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El aval bancario, ese gran desconocido que abre muchas puertas

El aval bancario es mucho más que un trámite administrativo. Es una herramienta esencial para generar confianza, facilitar operaciones económicas y garantizar el cumplimiento de obligaciones en alquileres, empresas y financiación.
La economía moderna funciona gracias a algo tan intangible como imprescindible: la confianza. Cada día se firman contratos, se alquilan viviendas, se adjudican obras públicas, se conceden créditos y se realizan operaciones comerciales entre personas y empresas que, en muchas ocasiones, no se conocen entre sí.



Sin embargo, la confianza por sí sola no siempre es suficiente. Cuando existe el riesgo de que una de las partes incumpla sus compromisos, aparecen mecanismos destinados a proteger a quien podría resultar perjudicado. Uno de los más importantes es el aval bancario.

Aunque muchas personas han oído hablar de él, especialmente en el ámbito del alquiler de viviendas o de las operaciones empresariales, pocos conocen realmente cómo funciona, qué riesgos implica y por qué constituye una de las garantías más valoradas en el tráfico económico.

¿Qué es exactamente un aval bancario?


Un aval bancario es una garantía emitida por una entidad financiera, mediante la cual esta se compromete a responder frente a un tercero si su cliente incumple una obligación previamente asumida. Dicho de forma sencilla, el banco presta su reputación, su solvencia y su capacidad financiera para garantizar que una determinada obligación será cumplida.

Si quien debe pagar o cumplir una obligación no lo hace, el beneficiario podrá reclamar directamente al banco avalista, que responderá según los términos establecidos en el contrato.

Por esta razón, el aval bancario es una de las garantías más sólidas que existen. Quien recibe el aval sabe que detrás no se encuentra únicamente la palabra de una persona o una empresa, sino la solvencia de una entidad financiera.

Tres protagonistas en una misma operación


Todo aval bancario gira en torno a tres figuras perfectamente diferenciadas:

  • El avalista. Es la entidad financiera que asume el compromiso de responder en caso de incumplimiento. Su función no es la de un seguro ni la de un socio que comparte riesgos. El banco simplemente garantiza una obligación y, si tiene que pagar, posteriormente reclamará al cliente avalado las cantidades desembolsadas.
  • El avalado. Es el cliente que solicita el aval. Puede tratarse de una persona física, una empresa, un profesional o cualquier entidad que necesite ofrecer una garantía adicional para formalizar una operación.
  • El beneficiario. Es la persona o entidad que recibe la protección del aval. En caso de incumplimiento podrá exigir el cumplimiento de la garantía y evitar así sufrir un perjuicio económico derivado de la insolvencia o falta de pago del avalado.

Un riesgo superior al de un préstamo


Existe una idea bastante extendida según la cual un préstamo supone más riesgo para el banco que un aval. Sin embargo, desde el punto de vista financiero ocurre justamente lo contrario.

Cuando una entidad concede un préstamo, el riesgo disminuye progresivamente a medida que el cliente devuelve el capital prestado. En cambio, en un aval bancario el riesgo permanece intacto durante toda la vida de la operación.

El banco puede tener comprometida una importante cantidad de dinero durante años sin saber si finalmente tendrá que desembolsarla o no. La exposición permanece constante hasta que el aval vence o es cancelado.

Por ello, antes de conceder un aval, la entidad financiera suele realizar un análisis muy exhaustivo de la situación económica del solicitante.

¿Por qué los bancos estudian tanto al solicitante?


Solicitar un aval bancario suele requerir una evaluación tan rigurosa como la de un préstamo, e incluso más en determinadas circunstancias.

La entidad analizará aspectos como:

  • Los ingresos del solicitante.
  • Su patrimonio.
  • Su nivel de endeudamiento.
  • Su historial financiero.
  • La finalidad del aval.
  • El importe solicitado.

Dependiendo del resultado del análisis, el banco podrá exigir garantías adicionales. En algunos casos incluso puede solicitar que una parte o la totalidad del importe avalado quede inmovilizado en una cuenta como contragarantía. Esta práctica reduce significativamente el riesgo para la entidad financiera.

Los avales no son gratuitos


Una de las sorpresas más frecuentes para quienes solicitan un aval por primera vez es descubrir que tiene un coste. La entidad financiera cobra diversas comisiones por asumir el riesgo y gestionar la operación.

Entre las más habituales se encuentran:

  • Comisión de estudio. Remunera el análisis previo realizado por la entidad.
  • Comisión de apertura. Se cobra por la formalización de la operación.
  • Comisión de riesgo. Suele ser la más importante y depende del importe avalado, del plazo y de la solvencia del cliente.
  • Gastos adicionales. Pueden existir gastos notariales, registrales o derivados de la elevación a escritura pública de determinados documentos.

En definitiva, el precio final dependerá de la cuantía garantizada, del plazo y del riesgo asumido por la entidad.

El documento que lo hace posible


Antes de emitir el aval, normalmente se formaliza una Póliza de Cobertura de Garantía Bancaria ante notario. Este documento regula la relación entre el banco y el cliente avalado, estableciendo las condiciones económicas y jurídicas de la operación.

Entre otros aspectos, se recogen:

  • Las comisiones aplicables.
  • Los gastos asociados.
  • Las obligaciones del cliente.
  • Los mecanismos de reembolso en caso de ejecución.
  • Las garantías aportadas.

Una misma póliza puede servir de cobertura para varios avales distintos.

Los diferentes tipos de aval


Aunque coloquialmente se habla del aval bancario como si fuera una única figura jurídica, en realidad existen distintas modalidades.

  • Aval económico. Garantiza una obligación de carácter monetario. Si el avalado no paga, el banco desembolsará la cantidad comprometida.
  • Aval técnico. Garantiza el cumplimiento de determinadas obligaciones distintas del pago de dinero. Es frecuente en contratos públicos, licitaciones o concursos administrativos.
  • Aval personal. La garantía la ofrece una persona física que responde con su patrimonio.
  • Aval bancario. La garantía es emitida por una entidad financiera, que aporta una mayor capacidad de respuesta y una mayor seguridad jurídica.

El aval en el alquiler de viviendas


Probablemente sea la modalidad más conocida por los particulares. Muchos propietarios exigen un aval bancario como condición para alquilar una vivienda, especialmente cuando existen dudas sobre la estabilidad laboral o financiera del inquilino.

Para el arrendador supone una garantía adicional de cobro. Para el arrendatario representa una forma de acreditar solvencia cuando otros elementos pueden resultar insuficientes.

En un contexto de creciente preocupación por la morosidad, esta herramienta se ha convertido en un elemento habitual en numerosas operaciones de arrendamiento.

El preaval, una promesa de garantía


Existe una figura menos conocida denominada preaval. Se trata de un compromiso previo del banco mediante el cual la entidad manifiesta su disposición a emitir un aval definitivo cuando se cumplan determinadas condiciones previamente pactadas.

Es una herramienta muy utilizada en operaciones empresariales complejas y en concursos públicos donde resulta necesario acreditar de forma anticipada la futura disponibilidad de la garantía.

Mucho más que un simple papel


A primera vista, un aval bancario puede parecer un simple documento administrativo. Sin embargo, su importancia económica es enorme. Miles de operaciones comerciales, contratos de alquiler, proyectos empresariales y adjudicaciones públicas serían mucho más difíciles de realizar sin la existencia de estas garantías.

El aval bancario reduce la incertidumbre, facilita la confianza entre las partes y permite que numerosas transacciones se lleven a cabo incluso cuando existe un cierto grado de riesgo.

En última instancia, representa una de esas piezas discretas pero fundamentales que permiten que la maquinaria económica siga funcionando con normalidad. Porque detrás de muchas operaciones aparentemente sencillas suele existir algo mucho más importante que el dinero: la confianza de que los compromisos asumidos serán cumplidos.
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