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Blog Sergio Valverde
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Los coreanos se endeudan para invertir en Bolsa: el riesgo no está solo en lo que compras, sino en cómo lo financias


Corea del Sur está ofreciendo un buen ejemplo de cómo una inversión que parece atractiva puede convertirse en una decisión financiera mucho más arriesgada cuando entra en juego la deuda.

Según Reuters, los préstamos de margen utilizados para invertir en el KOSPI aumentaron aproximadamente un 75% desde comienzos de 2026, hasta alcanzar los 30 billones de wones a finales de junio. El saldo llegó concretamente a un récord de 29,8 billones de wones el 24 de junio, según datos de la Korea Financial Investment Association citados por Reuters.

El fenómeno coincide con el entusiasmo de los inversores por determinadas compañías relacionadas con la inteligencia artificial. Pero la pregunta interesante para nosotros no es si esa temática seguirá subiendo.

Es otra: ¿cambia el riesgo de una inversión dependiendo de dónde procede el dinero con el que la hacemos?

Y la respuesta es claramente sí.

Una misma inversión puede representar dos riesgos completamente diferentes

Supongamos que una persona dispone de 50.000 euros y decide invertirlos en Bolsa. Si su cartera cae un 30%, su valor se reduciría hasta aproximadamente 35.000 euros.

Ahora imaginemos que otra persona dispone también de 50.000 euros, pero pide prestados otros 20.000 y acaba invirtiendo 70.000 euros.

La inversión es exactamente la misma y el mercado cae exactamente el mismo 30%, pero el resultado sobre su patrimonio es diferente.

Los 70.000 euros pasarían a valer aproximadamente 49.000. La pérdida sería de 21.000 euros sobre los 50.000 euros de capital propio inicial, lo que supone aproximadamente un 42%, antes de incorporar intereses y otros posibles costes.

No ha cambiado la inversión.

Ha cambiado la estructura financiera utilizada para realizarla.

Esta es una de las características fundamentales del apalancamiento: permite aumentar la exposición con un capital propio menor y, por tanto, amplifica tanto las ganancias como las pérdidas.

Por eso analizar únicamente la rentabilidad esperada de una inversión puede llevarnos a una conclusión equivocada. También necesitamos conocer qué deuda existe detrás, cuánto cuesta mantenerla y qué capacidad tiene el inversor para soportar una caída.

La rentabilidad esperada no debería ser el punto de partida

Uno de los argumentos que puede hacer atractivo endeudarse para invertir es aparentemente sencillo. Si puedo financiarme al 4% y espero obtener un 8% en Bolsa, parece existir una diferencia positiva del 4%.

Pero estamos comparando dos cifras que tienen naturalezas muy diferentes.

El coste de la deuda es una obligación. La rentabilidad esperada de la inversión, no.

Puedes pagar un 4% por la financiación y obtener un 10%, pero también puedes pagar ese mismo 4% mientras tu cartera pierde un 25%. Además, la caída puede producirse precisamente durante los primeros meses o años de la inversión.

Por eso la pregunta correcta no debería ser únicamente:

¿Espero obtener una rentabilidad superior al coste de financiarme?

También habría que preguntarse:

¿Qué ocurre si durante varios años sucede exactamente lo contrario?

La capacidad financiera para sobrevivir a ese escenario es tan importante como la expectativa de rentabilidad.

El problema no es solo cuánto puedes perder

Aquí aparece otro elemento que considero especialmente importante en planificación financiera.

Dos personas pueden tener exactamente la misma cartera y, sin embargo, asumir riesgos completamente diferentes.

Una persona con 200.000 euros invertidos, otros 100.000 euros líquidos, ingresos estables y ninguna necesidad importante de capital durante diez años probablemente pueda soportar una caída considerable sin modificar su estrategia.

Otra persona puede tener esos mismos 200.000 euros invertidos, pero mantener deuda, disponer de poca liquidez y necesitar 50.000 euros dentro de dos años para comprar una vivienda.

La cartera es idéntica.

Su capacidad para asumir riesgo no lo es.

Por eso el riesgo de una inversión no debería medirse exclusivamente mediante volatilidad, rentabilidad histórica o caída máxima. También depende de algo mucho más personal: la posibilidad de que necesites recuperar el dinero en el peor momento posible.

La deuda aumenta precisamente esa vulnerabilidad porque introduce pagos que no desaparecen cuando los mercados caen.

Si además tienes un negocio, incorpora otro riesgo a la ecuación

Para un propietario de negocio el análisis debería ir todavía un paso más allá.

Puede tener una cartera financiera diversificada, pero una parte considerable de su patrimonio probablemente esté concentrada en su propio negocio. Además, ese mismo negocio puede representar su principal fuente de ingresos.

Imaginemos un patrimonio formado por un negocio valorado en 300.000 euros, una cartera financiera de 100.000 euros y 50.000 euros de liquidez.

Mirando exclusivamente los 100.000 euros podríamos concluir que existe una buena diversificación. Pero cuando observamos el patrimonio completo comprobamos que el negocio continúa teniendo un peso enorme.

Esto importa porque los riesgos no siempre aparecen de manera aislada. Puede producirse una caída bursátil al mismo tiempo que el negocio atraviesa una etapa de menores ventas. Si además existe deuda utilizada para invertir, tendremos tres elementos actuando simultáneamente: menor valor de la cartera, menores ingresos y unas obligaciones financieras que continúan existiendo.

En ese escenario, la cuestión decisiva puede dejar de ser cuánto caerá la Bolsa y convertirse en algo mucho más sencillo: ¿tengo suficiente liquidez para no verme obligado a vender?

El peor momento para descubrir que habías asumido demasiado riesgo

Una cartera puede recuperarse de una caída. Lo que no siempre puede recuperarse es una inversión que hemos tenido que vender para conseguir liquidez.

Este matiz cambia mucho la manera de entender el riesgo.

Imaginemos que una cartera cae un 30%, pero el inversor puede mantenerla durante diez años. La caída puede ser desagradable, pero no necesariamente altera su planificación.

Ahora imaginemos exactamente la misma caída cuando el inversor tiene que afrontar cuotas de financiación, una compra importante o necesita aportar dinero a su negocio. Si tiene que vender, la pérdida deja de ser una valoración temporal del mercado y pasa a convertirse en dinero perdido definitivamente.

Por eso una buena planificación no debería intentar únicamente construir una cartera capaz de obtener rentabilidad. También debería construir alrededor de ella una estructura financiera que permita tener tiempo.

Liquidez, ausencia de necesidades inmediatas de capital y un nivel razonable de endeudamiento pueden permitir precisamente eso.

Una prueba de resistencia para tu patrimonio

Antes de utilizar financiación para invertir, o simplemente antes de aumentar considerablemente el riesgo de tu cartera, puedes hacer un ejercicio sencillo.

Calcula tu patrimonio financiero, tu deuda total, la liquidez disponible y las necesidades importantes de dinero que tendrás durante los próximos años. Si tienes un negocio, incorpora también sus necesidades previsibles de tesorería.

Después plantea un escenario adverso: tu cartera cae un 30%, tus ingresos disminuyen durante varios meses y el coste de tus deudas continúa exactamente igual.

Ahora pregúntate si podrías mantener tus inversiones sin vender.

Si la respuesta es afirmativa, probablemente tengas una estructura financiera más preparada para soportar volatilidad. Si la respuesta es negativa, quizá el problema no esté en los fondos o acciones que has elegido. Puede estar en la cantidad de riesgo que tu situación financiera te permite asumir.

Antes de decidir dónde invertir, decide cuánto riesgo puedes permitirte

El caso de Corea del Sur no demuestra que la inteligencia artificial sea una mala inversión ni que utilizar deuda para invertir sea necesariamente una decisión equivocada en cualquier circunstancia.

La enseñanza es diferente: una tesis de inversión puede ser razonable y, sin embargo, estar mal integrada dentro de nuestro patrimonio.

Por eso considero que la construcción de una cartera debería comenzar antes de seleccionar productos. Primero hay que conocer los objetivos, el horizonte temporal, las necesidades futuras de liquidez, las deudas existentes y la capacidad real para soportar pérdidas.

Después podremos hablar de fondos, acciones, renta fija, oro o cualquier otro activo.

Porque elegir una buena inversión sirve de poco si hemos construido alrededor de ella una situación que nos obliga a venderla en el peor momento.

Si tienes inversiones, deuda y además un negocio, y nunca has analizado conjuntamente esas tres piezas, puede ser un buen momento para hacerlo. Si quieres que revise contigo esa fotografía patrimonial y comprobemos qué riesgo estás asumiendo realmente, puedes contactar conmigo y lo analizamos con tus números.

Fuente


Reuters — Cynthia Kim, Jihoon Lee y Yena Park, “From euphoria to despair, Korea reckons with stock mania's emotional toll”, 21 de agosto de 2026.


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