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Cuidado que no acabe siendo peor el remedio que la enfermedad, avisa el conocido refrán para dar cuenta de aquellas situaciones en las que las emociones "nublen la vista" en la reacción ante un peligro  o una amenaza y lleven a comportamientos de alguna manera irracionales, no "equilibrados" o desproporcionados por excesivos. Por supuesto, y como dice el refrán, es fácil que ello suceda en casos de enfermedad grave, potencialmente mortal.

 

Y una razón para ello es obvia, y ya la advirtió  La Rochefoucauld, el gran moralista del siglo XVII francés.  "Ni el sol ni  la muerte pueden ser mirados de hito en hito", dice en una de sus Máximas, la nº 26. Cierto, y además perfectamente normal, por lo que no es  nada extraño que frente a enfermedades con riesgo de muerte, como la causada por el Covid-19  la posibilidad de una respuesta excesiva, desproporcionada, sea por ello mucho más probable, casi segura, pues a la hora de afrontarla, de mirarla de hito en hito, todos lo hacemos  deslumbrados, guiados por el miedo. LLamaremos a esta consecuencia de la ceguera intelectual ante el riesgo de enfermedad grave el efecto La Rochefaulcauld.

 

Ahora bien, no es lo mismo no poder mirar de frente la propia muerte que no poder mirar la muerte de los "otros". Hay -admitámoslo- menos riesgo de que la muerte de los "demás" nos deslumbre, que nos ciegue.  Y menos aún cuanto más lejos de cada uno, familiarmente hablando, se encuentran esos "otros". Ello significa que a la hora de hablar y analizar la política pública o general ante una epidemia como la del COVID-19, sería más que necesario, imprescindible, que quienes se encargan de la gestión de lo público fueran capaces  de "mirar de frente" a la misma, de hito en hito, sin dejarse "deslumbrar". O sea,  como si con ellos particularmente  no fuese la cosa, como si su muerte o la de sus cercanos no estuviese en juego. Mirar, pues, las cosas desde lejos, para evitar en la medida de los posible el sesgo a la desproporción asociado  al efecto de La Rochefoucauld en las respuestas, es decir, la adopción de remedios peores que la enfermedad.

 

Puestos a desear, sería deseable entonces que quienes articulan y, en buena medida, conforman la opinión pública en este asunto: políticos, peridistas, opinadores, expertos en epidemiología...se hubiesen comportado NO como se han comportado, es decir, como "public eyes", como "ojos públicos", capaces de "mirar de hito en hito" la amenaza del coronavirus a la hora de proponer políticas de interés público o general. No ha sido así. En estos tiempos en que el sentimentalismo invade todo lo público y lo colectivo, su comportamiento ha sido -para mí- el normal, el típico del afectado por el efecto de La Rochefoucauld. En vez de dar ejemplo de coraje cívico anteponiendo la mirada pública frente a la individual o privada ante la amenaza de la enfermedad, han hecho lo contrario. Han menudeado así, por poner un ejemplo,  las acusaciones por parte de la derecha más descerebrada  al gobierno central de tibieza o de tardanza en la instrumentación de medidas a la hora de enfrentar esta crisis sanitaria. Se le ha exigido de medidas aún más duras (o sea, más costosas en términos de PIB, bienestar y empleo) o se le ha llegado incluso a acusar de "asesinato" por esa tibieza y mesura, que por cierto no lo ha sido tal. Sólo me cabe una "explicación" de esta actitud, y es la de que como los  puestos de trabajo y el bienestar material de estos políticos, periodistas, opinadores y expertos NO se ven afectados negativamente (o sea, no corren peligro) a consecuencia de unas (posiblemente) desproporcionadas medidas instrumentadas para frenar o acabar con la expansión o difusión de esta nueva "peste", sino todo lo contrario, no tienen el menor incentivo para restringirse un poco y no difundir y avalar las posiciones más  extremadas más aquejadas en suma por el sentimentalismo y el efecto de La Rochefoucauld como las moralmente adecuadas independientemente de su coste de oportunidad.

 

Y es que la Economía parece no haber contado nada...al menos hasta ahora, en el debate público sobre cómo afrontar la crisis. Se ha repetido hasta la saciedad que el único criterio es el de "la salud es lo primero", cueste lo que cueste, sobre todo si son otros los que se van al desempleo. Pero, ¿qué salud?, ¿cuánta salud?, ¿la salud de quién? son las preguntas a hacer junto con los costes de actuar. La Economía sirve precisamente, para ayudar en ese intento de reconducir esa tendencia o sesgo hacia la desproporción que el efecto de La Rochefoucauld supone, pues acentúa  que dado que no hay respuesta gratuita ante una amenaza, una que no suponga coste alguno, hay que evaluar mirando de hito en hito a la epidemia a la hora de decidir el grado o nivel proporcionado  de la respuesta hacia ella, los costes relativos de los remedios  en sí mismos y en función de la reducción del riesgo de amenaza.

 

El sesgo a favor de las respuestas desproporcionadas se produce, por otro lado,  no sólo por la razón aludida por La Rochefoucauld, sino también por el diseño institucional de los sistemas sanitarios.

 

Para ir al grano. Históricamente, antes de la existencia de sistemas de aseguramiento frente al riesgo de enfermedad, cuando toda la sanidad era de provisión privada los individuos, familias y grupos humanos eran muy cuidadosos con esta idea de respuesta desproporcionada entre la enfermedad y los remedios. Concretamente, las familias sabían que no había catástrofe semejante a una enfermedad que afectase a los miembros más productivos del grupo familiar, pues ello ponía en riesgo la supervivencia de todos los demás. Por ello, tenían perfectamente asumido que había que  gastar más en tratar de curar a los padres y otros adultos o jóvenes trabajadores que en curar a los niños o ancianos. Eran los duros y difíciles tiempos en los que la definición de neumonía de un famoso médico y humanista, Sir William  Osler (1849-1919), como "the old's man friend" era plenamente aceptada.

 

Todo esto cambió con los sistemas de seguro frente a la enfermedad. Sobre todo con los sistemas de seguridad social o de sanidad pública universales y de cobertura total en los que los pacientes, que son todos los miembros de un colectivo (p.ej., los ciudadanos o los residentes en un país) reciben el mejor tratamiento posible (incluido en un catálogo determinado) para sus dolencias (las incluidas o cubiertas en el catálogo)  independientemente de su contribución económica particular al sistema. En ello, dado que ya nadie paga individualmente por los tratamientos que recibe de una manera directa y proporcionada al coste de los mismos, hay una total diferencia entre el coste privado y el coste social de tratamiento de la enfermedad que afecta a cada cual, o sea que se está en la situación descrita por el dilema del prisionero en la que cada paciente pide/exige el tratamiento "mejor", o sea, más caro, para su dolencia ya que por él no tiene que pagar nada en concreto. Son todos, somos todos, los que vía impositiva pagamos los costes del tratamiento de cada uno de nosotros cuando nos ponemos enfermos, por lo que cada uno de nosotros nunca tiene el menor freno o control a la hora de "pedir" cuando estamos enfermos.

 

Ha sido posible observar estos días cómo  junto a la presencia de una mayoría de personas agradecidas ante los denodados esfuerzos del personal sanitario ante esta epidemia, han abundado también en los medios de comunicación y las redes sociales los individuos quejosos de que no han recibido por parte de la sanidad pública la total atención en el momento y lugar que ellos exigían, individuos que sin embargo muy probablemente no han tenido el menor empacho en votar a partidos políticos que abogan por rebajas de impuestos, privatización de la sanidad pública y demás medidas neoliberales.

 

Dicho de otra manera, los sistemas de salud de aseguramiento universal y de cobertura total son muy susceptibles al sesgo a la desproporción en la graduación de la respuesta a la amenaza, del nivel del remedio respecto a la enfermedad. La hiperreactividad de estos sistemas se debe, pues, a la conjunción del "efecto La Rochefoucauld") y el sistema de incentivos que le es propio. Si a esto se añade la proverbial incapacidad manifiesta de los medios de información para entender las nociones más elementales de Economía de la Salud (a las que hacía referencia en mi anterior post) como la de que no se salvan "vidas" sino "esperanzas" de vida, se tiene la conjunción perfecta para que la reacción ante la epidemia de coronavirus tienda a ser desproporcionada en lugares como nuestro país, donde para mayor "inri", sucede que  los líderes de los partidos de la oposición al gobierno parecen están ya  en situación de muerte cerebral. No quiero ni pensarlo, pero a lo que parece estaríamos hoy aquí,  en una de esas situaciones que Bryan Caplan ha analizado en un muy perturbador libro, El mito del votante racional, en el que se asiste al fracaso de los sistemas democráticos en proporcionar respuestas racionales a los problemas colectivos en la medida que los gobiernos democráticos reflejan o responden democráticamente a las preferencias irracionales de los ciudadanos.

 

Por último, un breve comentario sobre las alternativas. Si bien me da la impresión que la respuesta a la crisis sanitaria ha sido desproporcionada por excesiva y lo será con certeza si las medidas se mantienen con el mismo nivel de crudeza más allá de dos semanas, creo sin embargo que peor, por ser desproporcionadamente escasa o pequeña, es decir desproporcionada por defecto, es la respuesta que como vemos se da en los sistemas sanitarios basados en el aseguramiento privado, como por ejemplo, lo es en el caso de los Estados Unidos. 

 

Los sistemas de aseguramiento privado, por definición, no son ni universales ni de cobertura total. O sea, en los que el nivel y la calidad del tratamiento que recibe un individuo cuando está enfermo está en función de la prima de seguro que haya pagado, si es que tiene contratado un seguro. Como sistema a la hora de afrontar una epidemia como la actual, sólo es peor la medicina enteramente privada, pues en este sistema el individuo contagiado o enfermo no tiene incentivos en reportar su situación y tratarse en la medida que ello le supone un incremento en el precio de su póliza. La situación se agudiza en el caso en que el seguro esté asociado al empleo, como es el caso en los EE.UU, puesto que en tal caso, los que van al desempleo como consecuencia de las medidas para frenar la expansión de la epidemia, como carecen de seguro dejan de usar el sistema sanitario por los costes que ello les supone, por lo que se convierten en vehículos de la propia expansión de la epidemia. De siempre, los economistas de la salud se dieron cuenta de este efecto externo negativo de los sistemas de medicina privados y cuasiprivados en presencia de epidemias y otras amenazas a la salud pública,  y por ello recomendaron el fortalecimiento de los sistemas sanitarios públicos. Convendría no olvidar esto para cuando pase esta catástrofe y las sirenas de la privatización de la sanidad pública vuelvan a emitir sus peligrosos y seductores -para muchos- cantos. Hagamos pues como Ulises y desoigámoslos.

 

 

 

 

 

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