos a la vida. Nada ni nadie le restituirá los miembros amputados, borrará las cicatrices o limpiará el alma del miedo. Hágase lo que se haga desde los poderes públicos esos costes seguirán estando ahí. En consecuencia, el exigir a los gobiernos que esos hechos ya irremediables afecten a  las decisiones públicas de hoy por esos hechos es un absurdo.

Cuando la derecha (C's) y la extrema derecha de este país (PP y Vox) "acusan" al gobierno del PSOE-Podemos de "traicionar a los muertos" (por cierto, alguien me puede explicar de modo lógico y racional cómo se puede traicionar a los "no-vivos") y de deshonrar a las víctimas del terrorismo,  están olvidando  a  Edmund Burke, por cierto un pensador conservador,  uno de los suyos. Cuando se oponen  como lo han hecho recientemente, a un proyecto de Presupuesto del Estado para el año que viene acudiendo a la excusa de que el Gobierno aunque no lo necesite lo ha pactado con Bildu, y que Bildu antes, en el pasado, estaba cercano a ETA, es un sinsentido. Si hacer una carretera o una infraestructura está justificado satisface una necesidad actual de la gente y es una obra  que también la apoya Bildu, ¿no es un completo absurdo el negarse a apoyar su construcción porque hace años hubo atentados terroristas que causaron un enorme daño y que por aquel entonces fueron justificados por  partidos políticos que ocupan un espectro ideológico parecido al que hoy ocupa Bildu?

Y por supuesto, y quiero recalcarlo para que se me entienda bien,  las víctimas por el terrorismo tienen todos los  derechos a ser resarcidas o compensadas por el Estado por los daños y sufrimientos que experimentaron en la medida que ello es posible (de nuevo, ¿cómo "compensar" una muerte?). Tienen asímismo el derecho a recibir homenaje y a ser acompañadas en su dolor. Y, muy importante, tienen  obviamente también el derecho a que se castigue a quienes les causaron daño a ellas o a sus familiares. Por supuesto. Pero a lo que no tienen derecho es a actuar como Victimato y tratar de imponer sus comprensibles y humanos  deseos de venganza, o sea, el coste hundido de la pérdida que les supuso los atentados que padecieron, como guía de las públicas decisiones políticas. Eso, sencillamente,  es irracional, pues es un coste hundido. Irremediable hágase lo que se haga. Una vez más: por muy humanos que sean sus deseos de venganza, totalmente comprensibles y aceptables, no pueden ser guías del comportamiento público que debe estar guiado por el objetivo de protegernos colectivamente de las irracionalidades que nuestras emociones y sentimientos nos abocan a cometer. 






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