Se mire por donde se mire, en España tenemos que reconocer lo mismo que en Houston: tenemos un problema. Me da igual que lo comparemos con el mercado en Francia, Alemania o, incluso en el Reino Unido (con el que compartimos la misma voracidad propietaria). Me da igual que nos remontemos a regímenes políticos precedentes, en los que más de la mitad de los españoles vivían de alquiler. Incluso, en este momento, no me apetece preguntarme por qué el gen español está configurado para identificar seguridad con ladrillo, como si de sinónimos se tratase.
Que el ladrillo español tiene efectos secundarios alarmantes sobre el bienestar social y sobre el medio ambiente es algo que ya se encargan de señalar sindicatos, asociaciones ecologistas y neo-generaciones en general. En cambio se lee y se escucha poco sobre las consecuencias que el ladrillo en propiedad lleva generando en la estructura económica española desde tiempos inmemoriables. Porque, de vez en cuando, sale algún experto hablando de que España necesita reformas. Y si analizamos bien las cosas, el alquiler en España es el punto donde empiezan y donde terminan la mayor parte de los males de nuestra economía.
Me explico. Mucha gente cree firmemente que, en materia inmobiliaria, el problema es el huevo y no la gallina, que está más sana que nunca y además pone a velocidad de crucero. En efecto, todo el mundo explica la estrechez del mercado de alquiler debido al precio de los arrendamientos para los inquilinos y a la inseguridad jurídica del propietario. La culpa siempre aparece con las consecuencias, nunca con las causas.
Si en España existe un dogma de fe, es que en casa se está mejor que en cualquier otro lugar. Por eso todo se organiza en torno a la casa, comenzando por el trabajo. La movilidad laboral en nuestro país es ridícula, de ahí que en épocas de desempleo lo hayamos pasado peor que nuestros vecinos europeos, quienes se las arreglan buscando trabajo donde lo hay. Además, nuestras decisiones de gasto e inversión se toman siempre al calor del hogar. Ahorramos para la hipoteca de la casa, antes de comprarla, y nos endeudamos hasta el límite después de comprarla. Descartamos proyectos de empresa o de trabajo autónomo porque nos complican la vida fuera de casa. Tenemos hijos sólo si nos lo permite el gran objetivo vital y principal de comprar una casa, y siempre de acuerdo con las características habitacionales de la susodicha. Ni siquiera nos planteamos ya lo de la autorrealización por medio del trabajo. Lo importante es cobrar más por hacer menos, poder pagar la hipoteca -y, si se puede, a por el chalé o el apartamento- y pasar más tiempo disfrutando del hogar.
Esta radiografía social puede parecer una caricatura pero hay datos y, sobre todo, experiencia que la avalan. Porque esto es un pañuelo y todos nos conocemos perfectamente. Por eso, no nos extrañe que el precio que pagamos por la vivienda en propiedad sea siempre el máximo posible para cada nivel de ingresos, que el alquiler sea una opción residual para pobretones y que cualquier propuesta electoral pase siempre por prometer lo que le pide el cuerpo al votante en lugar de lo que necesita el país para funcionar correctamente.
Así que ahora que nuestros políticos han inaugurado la subasta de buenas intenciones de cara a marzo, veremos si de verdad se atreven con propuestas serias o si se rinden ante la voluntad del ciudadano: "quiero mi casa".
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