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El tablero oculto: las tres guerras que las potencias mundiales están dispuestas a pelear hasta el último soldado

Existe una regla no escrita en la geopolítica del siglo XXI que ningún canciller enuncia en público pero que todos practican con disciplina:Las grandes potencias no se enfrentan directamente. Se enfrentan a través de otros.No es cobardía. Es racionalidad nuclear. Cuando dos países con arsenales...
Existe una regla no escrita en la geopolítica del siglo XXI que ningún canciller enuncia en público pero que todos practican con disciplina:

Las grandes potencias no se enfrentan directamente. Se enfrentan a través de otros.

No es cobardía. Es racionalidad nuclear. Cuando dos países con arsenales atómicos se miran a los ojos, el único resultado posible del conflicto directo es la destrucción mutua garantizada. Así que el conflicto se desplaza. Se externaliza. Se pelea en territorios donde el coste humano lo pagan otros y el beneficio geopolítico lo recogen los que mueven las fichas desde Washington, Moscú o Beijing.

Ucrania para Rusia. Venezuela e Irán para Estados Unidos. Taiwan para China.

Tres tableros. Tres lógicas. Un solo juego.


El tablero europeo: Ucrania como existencial ruso


Para entender por qué Rusia invadió Ucrania hay que hacer lo que los medios occidentales raramente hacen: leer lo que los estrategas rusos llevan décadas escribiendo en sus propios documentos.

La doctrina estratégica rusa parte de una premisa que en Moscú no es debatible: Rusia sin profundidad estratégica en su flanco occidental no es una gran potencia. Es un país vulnerable. Y la profundidad estratégica rusa ha sido erosionada sistemáticamente desde 1991 con cada ronda de expansión de la OTAN hacia el este.

En 1990 James Baker, secretario de Estado americano, le dijo a Gorbachev que la OTAN no se expandiría "ni un centímetro hacia el este" a cambio de la reunificación alemana. No había tratado firmado. Solo una promesa verbal que Occidente considera no vinculante y que Rusia considera la traición fundacional de la relación post-Guerra Fría.

Polonia en 1999. Los países bálticos, Bulgaria, Rumanía y Eslovaquia en 2004. La declaración de Bucarest en 2008 prometiendo la eventual membresía de Ucrania y Georgia. Desde la perspectiva de Moscú, cada expansión fue una demostración de que las garantías occidentales no valen el papel en que no se escribieron.

Ucrania no es para Rusia lo que Siria o Libia. Es lo que Cuba fue para Estados Unidos en 1962: una línea roja donde el coste de la inacción supera al coste de la escalada.

Putin lo dijo explícitamente en su ensayo de julio de 2021 sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos. Lo repitió en el discurso del 21 de febrero de 2022, tres días antes de la invasión. Occidente eligió no tomárselo en serio hasta que los tanques cruzaron la frontera.

Lo que Rusia quiere de Ucrania no es el territorio en sí. Quiere la neutralidad permanente de Ucrania. Quiere que no haya infraestructura militar de la OTAN al alcance de Moscú. Quiere una zona de amortiguación que garantice que ninguna potencia hostil puede desplegar misiles a ocho minutos de la capital rusa.

Lo que no puede tolerar, y lo ha demostrado con un coste humano y económico brutal para sí misma, es una Ucrania integrada en la arquitectura de seguridad occidental.

La tragedia es que ese resultado, la neutralidad ucraniana con garantías internacionales, era negociable en marzo de 2022. Las conversaciones de Estambul entre delegaciones rusa y ucraniana llegaron a un borrador de acuerdo. Boris Johnson voló a Kiev el 9 de abril de 2022 y, según múltiples fuentes incluyendo miembros de la delegación negociadora ucraniana, convenció a Zelensky de abandonar las negociaciones y seguir combatiendo con respaldo occidental.

Si eso es verdad, y las evidencias circunstanciales son sustanciales aunque no concluyentes, significa que la guerra que ha matado a cientos de miles de personas podría haberse terminado hace dos años con un acuerdo que ninguna de las partes consideraba ideal pero que todas consideraban aceptable.

La pregunta sobre quién tiene interés en que esa guerra continúe no es conspirativa. Es la pregunta estratégica más importante del conflicto.


El tablero latinoamericano: Venezuela como demostración de poder en el patio trasero


Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo certificadas del mundo. Tiene una posición geográfica en el norte de Sudamérica que la convierte en punto de tránsito estratégico para el narcotráfico, la migración y la influencia regional. Y tiene desde 1999 un gobierno que ha desafiado sistemáticamente la hegemonía americana en América Latina con una retórica antiimperialista que en Washington activa reflejos pavlovianos de la Guerra Fría.

La política americana hacia Venezuela desde Chávez hasta Maduro es un caso de estudio en cómo los intereses geopolíticos, económicos e ideológicos se entrelazan hasta volverse indistinguibles.

Las sanciones americanas sobre Venezuela, que se han intensificado progresivamente desde 2015, tienen un efecto documentado y un efecto declarado que divergen de forma significativa.

El efecto declarado: presionar al régimen de Maduro para que celebre elecciones libres y respete los derechos humanos.

El efecto documentado: las sanciones han devastado la economía venezolana, destruido la capacidad de exportación petrolera y provocado una crisis humanitaria que ha forzado a más de siete millones de venezolanos a abandonar el país, la mayor crisis migratoria de la historia latinoamericana. El régimen de Maduro, sin embargo, sigue en el poder catorce años después de que comenzaran las primeras sanciones significativas.

Si el objetivo era el cambio de régimen, las sanciones han fracasado con una consistencia que debería generar más reflexión crítica de la que genera en los medios occidentales.

Si el objetivo real es mantener a Venezuela en un estado de debilidad económica que impida que sus recursos energéticos y su influencia regional puedan ser proyectados efectivamente, las sanciones han funcionado con notable eficacia.

La distinción entre ambos objetivos es la diferencia entre una política de democratización y una política de contención imperial. El lenguaje oficial siempre habla del primero. Los resultados reales se parecen más al segundo.

El juego en Venezuela tiene además una dimensión China y Rusia que raramente aparece en los análisis americanos. Beijing ha prestado a Venezuela más de 60.000 millones de dólares, recuperables en petróleo, convirtiendo a Caracas en un nodo de influencia china en el hemisferio occidental. Rosneft rusa ha tenido participaciones significativas en la industria petrolera venezolana. Para Washington, Venezuela no es solo un problema de democracia en el patio trasero. Es un punto de entrada de sus adversarios estratégicos en una región que la Doctrina Monroe considera zona de exclusión de influencias exteriores desde 1823.


El tablero persa: Irán como pivote de Oriente Medio


Irán es el caso más complejo de los tres porque las capas de conflicto, histórico, religioso, energético y estratégico, se acumulan hasta hacer casi imposible separar causa de efecto.

La historia operativa comienza de forma conveniente en 1953, cuando la CIA y el MI6 británico organizaron el golpe que derrocó al primer ministro democráticamente elegido Mohammad Mosaddegh, cuyo delito había sido nacionalizar la industria petrolera iraní. El Shah fue reinstalado. Las compañías petroleras occidentales recuperaron sus concesiones. Irán aprendió una lección sobre la neutralidad de las potencias occidentales que no ha olvidado en setenta años.

La Revolución Islámica de 1979 y la crisis de rehenes que siguió congelaron las relaciones americano-iraníes en un estado de hostilidad que ninguna de las dos partes ha tenido suficiente interés en descongelar completamente durante cuatro décadas.

Lo que hace a Irán estratégicamente irreemplazable en el tablero regional es su capacidad de proyectar influencia a través de actores no estatales de una forma que ningún otro país de la región puede replicar.

Hezbollah en Líbano, con un arsenal de cohetes estimado en más de 150.000 unidades que supera en capacidad a muchos ejércitos convencionales de la región. Hamas en Gaza, cuyo ataque del 7 de octubre de 2023 desencadenó la guerra más destructiva en la historia reciente del conflicto israelí-palestino. Los Houthis en Yemen, que han demostrado la capacidad de interrumpir el tráfico marítimo en el Mar Rojo con drones y misiles de fabricación iraní. Las milicias en Irak que atacan bases americanas con regularidad calibrada para mantenerse por debajo del umbral de respuesta masiva.

Es la estrategia del "eje de resistencia": una red de actores distribuidos que pueden activarse, escalarse o desescalarse según las necesidades estratégicas de Teherán, sin que ninguna acción individual justifique una respuesta que arrastre a Irán a una guerra directa con Estados Unidos o Israel.

Es una estrategia brillante desde el punto de vista del bajo coste y la alta irritación para los adversarios. Y es también la razón por la que ninguna administración americana desde Carter ha encontrado la forma de resolver el problema iraní con herramientas que no sean o la guerra total, que nadie quiere, o la contención indefinida, que nadie admite como estrategia pero que es lo que en la práctica existe.

El programa nuclear iraní es en este contexto menos una amenaza militar inmediata que una carta de negociación y una póliza de seguro existencial. Kim Jong-un tiene armas nucleares y nadie habla de cambio de régimen en Pyongyang. Saddam Hussein y Muamar Gadafi no las tenían y están muertos. Irán conoce perfectamente esa correlación.


El tablero del Pacífico: Taiwan como todo lo anterior multiplicado


Taiwan es donde las tres lógicas anteriores convergen y se amplifican hasta producir el escenario de mayor riesgo sistémico del planeta.

Como Ucrania para Rusia, Taiwan representa para China una línea roja de identidad nacional cuyo origen histórico es real aunque sus implicaciones sean disputadas. La narrativa del Partido Comunista Chino sobre Taiwan como provincia separada temporalmente es parte del contrato de legitimidad del régimen con su población. Xi Jinping ha atado su legado personal a la reunificación de forma tan explícita que retroceder tiene un coste político interno que podría ser existencial para su posición.

Como Venezuela para Estados Unidos, Taiwan representa para China la demostración de que puede proyectar poder en su esfera de influencia regional sin que la potencia hegemónica existente pueda impedirlo. Una China que toma Taiwan exitosamente es una China que ha demostrado que el orden internacional basado en reglas americano es negociable cuando hay suficiente poder detrás de la demanda.

Como Irán para el equilibrio regional, Taiwan es el punto donde múltiples intereses se cruzan: japoneses, surcoreanos, australianos, filipinos, todos con razones propias para preocuparse por las implicaciones de una China que ha demostrado que puede tomar territorios por la fuerza sin consecuencias.

Y sobre todo esto, los semiconductores. El 92% de los chips más avanzados del mundo fabricados en una isla que China considera suya. El activo estratégico más crítico de la economía digital global concentrado en el territorio más disputado del planeta.

Si hubiera un guionista diseñando el escenario de máximo riesgo geopolítico, no podría hacerlo mejor.


La lógica común: por qué las tres crisis son en realidad una sola


Ucrania, Venezuela, Irán y Taiwan parecen crisis separadas con sus propias historias, actores y dinámicas. Son también expresiones de un único proceso histórico: la transición desde un orden mundial unipolar americano, que existió desde 1991 hasta aproximadamente 2008, hacia un orden multipolar cuyas reglas todavía no están escritas.

En ese proceso, cada potencia está probando los límites de lo que puede hacer sin consecuencias inaceptables. Rusia probó en Georgia en 2008. Probó en Crimea en 2014. Probó en Ucrania en 2022. Cada prueba con consecuencias más severas pero sin llegar al punto que detiene el movimiento.

China ha probado en el Mar del Sur de China, militarizando arrecifes y construyendo islas artificiales sobre las protestas de sus vecinos y de Washington. Ha probado con Hong Kong, aplicando la ley de seguridad nacional que eliminó efectivamente la autonomía prometida hasta 2047. Cada prueba calibrando la respuesta occidental.

Irán prueba con cada activación de sus proxies, midiendo hasta dónde puede llegar antes de que la respuesta cambie de naturaleza.

El problema del orden internacional en transición es que cuando nadie conoce las reglas, todos las prueban simultáneamente. Y cuando todas las crisis se activan al mismo tiempo, la capacidad de atención, recursos y voluntad política de la potencia que sostiene el orden existente se dispersa hasta el punto de debilidad.

Eso no es accidental. Es estrategia.


Lo que nadie quiere decir en voz alta


Al final de este análisis hay una verdad incómoda que los discursos oficiales de todas las partes evitan con igual determinación.

Ninguna de estas crisis tiene solución en los términos en que se plantean públicamente.

Ucrania no puede ganar la guerra en el sentido de recuperar todo su territorio incluyendo Crimea sin una escalada que ningún miembro de la OTAN está dispuesto a asumir. Rusia no puede ganar en el sentido de una Ucrania sometida sin un coste que está destruyendo su capacidad económica y demográfica durante generaciones. El resultado probable es una congelación del conflicto en algún punto entre las posiciones actuales, con enormes pérdidas humanas y territoriales como precio de lo que podría haberse negociado en 2022.

Venezuela seguirá siendo Venezuela mientras el petróleo valga algo y mientras China y Rusia tengan interés en mantener un régimen que irrita a Washington a bajo coste. Las sanciones continuarán. La emigración continuará. El régimen continuará. Hasta que algo externo cambie el cálculo de alguna de las partes.

Irán seguirá siendo Irán. Con o sin acuerdo nuclear. Con o sin sanciones. La revolución de 1979 produjo un Estado cuya identidad se construye en oposición a la hegemonía americana y cuyas instituciones tienen incentivos para perpetuar ese conflicto indefinidamente.

Taiwan es el único escenario donde el resultado todavía no está determinado. Y es precisamente por eso el más peligroso. Los escenarios no determinados son los que pueden sorprender.

El tablero está montado. Los jugadores están en sus posiciones. Y la mayor parte del mundo observa sin entender que las piezas que se mueven en Taipei, Caracas, Teherán y Kiev son partes del mismo juego.

Entender el juego no lo detiene. Pero es el primer paso para no ser una de sus víctimas.


Este artículo tiene carácter divulgativo y analítico. Refleja interpretaciones basadas en fuentes públicas y no representa la posición de ninguna institución.
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