Bolas de cristal, bolas blancas y bolas negras

Es un tópico decir que nadie tiene la bola de cristal. Pero al mismo tiempo la actitud más o menos inconsciente de muchos analistas y, sobre todo, de muchos inversores es la adivinanza de lo que sucederá con una empresa o con un mercado en general. Algo que indica una comprensión incorrecta de la forma de funcionar de los mercados y de las limitaciones de las herramientas analíticas.

Leyendo o escuchando a estos aprendices de adivino, se tiene a veces la impresión de que su contacto con los mercados lo tienen por las mañanas cuando van a comprar el pan al mercado de su barrio. Lo que no impide que puedan ganar mucho dinero con artículos, libros, boletines, entrevistas, etc. Quienes a larga lo tienen complicado son los que siguen sus consejos.

Consideremos los siguientes pronósticos sobre la evolución de los mercados. Se formularon a finales de los noventa, en el momento álgido de la euforia de los mercados, luego llamada, a toro pasado, "burbuja tecnológica" por los mismos que no supieron señalarla en su día. No son pronósticos cualquiera sacados al azar, los libros donde se formularon fueron grandes éxitos editoriales en Estados Unidos.

"Una fecha sensata y posible para el Dow 36.000 sería a comienzos del 2005, pero llegaremos ahí mucho antes"

J.Glassman y K. Hassett "Dow 36.000"

"Dado el actual clima político y económico, podríamos encontrarnos en una situación embarazosa si afirmáramos que los rendimientos del mercado de valores serán bajos o negativos en los años venideros. Si bien el mercado de valores suele ser predecible a largo plazo cuando está sobrevalorado (como ahora lo está, según la información reciente) o infravalorado, esta perspectiva es bastante incierta. Pero los observadores que no opinan sobre los valores injustificadamente altos del mercado por temor a equivocarse en sus apreciaciones son como los médicos que, tras haber diagnosticado que un paciente tiene presión alta, no le dicen nada porque piensan que tal vez le acompañe la suerte y no padecerá los síntomas de su enfermedad. Por el contrario, el hecho de que el mercado de valores se desplome o continúe en alza durante los primeros años del siglo XXI no demostrará ni aniquilará la tesis central de este libro sobre la exuberancia irracional"

R. Shiller "Exuberancia irracional'"

A muchos, yo diría que a la mayoría, les parecerá mucho más válido el análisis de Glassman y Hassell, al menos en cuanto a su enfoque, con independencia de su acierto. Es que "se mojan", dirán, dan unas pautas concretas y verificables, lo que permite adoptar decisiones concretas.

Craso error, los problemas complejos no se resuelven con soluciones simples. Pero la psicología humana tiende con frecuencia a la pereza intelectual y se entrega al simplismo. Un fenómeno que se da en el mundo inversor, ligado además al componente "lúdico" de la inversión concebida más como apuesta que como forma de colocar los ahorros. Lo señala el propio Shiller:

"Según parece la gente desea razones sencillas para sus decisiones, como si necesitara justificaras con palabras simples antes los demás o ante sí misma. La necesidad de tener un motivo simple para justificar una decisión es similar a la necesidad de tener un relato que respalde esa decisión; tanto los relatos como los motivos son exposiciones razonadas simples que se pueden comunicar verbalmente a otras personas"

Este mecanismo mental es el que lleva a encontrar más atractivo el discurso de Glasmann y Hassett que el de Shiller, con independencia de sus contenidos concretos. Ciertamente el pseudorazonamiento que llevaba a considerar 36.000 como valor intrínseco del Dow Jones es disparatado. Pero, suponiendo que fuese cierto, es un error suponer que el movimiento era inexorable y dar fechas límite concretas. Un error mucho más grave porque afecta a los propios cimientos del análisis.

Este tipo de pronósticos simplistas no son alcistas o bajistas. Su guía fundamental es la sintonía con el sentimiento dominante de los inversores para decirles de forma clara y simple lo que quieren oír. A mediados de 2002, al haber cambiado parcialmente el sentimiento entre los inversores, empezó a subir la popularidad de los bajistas. Entonces la cancha la tenían los que pronostican la llegada del apocalipsis bursátil a fecha fija y con objetivos aterradores (S&P a 600, 400, 200...), preferiblemente en octubre que es un mes muy apropiado por azares históricos convertidos en supuestas leyes.

Como el mercado no funciona así, también los pronósticos apocalípticos quedaron burlados. Por casualidad se pueda acertar una vez, incluso más de una, cogiendo cierta fama de gurú. Pero la ley de los grandes números termina por imponerse a los caprichos de la diosa Fortuna y la inconsistencia de los pronósticos se pone de manifiesto.

El analista no tiene una bola de cristal que le informe de lo que "va a hacer" la bolsa en los próximos meses o años, ni "hasta donde llegará" tal o cual índice. Más bien tiene delante una especie de bolsa cerrada donde hay "bolas blancas" (acontecimientos favorables) y "bolas negras" (acontecimientos desfavorables). Tiene que calcular la proporción aproximada de "bolas" de cada tipo y compararla con la proporción de "bolas" contenida en el precio, para descubrir desajustes.

Una de los problemas más difíciles a los que se enfrenta el operador es como sobrevivir a sus propios errores de análisis, y ahí es donde se produce la selección más dura que convierte la multitud de interesados en una minoría de elegidos. El análisis puede estar hecho de forma correcta y, sin embargo, la diosa Fortuna burlarnos porque salgan las bolas que estaban en menor proporción. Si a ello le unimos los inevitables errores de apreciación, hay un amplio margen de error, y la conclusión es que hay que ser extremadamente cautelosos con nuestras "apuestas".

Es la cautela que exhibe Shiller y ello no le quita valor, sino todo lo contrario. Señaló, de forma razonada, que el mercado se había vuelto extremadamente peligroso (en realidad, una parte de él, algo que no matizó lo suficiente) y desaconsejable la inversión en él, aunque a corto plazo se pudieran obtener beneficios fáciles, dado el riesgo de que en el momento más inesperado se produjera una catástrofe.

Ocurrió la catástrofe, pero en ningún sitio estaba escrito que ocurriera inexorablemente y, sobre todo, que ocurriera con la rapidez con qué ocurrió. De ahí la cautela de Shiller, aunque fuera al precio de renunciar a ser un gurú. La ironía es que al final sí se le ha visto como tal, gracias a los que, o bien, no han leído del libro más que el provocador título, o los que no han sido capaces de entender sus sutilezas y matices.

Artículo publicado en Patagon en septiembre de 2004.

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