La inmigración por puntos y otras políticas de retaguardia

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Tardaba en salir una propuesta estrella en materia de inmigración y aquí la tenemos. Dicen -los que están metidos de lleno en el tema migratorio- que la propuesta populera del contrato de integración y del visado por puntos no aporta nada nuevo. Yo creo que aporta mucho: nada menos que asegurar que no se escape ningún voto fiel. En países como Francia, Austria, Holanda y Alemania el fenómeno de la inmigración ha sido determinante para el ascenso de la extrema derecha y aquí, donde la derecha ya es bastante extrema, quieren aprovecharse de esa corriente favorable.

Es una de esas medidas que yo llamo de retaguardia. Para qué arriesgarse a liderar un cambio ideológico y social en España. Vamos a ver lo que les pide el cuerpo a los españoles y ofrezcamos lo que quieran oír. Aunque sea fruto de la ignorancia, de los prejuicios o de la falta de debates serios en los medios de comunicación de masas.

Y es que hay temas en los que es necesario volver a recuperar el terreno de las ideas porque el de los datos no termina de convencer. Al español medio -que ya tiene bastante con lo suyo- le importa un pimiento que nuestra economía crezca gracias al extra de curro productivo y de consumo que aportan los inmigrantes del segundo y del tercer mundo (los que vienen del primero ya se traen la cartera rebosante de puntos y no son peligrosos). Tampoco convence que nuestras haciendas y seguridades sociales estén mejor que nunca gracias al dinero de SUS impuestos y SUS cotizaciones, que se añaden, por supuesto, a nuestros respectivos y respectivas. Ni mucho menos que los bancos han visto un filón en la solvencia y la liquidez de esa gente que tiene el listón de la dignidad más bajo que el nuestro.

Ya no sirven los argumentos económicos. Sólo convence la caja tonta, con sus titulares de cayucos y reportajes solidarios sobre pisos patera. Donde todo el mundo se pregunta cómo-se-puede-permitir-aquello y nadie advierte que aquello es la única manera de pagar los precios que piden algunos nacionales por el chamizo. Tampoco se pregunta nadie por qué hay tantos locales comerciales céntricos ocupados por bazares orientales, locutorios latinos y kebabs. Y el que contesta prefiere hablar de mafias. Al fin y al cabo esta gentuza no tiene ni espíritu de empresa, ni ganas de trabajar, ni dinero que dejarse en las rebajas. Aunque, bien mirado, tampoco los de aquí. Pero España para los españoles. Y para las españolas.

No terminamos de interiorizar que el efecto llamada no está ni en las regularizaciones ni en las leyes, sino en el hambre. Que por mucha mano dura que pretendan los aspirantes a Sarkozy, seguirá siendo necesaria una buena red de atención primaria con dinero público y con empleados y voluntarios de todas las motivaciones -en particular de la cristiana, no nos falles, Pepiño-. Y que las maltrechas macroeconomías de los países de origen no se van a recuperar a base de condonaciones, cerosietes y telemaratones, sino que necesitan de un orden global nuevo y -mientras tanto- de inyecciones como las remesas, para aliviar, al menos, unas cuantas microeconomías al otro lado del Atlántico, del Estrecho y del Danubio.

Insisto en sospechar de todo el que venga con ideas empujadas a golpe de sondeos sociológicos. Lo que necesita un país son líderes, no bartolos.
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