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La peligrosa ilusión de las OPVs. Cuando la historia aconseja esperar

Las salidas a Bolsa despiertan ilusión, pero la historia cuenta otra historia. Analizando casos como Puig, Facebook, Uber o SpaceX y décadas de datos, esta tribuna explica por qué acudir a una OPV no resulta tan rentable como parece y por qué la paciencia es la mejor inversión
Hay escenas que se repiten una y otra vez en los mercados financieros. Basta con que una empresa de gran prestigio anuncie su salida a Bolsa para que se dispare la expectación. Los medios hablan de una oportunidad única, las redes sociales hierven de entusiasmo y no son pocos los inversores convencidos de que están ante la ocasión de multiplicar su dinero en poco tiempo. Ya ocurrió con Facebook y con Uber. Ahora vuelve a suceder con las compañías ligadas a la inteligencia artificial y todo apunta a que seguirá ocurriendo con las próximas grandes tecnológicas que preparan su debut bursátil.

Imagen sintética


La lógica parece impecable: si una empresa está destinada a liderar el futuro, comprar acciones desde el primer día debería ser un acierto. El problema es que la Bolsa lleva mucho tiempo demostrando que una buena empresa no siempre se traduce en una buena inversión. Y las ofertas públicas de venta, más conocidas como OPV, son un magnífico ejemplo de ello.

Cuando vender resulta más atractivo que comprar


Antes de dejarse llevar por el entusiasmo conviene detenerse un instante y plantearse una pregunta sencilla. Si las perspectivas de una compañía son tan extraordinarias, ¿por qué quienes mejor la conocen deciden vender parte de ella precisamente ahora?

Una OPV no deja de ser una gran operación de compraventa. Los accionistas originales buscan colocar una parte de sus títulos al precio más elevado posible. Enfrente aparecen nuevos inversores que desean incorporarse al proyecto pagando lo menos posible. Entre unos y otros entran en escena bancos de inversión, analistas y una intensa maquinaria de promoción destinada a convertir la operación en todo un acontecimiento.

No hay nada censurable en ello. Así funciona el mercado. Lo realmente delicado llega cuando la emoción acaba pesando más que los números y las valoraciones alcanzan niveles difíciles de justificar.

Porque quien compra en ese momento no solo adquiere una empresa. También paga por unas expectativas que, en muchos casos, ya descuentan un futuro prácticamente perfecto.

La estadística no entiende de modas


Los datos históricos ofrecen una perspectiva bastante menos emocionante que los titulares.

Si se analizan las salidas a Bolsa realizadas en Estados Unidos desde 1990, el 52 % de las compañías obtiene un comportamiento inferior al del S&P 500 durante su primer mes de cotización. Apenas transcurridos tres meses, ese porcentaje aumenta hasta el 60 %, y medio año después ya alcanza el 63 %.

La tendencia no mejora con el paso del tiempo. Aproximadamente siete de cada diez empresas que debutan en Bolsa terminan quedándose por detrás del índice estadounidense tanto al cabo de un año como dos años después. Además, la diferencia no es precisamente anecdótica. La rentabilidad mediana ronda los veinte puntos porcentuales menos al cumplirse un año y cerca de treinta y cinco puntos al cabo de dos.

Difícilmente puede hablarse de un camino fácil hacia la riqueza cuando la propia historia dibuja un panorama tan poco favorable.

La realidad reciente confirma el patrón


No hace falta remontarse demasiado para encontrar ejemplos. Puig protagonizó una de las salidas a Bolsa más esperadas en España durante los últimos años. El estreno fue brillante y las acciones respondieron con fuertes subidas durante las primeras semanas. Sin embargo, el entusiasmo inicial dio paso a una realidad mucho menos espectacular. En la actualidad cotiza alrededor de un 35 % por debajo del precio con el que comenzó a negociar.

Cirsa tampoco ha logrado sostener las expectativas que despertó su llegada al mercado y sus acciones continúan por debajo del nivel de la OPV.

Fuera de nuestras fronteras la historia se parece bastante. Verisure, una de las mayores operaciones bursátiles recientes en Europa, también pierde terreno respecto a su precio de salida. Lo mismo sucede con la checa CSG Defence Systems, cuya cotización ha retrocedido con fuerza después de un estreno impulsado por el auge del sector de defensa y el contexto geopolítico.

Ni siquiera los gigantes más admirados se libran de esta dinámica. Facebook decepcionó a los inversores durante su debut y Uber tardó años en convencer al mercado de que merecía la valoración con la que comenzó a cotizar.

El caso más llamativo es quizá el de SpaceX. Su salida a Bolsa fue recibida con una expectación pocas veces vista. Parecía imposible que una compañía con semejante reputación pudiera defraudar. Sin embargo, tras varios movimientos muy bruscos, sus acciones han terminado situándose por debajo del precio de salida. No parece que el problema estuviera en la empresa. Más bien en las expectativas desmesuradas que el mercado había depositado sobre ella.

Un gran negocio puede convertirse en una mala inversión


Es fácil caer en una confusión bastante habitual. Una empresa extraordinaria puede ofrecer una rentabilidad mediocre si se compra demasiado cara. Invertir no consiste únicamente en identificar buenos negocios. También exige pagar un precio razonable por ellos.

Las OPV suelen aparecer cuando un sector atraviesa su momento de mayor popularidad. Ocurrió con las empresas tecnológicas a finales de los años noventa y vuelve a suceder ahora con todo lo relacionado con la inteligencia artificial. No es casualidad. Los propietarios saben que el entusiasmo facilita obtener valoraciones más elevadas.

Eso no convierte automáticamente a esas compañías en malas inversiones. Lo que sí reduce es la probabilidad de que las sorpresas positivas sean tan abundantes como espera el mercado.

Saber esperar también forma parte de invertir


La experiencia demuestra que muchas empresas excelentes terminan ofreciendo mejores oportunidades unos meses después de comenzar a cotizar. Cuando desaparece el ruido mediático, las emociones pierden fuerza y los resultados sustituyen a las promesas, el mercado suele realizar valoraciones mucho más equilibradas.

Mientras miles de inversores compiten por conseguir unas pocas acciones durante una OPV, existen centenares de compañías sólidas que apenas generan titulares y que, sin embargo, pueden ofrecer mejores perspectivas de rentabilidad.

En inversión, la paciencia acostumbra a ser una aliada mucho más fiable que la prisa.

La historia sigue teniendo la última palabra


Cada época encuentra un motivo para pensar que está viviendo un momento irrepetible. En su día fueron los ferrocarriles. Después llegaron Internet y las redes sociales. Hoy ese papel lo desempeña la inteligencia artificial. Cambian los protagonistas y cambian las tecnologías, pero hay algo que permanece casi intacto: la tendencia del ser humano a dejarse arrastrar por la euforia colectiva. Por eso conviene mirar de vez en cuando hacia atrás.

Las ofertas públicas de venta seguirán despertando ilusión y seguirán ocupando portadas. Siempre habrá quien piense que quedarse fuera supone perder la oportunidad de su vida. Sin embargo, la historia invita a actuar con mucha más calma. En la mayoría de las ocasiones, el mejor momento para comprar no coincide con el de mayor entusiasmo, sino con aquel en el que la emoción deja paso al análisis.

La Bolsa se parece mucho más a un huerto que a un casino. Las mejores cosechas casi nunca pertenecen al que corre para sembrar el primero. Suelen acabar en manos de quien conoce los tiempos, respeta los ciclos y entiende que la paciencia también genera rentabilidad.

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